De David Foster Wallace como “hombre repulsivo”…

El único clásico de la literatura inglesa de los que he intentado que no he sido capaz de terminar fue -doy el título abreviado- Tristam Shandy. No me cuesta nada admitir la genialidad de Lawrence Sterne, su carácter precursor, su originalidad y el alcance de su transgresión, etc., pero me parece que tras toda esa parafernalia tan superficialmente impactante sólo se esconde el aburrimiento. Jugar con la grafía, con lo que hoy llamamos la maquetación y con la expectativas del lector en general son sin duda grandes logros para el s. XVIII, pero a la altura de hoy ya no nos dicen nada, por lo menos a mí. Porque es cierto que la trama avanza a paso de tortuga, cuando avanza, que tampoco posee demasiado interés intrínseco, que el autor interviene metanarrativamente cada dos por tres con el fin de irritar todavía más al lector, y que las famosas digresiones… conste que mí me encantan las digresiones, pero del estilo de las de Thomas de Quincey, que son sumamente ingeniosas y de una gran belleza de sugerencias -ambiental por así decirlo-, y no las de Sterne, que pesan como un lastre y se multiplican como metástasis, no aclarando nada en absoluto a su paso, sino embrollándolo todo. En realidad, ni siquiera tuve la paciencia de llegar al nacimiento del propio squire Tristam, el protagonista, así que habrá quien diga que no estoy facultado para juzgar la obra entera. Lo que quería decir, en cualquier caso, es que me llama poco la atención la experimentación literaria realizada en aras únicamente de la propia experimentación literaria, sin ningún motivo más de peso, como me atrae bien poco coger un coche para viajar sin rumbo, a la manera de un personaje de Paul Auster; puede que tenga escaso espíritu aventurero, pero creo que terminaría pasando la noche en un oscuro poblachón con todos los bares cerrados y sin un triste perro que aulle a la luna…

 

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Laurence Sterne

 

Y eso que Sterne no es, ni puede ser, nada sospechoso de emplear la experimentación literaria para vender más libros. Es verdad que los vendió, pero por aquel entonces lo más normal es que las cosas que él hizo funcionasen más bien como disuasión que como promoción, y sin embargo fue muy leído. Actualmente, en cambio, siempre cabe la sospecha de que el autor “que experimenta” lo que pretende es llevarse de calle a la crítica para ganarse después una legión de lectores que lo encumbrarán a la fama, por aquello de que descubre territorios nuevos para la literatura, aunque en realidad el experimento en cuestión no se repita jamás más allá de la exigua obra en la que tiene lugar. La sospecha es todavía mayor si el autor es norteamericano, puesto que es allí donde más tratan de vendernos sus novelas, primero porque tienen más fuerza cultural y económica para hacerlo, y segundo porque Estados Unidos es el lugar de la Tierra que todos suponemos a la vanguardia de cualquier cosa, y donde las novedades más punteras en lo que sea se producen sin tregua. Incluso cuando no las tienen, la importan, y en el mismo momento de importarlas, les ponen su sello y las re-exportan. Entrevistas breves con hombres repulsivos es una colección de textos de David Foster Wallace que se publicó allí en 1999, y de la que se ha hecho incluso una versión cinematográfica. Esa adaptación no lo es de todo el libro, que es muy heterogéneo y contiene piezas imposibles de trasladar a la imagen (esa cualidad de abstracción que todavía retiene para sí la literatura frente al cine). Pero sí que compartía, tal adaptación, la convicción de que hay un vago común denominador entre los textos del libro, y que este era el de tematizar la dificultad creciente de las relaciones actuales entre hombres y mujeres en el contexto de algo así como la era del post-feminismo. Algo así, ya digo, porque hay en él otros textos apilados que se salen enteramente de esa difusa pauta.

 

 

 

Yo pienso, sin embargo, que el tema es otro, siempre y cuando exista de verdad un vínculo entre esos textos tan diversos que el experimentador literario, en este caso Foster Wallace, ha engendrado con el evidente afán de lucirse. Y el tema es, o sería, creo, más allá de los conflictos  relacionales heterosexuales concretos (otras modalidades de orientación sexual no las toca), la imposibilidad misma de encuentro alguno entre seres humanos en los tiempos de la hipertrofia del discurso. La mayoría de sus personajes, así, son muy conscientes del lenguaje peculiar que la época aplica a determinada situación, lenguaje psiquiátrico especializado casi siempre o lenguaje de discurso de género, y sufren por la distancia que ese encaje forzado abre entre la vida espontánea y su interpretación artificiosa. Porque, además, en realidad se han cambiado en gran medida las tornas, y parece que el presente de las personas medianamente informadas de clase media consiste en una vida altamente artificiosa descifrada por una serie de códigos que se pretenden naturales. Curiosamente, esa es también la situación del escritor que pretende ir más lejos que sus predecesores, del escritor experimentalista y “estandarte de su generación”, como lo fue Foster Wallace: que debe moverse entre asuntos triviales como si fueran sublimes, y expresarlo con una técnica compleja que sin embargo es en el fondo muy llana. De manera que, si añadimos a la conciencia de la hipertrofia contemporánea del discurso pseudocientífico la propia hipertrofia de conciencia (como se denomina desde el Dostoievski de Apuntes del subsuelo) que padecen los personajes de Foster Wallace -y podríamos apostar a que también él mismo- acerca de los contactos familiares y sexuales, casi llegamos a entender que el escritor sufriese una depresión tan prolongada y terminara por suicidarse. Pues estar continuamente navegando entre las tantas y tantas mediaciones que separan un acto o decisión humana cualquiera de su aceptación y asimilación por el sujeto se antoja invivible cuando no desesperado. En este aspecto Foster Wallace era sin lugar a dudas posmoderno, en una acepción casi terrible del término. Su preocupación máxima parecía ser la de indagar qué pueda quedar de una moral muy elemental entre las cenizas de la demolición de un significado estable, y existe una frase muy característica en este sentido que casi resume la entraña más profunda de todo el libro; dice así:

 

A menos que yo sea una especie de psicópata capaz de racionalizar cualquier cosa y ni siquiera sea capaz de ver las manifestaciones del mal que están teniendo lugar de la forma más obvia, o tal vez no me importa nada y lo único que quiero es engañarme a mí mismo y creer que me preocupo por los demás para continuar viéndome a mí mismo como un tipo decente.

(Entrevistas breves con hombres repulsivos, pág. 126, traducción de Javier Calvo, Debolsillo).

 

 

 

Un conflicto peligroso, en el que se juega la cordura, y que afecta a casi todas las criaturas de estos relatos. Ansían un encuentro verdadero con los demás, sobre todo en el sexo, pero no pueden evitar adulterarlo. Emplean máscaras, las máscaras que le son disponibles, y fracasan miserablemente. Máscaras discursivas en un mundo hipersexualizado e hiperculturizado, bajo las cuales no parece haber nada. Un panorama foucaultiano de acuerdo a cierta lectura muy extendida de Michel Foucault (que, por cierto, es mencionado incidentalmente en uno de los diálogos), según la cual todo patrón de conducta es construido conforme a dispositivos de poder/saber. Y Foster Wallace, en esta antología, no halla una salida. “El suicidio como una especie de regalo” es prueba de ello, en un alarde de incomunicación. El último de los textos de las “entrevistas breves con hombres repulsivos” también, pese a que el varón ha sido capaz de penetrar lo bastante en la conciencia de la hembra como para certificar su propio e inevitable autoengaño. Quizá sea “Sin ningún significado” donde Foster Wallace apunta una solución, pero por vía negativa: lo mejor podría ser ignorar y olvidar el problema. Pero es en “Octeto”, el peor de todos ellos (y en el que la vocación esquematizante de conflictos abstractos del escritor más se radicaliza), donde la frustración llega al paroxismo. Allí, Foster Wallace pide explícitamente al lector que fuerce ese encuentro, y no lo logra, o al menos, una vez más, no lo logra conmigo. Al igual que con Sterne, me importa un rábano el gran esfuerzo de dislocación narrativa que el autor pueda estar haciendo si no consigue ofrecerme un buen cuento. Al contrario: me pone nervioso y me indigna. No deseo que me llegue por retorcidos caminos al corazón, para eso ya tengo familia y amigos, quiero que me enseñe algo, en el doble sentido del verbo. Por todo ello, en síntesis, valoro Entrevistas breves con hombres repulsivos como una lectura curiosa, llena de algunas ocurrencias inteligentes pero muy reiterativa también, lúcida a la vez que innecesariamente cruel. Y nada más. Me vuelvo a la saga de Patrick O´Brian, último volumen…

 

¿Era personalmente Foster Wallace un “hombre repulsivo” como sus criaturas? Tal vez me respondan a esa pregunta sus demás obras “experimentales”, mayores y menores, que leeré, seguramente, si me apetece y movido por eso, tan solo por la curiosidad, dentro de un tiempo.

 

 

 

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2 Comentarios

  • Tu desdén con Sterne, tal vez tenga que ver con el trabajo del traductor. Un tal Javier Marías. Creo que te excedes en tu rapapolvos sandhyano. Y es que todos hemos desfallecido ante picos elevados.

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