Destello Chiquito

GENTE CHIQUITO DE LA CALZADA

 

El mundo de la religión es diferente del otro mundo de la diversión, pero se parecen entre sí en que manifiestamente “no son de este mundo”.

Aldous Huxley, Nueva visita a Un mundo feliz.

 

El gran -y no es contradicción, como se dice, desde Dustin Hoffman, “pequeño gran hombre”- Chiquito de la Calzada es más resistente al desgaste del tiempo y las modas que el amianto al fuego, y ya es hora vencida de que se le ofrezca un asiento en la Real Academia de la Lengua, bajo palio, con alfombra roja y en palmitas. Nadie, en efecto, ha hecho más por la lengua viva castellana desde Cervantes, de modo que más vale que las autoridades de la parla común lo asimilen si no quieren que la deje irreconocible para el extranjero (incluso  para el extranjero hispanohablante). ¡Más que Cervantes, en realidad, porque ese hombrecillo calvete y flamenquillo es un verdadero monstruo de la naturaleza -como antes decían de Lope-, y un fenómeno duodenal que no viene a fijar cánones imperecederos con mayor o menor gracia, sino a dislocarlos, forjando un idiolecto que aparentemente no tiene sentido y que sin embargo todo el mundo entiende, porque revela verdades profundas acerca del alma ibérico[1]! El chiquitistaní, en efecto, no se escribe, se actúa movilizando todo el cuerpo, y no crea nuevas y precisas formas de comunicación, sino que parasita el castellano, el andaluz y hasta el inglés a fin de hacerlos chocacherros y sabrosos[2]. Es como una sal que tuviera sabor propio y diese gusto por sí misma frente a la sosería del alimento expresivo cotidiano, pero que unida a él genera compañerismo, solidaridad y empatía incluso entre desconocidos. Las otros dos jergas televisivas que oímos hoy sucumben inmediatamente ante la presencia de una sola onomatopeya de Chiquito: si un político del “reitero” y “condeno” remata su discurso con un “¿te dah cuen…?”, o una cháchara sentimental del “rehacer la vida” y el “respetar” intercala un “cuidadín”, toda la seriedad del discurso se precipita en el cachondeo. Por eso hay que integrar tales refrescantes barbarismos en la R.A.E., a riesgo de que se les vean los sarcófagos[3].

 

 

Pero esto a nosotros después de todo nos importa un rábano, porque lo que queremos es hacer de él para ser nosotros mismos en versión paños menores. El hecho de que Chiquito haya tenido y siga teniendo imitadores, suplantadores y hasta impostores no debe sublevarle tanto, puesto que aunque la cartera se le resienta un poco, todos seguimos siendo un remedo feliz de sus interjecciones sin distinción de edades o condición (el ex-rey mismo, Carlangas, hacía sus pinitos, como se recordará…) Y es que no sólo es humor, no sólo es además lenguaje y gesto, es sobre todo un juego muy actual, como esos chicos que se compran un pantalón vaquero caro y flamante y acto seguido lo llenan de rotos, decoloraciones o inscripciones a boli: igualmente, los demás nos hemos hecho una culturilla y una posición para después jugar a abrirles a ratos las costuras haciendo y profiriendo chiquitadas. Lo más sorprendente es que él nació para la gente ya terminado, con todo el número hecho como para sí mismo, aunque luego le fuera añadiendo patitas de estilo, cada cual tan buena y trastocante como la anterior. Ese milagro como aterrizado de otro mundo -un marciano de pueblo, listo y tonto a la vez-, nos ha hecho pensar más de una vez que se trata de un avatar intemporal, y así parecen indicarlo las pautas recogidas para la Comedia según Aristóteles tal y como se conservan en el Tractatus Coislinianus.

Pero sea como fuere… ¡Al ataquerrll!

 


[1] El “seksurarmente y moralmente”, por ejemplo, se hace eco de obsesiones mundiales contemporáneas que nos afectan desde fuera, y aquello otro de “pecadorr…” nos parodia a nosotros los españolitos todavía nacionalcatólicos. Mejor no seguir.

[2] En esta síntesis única, a mi parecer, supera con mucho a Carroll o Jarry en el absurdo y a Lewis o Carrey en la gestualidad.

[3] Ramón Gómez de la Serna solía decir algo así como que las definiciones normadas son los sarcófagos de las palabras, y no le faltaba razón ya que el uso del lenguaje diversifica la significación constantemente según contextos, y por eso no existen los sinónimos perfectos. He oído que se ha aceptado “fistro”, a saber cómo, pero ¿para cuando, p.e., la numeración?: a guan a peich a gromenauer

 

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