RCR un Pritzker periférico y afortunado

 

La concesión al estudio catalán RCR (Aranda, Pigem, Vilalta), radicado en la ciudad de Olot, del Premio Pritzker 2017, no deja de producir alguna sorpresa entre la espuma vana de la gloria que acarrean estás concesiones y distinciones. Y es que, hasta 2015 la lista de los ganadores estaba recorrida por lo más brillante y granado del universo del Star-system arquitectónico. Allí estaban todos los figurantes, desde Foster, a Nouvel, desde Zaha Hadid a Herzog& de Meuron, desde Rem Koolhaas a Richard Rogers, por no olvidar el Primus inter pares, que fuera el primer Pritzker  de 1979, con Philip Johnson.

 

 

Por todo ello, contrasta la nominación de RCR como ganadores del año en curso, de igual forma que el año anterior 2016, la nominación del chileno Alejandro Aravena sorprendió a propios y a extraños por su condición marginal. Y ambas nominaciones, quizá encubran una inflexión en la carrera de la fama de los Pritzker, que pivota ahora entre la arquitectura marginal y autoconstruida del chileno, y la arquitectura periférica de RCR.

Y llama más la atención que los RCR, sin contar con reconocimientos propios, previos e internos, ya que no son Medalla de Oro de la Arquitectura, ni Premio Nacional de Arquitectura, ni ninguna otra gran condecoración o Academia, salten a ese estrellato del Pritzker. Por eso la extrañeza de muchos,  que no los ubican y sitúan. Y el reconocimiento que hacen ellos, de algunos ausentes merecedores del Premio, como fuera Enric Miralles. Como si señalaran alguna flaqueza de las condecoraciones.

 

 

Obsérvese además, como reflexión complementaria, la geopolítica del reparto de celebraciones y distinciones. Bien distinta a la perseguida por el Nobel de Literatura, que premia la excelencia literaria tanto como el reparto de áreas idiomáticas y de equilibrios políticos y geoestratégicos. Diferente parece ser, hasta ahora, la trayectoria de los Pritzker. No hay ningún arquitecto africano distinguido; Sudamérica sólo cuenta con dos brasileños de peso (Niemeyer y Mendes da Rocha) y el chileno Aravena. Frente a ello, una superabundancia de arquitectos japoneses, hasta seis premiados, que contrastan con la levedad de los italianos, sólo Aldo Rossi y Renzo Piano y la escasez de holandeses, sólo Koolhaas. Ello por hablar de lo más visible y sin quitar el reconocimiento a los treinta y nueve premiados. Incluso, afirmando que a través de esos nombres y obras se ha tejido buena parte de la arquitectura mundial de la segunda mitad del siglo XX y de los años del XXI.

 

 

Una arquitectura, la de Aranda, Pigem y Vilalta, de pequeña escala, pero de alta precisión y de suma concentración expresiva, en cualquiera de sus registros y formatos, desde el hotel Les Cols en Olot, hasta el museo Souleges en Rodez. Y esta es la extrañeza vertida por algunos. ¿Cómo es posible estar en el mundo desde Olot? O ¿es posible viajar tan alto a tan baja velocidad?

Esa era la captura y las dudas casi religiosas, de Zabalbescoa en El País, al denominarlos cosmopolitas de pueblo. Haciendo evidente la máxima común de que hasta hace unos años, no era compatible lo local con lo global. No se podían compatibilizar las grandes avenidas de la moda mediática y el brillo glamuroso, con la vida en la periferia y con el silencio monacal del pueblo. Y por ello, el esfuerzo por entender y visualizar una forma de vida local con una forma de inteligencia universal. El esfuerzo por entender a los cosmopolitas domésticos. Y este es parte del tributo que rinden y nos rinden, los recientes Premio Pritzker 2017 desde su mirada gerundense. Simultanear las raíces apegadas al suelo, con las copas del árbol dispuestas al viento.

 

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