“La habitación (Room)” o lo contrario del Mito de la Caverna.

“Habitación no está en ningún mapa”

Mamá

Ahora que en las salas de los cines nos andan sirviendo la última bazofia guisada por ese artífice del mal gusto y de la todavía peor filosofía que es Alex de la Iglesia, se me antoja el momento adecuado para reivindicar la buenas historias que nos ha ofrecido el medio, aunque tengan ya unos años. “La habitación”, en efecto, como se tituló en castellano, es de 2015, pero lo que se cuenta en ella permanecerá vigente mucho tiempo y viene a culminar, en cierto modo y muy discretamente, lo que Platón escribió en el diálogo -así traducido- La República hace 2500 años. Se trata de la consistencia de la realidad. Al igual que los presos de Platón, Joy Newsome y su hijo Jack viven confinados en un espacio reducido y oscuro en el que la televisión aporta todas las imágenes del ser que tienen a su alcance. Jack es un niño contemplativo, por vocación y forzado por la necesidad, y de vez en cuando se tumba haciendo aspa en el suelo y repasa su escaso mundo categorial. Además de las ilimitadas imágenes de la tele, que no son “de verdad”, la realidad consta de muy poquitos entes, tan pocos que en su unicidad de género pueden ser dichos sin artículo: la propia Tele, Lámpara, Espacio exterior, Serpiente de huevos, Váter, Laberinto, Extraterrestres, etc. Jack y su mamá han desarrollado un idiolecto para referirse a ellas, lo cual es enteramente humano y congruente, pues así es como funciona el lenguaje en comunidades de comunicación pequeñas, diversificándose respecto de la parla común y creando sus propios hábitos.

 

 

El caso es que aquí, en el cubículo Habitación, sí que sabemos quién tiene la culpa del encierro, el Viejo Nick (por cierto, Old Nick en inglés es la forma familiar de dirigirse al Diablo), mientras que en la Alegoría de la Caverna de Platón el asunto quedaba poco claro. Puesto que la Filosofía se ha presentado casi siempre como el antídoto a una enfermedad, Platón tenía que asegurase de que esa culpa fuera indefinida, pero tendente a agazaparse en nuestro interior, porque la culpa, la herida o la enfermedad debían ser de alguna manera cosa nuestra si lo que Platón deseaba es que buscásemos ansiosamente su antídoto, la Filosofía, para curarla, restañarla o redimirla. J.J. Rousseau empleó el mismo truco en plena modernidad, haciendo notar que, si el Hombre nació libre, pero yace en todas partes encadenado, algo malo habrá hecho que su Contrato Social viene a solucionar. En realidad, no se entiende bien cómo es que la filosofía platónica o el contrato roussoniano van a liberarnos tan tarde y tan a deshora, siendo más lógico pensar que aquello que nos condenó en un pasado vuelva a repetirse en el futuro, ya que forma parte de nuestra naturaleza. A no ser, claro, que lo pensemos como necesaria dependencia del ser humano de las artes del filósofo, de manera que mientras que consumamos el remedio que el filósofo posee en exclusiva, estaremos a salvo de nosotros mismos. Platón en esto se muestra totalmente sincero, y dice bien a las claras que la única salida a todos nuestros problemas consiste en dejar gobernar a la Filosofía, es decir, a él y a los suyos (de hecho, muchos de los discípulos de la Academia se metieron a políticos, e incluso a tiranos)… Parece mentira, pero podría citar algunos ejemplos en que estas ideas tan convenientes para algunos siguen proponiéndose hoy, y no sólo en los vestigios del psicoanálisis.

 

 

También, en esta variante del mito, la madre, Joy, es enteramente consciente desde el principio de que habita en la caverna, aunque por el bien de su hijo mantenga el engaño durante su primera infancia. Platón no hubiera aceptado este giro, para él importaba mucho que el descubrimiento del engaño fuese intuitivo, una especie de presentimiento místico, como Neo al inicio de Matrix. Sólo así se justificaría que alguien como Sócrates pudiese ser un mensajero del Más Allá a la vez que un simple mortal, porque, si no, parecería que lo que Platón está vendiendo es mesianismo barato, y eso, sencillamente, no iba a colar fácilmente en la Atenas ilustrada post-Pericles. La película en su primera hora de metraje no escapa de la caverna, y hasta ahí podría parecer un telefilm elaborado o un thriller modesto. Sus referencias literarias son la Alicia… de Carroll y El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, lecturas que la madre ha escogido intencionadamente para el niño. Sin embargo, hay segunda parte, que no voy a destripar ahora, por si alguien queda que no la haya visto aun. En ella, que es la que hace de “Room” una cinta más que notable, tocamos el mundo exterior a la platónica caverna, pero no resulta ser un mundo de Formas imperecederas y paradigmáticas, sino el mundo sin más, el mundo imperfecto y pasajero tal y como lo conocemos cotidianamente. Platón en La República había hecho del exterior un paisaje natural ideal; aquí sólo tenemos la polis humana de siempre. La polis no aguarda encima de Habitación, como el exterior platónico (en una dualidad arriba/abajo muy del gusto de nuestro hispánico partido político Podemos), sino al mismo nivel, en llano, pero bien afuera de la caverna. El acoso se repite, Jack vuelve a ser un niño contemplativo, solo que ahora el cerco no lo pone el Viejo y detestable Nick, sino los medios de comunicación, justamente aquellos que, en la realidad “de verdad”, fabrican sin descanso las imágenes inagotables de Tele. Jack podría haberse convertido así en otra imagen más de Tele, pero su madre, en su agonía y resurrección, lo impide. El niño, en consecuencia, aumenta considerablemente su mapa categorial de lo real visible, como le gustaría a Platón, pero no por ello es, todavía, más feliz que antes.

 

 

Lo que va a hacerle más feliz es precisamente “lo contrario” (por emplear la jerga de Joy y Jack en Habitación) del sueño platónico. No contemplar, sino actuar. No elevarse al empíreo de las Ideas que sublimarían las entidades espacio-temporales “Lámpara”, “Espacio exterior”, “Serpiente de huevos”, “Váter”, “Laberinto”, “Extraterrestres”, etc., sino dejar todo eso definitivamente atrás para abrirse a realidades igualmente concretas y caducibles pero enteramente nuevas. Y es de este modo como la película se me hace a mí actual. Habitación vuelve a estar en los mapas: no es más, después de todo, que un lugar en el amplio plexo de los lugares posibles de la Tierra. Desde Platón hasta hoy hemos ganado eso, el que ya no creamos en un arriba ideal, el que queramos vivir en esta tierra que deja tanto que desear pero en la que es tan bello que Joy y Jack tengan un futuro juntos a pesar de las siempre cambiantes circunstancias de la vida normal. Habitación era la anormalidad, la aberración, la caverna, en eso estamos de acuerdo el divino Platón y nosotros, los seres humanos vulgares del s. XXI, pero no por ello hay que pensar necesariamente las cosas en los términos apocalípticos y románticos de suplantar el No-Ser de Habitación por el Deber-Ser del Topos Hiperouranos. Salir fuera, vivir la vida corriente más o menos acomodada, acabar con todos los Old Nick hijos de puta que pululan jodiendo por el mundo, significa garantizar cierta continuidad del corazón que ninguna metafísica del pasado filosófico podría prometer. El Mito de la Caverna de Platón fue concebido por un soltero (en “Room”, por cierto, casi todos los personajes masculinos salen bastante mal parados, menos Jack, pero Jack lleva media película el pelo largo…) Yo comprendo que muchos solteros no querrán -he comprobado que eso pasa mucho- conmoverse fácilmente ante una historia emotiva protagonizada en su mayor parte por una madre y su hijo, pero creo que es necesario para ellos que vean, o hayan visto y la recuerden, esta película.

 

 

Porque en ella el público sensible alcanza o puede alcanzar esta humilde conclusión: que la realidad “de verdad” será poca cosa, será limitada y pueril, en comparación con las aspiraciones de la Filosofía, pero después de dos milenios y medio es la única que tenemos y es el único ámbito en que sabemos movernos para que todo cobre algún sentido aun a costa de la Inmortalidad y del Deber-Ser. El criminal no paga su culpa en “Room”; quizá los demás tampoco tengamos culpa alguna que expiar, mucho menos todavía que él. Los presos no consiguen ascender para ver la luz del Bien absoluto, pero tampoco sienten la necesidad de volver a la caverna para guiar a nadie hacia su salvación. Al final, al contrario, sólo queda despedirse para siempre de la caverna, y con ella, del mito, de la metafísica y del viejo y sabio Platón, todo junto. O así hemos de hacerlo si realmente queremos una vida simplemente humana para Jack…

 

La caverna de Platón

 

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