La “robolución” y el problema del vacio

Año 2037. La gran mayoría de los trabajos relacionados con el transporte, la administración o la producción industrial han sido ocupados por robots. El aumento del crecimiento económico ha sido excelente. No hay ningún problema para pagar las pensiones a una población muy envejecida y las arcas del Estado permanecen saneadas y con superávit.  El gran problema es que la tasa de desempleo llega a niveles que rondan el 50%, si bien la manutención de tanto parado se solucionó implantando una renta básica universal. A pesar de que se han creado multitud de nuevos puestos de trabajo y aunque gran parte de los políticos siguen buscando fórmulas para bajar el desempleo, la reconversión laboral ha sido imposible y el desempleo generalizado ha pasado a ser algo completamente cotidiano.

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

La brecha económica y social ha aumentado. Los afortunados que supieron subirse al carro de la robolución,  aquellos que consiguieron mantener su puesto de trabajo mejoraron muchísimo su calidad de vida. Trabajando con robots que no tenían que dormir ni descansar, a los que no había que pagar un salario, que no se ponían enfermos ni pedían bajas por maternidad y que, para colmo, producían muchísimo más que sus predecesores humanos, las ganancias crecieron sustancialmente. Aunque el reparto de la riqueza siguió siendo tan injusto como siempre (el empresario se seguía llevando casi la totalidad del pastel), una tajada algo mayor les correspondió a ellos (eso sí, su jornada laboral sigue tan larga como siempre. Las predicciones de Keynes, definitivamente, no se cumplieron).

En consecuencia, la estratificación social ha cambiado: seguimos teniendo el pequeño porcentaje de superricos de siempre (un poco más ricos aún que antes), pero a cierta distancia les sigue una nueva clase social: los workers, aquellos que trabajan. Después viene algo parecido a la antigua clase media pero sin trabajo: los jobless (también llamados despectivamente laggards: rezagados). La clase pobre, afortunadamente, ha desaparecido casi por completo en los países desarrollados.

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

El problema de una sociedad que ha conseguido vencer el hambre, la pobreza, y gran parte de las enfermedades (la esperanza de vida casi llega a los cien años y creciendo), es buscar un sentido a la vida de toda la población jobless. La prensa ha llamado a este asunto el V-problem (void problem: el problema del vacío): ¿Qué hacer cuando no tienes nada que hacer? En sociedades como la nuestra, en las que el sentido de la vida ha estado muy ligado a la ocupación laboral, se temió un brote de angustia y vacío existencial de imprevistas, pero siempre nefastas, consecuencias. Entonces, los jobless, dieron cuatro respuestas al sinsentido:

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

  • Los antidepresivos y drogas de diverso índole han avanzado muchísimo, de modo que muchos han optado por una vida de placeres artificiales. El absurdo vital se compensa con un hedonismo potenciado con los nuevos avances de la farmacología. El soma de Huxley es ya una realidad, pero mucho mejor: prácticamente, puedes elegir el estado de ánimo en el que quieres estar en todo momento. Las macrofiestas en donde la música se mezcla felizmente con los psicotrópicos son ahora mucho más comunes que antaño. De hecho hay gente que vive durante años en una fiesta ininterrumpida. Son los everlastings. Las opciones de ocio han aumentado salvajemente: el cine, los videojuegos y la realidad virtual se han fusionado para brindar experiencias alucinantes como, por ejemplo, películas en las que, realmente, tú eres el protagonista. Hay restaurantes virtuales en los que puedes elegir en qué parte del mundo o qué paisaje quieres que envuelva tu mesa. Además, la alta cocina se ha fusionado con la avanzada farmacología consiguiendo platos increíbles: orgasmos con sabor a ostras, cerdo agridulce (sí, la comida china se ha impuesto) que hace que te rías, o los supersutiles (y de precios prohibitivos) pollo gong bao con sabor a verano, o la sopa de wonton que sabe a juventud.  La humanidad jamás ha gozado de tantas alternativas de diversión al alcance de tantas personas.

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

  • Luego están los russellianos. Al igual que afirmaba el filósofo británico Bertrand Russell, piensan que es una bendición haberse liberado del trabajo (que consideraban alienante), ya no tanto para el hedonismo salvaje como para otros quehaceres más elevados. Los russellianos se dedican al estudio, a la ciencia, al arte, a la política o a la filosofía, al voluntariado solidario o al ocio cultural: van al teatro o a la ópera, visitan museos, viajan… También hacen multitud de actividades de vida saludable: pasean, hacen deporte, van a la montaña…

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

  • Los prayers (rezantes): a pesar del ocaso de las grandes religiones en Occidente (el Islam fue el último en caer), y del tenaz esfuerzo del humanismo laico por terminar con ellas, han surgido nuevas formas de religiosidad, si bien constituyen grupos muy minoritarios en comparación con los everlastings y los russellianos. Habitualmente son formas sincréticas de religiones clásicas y orientales (hay una moda muy popular de rescatar religiones antiquísimas ya extinguidas), dándose originales mezclas como, por ejemplo, los nimai (o luminosos) quienes integran el chiismo imaní y el hinduismo advaita, con algunos elementos tomados del shintoismo japonés. Europa y Norteamérica están plagadas de sectas de lo más variopinto: desde los vedantas cristianos seguidores de Mithra, hasta los renovados adoradores de Brahatmanariyú (quien ahora es una especie de deidad digital que fluye por Internet).

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

  • Y por último los llamados voids (podría traducirse como vacíos) o, despectivamente, wastes (desechos): grupos de nihilistas que no han conseguido encontrar el sentido ni en el ocio ni en el russellianismo. Yacen tirados en los parques, vuelven a escuchar música de Nirvana y de los Smashing pumpkins y tienen una altísima tasa de suicidio. Fenómenos como los hikikomori, o casos similares de aislamiento y fobia social, son muy habituales en todas las capitales europeas.  También son tristemente habituales los suicidios colectivos: decenas de personas planifican todo por Internet (hay muchas webs dedicadas a ello y los gobiernos no dan abasto a cerrarlas), quedan en un bonito lugar alejado de las ciudades y mueren tras la ingesta de pentobarbital, que se consigue hoy muy fácilmente en la red (ellos querían hacerlo con el monóxido de carbono de los tubos de escape de sus coches como se hacía en Japón a principios de siglo, pero se encontraron con que ahora todos los coches son eléctricos). Sin embargo, aunque constituyen un problema social e incluso de salud pública, no son un grupo mayoritario en comparación con los otros dos grandes. A pesar de que muchos predicadores del apocalipsis vaticinaron una crisis existencial sin precedentes históricos, la verdad es que no ha ocurrido o, al menos, no lo ha hecho en tal medida.

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

 

 

Post scríptum: esta es una hipótesis de un posible futuro que me ha parecido especialmente literario. No obstante, con respecto a la robolución, creo que, después de un tiempo problemático de incertidumbre y desempleo, se conseguirá la reconversión laboral y no habrá ninguna renta básica universal (a lo sumo algunas rentas mínimas para sectores especialmente frágiles). Unos puestos de trabajo se extinguirán (como ya lo hicieron los de limpiabotas, curtidor, afilador, sereno, telefonista, etc.) y surgirán otros nuevos (como los actuales youtubers, personal shoppers, diseñadores de apps, etc.) que aún desconocemos. En la sociedad ya se han incorporado muchas veces avances tecnológicos que presagiaban la pérdida de empleo y, al final, no llegaron a tanto (por ejemplo, el mismo ordenador). En cualquier caso, lo que, evidentemente, hay que hacer son políticas para afrontar competitivamente estos nuevos cambios (cambios en el sistema educativo, en la fiscalidad, en la legislación laboral… y, por supuesto, en las mentalidades) ¡Traed robots a España ya!

 

Fotografía Jonás Bendiksen

 

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5 Comentarios

  • Se diría que tu bosquejo consigue fusionar a Isaac Asimov con William Gibson, pero a mi, personalmente, me recuerda más a esto:

    “No es preciso ser profeta para ver que las ciencias modernas, en su trabajo de instalación, no van a tardar en ser determinadas y regidas por una nueva ciencia de base, la cibernética. Esta ciencia corresponde a la determinación del hombre como ser cuya esencia es la actividad en un medio social. La cibernética es, en efecto, la teoría que tiene por objeto el manejo de la planificación posible y de la organización del trabajo humano. La cibernética convierte el lenguaje en medio de intercambio de mensajes y, con él, las artes en instrumentos manejados con fines de información”.

    (Heidegger, 1963).

  • Noooooo, no me compares con Heidegger… No cabe en mí insulto peor… jajaja.

    Pero sí, la cibernética y, más en general, las ciencias de la computación, convierten el lenguaje en información y cualquier actividad mental en procesamiento de información. Se habla de una nueva ideología o tecno-religión a la que se denomina “dataísmo”, en la que el fin último de todo es la información y todo se mide en función de ella. El poder y el control, evidentemente, lo tiene quién la posee, y la sociedad se organiza entre informados y desinformados.

  • No pretendía comparar, y menos contigo (si acaso te comparaba al edad dorada y al cyberpunk), hablaba del argumento, para tratar de mostrar que la tostada se olía ya hace unas cuantas décadas. Heidegger, de hecho, terminaba por darlo casi por inevitable, y por eso soltó aquella frase retórica -o metafórica- póstuma en la que se le veía el plumero (se le veía, quiero decir, que después de todo tenía un terror cerval al dominio absoluto de la técnica): “sólo un dios puede salvarnos…”

    ¿Sólo un dios puede salvar a los abocados al vacío, esos pocos que, como por selección natural, no se adaptaran a la nueva, y parece que definitiva, era? Pienso que te dejas otro punto de vista. Además de los nihilistas nostálgicos, y los rusellianos diletantes, podría imponerse una perspectiva más femenina al mundo del confort cibernético que planteas. La “ética del cuidado” que lo llaman ahora. Vivir para cuidar de los demás, y de lo demás en general, sin necesidad de anclajes absolutos o destinos trascendentes, como han hecho las mujeres toda la vida, pero esta vez voluntariamente. Una existencia de finalidades finitas, reconciliados con lo que Nietzsche llamaba “el sentido de la Tierra”, y olvidados ya de las mandangas grandilocuentes mediante las cuales Occidente ha acostumbrado a apuntalar su poder. Eso podría ser un futuro realmente “robulucionario” sin vacío ni nada, y total, ya andamos medio metidos en ello…

  • la ciencia,la tecnología y la medicina moderna han alterado le evolución natural del ser humano y por consecuencia no superaremos esta primera etapa,al modificar el rumbo la extinción de nuestra especie es mas que segura

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