Mecanicismo canalla

He recorrido el camino que lleva a la ciencia como esos perros que salen a pasear con sus amos, avanzando y retrocediendo de la misma forma cientos de veces. Cuando llegué, estaba cansado…

G.C. Lichtenberg, “Ocurrencias, aforismos”.

 

 

Este curso estoy impartiendo Psicología en el instituto, una presunta ciencia en la que no creo demasiado y sobre la que suelo disuadir a mis pupilos respecto de su estudio en la universidad. El otro día estaba hablando, mal que bien, del conductismo americano, y una alumna, en general estudiosa aunque algo arisca, musitó para sí misma: “Esto es una mierda…” Como la oí, porque estaba cerca, le pregunté: “Miriam, ¿es una mierda toda la asignatura o sólo esto que estoy contando?”. Ella respondió sinceramente: “No, profe, la asignatura no está mal, es esto lo que es feísimo…” Sorprendido, tuve que darle con cierto énfasis la razón, porque a mí tampoco me gustaba nada, y luego traté de explicarle a los demás el porqué, sin demasiada fortuna me parece. Y es que todas aquellas gaitas del perro de Paulov, del estimulo/respuesta, de la caja de Skinner, y tal y cual, no son más que formas de encajar como sea el mecanicismo moderno también en el análisis de la conducta humana. Hay que fijarse en que Miriam no dijo que no fuera verdad, que en eso no se metía, lo que dijo es que era “feísimo”. Y es que … ¿hay algo más feo, más de mal gusto, que concebirnos a nosotros mismos como maquinitas sin seso que sólo responden a necesidades fisiológicas interiores excitadas por tontas y simples señales exteriores? Eso se lo dices tú en la cara a un digno señor anterior a la segunda mitad del s. XIX y te puedes ganar un duelo al amanecer con padrinos y pistolas –o floretes: las armas, si quieres, las eliges tú. Son teorías, estas, que los adultos aceptan fácilmente como ya han aceptado tantas cosas frías y crueles en la vida, pero que, como digo, parece que algún adolescente que otro no se traga de buenas a primeras.

 

 

“Mecanicismo” es el nombre genérico que los historiadores de la ciencia, o los epistemólogos, adjudican al periodo que renovó la Física a partir del s. XVII. Puesto que interpretar los fenómenos naturales conforme a la metáfora de un mecanismo -o, más específicamente, de un reloj- que funciona autónomamente (por tanto, sin Dios, o situando a Dios sólo al principio de un modo más bien testimonial) distribuyendo por el vacío[2] porciones de materia en movimiento sometidas a un conjunto determinado de leyes ha parecido funcionar tan bien en la práctica, entonces la historia nos muestra que las demás ciencias se pusieron enseguida a intentar emularlo en lo posible en los siglos siguientes. Incluidas también las ciencias o paraciencias que aparecieron después, como la Sociología, la Antropología, la Politología o la Psicología. La cosa no dejaba de tener un aspecto muy moderno, muy anticlerical y muy de un cierto sentido común matizado por el acre desengaño: en el universo todo es inerte, nada tiene un propósito propio, pregúntate únicamente la causa de un fenómeno, lo que lo ha producido, pero jamás para qué se ha producido, puesto que no hay sentido alguno en el mundo, a la porra con las viejas causas finales. Max Weber lo llamó “desencantamiento del mundo”, entendiéndolo como algo inevitable en el proceso de racionalización humana de la realidad, y, desde entonces, a nosotros, y a nuestros alumnos, nos quieren hacer pasar por inevitables también un montón de cosas que son claramente indeseables para la intelección que nos hacemos de nuestra propia vida, como si no tuviésemos elección alguna, como si debiésemos de asumir lo feo como consecuencia inexorable de no sé sabe bien qué descreída y grave madurez…

 

 

Así, nos dicen ahora que el futuro pasa por grandes ordenadores que tomarán decisiones por nosotros, o por algoritmos que dirigirán nuestro día a día, o por robots que harán nuestro trabajo y nos dejarán en el paro. “Es la evolución”, dicen, haciendo trampas con las palabras, ya que ni siquiera Darwin entendía la evolución como “evolución para mejor” (existe una nota manuscrita suya en su ejemplar de El origen de las especies que lo niega formalmente). El evolucionismo de Charles Darwin, de hecho, consistió en la aplicación más exitosa del modelo mecanicista fuera de la Física, convirtiendo la disciplina natural más versátil y rica, más susceptible de ser experimentada y catalogada directamente, la Biología, en una apisonadora teórica de aniquilamiento de individualidades vivas. Como tampoco la vida tiene especial sentido, se dice, y además hemos sacado a Dios de la ecuación, la selección natural darwiniana a lo que se dedica es a masacrar ejemplares particulares y especies enteras de seres, y el que consiga librarse que se las componga… en este caso para reproducirse (existe un texto muy elocuente de George Bataille al respecto del que no recuerdo el título[3]). La selección natural es un operativo ciego, mata sencillamente porque no hay recursos para todos en un determinado entorno -idea que Darwin acogió, con mucha ligereza en mi opinión, del economista liberal Thomas Malthus-, no mata “queriendo”, por tanto, como parece pensar mucho darwinista social. Pero precisamente porque es ciega es mecánica, y no actúa en vistas de mejora ninguna; actúa sin más. Si las circunstancias del medio permitiesen sobrevivir a las lombrices, pero exterminasen a los considerablemente más complejos chimpancés, eso sería la evolución darwiniana, eso sería la realidad de las transformaciones de la vida en la Tierra. Súmale a eso que nos vienen ahora con que el gen es egoísta, y que usa a sus huéspedes, nosotros, en función únicamente de nuestra capacidad para transmitirlo a otros huéspedes, y con eso completamos el cuadro de la depreciación absoluta de la vida tal y como la conocemos, dado que no somos ya más que mera y desechable cáscara. Biologicismo canalla, en fin, como el conductismo es psicologismo canalla…

 

 

Naturalmente, el científico de turno siempre replicará que la Verdad es la Verdad, y por tanto el que se queje es un ignorante o un beato. Yo también pienso que echar mano de Dios es un recurso falso, un callejón sin salida lógico; sin embargo, no me parece que a cambio tengamos que comulgar con ruedas de molino. A finales del s. XIX y principios del s. XX se dio una pequeña rebelión al respecto, en la figura de un movimiento filosófico y literario que luego se bautizó como “vitalismo”. El mecanicismo parecía tan racional, reduciéndolo todo a cantidad medible y experimentable, que el vitalismo quiso recuperar las cualidades ocultas y volver en cierto modo al irracionalismo de Schopenhauer. No era más que la otra cara de la misma moneda, puesto que tal vitalismo venía a ser también prácticamente ciego, como su conversa rival mecanicista. La vida se expresaría mediante voliciones irracionales inmanentes, sí, pero que tampoco llevarían en realidad a ninguna parte. Entre el uno y el otro, pues, entre el forzudo mecanicismo y el debilucho vitalismo, llevamos más de cien años digiriendo la desagradable idea de que lo que consideramos más valioso de nuestra existencia debe ser leído como expresión de un dato muerto, de una realidad puramente funcional. El antropólogo, por ejemplo, hace exactamente algo como eso: nos habla de lo que una tribu perdida venera como más sagrado en términos de la utilidad adaptativa o funcional que ello les reporta, tornándoles así en pueblos similares a como hemos llegado a ser nosotros, en homo aeconomicus, o como se diga en plural. Resulta feo, como dice con toda razón Miriam, porque entonces nada es real, nada tiene el sentido que parece tener, y a cambio hay que transigir con un absurdo mecanismo ciego de fondo del que no podemos de ninguna manera escapar.

 

 

En las universidades técnicas se estudia Física y demás como si todas esas entidades que llaman “invisibles” fuesen tan reales como un pastel de manzana. Hay pasteles de manzana en el horno, hay quarks y anti-quarks integrando el núcleo en el átomo…  Lo que ocurre es que el año que viene el modelo va y cambia, por motivos estrictamente científicos muy honorables, y los quarks son algo distinto de lo que se creía, ya no se clasifican adecuadamente por la tabla de “sabores”, “colores”, etc., en que lo hacen hoy, por ejemplo, y entonces el estudiante de Física acepta la novedad sin darse cuenta de que ya no hay exactamente quarks tal como antes los entendía, que nunca los había habido, que no estaban ahí en la forma que creíamos que estaban formando protones y neutrones (como ya no lo está, desde Einstein, en absoluto, la fuerza gravitatoria de Newton atrayendo a las masas, con lo demostradamente útil que ella era para tantas cosas), que ahora hay que creerse otra cosa ligeramente distinta, mientras que los pasteles de manzana siguen estando ahí, con su propio “sabor”, “color”, etc., inconfundibles, en el horno… Sinceramente pienso que para ahorrarse estos problemas, basta con que el físico no se meta a metafísico, o sea, que siga investigando todas esas cuestiones sin duda tan fascinantes pero sin verse obligado a comprometerse con actitudes acerca de la verdad o la falsedad, la existencia o la inexistencia. Viviría más tranquilo, y se sentiría más libre. Y nosotros también, por cierto, puesto que aquellos otros que se ponen metafísicos con nuestra manera de ser y no con los quarks, esos sí, nos amargan la vida. O es que nos quieren amaestrar, a la vez que nos imponen en las escuelas su teoría del amaestramiento humano, lo cual a Miriam y a mí nos parece bastante feo. ¿Qué estímulo-respuesta ni qué ocho cuartos? Todo estimulo es interpretado en el interior de una conducta previa para funcionar como estímulo, y si el sujeto es humano, la respuesta es necesariamente cultural. ¿Significa esto que estamos atrapados en el relativismo cultural, que todo vale, que cada uno organiza su vida como quiere y que no existen patrones universales, que nos hemos precipitado definitivamente en el nihilismo? No, todo lo contrario, significa que la interpretación de lo que hacemos debe ser hablada y discutida por los propios interesados en ella, que debe ser universalizada como debate, en vez de fijada unilateralmente por unos señores que realizan encuestas, experimentos, artículos y otros protocolos profesionales que en realidad no nos tienen lo más mínimo en cuenta a aquellos individuos o grupos a los que se pretende beneficiar. Así, resulta que los científicos al final se nos ponen más filósofos que los propios filósofos clásicos, al hablar en términos de entidades, categorías o valores de verdad, al tiempo que pretenden sin embargo situarse por encima de aquellos filósofos: un entuerto, me parece, del todo innecesario…

 

 

Algo parecido ocurre también con el concepto de “meme” de Richard Dawkins, que ni es un concepto bien formado ni está falto de consecuencias indeseables, pero que intenta también analizar la cultura bajo un enfoque mecanicista. No solamente es un concepto que ignora la genealogía, en el sentido de Nietzsche, o la idea de la “historia efectual” de Gadamer (que tratan de explicar precisamente qué sintagmas culturales han quedado fijados a lo largo de la historia por motivos enteramente humanos y contingentes), sino que… ¿Qué demonios es, en el fondo,y más allá de la metáfora de un “gen informativo”, un “meme”? ¿Cómo se explica su “fecundidad”, que a su vez justifica su “longevidad” y “replicabilidad”? Pasa igual que con el meollo de la evolución de Darwin… ¿qué significa exactamente que sobrevive “el más apto”? Como he insinuado antes, tan apto y adaptativo puede ser el débil que sabe camuflarse como el fuerte que sabe atacar. “Apto” significará, pues, en cada ocasión, lo que le convenga al evolucionista en orden a dar cuenta de una situación determinada. De modo análogo, un meme puede prender y replicarse por múltiples motivos distintos. Einstein triunfó como meme cultural porque convenció a la élite científica con razonamientos matemáticos complejos, y sin embargo es famoso entre la gente por una ecuación sencilla -sencilla de enunciar, me refiero-, una idea falsa de su teoría (el anteriormente citado “todo es relativo”) y su foto sacando la lengua. ¿Qué fue, pues, más “fecundo”? ¿En qué sentido estos datos configuran de alguna manera una unidad “mínima” de información? Pues habrá que establecer niveles, y habrá que depurar complejidades. El efecto fotoeléctrico es muy fecundo si da lugar al alumbrado de las ciudades, qué duda cabe, pero el público en general no sabe que lo formuló Einstein en su forma actual. En fin, que me temo que, mirando las cosas más de cerca, la idea mecanicista de “meme” es de una simplificación abrumadora de los verdaderos procesos de herencia cognitiva en el plano cultural, y además seguramente terminará por justificar (como el gen egoísta justificó sin quererlo a los yuppies de los ochenta) nuestra actual cultura de la imagen y del slogan rápido y directo, del tuit y del gag. Es decir, que finalmente “meme” no es un concepto tan arbitrario, después de todo, sino que, en su indefinición abierta, termina por cargarse de un significado ideológico concreto (inconsciente, sin duda, para Dawkins) que sirve para lo que sirve…

 

 

No obstante… no obstante, el lenguaje ordinario, el que hablamos a diario, ese que por saber manejarlo bien nos califica de “humanos” más bien que de animales, sí que contiene siempre un sentido bien concreto para cada cosa, para cada situación. Decimos “amor” -me arriesgo a ser un poco cursi- y no queremos decir que esta semana tengamos las hormonas disparadas, queremos decir que cierta persona nos gusta mucho más que otras. O al revés: decimos “odio” y no queremos decir que la persona odiada pertenezca a una comunidad de intereses distinta de la mía, queremos decir que su actitud habitual es deplorable y mezquina. Desde luego, es necesario que exista un nivel aparte, el nivel propiamente científico, en el que “hormona” o “interés” ayuden a explicar de otro modo lo que nos pasa cuando amamos u odiamos, sobre todo para que no nos dejemos llevar siempre por nuestras emociones más básicas. Pero tengo dos salvedades importantes a esto: primera, que ese nivel ya existe dentro del propio lenguaje ordinario, cuando, por ejemplo, un amigo nos previene respecto a lo que nos está pasando; y, segunda, que aunque es cierto que ese nivel científico es más sofisticado, más abstracto y definido, de ninguna manera puede pretender sustituir al del lenguaje natural. O sea, ampliando lo dicho: en primer lugar, que el uso de un metalenguaje es consustancial al uso del propio lenguaje, que el metalenguaje también se habla, se comunica con toda naturalidad; y, en segundo lugar, que el metalenguaje o lenguaje especializado científico pretende situarse en un plano distinto al mundano pero en puridad queda totalmente pregnado de él, en estricta servidumbre del universo de fines tangibles propios de la vida real. Así, todo, absolutamente todo, se puede decir en cristiano vulgar, o en “román paladino”, y por eso los alumnos tienen profesores que les explican a su manera las materias más abstrusas. El lenguaje natural, corriente, menciona constantemente hechos, exactamente igual que el lenguaje científico, sólo que no hace una previa restricción de qué hechos pueden ser legítimamente nombrados y cuáles no[4]. Cuando se hace necesario ir más allá del lenguaje mundano es porque cierta coyuntura requiere de un control teórico mayor del contenido de nuestras acciones, y a eso es a lo que llamamos “práctica científica”. La ciencia es nada más -pero tampoco nada menos- que un dispositivo de control, una estrategia de conocimiento, y no, ni por lo más remoto, el desvelamiento de lo que de verdad hay, soterrado y aguardando a ser descubierto, bajo el suelo de nuestras creencias comunes. Y el lenguaje ordinario es lo que hoy se denomina un sistema autopoiético, es decir, que se genera y se produce a sí mismo en el contexto en que opera, que es el contexto social, como seguramente sea también autopoiética la naturaleza misma en su propio marco, sin necesidad de ningún dios y conforme enseña la Teoría de Sistemas.

A lo que quería llegar, pues, es a que probablemente sea cierto que tanto el lenguaje como la naturaleza carecen de fines absolutos, pero esa constatación no tiene por qué nos arrojarnos a los brazos de una cosmovisión netamente mecanicista. Existen, se dan continuamente, suceden sin parar en nuestras vidas finalidades provisionales, finitas, que pueden ser perfectamente racionalizadas y que son más verdaderas que esa Verdad fea[5] y canallesca que nos venden por ahí. Haríamos bien, creo yo, en atenernos a esas finalidades (porque son, como digo, nuestras, acontecen en nuestro ámbito), en vez de tenernos a nosotros mismos por trozos torpes y opacos de materia, o correremos el riesgo de que se ocupen otros de dárnoslas hechas desde arriba en nombre de la Ciencia…

 

 

[1] Hago este título de un remedo del de César Rendueles, Capitalismo canalla, tan sólo porque me suena bien…

[2] Y ha de ser, por cierto, necesariamente un vacío inmenso, descomunal, a escala planetaria o subatómica. Desde que Newton se impuso sobre Descartes, ese espacio neutro, inservible, no ha hecho más que crecer, y ahora que la Teoría de la Relatividad lo ha despojado de fuerzas gravitatorias le surgen otros candidatos para poblarlo un tanto: materia oscura, fuerza electrodébil, etc.

[3] Y tampoco encuentro en Google; no obstante, me parece recordar que es un texto que no cuestiona esta visión, sino que la resalta y refuerza para defender una concepción reaccionaria de lo despiadado de la naturaleza. Resulta, así, útil en tanto reductio ad absurdum…

[4] De este modo, el mejor modo de hacerse cargo de la complejidad de la conducta humana no sería la psicología conductista, que borra u omite muchos de esos hechos en nombre del rigor mecanicista, sino leer una novela…

[5] Para bonito, lo siguiente, que también es lenguaje especializado: Naturaleza, Jaime Siles

 

Y si, de pronto, tú, naturaleza,       

entre pliegues de piedra me mirases   

y no pudiera ser yo, sino tu música     

en los mismos instantes que dura una verdad;

una verdad que pasa por un cuerpo   

abriéndole a los ojos todas sus superficies        

para dejar de ser lo sido cada día,      

para dejar de ser una verdad,               

qué transparencia en la quietud del fondo.    

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10 Comentarios

  • Comprendo que, a veces, para argumentar hay que simplificar, pero reducir la psicología a una caricatura e identificarla casi exclusivamente con el conductismo de Skinner, para considerarla una disciplina desdeñable es una exageración que no es verdadera y que puede descalificar, si utilizamos argumentos similares a su “alma mater”: la filosofía. Ocurre sin embargo que el conocimiento es muy complejo y que no es tan fácil descubrir si los humanos tenemos o no mente o si somos una “tabula rasa” que se va construyendo con los estímulos de la experiencia. La “Historia de la Psicología” de Thomas Hardy Leahey es un texto fascinante y muy bien escrito que recomiendo y que recoge ese largo camino lleno de especulaciones, de límites, de errores, de intentos de manipulación, pero también de descubrimientos sumamente lúcidos sobre cómo pensamos o sentimos o nos comportamos. Una historia que sigue avanzando a pasos agigantados en estos momentos con el apoyo de nuevas tecnologías que quizá nos terminen transformando.

    Skinner quiso aplicar el método científico a la psicología tratando de medir lo único medible: la conducta, que consideró siempre relacionada con el ambiente. Y se equivocó cuando dio un salto excesivo, generalizó sin base científica, y fantaseó a partir de eso con una maquinaria de ingeniería social claramente distópica: “Walden dos”. Pero eso también le pasó a Platón y a Marx, por ejemplo, y siguen viviendo en los altares de la filosofía.

    Estoy de acuerdo contigo en cuestionar el determinismo humano y en que se use teorías aparentemente científicas como pseudociencia para legitimar puritanismos o ideologías con tentaciones totalitarias. No creo que eso se desprenda de las teorías evolucionistas ni creo que sea lo que defiende Dawskins. Por el contrario creo que cuestionar la idea de un “diseño inteligente” y de dioses que meten las manos en este mundo y legitiman morales o hacen milagros es el primer paso para encontrar significaciones y formas de vivir realmente humanas y potencialmente más libres y gozosas. La biología se ha demostrado evolutivamente muy plástica y suele ser la cultura la que pone los límites más infranqueables. No sé cuántas horas dedican los chicos de los institutos al evolucionismo, ni a comprender con profundidad y perspectiva histórica el método científico, pero me temo que bastantes menos que las que dedican a la catequesis para la primera comunión. Así que no creo que ese sea el problema de este país ni la causa del posible nihilismo de la juventud. En EE.UU donde se bate el cobre Dawskins lo intentan prohibir en las escuelas y declararse simplemente agnóstico es un asunto relativamente peligroso (se puede leer aquí lo que le ocurre a los políticos que lo hacen http://www.terceracultura.net/tc/?p=8357). En otros países regidos por religiones que ocupan el estado mejor no hablar. Tampoco de lo que ocurrió en el pasado.

    Es verdad que la descripción del átomo cambia y que las teorías cuánticas suelen ser oscuras, antiintuitivas e incomprensibles para la mayoría de nosotros. Pero la bomba atómica explotó, la información viaja rauda por internet y la resonancia magnética consigue imágenes muy precisas de nuestro cuerpo. Nuestro mundo se ha trasformado por una tecnología basada en la ciencia que está sustentada en esas teorías que se irán transformando pero que parecen contener más verdad sobre la naturaleza que las especulaciones de otros tiempos que concluían que la tierra era plana o que las mujeres eran inferiores.

    Me parece que la ciencia bien hecha, acotada a lo que puede decir, atenta a medir honestamente los hechos que son tan huidizos será siempre la única posibilidad liberadora de las ficciones sociales que por otro lado las sociedades parecen precisar pero que tan opresivas pueden volverse para la vida de los individuos. Reconozco que estoy releyendo “Sapiens” de Yuval Noah Harari y estoy un poco influido por algunas de sus explicaciones.

    Sobre el gen egoísta y los memes escribiré un artículo. Hace cincuenta años que se publicó y es un libro memorable aunque no se este de acuerdo con él.

    Gran artículo

  • Comparto todas tus opiniones, por lo mismo que no creo que ninguna de ellas constituya una crítica para mi texto. Lo que se denunciaba aquí era la intromisión de un modelo en campos de realidad que no le corresponden, produciendo el efecto ideologico de que es epifenomenico lo que es radicalmente empírico. Eso es todo.

  • Óscar:

    Muy oportuno el artículo, sí señor. En tiempos de fundamentalismo religioso y relativismo posmoderno, de cegueras ideológicas y posverdades, de homeopatía y antivacunas… No había mejor rival que atacar el conocimiento científico. Además, realizando una caricatura tremendamente simplista, un muñeco de paja al que golpear con facilidad.

    1. A ver, desde la filosofía de la ciencia contemporánea (la anglosajona, por supuesto) nadie defiende ningún tipo de realismo metafísico en el que la ciencia consigue desvelar el ser, y el positivismo, quedó desterrado a partir de la obra de Kuhn. Hay posturas realistas y objetivistas, desde luego, pero nada de lo que hablas. A día de hoy, solo cuatro catetos defienden que la ciencia es la verdad absoluta e irrefutable. No sé entonces a quién estás atacando.

    2. Es cierto que el conductismo tiene sus limitaciones, pero desde luego no es la caricatura simplista que has hecho de él. Skinner quería dar un estatuto científico a una psicología que era un cachondeo y se agarró a lo único que podía ser observable sin lugar a dudas: la conducta. No obstante, si quieres más seriedad tenemos a conductistas muy potentes en la filosofía como Gilbert Ryle o Daniel Dennett (o el mismo Wittgenstein si quieres ya una guest star).

    3. Cuando la ciencia desterró las causas finales, no lo hizo así, en plan guay. No dijo: “¿Sabes que se me ha ocurrido está noche tomando una cerveza? ¡Vamos a quitar las causas finales! NO. Si analizas qué tipo de causalidades finales se aceptaban en la época de Newton, y todavía en la nuestra, todas eran especulaciones teológicas que apuntaban a las más variopintas formas de divinidad. Newton (que no era para nada ateo), pegó un hachazo a todas estas explicaciones no porque le diera la gana, sino porque eran malas explicaciones a nivel epistemológico. Decir que en el extremo último del universo hay un motor inmóvil, forma pura, causa incausada que mueve sin moverse todo un conjunto de esferas superpuestas hechas de éter, no es una buena explicación. Gracias a que Newton prescindió de todo eso y se centró en utilizar lógica matemática y rigurosa observación empírica, ocurrió la mayor convulsión en la historia del conocimiento humano: la revolución científica. La ciencia, la buena ciencia, es lo contrario al adoctrinamiento totalitario: es violentar el pensamiento, es decir que algo es así independientetemente de que nos guste o no, de que vaya a favor de nuestras creencias más arraigadas o no.

    Además, la causalidad final no se desterró por completo. De hecho, el concepto de función, que se usa mucho no solo en psicología o antropología, sino en biología, es una forma de causalidad final. Por no hablar de la ingeniería, donde, en fin, sobra explicar que las máquinas persiguen objetivos a cumplir, es decir, obran teleológicamente. El gran problema reside en que hablar de finalidades es muy difícil porque encontrarlas observando la naturaleza es complicado. Por ejemplo, si yo observo Marte orbitando en torno al sol… ¿por qué lo hace? ¿Qué finalidad tiene su giro? El científico, lo que hace es decir: no lo sé. Lo único que sé es que actúa siguiendo la ley de la gravedad (causa eficiente), por lo que solo hablo de lo que sé. Pero, si lo supiera, ¡claro que lo diría! El abandono de la causalidad final fue un gesto de humildad, no de soberbia desde luego.

    4. ¿Qué el darwinismo es biologicismo canalla? A ver si afinamos un poco porque no sé si tienes un cacao mental muy grande. El darwinismo, en cuanto a la teoría de Darwin acerca de la evolución de las especies es algo muy diferente al darwinismo social. Es que constantemente estas cayendo (o haciendo que tus rivales imaginarios caigan) en la falacia naturalista: una cosa es cómo es la realidad (que, mutatis mutandi, es tal y como dice Darwin) y otra cosas muy diferente es cómo queremos o nos gustaría que fuera. De la teoría de Darwin no se infiere ningún tipo de imperativo moral. Darwin no dice: matemos a los que nos parezcan menos aptos… NO. Si quieres hablar de darwinismo social cita a Spencer, a Galton o a Spearman pero no hables de Darwin, ni tampoco de Dawkins.

    5. Los átomos son tan reales como un pastel. Los modelos atómicos que se han ido sucediendo a lo largo de la historia de la física no han supuesto un cambio radical en el modelo, sino un sucesivo perfeccionamiento en la precisión con la que observamos el mundo microscópico. De aquí a unos años, el modelo de Schrödinger, a lo mejor no es válido, pero dudo muchísimo que lo que haya diga radicalmente algo muy diferente a lo que se dice ahora. De hecho, gracias a creer que los átomos son tan reales como un pastel funciona, a las mil maravillas, el microprocesador del computador con el que estás leyendo ésto, además de que se están diseñando nuevos muchísimo más potentes que operan ya almacenando información a nivel cuántico… ¿Algo tendrán de realidad esos quarks, no? ¿O son solo un artificio lingüístico sin más?

    6. Es que tu artículo parece un despropósito. Partes de que a una alumna tuya le parece una mierda el conductismo… y como a ti tampoco te gusta como queda parada la visión del hombre a partir de la ciencia actual, pues nada, ala, a despotricar. Macho, la realidad no es como a nosotros nos gustaría que fuera, es como es. Si somos máquinas biológicas sin una finalidad transcendental en el universo habrá que aceptarlo y dejar de lloriquear.

  • Gracias por tus comentarios, pero a este juego ya hemos jugado, y tampoco entonces dio muchos frutos. Aquí además entras en la descalificación personal leve, por así llamarla,. como supongo que habré hecho yo también alguna vez. Remito al lector intersado a la anterior querella:

    http://hyperbole.es/2015/08/jugando-con-dios-al-craps/

    Y sólo añado (ya que si no nos perderíamos en infinitos detalles, como que me parece que confundes a Newton con Galileo y bagatelas así), sobre lo más substancial y profundo de lo que hemos venido discutiendo, además de lo ya respondido a Ramón, un testimonio ajeno únicamente para aclarar que todo este tiempo no he tratado de ser inoportuno y dar combustible a opciones irracionalistas, sino al contrario:

    “La racionalidad sustantiva, suprimida en aquella inocente toma de partido por la racionalidad formal, revela en este anticipado concepto de una auto-organización cibernéticamente regulada de la sociedad una tácita filosofía de la historia. Esta descansa en la cuestionable tesis de que los hombres podrán gobernar sus propios destinos en la medida en que se apliquen técnicas de organización social, de que se podrán gobernar racionalmente estos destinos en la medida en que se sometan a control cibernético incluso la aplicación de esas técnicas. Pero tal administración racional del mundo no se identifica sin más con la resolución de las cuestiones prácticas históricamente planteadas. No hay ninguna razón para suponer un continuo de racionalidad entre la capacidad de control técnico sobre los procesos objetivados y el dominio práctico sobre los procesos históricos. La irracionalidad de la historia estriba en que la “hacemos” sin haber sido capaces de hacerla conscientemente. De ahí que la racionalización de la historia no pueda ser promovida por un aumento de poder de control de los hombres en cuanto manipùladores de instrumentos, sino sólo por medio de una etapa superior de reflexión, por medio de una consciencia de los hombres en cuanto seres activos, que progrese hacia la emancipación”

    o

    “Pues una civilización, por el hecho de haberse convertido en científica, no por eso queda dispensada de la necesidad de dar respuesta a cuestiones prácticas; por eso surge un peligro peculiar… no se busca ya un consenso racional de los ciudadanos sobre el control práctico de sus destinos. Ese acuerdo es sustituido ahora por la tentativa de alcanzar técnicamente, de manera tan apráctica como ahistórica, un control sobre la historia por medio de un perfeccionamiento de la administración de la sociedad”.

    Jürgen Habermas, hace ya algún tiempo.

  • Óscar:

    Es que Habermas y toda la Escuela de Franckfurt también se equivocan en sus pronósticos (como todo el marxismo ¡A ver si ya vamos analizando la realidad desde otros parámetros!). Mira el mundo que te rodea ¿Crees realmente que vivimos bajo un fuerte control cibernético? ¿Vivimos sometidos a un fuerte proyecto de ingeniería social? No sé tú, pero yo es que me encuentro bastante libre y poco controlado. No veo que ningún gran hermano tecnológico me vigile. De hecho tampoco veo, para nada, que la razón instrumental haya sustituido el debate político o la reflexión… ¿Tú has visto en las sesiones parlamentarias eso? Pero si, precisamente, lo que necesitamos son más políticos versados en ciencia y tecnología… ¡si España es de los países del mundo que menos invierte en I+D! Si hoy en día, si Skinner viviera, solo lo conocerían cuatro personas viéndolo en la 2 a las tres de la mañana… Dime tú qué científicos positivistas-mecanicistas tengan algún peso en el debate mediático…

    Es que te equivocas de enemigo de cabo a rabo, de verdad. Y, aunque no sea tu intención, terminas por alimentar cierto irracionalismo. Alguien que lea que el darwinismo representa una apisonadora de la individualidad… que es biologicismo canalla… no sé qué idea se va a llevar de lo que defiende la biología contemporánea…

    P.D.: y, por supuesto que no he confundido a Galileo con Newton. He comparado el sistema aristotélico con Newton, y no con Galileo, porque el sistema aristotélico es el finalista por excelencia mientras que el newtoniano es la culminación del afinalismo (y no tanto el galileano, el cual era todavía muy incompleto. Galileo se carga el sistema aristotélico-ptolemaico, pero no consigue construir del todo una nueva física, solo pone los cimientos con sus principios de relatividad y de inercia, sobre los que edificarán muchos otros durante toda la Edad Moderna).

  • Cesa un tanto el tono deprecatorio (el tuyo, excepto entre exclamaciones, pero reconozco que estaba también de un modo impersonal en mi texto de partida), podemos charlar, sobre esto último o sobre tus 6 puntos anteriores, si luego quieres. No soy marxista, al menos hasta el punto en que puede dejar de ser algo un pluralista, que en todo ve un recurso explicativo válido excepto en que se tome a cada uno de ellos como único -en este sentido es marxista también Habermas, por ejemplo, pero también kantiano y otras cosas, sin perjuicio lo uno de lo otro. Acepto tu puntualización sobre Física Clásica, sin reservas, y de darwinismo ya hablamos en una anterior ocasión. En realidad, como sabes, hoy al darwinismo ya no lo reconocería ni su propio padre, y sin embargo en el plano popular, ideológico, sigue funcionando una interpretación muy vieja que favorece el neoliberalismo y concepciones como la de Dawkins, aunque él mismo lleva años retractándose en gran medida pero sin confesarlo abiertamente. El propio “meme” le parece un error, si no lo he leído mal, y es que es una noción que encierra en su interior el mal que yo lamentaba aquí, porque precisamente un meme es algo que no se argumenta, sino que se impone irracionalmente. De ahí que haya sacado a colación a Habermas. Porque la obra de Habermas -que ya está muy mayor, pero al que, sin coincidir en todo, tengo por el último gran héroe de la filosofía- nos recuerda que el asunto de la racionalidad trata acerca de argumentar, de argumentos. La actitud que aquí hemos venido en llamar “mecaniscimo” está en las antípodas de toda argumentación, y se ofrece siempre como la realidad misma, sin bien bajo una filosofía de la historia comteana que asume la aparición gradual de la verdad, siempre que tampoco pueda ser en caso argumentada, porque el criterio queda en manos de expertos y no de la consideración práctica de una ciudadanía bien informada. La Escuela de Fráncfort no había llegado tan lejos como Habermas (no a una teoría de la acción comunicativa, que es lo que yo trababa de defender en mi texto, pedestremente), pero ya que lo preguntas sí, encuentro el mundo actual anegado de razón instrumental, y los pronósticos que tú mismo haces en tus artículos de esta revista lo prueban, en gran parte. Nos hablan de un futuro que se nos viene encima, y sobre el cual, parece, no hay consenso (formal, provisional… lo que se quiera) argumentativo al que se pueda llegar desde el “mundo de la vida”, o sea, de la decisión autónoma y soberana de los hombres implicados. Lo que yo a l final de mi texto denominaba “fines finitos”, valga la redundancia.

  • Esa decisión debe tener en cuenta todo, y no tolerar las previas reducciones a que le somete la ciencia entendida de manera mecanicista. La comprensión del mundo es siempre compresión global y compleja, no esquemática y purificada, y solo a partir de ella se puede seriamente deliberar y decidir, o en caso contrario nos están tomando el pelo o dirigiéndonos en nombre del progreso de la humanidad (por eso, creo, Habermas es nuestro último defensor, el pensador postrero, después de él no sé qué podrá haber, ¿cibernética sin límite? ¿tecnocracia obligatoria? ¿mecanicismo social? ¿”esto son lentejas: las tomas o las dejas”…?)

    Acabo, ya más llanamente. ¿Por qué tengo yo que pagar la cuota de un jodido móvil, si no lo necesitaba? Puede que tenga muchas ventajas nuevas, no lo niego, pero nadie me ha consultado al respecto. Como eso, todo lo demás referido a la tecnociencia, lo que hay y lo que vendrá. En cuanto a los Parlamentos nacionales, ya sabemos todos por quien o quienes están controlados, y desde luego no me parece que exista mayor expresión de la racionalidad instrumental que el afán de lucro.

    Esas cosas habría que enseñar en la escuela, y al conductismo como a un fósil…

  • cita del autor:
    ” Lo que se denunciaba aquí era la intromisión de un modelo en campos de realidad que no le corresponden”

    Antes de llamarse conductismo se llamaba domesticar. después llegó la explicación química. lo que queda de él: un fósil.
    O una perversión.

    buen artículo!

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