Spencer Tracy, en cuatro películas, cincuenta años después

Creo que el primer recuerdo que tengo de una película de Spencer Tracy es de “Forja de Hombres” y debía ser muy pequeño, más que el personaje interpretado en ella por Mickey Rooney, pero me quedó un recuerdo muy vívido de él para siempre y también un anclaje con el cine americano que tanto gustaba a mi padre. Ahora sé que aquel personaje quizá contenía  algunas claves importantes de su vida que convivían en él como un dualismo que no siempre podía soportar. El irlandés católico y puritano demasiado atraído por la parte gozosa del mundo como para no caer en la tentación y luego anegarse de culpa y de alcohol para poder olvidar y seguir manteniendo el tipo.

 

 

Esa lucidez de comprender los dos extremos, de convivir con ellos, de amar a alguien tan distinta de él, de admirar sus cualidades y sus ideas aunque no se compartan porque el cuerpo no lo permite. Su relación con Kate Hepburn, “La costilla de Adán”  esa película que he visto tantas veces para ponerme contento, para volver a confiar en la benignidad del mundo, en la inteligencia de la gente, en lo que pueden conseguir las palabras o las actitudes o en las posibilidades que abren las conexiones inconcebibles. La relación con Kate, la mujer libre, con carácter, la feminista que pudo amar a tantos hombres pero que lo amo sobre todo a él. Que soportó sus borracheras, quizá hasta su violencia, probablemente a cambio de una intimidad privilegiada que le resultaba imprescindible para disfrutar la vida de una cierta manera.

 

 

Ese juez que sabe demasiado de la condición humana, que conoce el horror, que intuimos que ha sufrido y es consciente de que la justicia nunca sera perfecta. Pero que accedió a estar ahí en ese tiempo turbulento, sabiendo de todo lo que pasaba en otros sitios, de todos los culpables que nunca serían juzgados, de la nueva guerra fría que estaba a punto de comenzar. Alguien que sabe de sus propios límites y de los del mundo en el que vive pero que no cae en el nihilismo. Me pregunto cómo estaría mientras interpretaba ese papel, lo que pensaba del asunto, si se escapaba de vez en cuando para emborracharse en un hotel. Pero es difícil dejar de pensar lo que de su experiencia vital puso en ese personaje, lo que lo iluminó la fragilidad y la determinación que convivían en su propia vida. La importancia final de los actos, de lo que se apoya en un momento concreto más allá de las dudas o las especulaciones. De lo que se quiere ser.

 

 

Creo que en una entrevista decía Kate que lo miraba cada día como si fuera a ser el último. Estaba muy enfermo, sabía que iba a morir y ese era su último papel. Y sin embargo estaba extrañamente vivo como el personaje que interpretaba. Ser viejo es estar ya fuera del mundo, sintiendo que cualquier cosa que se diga o se haga es ya irrelevante. Y sin embargo Tracy expresa en ese interpretación la esperanza siempre joven de la conexión de generaciones, la necesidad de asumir cambios necesarios para poder seguir viviendo, amando a los que se ama. Para que el mundo siga girando.

 

 

Era un actor. Y un actor es alguien que puede admirarse como a una estatua, del que solo interesa su piel, las emociones que nos trasmiten sus gestos, los matices que aporta a un personaje que no es él pero que sería distinto sin él. Alguien que consigue hacernos evocar y reconocernos. Que permite la intersubjetividad y nos procura un modelo con el que relacionarnos. Que permanece mientras lo hagan sus películas.

 

Cincuenta años sin Tracy. Toda la vida con Tracy.

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