Silencios de mujeres

¿Cómo sería la casa de Bernarda Alba en el siglo XXI?. El grito de Bernarda al final de la obra para amurallar el honor perdido, nos hundiremos todas en un mar de luto, silencio, silencio he dicho,  parecería grotesco en el tiempo del whatsapp,  del twitter y la comunicación veloz. Lorca encerró a sus cinco mujeres  con luto en el traje, blancura en las paredes  y silencio  en los labios porque profanaron el espacio doméstico con la fuerza del deseo y la complicidad de la noche y el silencio. Ese silencio que actúa en tantas casas como refugio o defensa de sus miembros y  que subvierte la ansiada  armonía  de la vida familiar; de ahí que cualquier libro de memorias encierre siempre un capítulo de cosas que nunca te dije, ese catálogo profuso y a menudo cruel de secretos, mentiras, información velada y otras variantes de los muros de silencio que dividen el hogar en universos hostiles y enfrentados.

 

Fotografía Edouard Boubat

La casa familiar es el reducto femenino por excelencia presidido por la madre como ancla y vigía, un espacio que tiene sus leyes y sus fronteras y que encierra la cartografía de nuestro ser más íntimo. Por eso cualquier transgresión de ese espacio altera el orden que debería regirlo y acaba instalando el caos e incluso la tragedia, como ocurre en la casa de Bernarda. Sus hijas buscan a Eros a través de la ventana y la reja, olvidando que aquellos muros pertenecen a Tánatos y preservan la honra familiar. Pero sin duda la gran violencia de la obra radica en el silencio exasperado que gobierna la casa, derivado de la rivalidad larvada entre la madre y las hijas. Todas ellas son mujeres, “mujeres sin hombre” en este caso, algo que Bernarda nunca olvida respecto a sus hijas pero que quizá estas no tengan tan presente en la figura de la madre. Porque la madre y la mujer, o la mujer y la madre, son términos antagónicos  que la vida y la literatura abordan con un gran interrogante: ¿ logran  las madres y las hijas mirarse mutuamente como mujeres?; o dicho de otro modo: ¿colisiona la condición de hembra con el afecto maternofilial, de tal manera que tiende a ignorarse?. Hoy sería impensable la tiranía verbal y física de Bernarda, pero eso no impide otras formas más sutiles ( y no por ello menos violentas) de incomunicación entre madres e hijas. Porque es un hecho probado que los hijos no piensan que la madre es una mujer y  que muchos de sus problemas pueden derivarse de tal condición. Y en el caso de las hijas se añade a veces un duelo feroz, al chocar el potencial de la feminidad en las dos generaciones. Solo más tarde, mucho más tarde, a veces cuando ya la madre ha desaparecido, se produce el (re)encuentro y sobre todo el diálogo entre dos mujeres que recuperan así un tiempo y un espacio común. Una novela reciente, Me llamo Lucy Barton , de la norteamericana  Elizabeth Strout, debe su gran acogida a la maestría de la autora para desgranar durante cinco noches de hospital lo que nunca se han dicho entre madre e hija, lo que en realidad tampoco llegan a decirse pero permite adivinar la vida de ambas como mujeres. Asombra en el libro el manejo de la sugerencia, de la acusación velada, la evocación pudorosa y a la vez brutal, los esfuerzos (fallidos) por nombrar el amor y el perdón. Y pese a todo, Lucy Barton consigue enfrentar los demonios que la hicieron abandonar el infierno de la casa familiar y expurgarlos por medio de la palabra. Una casa con frío, desamor y pobreza, perfecto correlato de una madre incapaz de generar ternura ni dar un abrazo y que sin embargo deja un enorme sentimiento de orfandad tras su muerte. La primera novela de Elizabeth Strout, Amy e Isabelle, que se acaba de publicar en España, es otra excelente cartografía del silencio entre madre e hija en un momento tan crítico como la pubertad. Dos mujeres solas, enfrentadas ante el despertar del sexo y el amor , separadas por un muro de violencia soterrada en la intimidad doméstica que  deben compartir.

 

Fotografía Jean Louis Swiners.

Porque siempre es la casa el escenario de la distancia, aunque pueda resultar paradójico. Los silencios de mujer son silencios de interiores, de cocinas sin charlas, de salas de estar claustrofóbicas donde no hay espacio para dos , de viviendas sin puntos de encuentro. Y, pese a todo, es a la casa familiar donde siempre se vuelve en busca del tiempo perdido. También esto pasará, la aclamada elegía de Milena Busquets a la muerte de su madre, rastrea minuciosamente el paisaje materno y los pequeños objetos ( una chaqueta, los estantes de libros, el vaso de vino tinto a medio llenar …) en busca de las cosas que nunca se dijeron y nunca se contaron. Busquets ha declarado que su libro constituye una “carta de amor” donde homenajea sin ambajes a una madre desorganizada y poco amante del hogar , aficionada a las timbas y los viajes, que le dio “ el amor al arte, a los libros, a los museos…..la falta total de sentido de culpa , la risa loca, la alegría de vivir”.. La obra glosa a la mujer antes que la madre, o al menos a  la madre y la mujer al mismo tiempo en esa imagen que se nos brinda un tanto transgresora, muy lejana del modelo tradicional. Pero nada de ello banaliza el sentimiento de pérdida: muy por el contrario, la voz dolorida  de la hija va conquistando espacios y vivencias hasta alcanzar que el silencio sea sonoro, incluso polifónico, en ese reencuentro emocionado que sella el libro.

Fotografía Eduard Boubat

La madre como una mujer, una mujer como madre, es un enfoque valiente y arriesgado porque subvierte de raíz la imagen sublimada de maternidad que tanto se ha prodigado. Ese velo de silencio que parece ( en)cubrir sus pasiones y su fragilidad , o su frivolidad, o su rebeldía, se rasga abiertamente en otro libro de memorias cuyo título habla por si mismo: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff. En él asistimos a la vida de la bohemia berlinesa de los años 20 y la trágica evolución posterior en manos del nazismo. Pero asistimos, sobre todo, a un retrato de mujer de la burguesía judía que rompe esquemas y fronteras  en el ámbito social familiar. Una mujer mundana, errante, poliédrica, fascinante, hedonista, fuerte y a la vez enormemente vulnerable, adelantada a su tiempo en una forma de vida que su hija, la autora del libro, describe con admiración y respeto. Llama la atención la falta de un espacio doméstico estable y la convivencia de amantes e hijos de distintos padres que se evoca con naturalidad y sin ninguna acritud. Y con la misma tolerancia se describen los errores de la madre en la zozobra histórica y el dramático destino que presidieron su vida.

Fotografía Eduard Boubat

Sería imposible, de todos modos, analizar aquí la larga lista de narraciones que iluminan la compleja relación entre madres e hijas. Solo mencionaremos, a modo de ejemplo, la maestría de Irène Némirovsky  en El baile y El vino de la soledad, o Amy Tan en El valle del Asombro , o la recurrencia del tema en  Doris Lessing, Margaret Atwood  y Hilary Mantel, entre otras. Otras madres, otras hijas y otras casas que en nada recuerdan ya la de Bernarda Alba pero donde se  sigue sintiendo la fuerza transgresora del cordón umbilical. Y también otras variantes del silencio subversivo, siempre el silencio, que solo parece romperse con la ausencia para decir entonces todas las cosas que debíamos haber dicho y nunca dijimos. Y para ser capaces, al fin, de (re)encontrar a la madre al tiempo que  nombramos  y redimimos  a la mujer.

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