El día que conocí a Paco Umbral

No sé cómo conseguimos el teléfono, quizá sólo buscándolo en la guía telefónica, porque entonces algunas cosas eran más fáciles, o quizá lo tenían en la dirección y nos lo dieron. Pero tengo anotado, en el diario de entonces, que lo llamamos a mediados de Febrero de 1980 y que el 5 de marzo Paco Umbral vino a comer y a tener una tertulia con nosotros.

 

Tampoco sé exactamente a quién se le ocurrió la idea feliz de utilizar el comedor de invitados para crear una nueva actividad cultural. Pero la fórmula resultó sencilla, natural y de un rendimiento espectacular que todavía continúa. Cualquier grupo de colegiales podía invitar a comer o a cenar a alguien, relevante en cualquier campo, que les interesará conocer.  Lo contactaban, generalmente aceptaba venir con bastante facilidad y luego, los que lo habían organizado,  lo publicaban en el tablón de anuncios para que se apuntase quien quisiera. Ellos tenían prioridad para ocupar las plazas del comedor que se completaban con los que se hubieran apuntado en una lista que se sorteaba. Después de la comida o la cena se pasaba a una sala más amplia donde se seguía una tertulia, ya abierta a cualquier colegial. La comida era la misma que la habitual de ese día en el colegio salvo que se bebía vino. Al final se les regalaba un pequeño obsequio.

 

Umbral vivía entonces en la Castellana, cerca del Bernabéu, y allí fuimos a buscarlo en un taxi. Nos hizo pasar a un salón amplio pintado de rosa palo con una estantería muy extensa, atestada de libros donde también estaba ese sillón de mimbre, con respaldo alto, con el que se fotografió tantas veces. Entonces escribía en El País y era la estrella de los columnistas, un escritor amado y odiado a la vez, al que todo el mundo le reconocía un gran talento literario pero también una actitud prepotente y volátil que le aportaba un gran poder social que ejercía directamente con las “negritas” de sus artículos, que durante una época pusieron palabras a lo “mondaine” de Madrid.  También representaba el escritor autodidacta, que había conseguido triunfar desde abajo y que era capaz de convertir toda su experiencia en literatura, lo que resultaba bastante inspirador para muchos de nosotros. Antes de llegar nos preguntó que si podíamos pasar por una facultad de Letras a recoger a una chica, muy pálida y muy delgada, que apenas habló en toda la comida y que resultó ser Blanca Andreu, la poeta que años después ganó un Adonais con “Una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall”. Un libro estupendo que luego se publicó con un poético prólogo de Umbral.

 

En la comida estuvo en su papel, expresando  sus filias y su fobias, que eran muy nítidas, con esa voz tan ronca que tenía, nunca dejando de representar ese personaje un poco “enragé” que se había creado y tras el que se trasparentaba también alguien frágil y herido, como mostró cuando recordó a su hijo muerto, esa experiencia que narró en “Mortal y Rosa”, quizá su mejor libro. Cuando lo despedíamos en su casa salió el tema de la ” Historia mágica de España” que acababa de publicar Dragó y que no le gustaba nada.  Días después en una de sus columnas (15/03/1980) escribió su mirada sobre nosotros, en su estilo de entonces, distanciándose de los que quizá, en el fondo, consideraba unos pijos de colegio de curas que no tardarían en volver al redil y que sólo estaban jugando un poco a ser progres.

De vez en cuando voy a almorzar y coloquiar en algún colegio mayor y compruebo, asimismo, como sin querer, tomándome la sopa boba de los colegios mayores, que nuestra juventud universitaria se ha despolitizado mucho, o eso creen ellos:

-Sí, ya, Dragó, la España mágica, todo eso está muy bien -les digo-, vende mucho y yo soy partidario de vender, pero la Historia de España la prefiero contada por Tuñón de Lara, Menéndez-Pidal y Américo Castro. O sea que me aclaro más.

Los hermanos mayores de estos muchachos discutieron sobre maoísmo, muy cruentamente, contra los caballos de Franco. Pero no era más que el asesinato freudiano y monótono del padre: el padre genérico y el padre genético, inmediato, el que había estado en, Brunete y lo contaba todos los días a la hora de la sopa unida. Muerto Franco se acabó la rabia. Muerto Franco, la cebada al porro, que ya se hacen porros hasta de cebada:

-Parece que flipa mucho el nescafé -me dice mi pasota.

La juventud, esa autonomía jamás votada ni auscultada, vuelve a una Casa de la Troya renaciente tras el revolucionario Hundimiento de la casa Usher. La juventud obrera, a la que nadie conoce, ni siquiera los partidos de izquierda, pasa de España mágica y hace bien, porque está en la España trágica del paro, la delincuencia y la movida de madrugada, hacia el botín confuso que traen los galeónes de provincias. En éste mogollón y gran vacile, JulialArgüelles/Lugar sin límites me dice: «Le he dado ya a esto cinco años de mi vida.» Ella, y como ella muchos y muchas, no ha perdido la marcha, no ha perdido el camino, sabe de qué va el rollo y escribe la verdad y la denuncia, con manos de pupitre, como un ejercicio de redacción que le manda hacer la Historia.”

 

 

Tengo la idea que esa fue la primera tertulia en cuya organización participé directamente y cuya expectación animó a mucha gente a organizar otras, porque desde aquel momento rara era la semana en que no venía alguien al que era posible conocer de cerca, en un ambiente muy relajado, donde solían expresarse con mucha libertad, hablar de cosas que habían vivido directamente o  contar anécdotas más o menos enjundiosas de otros que conocían o habían conocido. Recuerdo algunas memorables.  Manu Leguineche contando su viaje por el desierto  que terminó en la guerra del Vietnam y que luego relató en “El viaje más largo”; Juan Benet despotricando de casi todo y de todos, con García Hortelano al lado, de contrapunto benigno; Manuel Vicent hablando de sus “daguerrotipos” y de su tertulia del Gijón; Rosa Montero muy conocida entonces por sus entrevistas y muy preocupada por la informatización que se estaba produciendo en el periódico, donde se había organizado un grupo que defendía las máquinas de escribir; Nuria Espert con esa voz tan lenta de diva del teatro que parecía envolver de algo trascendente todo lo que decía; Javier Solana antes de ser casi todo tratando de hacer pedagogía política con nosotros como si eso le importará mucho; Juan de Pablos ese tipo entrañable al que oíamos tanto en “Flor de pasión”. Sánchez Ferlosio que ya parecía tan viejo y estaba a punto de comenzar otra vida gloriosa; Víctor Manuel, Luis Antonio de Villena, Caballero Bonald, que también impartió un seminario entero durante seis meses sobre su generación de los 50; Antonio de Senillosa, casi recién salido del Congreso  después del intento de golpe de estado del 23F. Mucha más gente que imagino que quedó registrada en algún sitio, pero desde luego sí en el imaginario de los que estuvimos allí, en la manera de relacionarnos luego con el recuerdo de esos personajes, en lo que nos creíamos capaces de hacer en el futuro.

 

La sensación de vivir en la actualidad, de participar en ella de algún modo, la posibilidad de romper mitos o de crear otros nuevos. Las tertulias que a veces terminaban tarde, visitando de madrugada la redacción de El País o que continuaban en “El Comercial ” o en “Bugatti”, aquel tugurio de Malasaña con las paredes pintadas de negro. La oportunidad de conocer directamente a los que leíamos en los libros o en los periódicos, de conseguir contactos que a veces supusieron el inicio de carreras profesionales exitosas. Oportunidades. El escenario como posibilidad de conocer o de reconocerse. También de tratar de intuir un lugar concreto que perseguir en el mundo.

Etiquetas de este artículo
, ,
More from Ramón González Correales

Anouk Aimée, una mujer francesa

Durante muchos años ella fue, para un cierto tipo de hombres, el...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *