Memes de la Literatura Española (V): Falsos memes del Quijote

Si don Quijote está reconocido como el meme más importante de nuestra Literatura, lo es para bien y para mal. La fama, por muy tercera vida que sea, tiene no pocos inconvenientes. Sabemos que Miguel de Cervantes ansiaba y procuraba la gloria literaria antes que las riquezas materiales, y posiblemente si algo le dolió en su vida más que el arcabuzazo de Lepanto fue la apropiación indebida de sus personajes y argumentos por el sujeto escondido tras el seudónimo de Avellaneda.

Como es sabido, en el año 1614 se imprime en Tarragona el meme titulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una secuela alternativa de la novela firmada nueve años antes por Cervantes. El remake está “compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda”, nombre del que no hay rastro en los registros civiles y cuya identidad es para nosotros tan escurridiza como la del gato de Schrödinger.

El troleo definitivo de la Literatura Española: El falso Quijote de Avellaneda.

 

Este fenómeno de intertextualidad memética irritó profundamente a don Miguel, que sí reconocía en Avellaneda al enemigo con quien se odiaba cordialmente. Le dedicó duras invectivas desde el prólogo de su auténtica Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, impresa al año siguiente. Espoleado por la ofensa, el anciano poeta había acelerado la pluma hasta completar en pocos meses los últimos 15 capítulos, un 20% del libro, con tal de sacarlo a la calle para denostar a su rival. Todos los críticos coinciden en que este es el mayor mérito de Avellaneda: Haber proporcionado a un Cervantes de 67 años un chute de adrenalina sin el cual quizás nunca habría terminado su novela.

La identidad del escritor Avellaneda, desde un punto de vista darwinista, es irrelevante. Basta con constatar que nace un nuevo meme copiando rasgos procedentes de otro, al que suplanta con distintos fines.

Estas suplantaciones se dan con cierta frecuencia en zoología. Por ejemplo, Leptorchestes peresi y Myrmarachne plataleoides son dos especies de arañas cuya morfología y comportamiento se mimetizan con el de las hormigas, de las cuales se alimentan disimulándose entre ellas mientras fingen que su primer par de patas son antenas. Thaumoctopus mimicus es un pulpo que imita la apariencia de hasta 15 clases de depredadores marinos, con lo que espanta a sus amenazas potenciales.

¿Qué ventajas aporta a un meme suplantar a otro? Tantas como pueda inventar la mente de un mentiroso. Entre ellas, el descrédito del meme original, considerado como un competidor que hay que neutralizar. A este tipo pertenece la suplantación de Avellaneda.

En otros casos, la suplantación busca aprovechar el prestigio o fama del meme primigenio, con tal de difundir con mayor eficacia su mensaje entre mentes que lo aceptan inadvertidamente. Se trata de una falacia de falsa autoridad. Gracias a este camuflaje, el meme suplantador se aprovecha de que el receptor suspende su sentido crítico hasta niveles ínfimos, si es que antes lo tenía.

Tanto en un caso como en otro, las suplantaciones meméticas cuentan con una amplia gama de nombres: Bulo, engaño o mixtificación, sobre las que se impone el anglicismo fake, traducible como falsificación o timo.

El engaño o la estafa son tan antiguos como el mundo, y en cierta manera el éxito de todo meme se puede medir por el número de fakes que lo imitan. Así, el Quijote es, con diferencia, nuestro meme literario más comentado y glosado, pero también el más imitado y falsificado. Solo en el siglo XVII ya se registran 24 falsas continuaciones del Quijote francesas, 17 alemanas, 15 inglesas, dos holandesas y una italiana. Avellaneda no fue más que un precursor.

No queramos ser más papistas que el papa Cervantes, quien llegó al extremo de matar a su hijo literario para que nadie pudiera prolongar sus andanzas. En el mundo de las letras es práctica acreditada emular, desde el reconocimiento de su maestría, a los escritores que nos precedieron. Explicado desde el darwinismo, los memes literarios mutan, se renuevan sin parar y se reencarnan inevitablemente, dejando atrás a las generaciones anteriores sin que valga juzgar quién es mejor ni peor.

Es imposible citar aquí todas las mutaciones literarias del Quijote que presentan algún mérito, pero mencionemos entre los memes quijotescos más importantes los del ecuatoriano Juan Montalvo (Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, 1895), Miguel de Unamuno (Vida de don Quijote y Sancho, 1905) y los más recientes de nuestros contemporáneos Andrés Trapiello (Al morir don Quijote, 2004) y Marina Perezagua (Don Quijote en Manhattan, 2016). Se certifica así que el supermeme Quijote goza de excelente fecundidad y longevidad, con continuas mutaciones de mucha enjundia.

Aclarado esto, es hora de desenmascarar a los memes parásitos que simulan pertenecer al texto cervantino, y que se repiten sin cesar desde 1605. Si el lector se atreve a googlear “frases del quijote” comprobará que la mayoría de las que aparecen son tan auténticas como un euro de escayola. Es más fácil dar en Internet con una cita quijotesca apócrifa, incorrecta, equívoca o de procedencia errónea, que con una verídica.

Veamos a continuación algunos de los memes falsos del Quijote que se repiten con mayor frecuencia e impunidad, retuiteadas por los ingenuos que nunca han leído ese libro. Ninguno de los memes que siguen fue escrito por Miguel de Cervantes.

 

 

¿De veras? Aparte de la insignificancia de la aparición de perros en el Quijote, ¿alguien puede tomar en serio que los canes ladren al trote de los caballos, y callen cuando estos se detienen? ¿Que se pueda inferir algo a partir de sus gañidos? Para dos jinetes, la acción de cabalgar no se demuestra por los ladridos, sino que les es evidente por el desplazamiento que efectúan y perciben, tan palmario como Diógenes cuando demostraba el movimiento andando.

Por lo demás, y pasando al sentido figurado, no queda nada elegante insinuar que las voces críticas al proyecto propio pertenecen ya sea a galgos, ya a podencos. Ay, cuántas veces tendremos que rebatir la falacia ad canem. Guau.

 

No sé si a ustedes les suena, pero yo albergo una vaga memoria de haber visto este discurso fotocopiado en las paredes de distintas oficinas, con otras tantas versiones atribuidas a Teresa de Calcuta, Paulo Coelho o Pablo Neruda. Cualquier parrafada de estilo buenista se puede adjudicar a Cervantes si se intercala el vocativo “Sancho” en cualquiera de sus variantes: “Sancho amigo”, “Querido Sancho”… Vencidas así las reticencias del receptor, no deja de resultar sorprendente que para argumentar que la cosa más destructiva es la mentira se recurra a la impostura más descarada.

 

 

Ya sabemos que cuando nuestro caballero permanecía en modo cuerdo — lo que sucedía la mayor parte del tiempo —, razonaba como el hombre más discreto. Pero era hablarle de gigantes o encantadores, y entrar en su cosmovisión épica en cero coma. Para don Quijote los gigantes son seres concretos, habitantes de su mundo paralelo de las caballerías, que se pueden llamar Briareo, Morgante o Brocabruno, de inmensas moles y con titánicos brazos que hacen mucha pupa. El sensato caballero podría odiar la ignorancia y la injusticia, pero es improbable de la pluma de Cervantes asimilarlas metafóricamente en su discurso a la figura de sus enemigos míticos. En cuanto al miedo, don Quijote suele despreciarlo siempre que no es víctima de él, como le sucede a bordo de la galera barcelonesa.

 

 

La sospecha empieza por que la palabra utopía no se menciona ni una sola vez en el Quijote. ¿Conocería Cervantes la obra de Tomás Moro? Aparte de eso, la redacción en forma de infinitivo y la ausencia de un contexto dificulta la comprensión del mensaje. ¿En qué consiste cambiar el mundo? ¿Hacia qué lado hay que cambiarlo? ¿Y por qué se usa la palabra locura, cuando ya sabemos que don Quijote evita siempre referirse a ese concepto? Tal vez quien inventó este meme estaba cargado de buenas intenciones, y un par de retoques podrían transformarlo en un aceptable eslogan político. Aun así, para idear un futuro más justo no necesitamos la falacia de autoridad.

 

¿No les suena? ¡Esperen, esperen, que se lo digo cantando! To dream… the impossible dream… to fight… the unbeatable foe… El meme don Quijote es tan expansivo que hasta tiene su propio musical, Man of La Mancha, firmado en 1964 por Leigh, Darion y Wasserman.

Estas líneas — de sonoridad nada cervantina — corresponden al número más conocido, The impossible dream, que también se ha independizado como meme autónomo en el repertorio de tantos cantantes. En el argumento del musical, estos versos no son cantados por don Quijote, sino por el propio Cervantes, quien se encuentra encerrado junto con otros sospechosos en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación. Tal vez para acallar esos ruidos, don Miguel organiza en la celda una representación musical sobre el argumento de su próxima novela, reservándose para sí el papel del hidalgo manchego. El happening resulta tan impactante para los presos que al final cantan todos a coro el bis de esta canción, con la intención de dar ánimos al manco lepantino en su inminente vistilla frente a un tribunal de la inquisición española.

Entonces… ¿Es sensato atribuir a don Quijote estas líneas? ¿O es mejor adjudicarlas al Michael de Cervantes ideado por Dale Wasserman? ¿No podríamos hablar de un Quijantes igual que damos por buena la invención del baciyelmo?

Tampoco tiene tanta importancia. Si aceptamos los principios de Richard Dawkins, los memes, como los genes, son tan egoístas que no tienen problemas en absorber y destruir en beneficio propio las energías e incluso el recuerdo de los antecesores que les transmitieron la vida.

 

Este meme nos recuerda poderosamente una frase contenida en el acto IV, escena V, de Hamlet, de William Shakespeare. We know what we are, but know not what we may be.A menudo se propone esta oración como un lema inspirador de las altas metas que seríamos capaces de alcanzar. Sin embargo, su sentido es muy diferente cuando es la pobre, quebrada y enloquecida Ofelia quien la pronuncia, evidenciando lo insondable del pozo de la locura, al que — recordemos — todos corremos el riesgo de caer.

El autor de este fake descontextualizado nos pide que despreciemos nuestro ser presente, y que amemos nuestros posibles futuros. ¿Amar una versión fantaseada, inalcanzable de uno mismo? ¿O al monstruo en que nos convertiríamos, de inclinarnos por el lado oscuro? Tal vez resulte más sabio aceptarse a uno mismo como el Sancho Panza que se es, a sabiendas de que el rústico enojoso y el discreto gobernante conviven en su interior.

Ya vemos cómo proliferan en la red los memes que se fingen de Cervantes. Existe una meritoria página de Internet, #Elotroquijote , donde se rastrean, identifican y catalogan este tipo de frases apócrifas o de procedencia errónea, con la finalidad de ayudar a citar correctamente la obra cervantina dando a cada uno lo suyo.

¿Cómo confirmar si una cita pertenece al auténtico Quijote? Es tan fácil como teclear en el buscador: “CVC” seguido de la cita que queremos consultar. En un instante aparecerá el capítulo del libro donde figura la frase, salvo que se trate de una cita ajena. CVC son las iniciales del Centro Virtual Cervantes, cuya edición en línea del Quijote goza de todas las garantías y resulta tan fácil de consultar como de leer.

Galaxia Gutenberg versus Galaxia Zuckerberg

La proliferación en Internet de este tipo de memes parásitos, ya se deban a mala intención, descuido o simple ignorancia, nos plantea la cuestión de la credibilidad de los medios digitales en cuanto a transmisión de memes. Ya hemos hablado del impacto de la imprenta como medio de multiplicación, difusión y conservación de memes literarios.

Además, la imprenta ha funcionado durante seis siglos como un eficaz filtro de control.

No todo lo que alguien escribía o pergeñaba se daba a imprimir. Imprimir una obra, por breve que fuera, tenía un coste económico importante. Los libreros, posteriormente llamados editores, no malgastaban su capital ni su tiempo en imprimir obras en las que no se hallara un mínimo de calidad y posibles ventas. En el caso de obras científicas o humanísticas, la obra debía contar además con el beneplácito de las autoridades académicas, sin el cual no arriesgaban los editores su reputación. Estos filtros — no hablamos aquí del control de la censura política o religiosa — sustentaron durante casi seis siglos el prestigio de las obras impresas. Una obra manuscrita podía ser una posible joya o una probable chapuza, pero si un texto venía impreso en letras de molde ya contaba con un mínimo de fiabilidad.

La llegada de la era digital ha cambiado radicalmente este consistente sistema de la Galaxia Gutenberg.

Ahora cualquier usuario de un ordenador personal y una impresora puede imprimir una simple redacción escolar con una variedad de tipografías y cuerpos que harían palidecer de envidia a los difuntos Garamond, Bodoni o Baskerville. Don Luis de Góngora tuvo que dar a conocer sus poemas en copias manuscritas.

Ahora cualquiera que haya juntado 25.000 palabras las puede autoeditar en forma de libro electrónico sin mayor dificultad técnica o económica. Las Rimas de Bécquer solo se imprimieron como libro póstumamente, tras una colecta al efecto entre los amigos del poeta.

Ahora cualquiera que escriba en parrafadas breves puede publicar un blog a coste cero, con un aspecto que tiene poco de envidiar a las páginas web de los grandes grupos editoriales. Mariano José de Larra publicó sus primeros periódicos en forma de cuadernillos copiados a mano.

Ahora cualquiera con unas nociones básicas de PhotoShop puede cortar, pegar y retocar fotografías para crear una imagen falsa que valga más que mil palabras ciertas. Robert Capa tenía que exponerse a las balas para fotografiar a los milicianos en el frente, apretar el obturador en el momento justo y después confiar en que la instantánea no se echara a perder en el revelado.

Ahora cualquiera, hasta el más zoquete, incluso si no sabe ni redactar ni editar imágenes, puede ir a una página de generación de memes, teclear una ocurrencia en dos líneas de texto y obtener un archivo que reenviará por las redes sociales con la intención de que se vuelva viral. Arthur Rimbaud pagó con dinero de su madre la impresión de cien ejemplares de Una temporada en el infierno – una obra capital de la modernidad – que se quedaron sin distribuir durante treinta años en el sótano de la editorial. Un crítico localizó el tesoro en 1901, cuando el poète maudit llevaba dos lustros criando malvas.

Ya no hay impedimentos ni tampoco filtros; lo que hemos ganado en libertad y abundancia lo perdemos en calidad. Sabios y necios pueden alzar su voz en igualdad de condiciones en el gallinero global. Incumbe a cada cual agudizar todo su sentido crítico para no ser engañado y seleccionar las alhajas que puedan hallarse entre las montañas de naderías y futesas que se mueven en Internet.

Cerremos estas reflexiones con una cita que también podría fingirse cervantina, si hubiésemos colocado la imagen del príncipe de los ingenios o intercalado las palabras “amigo Sancho”.

 

 

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