Aprender a discrepar

Recuerdo esas noches después de conversar largamente con amigos, tras cenas, con copas, con las voces altas a última hora, cuando no se sabe ya muy bien de lo que se habla, pero se tiene la sensación emocional de que se juega mucho en cada palabra para lo que pasará luego, en los días siguientes, con el flujo de afectos, de proximidades o de lejanías. El paso de lo que aparentemente se comparte en la política o en la cultura a lo personal, los juicios al final muy densos y muy netos tras un comentario, una palabra o la opinión sobre alguien que no pertenece al santoral de la mayoría de los presentes. Los códigos que sobrevuelan el aire y que parecen invisibles pero que son flechas muy certeras que viajan directamente al cerebro de reptil mucho antes de ser conscientes, de que se haya jugado con ellos casi sin saberlo.

 

Fotografía Leonard Freed

El sueño resacoso de esas noches y las frases o imágenes que dan vueltas en la cabeza como peces locos, buscando coherencias y relatos que sean de nuevo habitables. Lo que hemos dicho, lo que hemos callado, lo que han dicho los otros y quizá nos distancie para siempre. Porque es probable que ya no pueda volver a hablarse, porque se han confundido ideas con creencias y muy a menudo ignoramos las más opacas, las que son invisibles para nosotros mismos y por eso operan con más fuerza emocional.

Estamos llenos de tensiones que nos construyen y nos desgarran. Precisamos el contacto con los otros, su aprobación, la sensación de pertenencia a un grupo, pensar como los otros, ser como los otros. Pero también precisamos sentirnos únicos, distinguirnos, discrepar, autoafirmarnos frente a un grupo o una persona simbólica y arriesgar la búsqueda de otro camino.

 

Fotografía Leonard Freed

Leo que la discrepancia es esencial en el desarrollo de los niños y de que probablemente haya sido seleccionada evolutivamente, porque los grupos de cazadores recolectores no podían sobrepasar el entorno de los cien individuos y era importante que algunos de ellos tuvieran la fuerza suficiente para romperlos y formar otros con algunos seguidores. Así el discrepante conseguiría a la vez autoafirmacion y aprobación por parte de del nuevo grupo que podría seguirle.  La hipótesis de la segregación de Stevens y Price relaciona estás conductas con la persistencia de los genes de la esquizofrenia que sería un subproducto de la tendencia del Sapiens a disociarse, a escindirse de su grupo original.

 

Fotografía Leonard Freed

En la interlocución pública y privada  siempre estamos basculando entre el acuerdo y la discrepancia. Se manejan opiniones, ideas, relatos que en muchos casos investimos simbólicamente, es decir emocionalmente y nos sirven para saber “quién son los nuestros”, como si fueran marcadores de en quién podemos confiar y en quien no. Muy a menudo nos vemos discutiendo fuertemente con otros por cuestiones de las que, en realidad,  no estamos muy seguros o que después sabemos que eran falsas o que había hipótesis alternativas igualmente plausibles pero que nos tomamos a la tremenda, como si no compartir un aserto supusiera una traición o un indicio de maldad o de pertenecer a una ideología enemiga, a otro “orden imaginario” con el que no pudiéramos cooperar.

 

Fotografía Leonard Freed

Esto es más frecuente en grupos muy ideologizados y sobre todo de los nuevos conversos, puros y duros, que quieren demostrar y demostrarse que comparten los dogmas de la “nueva religión” que ya han convertido en creencias. Por eso, paradójicamente, el precio de disentir puede  ser menor cuando se ejerce con los otros que no piensan como nosotros. Lo realmente difícil es disentir de los nuestros, del grupo que nos acoge y también nos exige y controla, donde tenemos los afectos, la red de apoyo social que precisamos para sostenernos en un mundo que siempre sospechamos hostil.

Si la discrepancia siempre ha formado parte de la condición humana habría que acordar formas racionales de discrepar, saber discernir cuales son, las que nos llevan a nuevas formas fundamentadas de verdad. Está es la hipótesis de Paul Graham que propone una gradación de formas de expresar el desacuerdo de menos a más racionalidad y consistencia. Esa jerarquía no supone una forma de evaluar la verdad de los argumentos pero si la calidad de la forma de expresarlos. Lo que puede propiciar un diálogo menos crispado, menos visceral.

 

Piramide de desacuerdo de Paul Graham

Los niveles más bajos serían el insulto, el ataque ad hominen y la respuesta al tono que ni,siquiera reparan en los argumentos que el interlocutor expresa sino que de entrada buscan descalificarlo u amedrentarlo de forma más o menos grosera. Es la forma más primitiva y también menos respetuosa de discrepar pero curiosamente puede ser la más utilizada, a veces de forma consciente en contextos políticos (es lo habitual en los totalitarismos) o por gente con sistemas de creencias cerradas o baja capacidad intelectual.  Aunque quizá es algo que podemos tener tendencia a hacer todos porque es lo primero que sale, lo que es más fácil, lo que exige pensar menos cuando nos vemos cuestionados por personas o argumentos que tenemos etiquetados previamente de forma negativa. Observar lo que ocurre en las redes sociales, amparadas por el anonimato y con la cobertura teórica de la libertad de expresión, es algo sumamente interesante y perturbador sobre el ambiente social que se puede crear con estos niveles de discrepancia.

 

Fotografía Leonard Freed

Los niveles más racionales serían la contradicción, el contraargumento y la refutación que, si es del punto central, es la de más calidad. Aquí el foco está en las ideas que expresa el otro y se trata de refutarlas con más o menos pruebas o evidencias. Esto no asegura que la argumentación expresada en estos términos sea necesariamente verdadera porque las pruebas que se aportan podrían ser más o menos consistentes o podrían haberse ignorado otras que lo desmintieran o que no se supieran en ese momento, cosa que ha ocurrido muchas veces en la historia.

Teóricamente argumentar racionalmente tendría que ser más rentable en sociedades democráticas avanzadas con ciudadanos educados pero da miedo pensar la calidad racional de los argumentos que se expresan en cualquier campaña electoral y en concreto en la última en EE. UU.  Y paradójicamente parecen ganar, cada vez más, quienes utilizan los niveles más bajos de racionalidad quizá porque se convierten en reflejo consciente de la realidad mayoritaria del cuerpo electoral, eso que saben captar tan bien los asesores de campaña.

 

Fotografía Leonard Freed

Y es que, por otro lado, es muy difícil estar bien informado de todo en una sociedad donde el conocimiento crece exponencialmente, diferenciar qué datos son verdaderos y cuáles falsos, metabolizar las toneladas de información que recibimos cada día, detectar la desinformación o la manipulación.  Y al final los humanos tendemos a orientarnos con el algoritmo de las emociones, justo la diana a la que se dirigen conscientemente todos los que tratan de ganar voluntades, conseguir influencia social. El terreno preferido de los demagogos.

Lo que nos determina o nos influye, el lago social en la que estamos inmersos, en el que chapoteamos tratando de orientarnos, no siempre conscientemente, impulsados por fuerzas que se nos escapan, con anatomías que nos determinan o nos imponen límites, sin saber muy bien quien somos. Los logros a pesar de eso, el intento crear contextos más habitables, donde pueda existir la libertad e incluso la discrepancia pueda ser más civilizada…

 

Paul Graham

“Si todos vamos a discrepar más a menudo, debemos tener cuidado en hacerlo bien. ¿Qué significa discrepar bien? La mayoría de los lectores puede ver la diferencia entre un mero insulto y una refutación cuidadosamente razonada, pero creo que ayudaría ponerle nombre a las etapas intermedias. Así que he aquí un intento de una jerarquía de los desacuerdos:

DH0. Insultos.

Esta es la forma más baja de desacuerdo, y probablemente también la más común. Todos hemos visto comentarios como este:

“¡¡¡Eres un maricón!!!”

Pero es importante darse cuenta de que insultos más articulados tienen el mismo poco peso. Un comentario como:

El autor es un diletante engreído.”

no es más que una versión pretenciosa de “eres un maricón”.

DH1. Ad Hominem.

Un ataque ad hominem no es tan débil como un mero insulto. En realidad podría llevar algo de peso. Por ejemplo, si un senador escribe un artículo diciendo que los sueldos de los senadores deben aumentarse, uno podría responder:

“Por supuesto que diría eso. Es un senador”

Esto no refuta el argumento del autor, pero puede al menos ser relevante para el caso. Sin embargo, sigue siendo una forma muy débil de desacuerdo. Si hay algo mal con el argumento del senador, debes decir qué es; y si no lo hay, ¿qué más da que sea un senador?

Decir que el autor carece de la autoridad para escribir sobre un tema es una variante de ad hominem—y una especie particularmente inútil, porque las buenas ideas a menudo vienen de gente en otros campos. La cuestión es si el autor esta en lo cierto o no. Si su falta de autoridad le llevó a cometer errores, señálalos. Y si no lo hizo, entonces no es un problema.

DH2. Respondiendo al Tono.

En el siguiente nivel comenzamos a ver respuestas a la escritura, más que el escritor. La forma más baja de ellas es estar en desacuerdo con el tono del autor. Por ejemplo:

“No puedo creer que el autor rechace el diseño inteligente de un modo tan arrogante.”

Aunque mejor que atacar al autor, ésta sigue siendo una forma débil de desacuerdo. Importa mucho más si el autor está bien o mal que cuál sea su tono. Sobre todo porque el tono es muy difícil de juzgar. Alguien que tiene un problema sobre algún tema podría ofenderse por un tono que a otros lectores les parecía neutral.

Así que si lo peor que puedes decir sobre algo es criticar su tono, no estás diciendo mucho. ¿Es el autor frívolo, pero está en lo correcto? Mejor eso que serio y errado. Y si el autor esta equivocado en algún lugar, di dónde.

DH3. Contradicción.

En esta etapa, por fin tenemos respuestas a lo que se dijo, en lugar de cómo o por quién. La forma más baja de respuesta a un argumento es simplemente plantear el caso opuesto, con escasa o nula justificación.

Esto se combina a menudo con declaraciones del tipo DH2, como en:

“No puedo creer que el autor rechace el diseño inteligente de un modo tan arrogante. El diseño inteligente es una teoría científica legítima.”

La contradicción a veces puede tener cierto peso. En ocasiones, el simple hecho de ver el caso opuesto expuesto explícitamente es suficiente para ver que es lo correcto. Pero por lo general las pruebas serán de ayuda.

DH4. Contraargumento.

En el nivel 4 llegamos a la primera forma convincente de desacuerdo: el contraargumento. Hasta este punto las otras formas generalmente pueden ser ignoradas como incapaces de probar nada. Los contraargumentos podrían probar algo. El problema es que es difícil decir exactamente qué.

El contraargumento es contradicción más razonamiento y/o pruebas. Cuando se dirige directamente a la discusión original, puede ser convincente. Pero, por desgracia, es común que los contraargumentos se dirijan a algo un poco diferente. Más de las veces, dos personas discutiendo apasionadamente sobre algo, realmente discuten sobre dos cosas diferentes. A veces incluso están de acuerdo entre sí, pero están tan atrapados en su disputa que no se dan cuenta.

Podría haber una razón legítima para argumentar en contra de algo un poco diferente a lo que el autor original dijo: cuando sientes que perdieron el meollo de la cuestión. Pero cuando haces eso, debes decir explícitamente que lo estás haciendo.

DH5. Refutación.

La forma más convincente de desacuerdo es la refutación. También es la más rara, porque requiere más trabajo. De hecho, la jerarquía de desacuerdo forma una especie de pirámide, en el sentido de que cuanto más se asciende encuentras menos instancias.

Para refutar a alguien probablemente tengas que citarlo. Tienes que encontrar una “pistola humeante”, un párrafo en aquello con lo que estas en desacuerdo y sientes es un error, y luego explicar por qué está equivocado. Si no puedes encontrar una cita con la cuál discrepar es probable que estés discutiendo con alguien que utiliza una falacia lógica.

Aunque la refutación por lo general implica citar, citar no implica necesariamente refutación. Algunos autores citan partes de las cosas con las que están en desacuerdo para dar la apariencia de legítima refutación, y luego siguen con una respuesta tan baja como DH3 o incluso DH0.

DH6. Refutar el Punto Central.

La fuerza de una refutación depende de lo que refutas. La forma más poderosa de desacuerdo es refutar el punto central de alguien.

Incluso tan alto como en DH5 todavía vemos a veces deliberada deshonestidad, como cuando alguien escoge puntos menores de un argumento y los refuta. A veces el espíritu con que esto se realiza crea una forma más sofisticada de ad hominem que verdadera refutación. Por ejemplo, corregir la gramática de alguien, o insistir en errores de menor importancia en nombres o números. A menos que el argumento opuesto en realidad dependa de tales cosas, el único propósito de corregirlos es desacreditar al oponente.

Refutar algo verdaderamente requiere que uno refute su punto central, o al menos uno de ellos. Y eso significa que uno tiene que comprometerse explícitamente a lo que conforma el punto central. Así, una refutación realmente efectiva luciría así:

 

El punto principal del autor parece ser x. Cómo él dice:

<cita>

Pero esto es un error por las siguientes razones…”

 

La cita que señalas como equivocada no tiene que ser la declaración del punto principal del autor. Es suficiente refutar algo en lo que este punto se apoya.

Qué Significa

Ahora tenemos una manera de clasificar las formas de desacuerdo. ¿Qué tan bueno es? Una cosa que la jerarquía del desacuerdo no nos da es una manera de elegir un ganador. Los niveles de DH se limitan a describir la forma de una declaración, no si es correcta. Una respuesta DH6 puede todavía estar completamente errada.

Pero mientras que los niveles de DH no establecen un límite inferior sobre cuán convincente es una respuesta, establecen un límite superior. Una respuesta DH6 podría ser poco convincente, pero una respuesta DH2 o más baja siempre es poco convincente.

La ventaja más obvia de clasificar las formas de desacuerdo es que ayudará a las personas a evaluar lo que leen. En particular, les ayudará a ver a través de argumentos intelectualmente deshonestos. Un orador o escritor elocuente puede dar la impresión de vencer a un oponente usando meramente palabras fuertes. De hecho, esta es probablemente la cualidad que define a un demagogo. Al dar nombre a las diferentes formas de desacuerdo, le damos a los lectores críticos un alfiler para reventar tales globos.

PAUL GRAHAM “Cómo discrepar”

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1 Comentario

  • Pero si discrepar es automático, lo que se aprende es el conformismo. Por lo menos en Occidente. Lo que más me sorprende son estos americanos que hacen pirámides y tal como si hubieran descubierto el Mediterráneo. Existe hoy toda una corriente de pragmática y teoría de la argumentación que estudia precisamente todas estas cosillas, y antes estuvieron los sofistas y la tradición de la oratoria griega y romana. Pero, claro, es mucho más difícil que esto…

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