Sub specie cotidianitatis

Si tiene que hacer algo fuera de lo normal y no puede esperar, no pierda el tiempo con los hombres; ellos trabajan con lo que su tío llama las reglas y los casos. Acuda a la mujeres y a los niños; ellos trabajan con las circunstancias.

Intruder in the dust, William Faulkner.

¿Y si la realidad fuese justo lo que aparenta ser: el teatro de nuestros enredos y nuestros desvelos? Muchos existencialismos -incluido el existencialismo más cristiano- lo han visto así, haciendo del tingladillo cósmico por el que se interrogan filósofos y científicos no más que el escenario propiciatorio de nuestras vidas, que tal vez sean lo más intenso y más rico que contenga el vastísimo Universo. De hecho, el existencialismo pasa por ser una corriente propia y rigurosamente -incluso arquetípicamente…- filosófica que arrancaría de Sören Kierkegaard y que se definiría plenamente con Jean Paul Sartre tras la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, hay que observar algo fundamental que los caracteriza a todos ellos, uno por uno y desde entonces hasta ahora: casi sin excepción, el tildado como “existencialista” es antes un escritor que un filósofo, y no hay más que observar que acostumbra a producir más relatos, novelas u obras de teatro que tratados teóricos estrictos. Piénsese también en Unamuno, Pirandello, Camus o Saint-Exupery. Cuando esta condición no se cumple, como en el caso de Ortega y Gasset, encontramos siempre un interés predominante por la literatura que no halló un cauce imaginativo por donde desarrollarse pero sí un estilo expresivo característico muy cercano a la literatura de su tiempo. En realidad, nos da lo mismo qué nombre den a sus propias filosofías y su grado de aceptación o no del título: existencialista es aquel parte que de la premisa de que la vida humana se distingue netamente del resto del cosmos animado o inanimado por su carácter de drama dinámico. Y los dramas se cuentan, no se explican, o se explican en tanto se comprenden contándolos, no extrayendo de ellos una fórmula de aplicación universal –se trata, claro, de la vieja distinción, aún vigente para muchas personas e instituciones, de Dilthey y Weber entre las ciencias de la “explicación”, correspondientes a los fenómenos naturales, y las ciencias de  la “comprensión”, correspondientes a la intención humana.

 

Por ello, entiendo que el existencialista nos hace cierta trampa al presentarnos su propuesta al revés, es decir, que lo que realmente hace es teoría de la literatura cuando pretende estar haciendo filosofía de la vida. El experimento está al alcance de cualquiera: no hay más que coger un tratado filosófico considerado existencialista y leerlo como si, en vez de hablarnos de nosotros los hombrecillos de carne y hueso, se estuviese hablando de la estructura necesaria del personaje novelesco, y, en mi opinión, una luz clarísima emana de repente del texto y todo adquiere un sentido adecuado. Tanto es así que no por casualidad la continuidad natural de los llamados filósofos existencialistas no han sido otros filósofos, sino otros, subsecuentemente, literatos –Hemingway, Sagan, Bowles, Martín-Santos, Kundera, etc-, por no hablar de la proyección del existencialismo en el cine o en la canción… En definitiva, seguramente todo ello se deba únicamente a que el meteórico crecimiento de las ciencias experimentales, unido a las grandes heridas del alma colectiva de la primera mitad del s. XX, no dejasen otra salida para cierto humanismo que el tratamiento narrativo del drama individual o interhumano. Algo así como señalar que intentemos no olvidar de qué se trataba después de todo: de nosotros, del mundo en tanto que nuestro mundo, de la realidad entera como motor de la acción humana, del entramado del Universo en cuanto que produce novedades interesantes u horrorosas en la existencia de cada cual… Así, algo como el acelerador de partículas de Ginebra, el CERN, representa sin duda un logro enorme de la inteligencia y de la capacidad técnica del hombre, pero nos interesamos en él en la medida en que pueda revolucionar nuestras vidas mediante la adquisición de más ciencia y más técnica que implique más posibilidades y posibilidades nuevas para nuestra realidad cotidiana. O eso o si lo asimilamos como el producto de la mera curiosidad teórica, resultaría sin duda una curiosidad carísima…

 

Se dirá, con razón, que esto no es más otra forma de antropocentrismo, y ya digo que es cierto. El mundo no como un conjunto incierto de objetos y procesos, sino como realidades actuantes, simbólicas, que desempeñan un papel determinado en el teatro humano. No hay, por ejemplo, meteoritos disparados por el espacio exterior: los hay sólo en cuanto que nuestra vigilancia puede detectar si se dirigen a la Tierra o no. O no hay, en otro ejemplo, virus pululando por entre los organismos vivos: los hay en cuanto que puedan sernos dañinos o benéficos a corto o largo plazo. El mismo Tiempo, el nombre de ese gran misterio, dejaría de ser tal misterio desde una perspectiva dramatúrgica. Hay tiempo en tanto que continúa la función, es la duración misma de la función que posibilita que los acontecimientos se desarrollen y toquen a su fin (y es que verlo, por cierto, de otra manera, más óntica u objetual, termina por resultar paradójico; Spinoza o Einstein concibieron el Tiempo como una figura geométrica, una especie de poliedro de infinitas caras que representa una cuarta dimensión física y en la que precisamente el transcurrir mismo queda suspendido, congelado, a favor de una eternidad extática). El secreto del existencialismo consistió en percibir la abismática Realidad como una matriz de narraciones, con sus triunfos y sus fracasos, y si esto fuera así o remotamente parecido -que no digo yo que lo sea, yo no poseo información privilegiada al respecto-, es natural que algunas corrientes existencialistas más pías reclamasen para este incalculable espectáculo un inicio, una caída del telón y una suerte de Espectador Infinito. Alguien Sobrehumano que padece nuestros padecimientos, o que tal vez, al contrario, se ríe de ellos, pero que en todo caso ha orquestado esta representación de preocupaciones y deseos, meteoritos y virus, para sentirse vivo, o para sentirse intrigado, para ser, en fin, algo así como nuestra Cuarta Pared…

 

Sea como fuere, eso no daría razón, todavía, de nuestra entraña más íntima, como pretende el existencialismo. La verdadera “materia de la que estamos hechos”, por citar a Shakespeare, no la dramatiza Shakespeare, ni casi nadie. Se trata de nuestra vida cotidiana, en la que rigen un irritante pero inexorable conjunto de productos con fecha de caducidad, de minutos gastados en spots publicitarios, de horas de lavar y planchar ropa, de facturas que llegan al buzón y hay que pagar, de preocuparnos por si tenemos la batería del móvil cargada, de confeccionar listas de la compra, de llamar por teléfono a nuestro tío Juan por su cumpleaños, o de experimentar un molesto picor vaginal con el que algo habrá que hacer, entre un largo etcétera. Nada de esto se suele contar en una narración, y desde luego ningún Ser Supremo estaría interesado en ello. Carece, casi siempre, de un sentido dramático, y por tanto de poesía. Walt Whitman escribió (Canto a mí mismo), en fascinante imagen, “Una brizna de hierba es el jornal de las estrellas”; no podría haber escrito, en cambio, creo yo, “Un picor vaginal es el jornal de las estrellas”… Existe, pues, un amplio orbe de actividades en la vida real que damos por supuestas y que no tienen cabida en narración alguna de la gesta humana, o que si la tienen, la convierten inmediatamente en una sátira o en costumbrismo chabacano. Martín Heidegger no aludió a ninguna de ellas en Ser y tiempo (que, por cierto, ese 2017 cumple 90 años), pese a que allí se intentaba explanar cual es la comprensión del ser típica del existente cotidiano. Tanto es así, que quien lea a Heidegger puede llegar a pensar que el Dasein no tiene cuerpo, que es una pura función de dar/recibir/construir sentido. La única corriente filosófica que ha tenido en cuenta las tareas a que nos obliga el puro mantenimiento de la vida, su reproducción diaria tanto personal como colectivamente, ha sido el marxismo, aunque de un modo elíptico también. De manera que, visto desde más cerca, visto en su detalle ridículo, el “gran teatro de la existencia humana” se deja muchas realidades fuera, no sólo por lo alto sino también por lo bajo, por decirlo así. Son esas realidades pequeñas, rutinarias y triviales que han ocupado durante siglos mayoritariamente a las mujeres y a los niños, cuando no a los sirvientes. Ellos no trabajan con las reglas y los casos, como los hombres hechos y derechos, “ellos trabajan con las circunstancias”, escribe Faulkner.

 

Pues bien, ya es hora de ponerse a trabajar con las circunstancias. En un mundo en que la tecnología (también la tecnología social) ha servido en bandeja a una parte del planeta unas condiciones de vida más o menos cómodas, pensemos en la mejor manera de ser los héroes de nuestra cotidianidad. Que otros escriban las grandes gestas o los minúsculos dramas: también los necesitamos, y ya nos los pasaran por una cadena de televisión nueva a hora fija. Pero, mientras, sub especie cotidianitatis (latinajo que no existe, claro, que he perpetrado yo), trabajemos con las circunstancias ínfimas en que el propio Universo nos ha involucrado al nacer, más allá de existencialismo alguno. César Vallejo escribió:

 

Un hombre pasa con un pan al hombro

¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo.

¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano

¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño

¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre

¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras

¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza

¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente

¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance

¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda

¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando

¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina

¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos

¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?

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