Jean Rochefort: “el marido de la peluquera”

Cuando me he enterado que ha muerto he ido rápido a leer su lista de películas para ver las que había visto. Seguro solo dos, aunque una por lo menos tres veces: “El marido de la peluquera”. La otra la de Trueba: “El artista y la modelo”, mucho menos memorable. Quizá alguna más que no recuerdo ahora. Y sin embargo este hombre de rostro de pájaro, con los ojos muy abiertos y las cejas muy expectantes, como un viejo aristócrata extraviado en el tiempo, ha sido una presencia muy permanente en mi vida, como esos viejos amigos que uno no deja de encontrarse cada cierto tiempo con mucho gusto, como si dieran prestancia y consistencia al mundo, como si solo su presencia mejorara el paisaje de la realidad, que siempre tiene tendencia a hacerse vulgar.

 

 

Jean Rochefort siempre será, para muchos espectadores, la encarnación de “El marido de la peluquera”, la magnifica película de Patrice Leconte, el niño extasiado por la emergencia del deseo a través de una mirada furtiva, de la inminencia de un tacto, de unos olores y un ámbito que ya buscará siempre. Ese deseo que nunca se controla del todo, que es ajeno y profundamente propio, que precisa ser satisfecho y que puede agotarse en ese intento de satisfacción para anhelar, continuamente, resolverse en una nueva búsqueda.

 

 

La peluquería como un utero que recuerda la sensualidad primigenia, donde se suman las fragancias del talco, de las colonias y lociones para el afeitado, con la musica o el susurro de las conversaciones o el silencio de los ruidos imprescindibles. Cortarse el pelo o afeitarse frente a un espejo, en las manos de otro, de otra, como una forma de abandonarse, de comenzar de nuevo, de restablecerse, de conectar con sensaciones básicas que vienen de muy lejos, que persisten como una estrella, a pesar del tiempo y la evolución que nos construyó para la insatisfacción perpetua que no terminamos de creernos nunca.

 

 

El sueño de perderse en ese instante eterno que dura tan poco, de abandonarse a esa atracción tan intensa que lo ilumina todo, solo un instante. El abrazo del niño que no quiere separarse de su madre, del amante que no quiere arriesgarse a no ser deseado como ahora. El deseo y la muerte. La vida mas intensa siempre esencialmente amenazada por la perdida que parece inevitable.

 

 

Abrázame muy fuerte” le dice ella en el último baile. Abrázame muy fuerte antes de que me vaya porque no quiero irme nunca. El anhelo del niño que se cree inmortal y descubre la muerte tan pronto, de tantas maneras. Aprender a amar, a vivir, es de alguna forma, resignarse a una sucesión de amputaciones, de todo lo que podría haber sido, de todo lo que se presiente que desaparecerá finalmente. Esos fulgores que iluminan la vida sin embargo.

 

 

Jean Rochefort el actor que encarnó esa masculinidad rara y sensual, distante y tierna, un poco ensimismada en la incredulidad de todo lo que pasa y desaparece.

Un gran actor francés

 

 

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