El ocaso de la virtud

Fotografía de David Chapelle

Lo que llamamos “antigüedad” será un periodo de la historia eternamente interesante para nosotros porque en él se ensayó un género de vida totalmente desprovisto de religión tal como la entendemos en la actualidad, y sin embargo, y sin perjuicio de ello, grandioso y lleno de lecciones para el futuro. Si es cierto hoy que “Dios ha muerto” para gran parte de las sociedades del mundo desarrollado, hubo un tiempo en que Dios ni siquiera había nacido, y eso debería estimular la curiosidad de cualquiera interesado en los asuntos humanos. Antes de Dios, todo se vivía de manera muy distinta: la guerra, el sexo, la amistad, el comercio, la política, la muerte… Los muchos dioses del paganismo no sólo no proscribían normas de obligada observancia que constriñesen las acciones de los hombres, sino que más bien se comportaban ellos mismos ilegalmente, engolfándose en las mismas pasiones que arrastraban a sus émulos mortales. Ya Sócrates pensaba que más que de ejemplo los dioses de siempre servían de mal ejemplo, y esa fue una de esas posturas suyas tan originales que le llevaron derechito a la pena capital. Porque si algo preocupaba a los filósofos antiguos, pero también igualmente al resto de la población más o menos aristocrática de las civilizaciones anteriores al cristianismo, era precisamente la virtud, tanto en Grecia como en Roma, pese a lo que nos hayan hecho creer las películas de Hollywood destinadas a la Semana Santa. Recuerdo haber leído que las últimas palabras de Teofrasto, el fiel y competente ayudante de Aristóteles, estuvieron referidas justamente a eso, a una lamentación por haber llegado al fin de sus días sin conocer la naturaleza exacta de la virtud. La virtud era ya, por tanto, más importante que la muerte misma antes de que naciese Dios: quiero decir no que a nadie le importase morirse, sino que la pregunta nunca fue por el sentido más o menos trascendente de la muerte, la pregunta se orientaba en cambio a averiguar si antes del fin se había logrado o no un cierre adecuado a una vida conforme a la virtud. Porque antes de Dios, griegos y romanos tenían bastante claro que la muerte es la muerte, que no hay mucho más que investigar, acostumbrados como estaban a las guerras continuas y a las disputas políticas con desenlace sangriento. Con la muerte acaba la vida de alguien, esto es todo, la cuestión se desplaza ahora, como digo, a establecer qué tipo de vida llevó el finado antes de morir, y discriminar eso era de un valor extraordinario para el hombre antiguo ya desde la época arcaica. Cuando su amigo y benefactor (y suegro) Hermias, rey de Lesbos, murió entre horrendos tormentos a manos de los persas, Aristóteles escribió -seguramente lo único en forma poética que escribiese Aristóteles, o que hemos conservado- en su honor unos famosos dísticos que son del todo desconcertantes para nuestra mentalidad actual, y que dicen así: “Virtud, fuente rica en sufrimientos para el género humano, bello trofeo de la vida: morir por tu hermosura es tenido en la Hélade por la mayor de las fortunas”…

 

Fotografía de David Chapelle

Con esas palabras Aristóteles parece estar ensalzando el martirio, y sin embargo no hay Dios, no hay Causa Suprema a la que encomendarse y por la que sea tan bello morir en su nombre. La virtud (areté, excelencia) no tiene más objetivo que ella misma, en su dimensión social. Ser o llegar a ser excelente es el “trofeo de la vida”, “la mayor de las fortunas”, por encima de la riqueza y los honores, aunque en ocasiones sea fuente también de sufrimientos. Toda una sociedad se beneficia de la presencia de hombres virtuosos, que además son a menudo los que más merecen gobernar, porque son también los que mejor saben obedecer. Y todo un régimen del discurso moral se pone en marcha para reconocer lo que es susceptible de alabanza en la actuación del prójimo y lo que es merecedor de reprobación en la conducta propia y ajena. Hoy, después de Dios (o post-Dios, en una expresión que todavía nadie se ha atrevido a emplear), no aspiramos a tanto, nos conformamos con premiar socialmente a aquellas personas que hayan destacado en algo, la banca, el espectáculo o los deportes, y decimos de ellas que son, o eran, buenas personas, que en el fondo eran sencillas en el trato íntimo y que estaban dotadas de una “gran humanidad”. Realmente, no es poco, si fuera cierto, pero falta ese algo que los antiguos consideraban imprescindible, y que otorgaba cierta tensión interna al concepto de la virtud que lo hacía tan rico en connotaciones, y no sólo en sufrimientos. No es, creo, que la areté antigua posea un carácter más público que nuestro “humanitarismo” actual, puesto que también el humanitarismo se desarrolla ante los ojos de todos e incluso es más popular, más democrático que la virtud tal como la concebía Aristóteles. Es, sobre todo, que la virtud antes de Dios iba más allá de la norma moral por excelencia en la que han coincidido abrumadoramente todos los pensadores modernos de Occidente mientras existía Dios, y que se condensa en la fórmula que dice -procedente, por cierto, de una máxima bíblica- “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Hobbes, Leibniz, Hume, incluso Kant con la formulación del imperativo categórico no han hecho otra cosa, en realidad, que modular esta norma cada uno a su manera, y es verdad que mucho más no se puede decir, que es una norma racional y en la que se condensa mucho de lo mejor de la experiencia civilizatoria humana, pero no se puede ocultar que es una norma claramente negativa: “no” hagas lo que “no” quieras, etc. En su forma un poco más positiva, lo llamamos ahora “empatía”, lo hacemos objeto de “inteligencia emocional”, decimos que los psicópatas carecen de ella y lo enunciamos de la siguiente forma: “procura ponerte en el lugar de los demás”…

 

Fotografía de David Chapelle

Leibniz, en particular, decía en algún lugar de sus escritos jurídicos que la ética consiste en ponerse en el lugar del otro cuando consideramos a este confianzudamente (es decir, pensando en que seguramente sea buen chico, un congénere, un semejante mío cuyos intereses son los intereses generales de la humanidad), mientras que la política consiste igualmente en ponerse en el lugar del otro, pero cuando, en cambio, le consideramos con radical desconfianza (es decir, cuando pensamos que bien puede ser un extraño cuyos intereses particulares y potencialmente peligrosos para mí no son los míos ni los de nadie más que los de él mismo). En otras palabras, la ética me informa de una conducta respetuosa e imaginativa para con los demás -tratarles como quiero que me traten a mí-, mientras que la política es el conjunto de leyes y dispositivos que impiden que los demás me avasallen o yo a ellos. Resulta, me parece, una definición muy elemental y útil de la relación entre ética y política, y muy anticipadora también del liberalismo político posterior, aun sin desearlo conscientemente Leibniz. Así es, en efecto, cómo vivimos ahora, y ningún manual de “Valores éticos” para alumnos adolescentes es demasiado capaz de superar esto por muchas páginas que dedique a la materia y muchos ejemplos, fotos y películas que consagre a ilustrarlo. Para todo lo demás nuestra cultura actual ya plenamente liberal ha desarrollado una extensión y profundización de la ingeniosa y cínica frase de Voltaire, “el placer da inmediatamente lo que la sabiduría sólo promete…”, con lo que el saber, el conocimiento, la experiencia vivida queda desterrada del horizonte de la existencia virtuosa, que queda mejor caracterizada por la capacidad de proporcionarse satisfacciones inmediatas. Quien más placeres tenga a su alcance, parecemos pensar, menos ganas le restarán de amargar la vida a los demás. La conciencia, en cambio, es sufrimiento, como dice el tópico desde Sófocles, y pensar demasiado no es más que atormentarse innecesariamente. A mí no me parece mal, en absoluto, y como sustrato básico de la moral colectiva en las sociedades de masas aconfesionales es bastante aceptable (sobre todo si la comparamos con la obediencia como cualidad máxima del creyente en las religiones supervivientes), pero no es la virtud de los antiguos, no es eso a lo que se referían, por ejemplo, los tratados de ética de Aristóteles. Allí no se desestimaban los placeres, ni se rechazaba las riquezas o el poder, pero se pedía algo más, se pedía algo así como lo que yo llamaría grandeza interior.

 

Fotografía de David Chapelle

Esa grandeza fue la que demostró Hermias toda su vida, y no sólo en el momento de no revelar nada cuando fue torturado por los persas. Se trata de una grandeza parcialmente romántica, en el sentido de que pertenece a un individuo particular, pero que sin embargo se desarrolla en gestos vertidos hacia los demás, en bienes tangibles que otros individuos reciben de ti y no en obras de arte o performances estéticas. Hermias ya era rey, no tenía por qué ser además generoso. Aristóteles lo piensa al revés: Hermias era rey (y además lo era por sus propios méritos), por tanto eso le obligaba a ser generoso. Y la generosidad vital, aquello que Nietzsche denominó en un capítulo del Así habló Zaratustrala virtud que hace regalos”, va un paso más allá de las virtudes cívicas e interpersonales que practicamos hoy. Si te pones en el lugar del otro, si eres empático, evitarás dañarle, que es un planteamiento pasivo incluso en su formulación más benevolente; si buscas la excelencia, lo que harás será ser mucho más de ti mismo para beneficio del mundo, lo cual es un planteamiento claramente maximalista pero considerablemente más activo. La virtud, en resumidas cuentas, era una actividad enérgica entre los antiguos antes del nacimiento de Dios, y hoy, por un exceso de mala conciencia, diría yo, la hemos convertido, tras la muerte de Dios, en una cierta pasividad timorata. Bueno, mejor eso que nada, desde luego, pero hay que ser también conscientes de lo que hemos perdido, de que nos hemos dejado abandonadas por el camino cosas de las que ya no se habla apenas y de que, de modo semejante a como Heidegger se refería al “olvido del ser”, habitamos también un cierto “ocaso de la virtud” al menos en su noble sentido antiguo.

 

 

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5 Comentarios

  • De acuerdo con lo postulado, parece que la virtud sigue siendo una excelencia, aunque se rebaje al comodón estado de la empatía.
    Muchos no son capaces de tanto (cualquier atasco de tráfico lo demuestra) de modo que los antiguos guerreros generosos y los modernos complacientes siguen un escalón por encima.
    …para ir al Cielo :-))

  • Highway to Heaven / Stairway to Hell… Es que sin ese escalón, sencillamente, no se puede hablar de moral, que siempre supone un plus sobre la vida normal, instintiva por decirlo así. Lo que ocurre es que lo antiguos conciben ese escalón en continuidad natural con la vida corriente, como un grado suyo, mientras que el cristianismo entiende que la moral implica una ruptura con la tierra, una escisión que te convierte en ciudadano de otro Reino separado de este, pero con una gran ventaja: cualquiera está capacitado para hacerlo (los antiguos son esclavistas y aristocratizantes siempre, excepto, teoricamente, los estoicos).

  • Fascina pensar en esos tiempos donde surgieron códigos morales que, al parecer, proporcionaban tan altos grados de significación personal, que daban sentido a vidas cortas y a menudo crueles, donde surgió una literatura tan poderosa (que quizá también los creó) que ha permanecido en los tiempos y ha sustentado nuestra cultura. De inmediato parece surgir algo parecido a la nostalgia frente al tiempo presente que siempre nos parece tan deslucido y tan poco heroico, sin referencias morales netas, indiscutibles y compartidas que permitan establecer diferencias respecto a “los mejores”, que tienen el mérito y el coraje de perseguir la virtud, la areté. Y que también esperan algún tipo de reconocimiento. Al menos el cielo de la valoración de algunos de los contemporáneos o el recuerdo de la posteridad.

    Ocurre sin embargo que, a poco que se piense, cuando ya no hay una referencia religiosa y absoluta, esa virtud no deja de seguir siendo un sinónimo de bien y entra de lleno en toda esa argumentación que le aplica Russell en sus “Ensayos filosóficos” sobre la ética, cuando critica que el término no puede circunscribirse a una práctica ( que tipo de acciones deben realizar o evitar los hombres ) sino a las proposiciones sobre esa práctica. Lo que supone analizar las razones lógicas que fundamentan la noción de bien, lo que no suele ser tan fácil, aunque para Russell resulta ineludible: fundamentar de forma clara lo que se considera bueno o malo para a partir de ahí poder juzgar las conductas como buenas o malas. Un gran reto filosófico sin duda, no demasiado al alcance del común de los mortales.

    Frente al evidente progreso tecnológico da un poco de miedo pensar el nada evidente progreso moral en las sociedades humanistas contemporáneas. Algo que se ha vuelto más evidente con la aprición de las redes sociales, donde parece volver a retornar todo lo que parecía superado, las más toscas diatribas puritanas o sectarias, acompañadas de toda la inquisición de la cultura del escándalo, que ha retornado por el ciberespacio a la posibilidad de libertad personal, que eran las ciudades.

    Lo que hace que ahora practicar la virtud, por ejemplo la que proponía Camus para el escritor en aquel discurso de Suecia (“el servicio de la verdad y el de la libertad.”) sigas siendo, como siempre, bastante peligroso, de alguna manera. Sin ninguna seguridad de ningún cielo, como siempre.

  • Más que Russell, el interesante en aquel círculo fue G.E. Moore, cuya ética influyó en todos ellos y también en la economía de Keynes. Pero como no lo he leído, no sigo (mira, lo voy a leer ahora…)

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