Populismo pictórico (la Ashcan School)

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Todo lo que apesta a mierda apesta a vida.

Antonin Artaud

 

 

Todos hemos querido ser alguna vez pintores. De brocha fina, quiero decir. En Occidente ha representado la expresión más alta de la “vida contemplativa” aristotélica (aunque Aristóteles no quiso decir en absoluto eso: cuando él se dedicó a su propio biós theoretikós fundó la zoología, que conoció abundantes seguidores entre los grandes naturalistas del s. XVIII). Pero también en extremo Oriente, allí donde nunca llegaron a ser iconoclastas, el oficio del pintor tenía un prestigio casi místico. No obstante, creo que es mejor la tradición pictórica occidental, no en cuanto a calidad y variedad, ya que desconozco absolutamente a los artistas orientales, sino porque, además de al trabajo gremial, que Chesterton echaba de menos, está asociada de un modo más o menos cambiante a lo que en el s. XIX se denominó la vida bohemia. La bohemia es algo fenomenal y necesario que cualquier joven estudiante debería experimentar un poco si lo que quiere es ser joven hasta el fondo, y no sólo un proyecto de adulto. Los goliardos fueron los primeros bohemios de la historia europea, y no en vano surgieron a la vez que las primeras universidades. Las delicias de la vida bohemia pueden pagarse caras con el tiempo -por ejemplo, las muchas víctimas de los alucinógenos en los años sesenta que envejecieron atontados, como el pobre Syd Barret de Pink Floyd-, pero creo merece la pena arriesgarse y luego ir tascando suavemente el freno…

 

 

Bohemios fueron también a su manera los norteamericanos de la Ashcan School de pintura a principios del pasado siglo. Solían reunirse a beber y jugar al poker, como informa Peter Watson en su Historia intelectual del s. XX[1], capitaneados por un tal Robert Henri, el líder carismático de la cuadrilla. El objetivo de su sedicente “escuela” parecía ser el de inmortalizar a gente como ellos mismos, clase trabajadora o población inmigrante en sus faenas cotidianas o en sus ratos de pasarlo bien, de juerga pobre. Por eso se hicieron llamar así: los pintores que retratan lo que el mundo en general considera el “cubo de la basura” social, la gente humilde. Su autoinvestida misión era hurgar en ese cubo y encontrar imágenes de belleza o de goce también en los barrios bajos o en los lugares de recreo de los trabajadores, bajo la divisa de que el verdadero pueblo de Estados Unidos debía “aprender a expresarse por sí mismo en su tiempo y su tierra”.

 

George Bellows

John Sloan, George Luks, o George Bellows son los más célebres de entre los compinches de Henri, una hermandad que había absorbido las lecciones del uso del color del impresionismo y del posimpresionismo pero que no se resistía a las seducciones del figurativismo y que por ello son hoy menos conocidos que sus sucesores abstractos. Ignoro lo que hubiesen pensado de ellos los artífices del realismo soviético posterior, lo mismo les encontraba demasiado poco serios y poco comprometidos políticamente. Y es que no se trataba de pintar la política, sino de pintar la libertad, la poca libertad de que pueda disfrutar el hombre ordinario, sin pretender por ello cambiarle o forzarle a la revuelta. Estas son algunas de las fantásticas estampas a que dieron lugar estos pintores de la vida real, los paladines del populismo pictórico, pero pueden encontrarse muchas más fácilmente en Google. Todos hemos soñado ser alguna vez pintores: si pudiera elegir, yo preferiría haber formado parte de estos…

 

John Sloan

[1] Titulado en inglés Una belleza terrible, este grueso volumen de más de 800 páginas sin contar con las notas me parece muy recomendable para conseguir eso que un profesor mío llamaba, sin buscar ofender, “desasnarse”. A los de letras, les desasnará sobre ciencias, y a los de ciencias, viceversa. Es verdad que las partes dedicadas a las ciencias son en general mejores (y las de filosofía patéticas, como las dedicadas a Heidegger o Wittgenstein), pero el espíritu general del libro se inclina más hacia un punto de vista de Humanidades, lo quiera el autor o no, por el simple hecho de que presenta una visión más apegada a la tierra de la tarea científica. Concebido como una serie conexa de fichitas, y publicado justo el año 2000, el recorrido que propone este libro es fascinante, por su conjunción de horrores y maravillas en el panorama intelectual del que probablemente sea el siglo más inventivo de la historia occidental después del s. V a.C. o del Barroco.

 

 

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