Reminiscencias, el pasado detrás de la melodía

Fotografía Piergiorgio Branzi

En la consulta, en una mañana, pasan muchas cosas, escuchamos muchas historias, nos piden papeles, recetas, derivaciones, se mezclan los catarros con los cánceres y los infartos de miocardio o el dolor de los divorcios o de los hijos, con el aullido de la soledad y los achaques de la vejez. Además están los “desplazados”, los que están de paso, generalmente viejos de los pueblos, que vienen a ser cuidados por sus hijas abnegadas algunos meses y de los que sabemos muy poco. Es decir no tenemos continuidad de la asistencia en el tiempo, algo fundamental para el médico de familia, quizá nuestra principal arma como especialidad: conocer al paciente durante años, haberlo visto cambiar a lo largo del tiempo, saber sus antecedentes, su estilo de enfermar, cosas significativas de su vida.  Y con esas percepciones construir un sistema de alerta, esos pequeños detalles que nos avisan de que algo puede ir mal o de que no tenemos que preocuparnos demasiado.

La MIR  y yo habíamos estado hablado aquella mañana de San Petersburgo, su ciudad de nacimiento, de los tremendos acontecimientos históricos que han sucedido allí, de su belleza asombrosa, del fascinante talento y capacidad de los escritores rusos, como Tolstoi o Dostoyevski. Casi una premonición porque, poco después, aquella mujer de mediana edad, nos pidió unas medicinas para su madre que estaba unos meses en su casa. Y, como de paso, comentó:

—“Mi madre dice que escucha canciones dentro de su cabeza, ¿que le podríamos dar?” .

—“¿Canciones?” le pregunté mirándola, tratando de recordar si la había visto anteriormente alguna vez.

—“Sí canciones, Los campanilleros sobre todo. Eso dice, desde hace unos tres meses, sobre todo por las noches, cuando se mete en la cama”

 

Fotografía Piergiorgio Branzi

Le seguí preguntando y me enteré de que las canciones iban y venían y que el médico de su pueblo le había dado unas gotas que las hacían casi desaparecer cuando se las tomaba. Me contó que, a pesar de sus 87 años, su madre mantenía bien la cabeza, estaba alerta, se acordaba de todo, no se agitaba ‪de madrugada, era relativamente autosuficiente para su edad. A esas alturas ya me había acordado de aquellos casos de “reminiscencias” que contaba Oliver Sacks en “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. Así que, decidí ir a visitar a esa mujer a su domicilio para conocerla y que me contara detenidamente lo que le pasaba.

Efectivamente la señora estaba muy bien orientada y, aunque estaba en la cama y parecía muy mayor, su voz era firme y no tenía síntomas de demencia, ni ningún déficit neurologico evidente. Me confirmó lo que me había contado su hija, que las canciones las oía más o menos fuerte dentro de su cabeza y que le molestaban, que estaba harta de ellas, porque no la dejaban dormir bien. Quedé en pensar el tema y le dije que, probablemente, la derivaría al neurólogo para valorar la posibilidad de hacerle algunas pruebas para descubrir si esos síntomas respondían a alguna enfermedad y si podían paliarse de alguna manera.

 

Fotografía Piergiorgio Branzi

Hoy me he pasado la mañana releyendo el capítulo 15 del libro de Sacks. Como siempre, compruebo todo lo que se olvida, el nuevo nivel de compresión que aparece cuando se relee con un motivo, pasado el tiempo, cuando uno ya no es exactamente el mismo que cuando lo leyó por primera vez, quizá hace más de treinta años. Busco en el diccionario de la RAE la definición de “reminiscencia” (“Acción de representarse u ofrecerse a la memoria el recuerdo de algo que pasó”) que Sacks matiza y enriquece mucho más. A veces, puede ocurrir que el pasado emerja abrumadoramente, inundando la conciencia, por ejemplo a través de una música y de toda una melodía emocional que viene con ella y que puede resultar especialmente significativa para el sujeto, que le abre una puerta al pasado, que le permite contemplar o sentir cosas que creía haber olvidado o que ni siquiera sabía que estaban ahí, pero que, a partir de ese momento, pueden transformar su experiencia presente, lo que Sacks había llamado la “nostalgia incontinente”, que también había observado en algunos pacientes tratados con L-Dopa.

En los casos de reminiscencia musical suele estar afectado el lóbulo temporal, generalmente por una epilepsia o por cualquier otra lesión orgánica. Cuenta “el secreto de Shostakovich” que, al parecer tenía una esquirla metálica, de metralla, en el cuerno temporal del ventrículo izquierdo. Por lo visto se movía levemente cuando ponía la cabeza en una cierta postura y entonces escuchaba múltiples melodías que luego utilizaba para componer. Se cuenta que nunca hubiera querido curarse de eso sí hubiera podido.

 

Fotografía Piergiorgio Branzi

Lo interesante y, a la vez inquietante o esperanzador, es pensar que quizá todo siga ahí, detrás del muro, como en aquel relato ( “La puerta del muro”) de H.G Wells. Que en alguna parte de la memoria esté fijado todo lo que hayamos visto, oido, sentido o percibido.  Que existe como una copia de seguridad total de nuestra experiencia, incluso de los detalles más precisos, a los que no habíamos prestado importancia consciente. Que todo está archivado en algún sitio fuera de nuestro alcance a no ser que se produzca algo en el cerebro. Quizá una lesión que de pronto nos devuelva a otro tiempo; a lo que sentíamos entonces; a la energía y el deseo que teníamos; a las canciones, los olores o los sabores; a la experiencia más intensa de alegría, serenidad o desesperacion, quizá a otra identidad que ni siquiera sospechábamos, los otros que también fuimos o pudimos ser.

Como le ocurrió  a la señora con la enfermedad de Cupido, otro caso de Sacks, que despertó cierta mañana sintiéndose una jovencita, con todas sus sensaciones aunque tuviera noventa años. O con esos casos de lesión cerebral que cuenta Antonio Dámasio en “El error de Descartes”. La misma embolia en una zona de un lóbulo prefrontal derecho o izquierdo supone la abismal distancia entre la serenidad más impávida o la angustia más absoluta. Algo que desde luego no podemos controlar.

 

Fotografía Piergiorgio Branzi

Quizá todos somos exilados de nuestro pasado y a veces precisamos recuperarlo para arraigarnos a la vida presente, para poder vivir con serenidad y significado. Algo que a veces puede producirse a traves de la llave de un estímulo puramente orgánico. Esos segundos antes del ataque epiléptico a los que Dostoyevski no quería renunciar (“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”) quizá lo que encontró Cary Grant en la terapia psicoanalítica con LSD que lo alejó de la angustia que había sentido hasta entonces.

Los muchos misterios que todavía desconocemos del fascinante cerebro que somos y nos habita. El maravilloso observatorio de la condición humana que es la consulta de un médico.

 

 

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