Sam Mendes, promesa madura

Ya debe de andar por los 51 o 52 años, pero el director de cine británico Sam Mendes sigue representando en sí mismo una promesa de buen hacer fílmico que aún puede depararnos algunas muy gratas sorpresas. Además, como nunca sabemos qué va a hacer a continuación, el interés se acrecienta, aunque a veces, las menos, nuestra expectativa se vea defraudada. Hace dos sábados, por ejemplo, me apresté a ver Spectre con todo el arsenal de la noche de gozo cinéfilo menos las consabidas palomitas, y tuve que abandonarla a la mitad. No le encontré la gracia, todo muy bien rodado, la chica Bond preciosa (quizá demasiado joven, eh, Sam, pillín) pero con una trama sin tirón alguno. Sin embargo, Skyfall, la anterior de la lucrativa saga, era magnífica, y uno tendía a atribuírselo personalmente a Mendes. Skyfall, en principio, decepcionaba. La línea oscura de las dos últimas, protagonizadas por el rubito de cara de piedra, parecía olvidarse. Estábamos ante un clásico que recuperaba el estilo de toda la vida, marca Sean Connery, pero reconociendo el paso de los años. Hasta que de repente aparece Javier Bardem, con el que lo oscuro extraviado se tornaba ultraoscuro. Bond abandona sus clichés y recurre a un pasado que en parte es el conocido pero en parte no. En la “parte-no” se remueve un curioso Edipo que también afecta al personaje de Bardem (un 007 fallido, su tentación oscura, a su vez) y que, desde el punto de vista americano, tiene que ver con el orgullo patriótico británico históricamente caído frente a su égida. Pero lo curioso es que el guion se resuelve eliminando ese pasado recién inventado para dar lugar a una renovación del James Bond de siempre. O sea: me invento, para esta película, que la raíz del malestar del nuevo Bond está en un pasado más auténtico que el de Pierce Brosnan para a continuación cargármelo como paso previo a volver al héroe conocido. Me pareció una jugada maestra, y eso que a mí James Bond como personaje me la trae más bien al fresco. Pienso que Quentin Tarantino acertó sobre todo en darse cuenta de que su público había cambiado porque había visto tantas películas como él, y había que darle algo más a partir de eso. En Skyfall se daba. Y no soy yo aquí el profundo, el profundo fue el guionista y acaso Sam Mendes, que acepto una vuelta de tuerca como aquella sobre un tipo de película mil veces vista y encima protagonizada por un actor sin muchos recursos expresivos…

 

 

Pero antes había estado Jarhead. En Jarhead, de 2005, todo es perfecto, hasta su filosofía. Una película en la que tiene lugar un cierto nihilismo identificado con la extinción de toda voluntad. El chico protagonista, no sabiendo qué hacer con su vida, la entrega voluntariamente a los marines sólo para descubrir que ni siquiera apoderándose de su cerebro y de su voluntad, que, como digo, él entrega sin restricciones para paliar su propio vacío interno, el ejército o la guerra pueden aportarle la satisfacción más elemental a su ansia. Un ejercicio devastador y maestro a un mismo tiempo que, sin embargo, se mueve no entre reflexiones existenciales baratas, sino entre buenos y estimulantes momentos cómicos (por cierto, el argumento general seguramente fuera extraído de la novela El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, considerablemente más aburrida y sosa…) Pero aún antes, en 2002, Camino a la perdición, donde se comete la doble osadía de basar la historia en un cómic y poner al frente al bueno de Tom Hanks haciendo de tipo duro con metralleta -triple, en realidad, porque el psicópata de la película está encarnado por el guaperas pero solvente Jude Law. Hanks, naturalmente, está a la altura, y en el film todo resulta bellísimo, incluso las sucesivas muertes, hasta que llegamos a la muerte final, que es de premio de decoración o de fotografía, no lo sé muy bien. No en vano, Mendes es un hombre que comenzó su carrera ganando Oscars de calle con American beauty. ¿Qué se puede decir más de American beauty que no se haya dicho ya? Tal vez, únicamente, que se puede vivir un rato cada día en ella sin cansarse demasiado, y sin necesidad de ser un pederasta. Y eso que es una película crítica, de aquellas que deberían devolver al individualismo capitalista norteamericano su reflejo más grotesco. No obstante, resulta sumamente acogedora, además de sumamente significativa. Revolutionary Road, de 2008, implicaba un reto no menor. Un conflicto casi costumbrista que parte de una novela dura y difícil que se desenvuelve en tragedia (curiosamente, Mendes estaba entonces casado con Kate Winslet). Nada que ver con Un lugar donde quedarse -que no hay que confundir con el film homónimo, en la traducción castellana, de Paolo Sorrentino, que también es muy recomendable-, la más reciente, una comedia amable y buenrollista. Es cierto que no parece Sam Mendes, o que es Sam Mendes pegándose un garbeo indie y a lo tranqui, pero se ve con gusto (de la de Sorrentino puede decirse casi lo mismo).

Es una filmografía escasa, en realidad, pero variada, original y de grandísima calidad. Excepto American beauty, toda ella desarrollada en el s. XXI. Sam Mendes, nuestra joven promesa madura…

 

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