Stephen Hawking: cuando la vida es un horizonte de sucesos

La primera vez que apareció por la sala del Hotel Abama de Tenerife, para seguir las sesiones de aquel Starmus de 2014 como un participante más, se creó de inmediato una atmosfera de expectación que con rapidez estalló en un aplauso unánime. Allí había mucha gente de alto nivel dentro de la astrofísica, incluidos varios premios Nobel y algunos astronautas que había estado muy cerca de la luna, pero aquel hombrecillo con aspecto de duende sonriente con el cuello torcido, que se movía en su silla de ruedas acompañado de un par de ayudantes, parecía concitar una general admiración que se volvió a reproducir en los días siguientes y por supuesto el día de su conferencia.

 

 

A esas alturas Stephen Hawking era sin duda el físico más conocido del mundo, el más reconocido a nivel popular, casi un icono de la cultura pop, el autor de “Una historia del tiempo”, un difícil libro de divulgación que, sin embargo, vendió millones de ejemplares en todo el mundo. También el físico que había especulado sobre algunos aspectos fundamentales de la cosmología como el “Big Bang”, donde defendió la idea de un universo expansivo o los “agujeros negros” donde con Roger Penrose (que hace un magnífico obituario sobre su obra) desarrolló los teoremas de la singularidad del espacio-tiempo y posteriormente la radiación Hawking, esa que surge justo del borde del agujero, en el “horizonte de sucesos”, ese concepto quizá no demostrado pero sumamente poético existencialmente, más allá de la física.

 

 

Pero en Hawking había un aspecto de superación personal que iluminaba su capacidad como científico y que probablemente contribuyó de forma determinante a la admiración que despertaba, incluso en gente que no entendía nada de su trabajo. Hoy leo opiniones que dudan de su excelencia, de la grandeza y originalidad de su aportaciones a la física, que cuestionan que sea un físico a la altura de Einstein o de Newton (heredó su cátedra en Cambridge, por cierto), que recuerdan que no se le concedió el Nobel. Otros muchos opinan lo contrario y piensan que algunas de sus hipótesis acabarán demostrándose y que será considerado una figura preeminente en el futuro. Pero bastaría que hubiera sido solo un físico universitario de élite, lo que sin duda era, para ser igualmente admirable. Porque ese hombre convivió desde los 21 años con una Esclerosis Lateral Amiotrófica, una de las enfermedades más terribles que existen, a la que consiguió sobrevivir 55 años, sin dejarse limitar la vida más allá de lo imprescindible. Se casó varias veces, tuvo hijos, pasiones, escribió, dirigió tesis, tuvo discípulos, se dedicó a pensar en el universo y a estar en el centro de los debates de la física de su época, en vez de tirar la toalla y deprimirse o entrar en cualquier otra dinámica autodestructiva.

 

Stephen Hawking en Starmus 2014

Incluso esa capacidad de alcanzar la fama, caer simpático y poder ganar el dinero que necesitaba para mantener esa vida activa, es igualmente admirable. Necesitaba ayudantes que le solventaran los problemas más elementales igual que tecnología que le permitiera comunicarse. Todo pudo conseguirlo para seguir vivo, preservando la esperanza y el sentido del humor sin agarrarse a instancias transcendentes. Siempre se declaró un ateo respetuoso pero militante contra las supersticiones y las visiones religiosas que la ciencia cuestionaba.

Uno de esos hombres en los que inspirarse cuando lleguen los días oscuros y haya que buscar la fuerza que permita resistir. Pero también para gozar de los días soleados, de las posibilidades que la vida ofrece cuando todavía estamos vivos; de la consciencia de todo lo que tenemos y a veces no apreciamos, malgastamos o no acertamos a disfrutar;  de todo lo que podemos aprender o experimentar cuando todavía no estamos relativamente indemnes en el tiempo.

Stephen Hawking uno de esos héroes verdaderos del mejor humanismo …

 

 

 

 

Historias desde Starmus (II): El día de Stephen Hawking

 

Etiquetas de este artículo
More from Ramón González Correales

El oficio de saber contar

No solo saber escribir, también el oficio de saber contar. A veces...
Leer más

1 Comentario

  • No se entiende muy bien el revuelo en torno a Hawking, excepto por la tendencia americana a crear iconos mediáticos en los que centrar la atención del espectador lego. Hawking es un fenómeno estético posmoderno, más que estríctamente científico. Tengo la sospecha de que nadie hubiera oído hablar de Hawking de no ser por su atroz enfermedad (se ha dicho que Roosevelt, en silla de ruedas, jamás hubiese ganado unas elecciones de existir entonces la televisión: aquí sucede justamente al revés). Esa imagen de señor que como tiene el cuerpo en ruinas es todo mente resulta muy cartesiana y tiene un gran gancho popular, pero no es más que mítica. Todos los grandes descubrimientos que él divulgó en realidad son de otros, como él mismo citaba y reconocía: Lemaitre, Hubble, Gamov, Penzias y Wilsón, Guth… Hawking sólo añadió la especulación sobre la “radiación Hawking”, que no le ha merecido el Nobel, y unas cuantas preguntas semi-poéticas semi-filosóficas propias de un aficionado curioso. Siempre me sorprendió en sus muchos reportajes cuando hablaba de la majestuosidad y belleza del universo… ¿Cuál es la belleza de lo que en su mayor parte es un inmenso vacío poblado de diminutos escombros, por lo que sabemos hasta hoy? Como a él le diseñaban una panorámica compuesta de apretadas lucecitas de colores quizá se pudiera creer, pero eso es un montaje, no un hecho. Estética, no ciencia. También me desconcertaba cuando hablaba de la Nada, tranquilamente, como sustrato del Big-Bang. De la Nada nada sale, como ya sabían los presocráticos. Sin embargo, rechazaba el Gran Rebote, en mi opinión mucho más coherente. Lo que ocurre es que con el Gran Rebote no hay misterio teológico, que a Hawking parecía fascinarle para mejor negarlo después. Luego se ponía a hablar de los alienígenas, que nos iban a invadir, o de cuando abandonemos la Tierra para colonizar otros planetas dentro de miles de años. Cosas interesantes y estremecedoras, todas ellas, sin duda, pero que son más propias de un visionario que de un científico. Otros divulgadores lo hacen mucho mejor, en mi opinión, pero no cuentan con el estereotipo de una historia cinematográfica de superación personal. Llamarle “genio” y compararle con Einstein o Newton es saber poco de Física. Hawking no proporciona ningún nuevo paradigma, aunque no carece de cierto mérito haber intentado conjugar la mecánica cuántica con la relatividad en la investigación de los agujeros negros (tratando de suturar un poco con ello la esquizofrenia de la Física). Pero ni con eso está a la altura de Peter Higgs, que sí recibió el Nobel. En fin, que Hawking fue una gran persona, eso es incuestionable, pero también un gran divo. Es posible que después de él se nos agoten las figuras individuales universalmente conocidas en el campo de la ciencia. En este sentido, y como tú dices muy bien, se trata, sobre todo, de uno de los últimos humanistas, pero en un espectro ya muy posmoderno… Descanse en paz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *