Chomsky nonagenario

La ignorancia es la fuerza

George Orwell, 1984

 

Me entero por la prensa de que Noam Chomsky abandona el MIT (Massachusetts Institute of Technology) después de toda una vida y se marcha a trabajar a Arizona, porque él siempre sigue trabajando pese a que parece que el próximo diciembre cumple sus 90 años muy bien empleados. El lugar donde resida y de charlas en realidad no importa demasiado, porque Chomsky es una figura solitaria, un intelectual desclasado que se crea su propio entorno, muy en la línea del anarquismo que aprendió de joven y que le ha acompañado sin fisuras ni discontinuidades hasta hoy. Tiene cierta gracia que sus detractores le tachen de “antiamericano”, dando por sentado, entonces, que son netamente americanas todas las tropelías y desmanes que Chomsky lleva décadas denunciando, y como si ser un norteamericano de raza implicase la adhesión acrítica a todas las barrabasadas que gobierno y corporaciones tengan a bien cometer en el mundo y en su propio país. Deberían valorar y homenajear a Chomsky, si acaso, que en el invierno de su vida no ceja en su misión de Pepito Grillo de la Primera Potencia Mundial, ahora comandada por un majadero, sin llegar a los extremos de aquella película, Captain Fantastic, donde la estrafalaria familia de Viggo Mortensen celebra su cumpleaños como si fuese un santo laico, una leyenda viviente de la resistencia a los abusos del poder. Yo creo que lo que despista al ciudadano medio norteamericano es que no puede acusar a Chomsky de comunista, porque no lo es, y aquello del anarcosindicalismo les resulta confuso y no saben por donde agarrarlo, puesto que no ha habido ninguna campaña de propaganda anti-anarcosindicalistas que les oriente en el fragor sordo de la Guerra Fría. La existencia de Chomsky es como un pequeño milagro en el gran cuerpo de la inteligencia mundial, un señor que nunca se ha metido en enredos rizomáticos y que entiende por “verdad” el decir la verdad, sencillamente, sin engañar a la gente y del modo más claro posible. Puede que Chomsky, en esto, sea un pensador ingenuo, o que ni siquiera sea un pensador propiamente dicho, pero eso le ha permitido dejar de lado los problemas teóricos más abstrusos, en los que otros se pasan atrapados la vida entera, para ir directamente a lo importante, a lo urgente, a lo que nos entenebrece la vida con un chapapote de ignorancia y hace de nosotros seres dóciles, desinformados y fáciles de manejar.

 

 

Hay una conexión inequívoca, creo, entre los primeros estudios de Chomsky acerca de su Gramática Generativa Transformacional -el nombre no debe asustar a nadie- y su ulterior deriva hacia la crítica política. Aquel que, como Chomsky, cree que existe una estructura estable de significación susceptible de ser analizada y que ésta es universal, válida para todos los hombres en la variedad de sus lenguas, también suele creer que debe ser posible así mismo universalizar un código de valores normativos para la amplitud y diversidad de la Humanidad. Pero entonces Chomsky no se pone a esclarecer ese código, como haría un filósofo académico -entre otras cosas, porque esta sería una postura muy desacreditada hoy, una especie de resurrección de Max Scheler-, sino que lo aplica sin más, sometiendo a su lupa justiciera un alud de casos y coyunturas concretas desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy que él conoce al dedillo. En este sentido, y si se me perdona la comparación friki, Chomsky es una especie de Batman del análisis de la actualidad mundial: lingüista reconocido durante el día, hombre de acción política durante la noche, esa noche de la confusión en la que nos sumen los medios de comunicación y los aparatos de propaganda que él tan minuciosamente ha estudiado. Porque Chomsky es, en esto, también, un extraño intelectual, ya que en lo que más confía (y sospecho que eso le saca un poco de la previsible depresión de deben de causarle sus investigaciones politológicas) no es en la simple toma de conciencia que implica la exhumación de miles de documentos públicos donde los gobiernos ocultan la verdad, sino en su posterior uso por parte de la población civil o de los sindicatos para educar a las nuevas generaciones o para emprender acciones colectivas de protesta. Chomsky se ha unido personalmente a muchas de ellas, desde los tiempos de la Guerra de Vietnam en adelante, y en general es un hombre comprometido con varias ONGs y movimientos antiglobalización, bajo el argumento difícil de rebatir de que la globalización de la que tanto se habla esconde en realidad una expansión del imperio americano –y los aspavientos de Trump al respecto son una buena prueba de ello. Hay en esto una cierta paradoja curiosa, puesto que el mismo hombre que defiende por las mañanas que la función comunicativa del lenguaje es subordinada o irrelevante (en contra de las consecuencias filosóficas del Segundo Wittgenstein, pese a que el propio Wittgenstein insinuó que tal vez exista una “gramática profunda” en la raíz de los juegos del lenguaje: esa gramática sería la que Chomsky piensa haber traído a la superficie, en un espíritu muy kantiano), ejerce sin embargo por las noches el papel de comunicador que expone unos conocimientos cuya única finalidad sólo puede ser la acción ciudadana…

Pero a mí el argumento de Chomsky que más me toca es el siguiente, que doy abreviado en su propia formulación oral, que se puede encontrar en la entrevista titulada Dos horas de lucidez (2001):

 

“El capitalismo ya no existe, al menos si lo entendemos como la pura economía de mercado. Estamos ante una economía dividida entre un sector público enorme, que asume colectivamente los gastos y los riesgos, y un sector privado también enorme, que está en manos de instituciones totalitarias. Esto no es capitalismo.”

 

 

Es decir, según Chomsky vivimos un estado de cosas mundial tan complejo y singular que ya no lo reconocería ni el propio Adam Smith. Chomsky se declara anarquista, o anarcosindicalista -una posición que ya ostentaba en tiempos de su famosa conversación de juventud o diálogo de besugos con Michel Foucault-, no en el sentido tontorrón de que reniegue de todo poder, como si el poder entre los hombres no fuese una realidad tan inevitable como el sexo o la economía. Es esta una visión del anarquismo tan romántica como endeble, y tan fácil resulta sentir simpatía por ella como reírse de su candidez. No: lo que Chomsky aduce es que si debe haber poderes, que al menos sean capaces de justificar sus maniobras y procederes. Que no existan secretos, que no se blinden como confidenciales ciertos documentos de interés público, que no les sea posible funcionar a las organizaciones no transparentes ni electas que conspiran -Chomsky indica que existen y han existido, como el Grupo Bildelberg, la Comisión Trilateral o el Foro Económico de Davos– al margen de los afanes cotidianos y las preocupaciones de la ciudadanía. La tarea, por tanto, es la de hacer hablar al poder, obligarle a darle a sus prácticas una forma discursiva abierta y racional, para que los mortales a los que dice beneficiar se formen una opinión contrastada y puedan actuar en consecuencia. Todo lo que viene a decir Chomsky a través de tantos libros y conferencias es que sólo algo como eso se asemejaría a una verdadera democracia, eso es todo lo que dice, me parece, y no es poco. No sería del todo inapropiado señalar que también para estas cosas, como para la lingüística, el abuelo Chomsky es tan hábil y serio como ingenuo en el fondo, pero ya se me dirá si no qué otras alternativas tenemos. Larga vida a Noam Chomsky, pronto nonagenario eximio…

 

 

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