No es pais para viejos

Sería difícil encontrar un adjetivo inédito para definir a Donald Trump: megalómano, egocéntrico, hortera, ignorante, amoral, tonto, putero, cruel, mentiroso, manipulador…..Una lista interminable que trata de dar pistas sobre una personalidad patológica y que demuestran que, efectivamente, cualquiera puede ser presidente de Estados Unidos. Sin embargo, llama la atención que en esta maraña de (des)calificaciones no haya aparecido la palabra viejo, y que no se haya atribuido a su edad al menos una parte de las tropelías que este bocazas lia a diario.En España abundarían los chistes sobre sus incapacidades físicas y mentales, porque vivimos en un país que condena la edad como un lastre para la vida pública, social y profesional. Expresiones como majareta, demenciao,“se le va la olla”, encabezarían todo lo demás y explicarían por si solos la lista restante. Si, además, esta figura política fuera mujer, se intensificaría la descalificación. Recuerdo mi asombro por la candidatura de Hilary Clinton, una mujer cerca de los 70 años aspirando a la presidencia de los Estados Unido sin que nadie reparara en su edad. Y debo confesar que envidio la prolongación de la vida pública y profesional en ese país, donde encontramos gente de más de 80 años como presentadores de TV, profesores de universidad y otros oficios que requieren mucha energía.

 

Foto: Richard Avedon. Karen Blixen

Muy distinto es el panorama en España, que ha canonizado la figura del abuelo/a bonachón, entregado a contar cuentos a los nietos o hacerles pasteles. Pero estas tareas, sin duda sagradas para la familia y la sociedad, no deberían impedir el ejercicio de otras funciones a una edad en la que el conocimiento y la experiencia se han sedimentado como grandes valores. Abundan los buenos profesionales que, tras la jubilación, no tienen mas alternativa que iniciar una vida en solitario o unirse a la múltiple oferta de actividades culturales previstas para ellos. De un tiempo a esta parte, todo el mundo estudia Arte o Historia ( aunque nunca hubieran mostrado ninguna inclinación previa) y los museos están repletos de grupos de la tercera edad que siguen a un guía, igual que los turistas. También llenan en invierno los vacíos hoteles de la costa o viajan a Uzbekistan, incluso sin haber comprobado en el mapa dónde está. No condeno esta política de entretenimiento, que sin duda ha sacado de sus casas a muchos ciudadanos y les ha abierto nuevos horizontes. Pero es evidente que se fomenta la pasividad de los mayores, dando por hecho que hay que guiar y dirigir su ocio y sin considerar que hay gente que, más que recibir, tiene mucho que dar y ofrecer. En otras palabras, se dilapidan unos conocimientos y una energía que puede prolongarse bastante más allá de la jubilación. Como decía al comienzo, aquí sería impensable un candidato político con 75 años y las redes sociales se incendiarían de chistes sobre el “ abuelete” o el “ yaya”, como se dice ahora.

 

Foto: Richard Avedon. John Ford

Pero ultimamente los abuelos han tomado las calles, y en este caso no lo hacían siguiendo a un guía que les guiaba con un paraguas en alto. Muy por el contrario, vociferaron, exigieron, protestaron y denunciaron, ellos y ellas, con una fuerza y una firmeza que desdecía su supuesta decadencia. Allí no eran viejos porque no eran pasivos, porque recuperaron una voz y un discurso propio, que es lo que confiere al individuo su participación activa en la sociedad. Una voz y una presencia propia, una visibilidad. Cabe preguntarse entonces ¿cuándo se comienza a ser viejo? ¿ hay que tomar como indicios principales el volumen del pastillero o el DNI, o es posible envejecer antes o después de lo que nos asignan las estadísticas? Porque si España no es país para viejos, en el sentido de que se ignora totalmente su potencialidad y se es asignan pensiones indignas, habría que pensar si España es entonces un país para jóvenes.Y mi impresión, bastante desalentadora, es que tampoco estos tienen el espacio que les corresponde ni lo tendrán en un futuro próximo. Hay muy pocos niños en los parques y en los vientres de las mujeres y solo las emigrantes hacen crecer la población y las perspectivas de futuro. Aquellas calles españolas llenas de niños( y futuros jóvenes) ya no existen, no solo porque la vida ha cambiado sino porque realmente no habría niños suficientes para aquellas pandillas inmensas que jugaban a la pelota o saltaban a la comba a la salida del colegio. La contemplación de los espacios urbanos es un buen medio para pulsar el tiempo que vivimos y no hay duda de que hoy las calles están ocupadas por los viejos. Sí, he dicho viejos, y no gente mayor, o tercera edad o cualquiera de los eufemismos que hemos inventado para no pronunciar la palabra VEJEZ, como si en vez de un ciclo de la vida fuera un delito o una vergüenza. Viejos/as que buscan el sol y la charla, que van a la compra solos o del brazo de un familiar o una sudamericana, o que esperan a la salida de los colegios. Es una estampa clásica de ciudadanos que tienen todo el día por delante ( o al menos eso es lo que se piensa) y que deben llenar sus horas con quehaceres familiares y actividades culturales/lúdicas organizadas. Pero la pregunta crucial sería ¿dónde están los jóvenes, tan ausentes del espacio público? ¿ Estudiando un máster tras otro para llenar los días, en cierto modo igual que sus abuelos? ¿Jugueteando con el móvil y los videojuegos? ¿ En la cola para renovar el subsidio de paro? ¿ Trabajando? De todo esto hay, aunque la última opción sea dramáticamente escasa. Pero lo realmente llamativo es la invisibilidad de la juventud no solo en los trabajos y los días, sino sobre todo en el debate social a todos los niveles. Antes apuntábamos la irrupción de los jubilados en el espacio público y la exhibición de unas reivindaciones y una toma de posiciones en una edad en que se supone que a muchos “ se les va la olla”. ¿ Y los jóvenes? ¿ Donde está su voz, su energía, su indignación, tan patente en el (fugaz) estallido del 15M?. Este año se cumplirán 50 del famoso Mayo del 68 que fue, además de muchas otras cosas, un movimiento joven que impuso su imagen y su discurso como emblema de cambio. Más que eso, como emblema y promesa de revolución social, ideológica y cultural. Los que somos viejos recordamos perfectamente aquella sensación de que íbamos a cambiar el mundo, algo que solo se puede pensar cuando tienes años por delante para hacerlo y consolidarlo. Porque está en la esencia de la juventud cuestionar, rechazar, proponer nuevos signos para los nuevos tiempos que van a ser tuyos, con la certeza de que el guión de la vida ( individual y colectiva) está por escribir y tú tienes en todo ello un papel importante.

 

Foto: Richard Avedon. Dorothy Parker

En mis cuatro largas décadas como profesora de universidad he sido testigo de esta evolución de la juventud hacia la pasividad. Recuerdo la emoción de los alumnos cuando explicaba en clase lo que hoy llamamos la “ contracultura” de los sesenta: la movilización en los campus a favor de la paz, los derechos civiles y la igualdad, algo que en España hubo de centrarse en la lucha contra la dictadura; la aparición de un discurso abierto a nuevos hábitos culturales, a nuevas formas de sexualidad; la aparición, en definitiva, de un nuevo perfil que, sin causa probada, rechazaba los valores establecidos y hacía de la rebeldía un ideario y una bandera. A partir de entonces la juventud cambió para siempre de atuendo, hábitos y actitud y conquistó un discurso propio, además de unas señas de identidad y un territorio claramente diferenciado de las generaciones anteriores. Hoy en día, sin embargo, esas señas de identidad y ese territorio parecen limitarse al mundo de la publicidad y de la imagen, que exaltan más que nunca la belleza juvenil como una victoria contra el paso del tiempo. Nunca hubo tantos Faustos dispuestos a vender su alma con tal de no envejecer ni tantos Dorian Gray, capaces de todo para erradicar arrugas y carnes flácidas. Hoy la juventud- la belleza de la juventud-es un artículo de consumo pero hemos olvidado que sin los jovenes ningún cambio social es posible, por mucho que los mayores nos arruinemos en cirujanos y elixires mágicos. Las últimas movilizaciones en España han saludado con gran alegría la “vuelta” de los jóvenes, ellos y ellas, que parecen estar saliendo de una larga y dramática invisibilidad.

 

Foto: Richard Avedon- Henry Miller

Porque si decíamos al principio que España no es país para viejos también se debe afirmar que no es país para jóvenes. Las cifras del paro se han encargado de que una gran mayoría estén tan inactivos (o más) que sus abuelos y que ambos colectivos esten condenados a “matar el tiempo” : unos jugando al mus y otros con móvil. Por ello, deberían resonar de nuevo aquellos versos de Celaya que tanto coreamos con Paco Ibáñez y salir al único espacio donde, con la voz y la palabra, todos tenemos la misma edad: ¡ A la calle! Que ya es hora// de pasearnos a cuerpo// y mostrar que , pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

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3 Comentarios

  • Tengo ya una edad en que mucha gente a mi alrededor habla de la jubilación con deseo, con añoranza, a pesar de haber tenido la suerte de tener trabajos que han podido elegir y ejercerlos no en las peores condiciones del mundo y que, incluso, les han dado para vivir dignamente. Los ya jubilados me tratan de convencer de lo bien que están, de lo que caminan, de lo descansados que se han quedado, de lo que disfrutan viajando o no haciendo nada en concreto. Yo habitualmente les llevo la contraria, les digo que no tengo ninguna gana de jubilarme, que el trabajo a veces aburre o cansa pero que también da muchas cosas intangibles que no se aprecian realmente hasta que se pierden. Quizá una de ellas el cambio en la mirada de los otros, el volverse transparente, esa sensación de que ya nada de lo que se haga o se diga importa realmente, ni va en serio y que todo, al final, es un entretenimiento banal que solo pretende matar el poco tiempo que ya queda.

    Trabajar además entretiene, ayuda a salir de uno mismo y a concentrarse en lo externo, aquello de “dedicarse a cuidar el jardín” que decía Russell y, por tanto, a abandonar una introspección que, dependiendo de cómo seamos, puede llegar a ser asfixiante o melancólica. Evidentemente hay trabajos agotadores o destructivos que es lógico que se deseen abandonar cuanto antes. Aquí me refiero a los que, con una actitud mínimamente creativa, pueden disfrutarse de alguna manera, encontrar en ellos alguna forma de enriquecimiento personal que, a menudo, depende mucho de la actitud con que se tomen. Y abandonar estos trabajos puede ser doloroso, porque además subrayan un límite, una edad, un tiempo que se acaba.

    Jubilarse abre el gran reto de encontrar llenar el tiempo de actividades significativas que no todo el mundo sabe o tiene la suerte y las posibilidades de encontrar. Ocurre además que la vejez es difícil en sí misma, es fácil darse cuenta de como se pierden facultades, de como el futuro se estrecha, de como se pierden amigos o familiares, de como la soledad y el pesimismo es probable que se vayan apoderando de nosotros. Aunque es asombroso las variaciones individuales que hay en todo esto y lo llenos de vida que están algunas personas con más de ochenta años.

    Es verdad que socialmente se debería facilitar que los jubilados que quisieran pudieran tener actividad económica sin perder la pensión, cruel ley todavía en vigor que por ejemplo afecta mucho a los escritores. Pero también es verdad que en la vejez hay un gran reto de lucidez personal para distinguir los avatares de la propia biografía de los avatares del mundo, que se sigue renovando constantemente. Por supuesto es bueno que los viejos reivindiquen y se organicen y todo eso, pero hay que tener cuidado en deslegitimar el presente y pensar, como ha ocurrido en todas las generaciones, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Quizá lo fue, pero solo porque éramos más jóvenes. No creo por ejemplo que haya habido una época mucho mejor en este país, para jóvenes y viejos, que la que hemos vivido en las últimas décadas, a pesar de todo, y a veces, la nostalgia del 68 olvida que aquellas ideologías se vivían como sustituto de la religión que se había abandonado y que no todo lo que se reivindicó era realmente deseable (¿o lo era la “revolución cultural” china, por ejemplo, que tanto fascinó a los intelectuales franceses o a los de aquí en aquel tiempo?) a pesar de que se hiciera en la calle, con besos en los labios tras las barricadas y la esperanza de la playa bajo los adoquines.

    Así que creo que el reto, que yo tendré que afrontar tan pronto, será, como siempre, centrarse en nuestro círculo de influencia, ser capaces de permanecer vivos, creativos, con capacidad de disfrutar de las relaciones personales y la belleza, con proyectos tomados en serio aunque solo sea pasear la ciudad con la mirada limpia, disfrutando del sol como los gatos. Y rogar a los dioses en los que no creemos que la enfermedad nos respete. Algo que sí marca la diferencia y que nos pone de frente con la tragedia a la que al final tendremos que enfrentarnos con toda la serenidad que nos permita nuestra anatomia.

    Magnífico artículo Ines.

    • Y magníficos tu reflexión y tus comentarios, Ramón. La jubilación, que yo he experimentado hace unos meses, no es fácil, sobre todo para los privilegiados que , como es mi caso, hemos amado profundamente nuestra profesión. Gracias por esa guía práctica, bella y realista que nos brindas !!!!

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