Casa Lemoine en Burdeos, Rem Koolhaas, 1996-1998

Rem Koolhaas (Rotterdam, 1944), tras unos inicios en trabajos periodísticos en La Haya, comienza a estudiar arquitectura en la Architectural Association de Londres. En 1975 se establece en Rotterdam, ya como OMA (Office for Metropolitan Architecture), dando comienzo a una trayectoria profesional relevante y conocida, que daría lugar a la obtención del Premio Pritzker en el año 2000. Junto al desarrollo de diversos proyectos conocido, Koolhaas viene produciendo una significativa obra reflexiva de gran importancia, en unos tiempos faltos de vena teórica. Desde el temprano trabajo Delirious New York: Retroactive Manifesto for Manhattan (1978) al posterior S,M,L,XL (1995). Y es todo ello, esa dualidad entre el proyecto y el pensamiento, lo que confiere al perfil de Rem Koolhaas de una relevancia destacada.

Su arquitectura caracterizada por los grandes programas funcionales (Casa de la música de Oporto, 2001; Central de televisión china, 2004; embajada de los Países Bajos en Berlín, 2003; Biblioteca Seattle, 2004) rara vez se ha acercado a programas menores de vivienda. Por lo que la casa Lemoine, no sólo es una rareza en su trayectoria, sino una particularidad en el ámbito de las casas relevantes de la última arquitectura. Considerada por algunos una de las mejores casas de la década de los noventa del siglo pasado, esta pieza de Rem Koolhas/OMA en Burdeos, se asienta sobre un jardín de estilo inglés de una antigua mansión y cerca de una cantera abandonada, como un raro manifiesto acerca de la imposibilidad de la casa unitaria y del conflicto que abre la técnica para solucionar determinadas cuestiones actuales.

 

 

La vivienda se encuentra situada en Floirac, sobre una pequeña colina a 5 kilómetros de Burdeos. Está rodeada por un pequeño parque y disfruta de una vista circundante sobre la ciudad y el río. Se trata de una zona privilegiada y controlada, donde las edificaciones no pueden superar los 9 metros y no pueden tener efectos llamativos que las hagan visibles desde el valle de Burdeos. Según se cuenta, su promotor, un cliente paralítico, que le dijo a Koolhas: “Esta casa es mi mundo, será mi mundo. Por favor, hazla lo más compleja posible”. Y así fue. Koolhaas creó una casa dispuesta en tres plantas, como una villa clásica con sus niveles tripartitos de piano terra, piano nobile y ático, con la finalidad de abrir un mundo cerrado que sería limitado para los movimientos de su propietario. Pero completamente diferente en su aspecto y en su configuración, y que nos recuerda en parte a la composición de las villas de Le Corbusier, y en parte a ciertos artefactos técnicos. Ese carácter hermético por una parte, y amenazador por otra, le valió a la casa Lemoine el sobrenombre de El búnker.

 

 

La casa sobresale de forma espectacular de una de las vertientes de la colina y se coloca sobre una macla tectónica ocultada al exterior, donde el cristal es en alguna medida el material protagonista. La interrelación entre el interior y el exterior es más parecida a un gran rompecabezas que a un espacio continuo y unificado. Cerca del centro de la planta, una parte del suelo, del tamaño de una habitación, se ha transformado en un ascensor-oficina, que se mueve entre los tres niveles de la casa.

Pese a todas las referencias exteriores encontradas, se trata de una vivienda unifamiliar en la que la tecnología se une con la arquitectura para crear un universo al mismo tiempo simple y complejo, y recorrido por fuertes aspectos técnicos muy habituales en Koolhaas. La casa en Burdeos ha sido proyectada para una familia compuesta por los padres y los tres hijos, pero con un objetivo particular muy destacado. El cliente, Jean François Lemoine, que se mueve en silla de ruedas, deseaba una vivienda que pudiera satisfacer sus propias necesidades y que fuera al mismo tiempo una casa para toda la familia: una solución que lograra combinar dos vidas paralelas en un sólo programa.

 

 

El edificio no tendría que haber sido, por ello, una vivienda para un minusválido, sino todo un universo diverso y sorprendente, un escenario creativo en el que se desarrollaría la mayor parte de sus días. La vivienda supone además una sutil reflexión sobre los medios técnicos puestos en juego en la resolución de diferentes problemas de la vivienda. Se trata, más bien, de un proyecto práctico, destinado a solucionar adecuadamente los requerimientos funcionales, físicos y psicológicos del propietario y de su familia, creando tres mundos diferentes, uno en cada planta, unidos por un eje común: un ascensor. Koolhaas propuso en realidad tres casas, superpuestas una sobre la otra. En ellas su propietario tendría su propio espacio, o más bien su propia estación móvil: la plataforma elevadora.

 

 

El movimiento del ascensor cambia continuamente la arquitectura de la casa y la transforma, la diversifica y hace visible la triple superposición citada. Ya no es la maison como máchine à habiter, que postulaba le Corbusier, ahora ya es otra afirmación como el corazón de la casa es una máquina verdadera. Y es aquí, donde surge una de las singularidades más destacadas de la vivienda: su carácter fragmentario y transformable. Frente al tratamiento unitario de otros casos históricos de viviendas canónicas, en la casa Lemoine, Koolhaas establece una visión de la casa como fractura espacial y como imposibilidad de conseguir la forma unitaria. Una fractura espacial y conceptual que resume buena parte de su pensamiento. Que estas son las cuestiones que preocupan a Koolhaas. De hecho, ya ha desparecido le promenade architecturale de los Cinco puntos de Le Corbusier en la Nueva Arquitectura, en manos de un paseo mecánico que se nos revela desde dentro como un automatismo insomne. Los diversos niveles de la vivienda están atravesados por una ingeniosa plataforma que se desplaza verticalmente por medio de un pistón hidráulico. No es, por tanto, un simple ascensor, sino una verdadera habitación sin paredes y móvil, pensada como estudio para el dueño; una plataforma que le permite ir desde la cocina al cuarto de estar o al dormitorio, sin moverse del escritorio. Las paredes que rodean la plataforma están equipadas con librerías, de modo que el propietario Lemoine, puede alcanzar fácilmente sus libros yendo hacia arriba o hacia abajo en su estudio. Y es que el ascensor es el espacio clave de la casa que la abre a todos sus habitantes, vayan o no con silla de ruedas. En el sótano, el ascensor se abre a la bodega y forma parte de la cocina. En la planta baja, domina la sala de estar en el último nivel se convierte en una alcoba del dormitorio principal.

 

 

El edificio está compuesto, de hecho, por tres casas aparentes superpuestas una sobre la otra: tres plantas de naturaleza completamente diferente y en claro contraste visual que tratan de ser un único argumento funcional. La planta más baja está excavada, de hecho, en las laderas rocosas de la colina y se dispone, en parte, como un semisótano con una pared de acceso que vierte al patio de entrada. Se configura espacialmente por diferentes piezas: cocina, entrada, lavadero, bodega, sala de TV y área de servicio. Se conecta con la planta superior con un ascensor y una escalera que desemboca en la terraza. La planta central, dedicada a zona de día está abierta a todos lados y sólo aparece acotada por paredes acristaladas, en una relación estrecha con el jardín; aquí se ubican sala de estar, comedor, estudio, terraza y ascensor. La inmaterialidad de la planta central hace que la planta superior construida en hormigón, quede como levitando con su densidad rotunda de la masa grávida del hormigón armado. La pared corredera es acristalada y transparente y vincula la sala de estar con la terraza que actúa como foco de iluminación. Y la planta más alta está dividida en varias habitaciones dedicadas respectivamente a los padres y a los hijos. Se configura como una caja protectora de hormigón. Esta planta invierte el esquema aplicado a la sala de estar, interiorizando los ambientes que se asoman al exterior sólo por ojos de buey.

 

 

Algunos de los primeros dibujos realizados muestran la persecución de la idea. Desde el primer esbozo de un prisma de planta cuadrada, apoyado sobre pilotes, como en la Villa Savoye, la idea fue evolucionando. Otras ideas básicas preliminares, retoman el apilamiento de diferentes estratos tectónicos, como en las casas de San Cloud y de Holten; también el esquema de una larga rampa que descansa sobre el terreno, adecuadamente preparado, y diseñadas para facilitar los movimientos con una silla de ruedas. El desarrollo de la rampa, que en algunos estudios conecta todos los niveles de la casa, hace que el proyecto evolucione hacia un sistema de losas dobles, similar al utilizado ya en el Educatorium.  En otros bocetos las bases de la caja están formadas por un plano ondulado, similar al utilizado en el proyecto del Centro de Convenciones para Agadir presentado a concurso por Koolhaas en 1990. El vacío entre este elemento y la base insertada en el suelo se define como Intermedio. Y ello conduce a la elección del esquema de una “organización horizontal/ vertical”, en la que una gran plataforma móvil sustituye a la rampa, permitiendo la creación de tres capas, como en la Casa Dall’Ava.

 

 

En las versiones que se acercan al diseño definitivo, la parte subterránea de la casa se llama ya como “Zócalo Invisible”, mientras que para la posición de la caja suspendida o descansando sobre el zócalo se utilizan los términos “Búnker Flotante” y “Bunker de Bunkers”. El diseño final es también llamado, de forma impropia, Casa Patio, subrayando la importancia del gran patio al que se enfrenta la villa y el espacio anexo para el casero y los huéspedes.

Mención aparte merecen los aspectos estrictamente técnicos, por su adecuación e integración con las soluciones espaciales. La estructura está diseñada para hacer que la caja superior aparezca como un sólido y pesado bloque flotando en el aire, determinando la calidad del espacio y ciertas soluciones de diseño. “El principio tectónico es ser una caja suspendida en el aire, donde se ubicarán los dormitorios. Por debajo de éstos están los espacios de vida, rodeados de cristal…”. De aquí la pretensión de imaginar una casa con la cualidad impropia de una “alfombra mágica”.

 

 

En este proyecto existen tres elementos estructurales fundamentales: un pórtico de acero, un gran pilar en hormigón armado con una viga de acero y tirante, y una gran caja de hormigón armado que se mantendrá en suspensión. Una fila de pilares metálicos cilíndricos, pintados de negro sirven de soporte a la estructura de la losa que está encima y que corre a lo largo del acristalamiento. Estructuralmente la planta en voladizo únicamente está sustentada en uno de sus extremos por el pórtico de acero situado más abajo y por una viga que se apoya sobre la pared exterior de hormigón y el cilindro revestido de acero inoxidable que encierra de la escalera, en el otro. Este resulta un extraño pilar con respecto a la viga en voladizo, por lo que se equilibra mediante un tirante anclado al terreno del patio. El tercer nivel, que contiene los dormitorios y baños agrupados en dos unidades, donde cada unidad cuenta con una planta cuadrada, cerrada en una sola caja de hormigón armado. Las unidades están separadas por el corte transversal de la losa del piso y el techo, creando un estrecho patio koolhaasiano que permite la entrada de luz natural. Sólo las continuas paredes laterales evitan que la casa en Floirac se rompa en dos fragmentos, como en el caso de la casa de Saint Cloud.

 

 

A no ser por los dos perfiles de acero en el sótano, no existen en esta construcción nada que se pueda llamar como un auténtico pilar, como tampoco muros de carga. Habitualmente el esquema edificatorio tiene bases sólidas y partes superiores ligeras. En esta casa sucede todo lo contrario, la enorme caja de hormigón se apoya sobre un espacio abierto, aparentemente sin mayores apoyos y con paredes de cristal. En general las vigas sostienen las cargas desde abajo, en este proyecto una enorme viga de acero, de casi un piso de altura, se apoya sobre el edificio como si fuera cualquier cosa, menos un miembro de la estructura y así sucesivamente con todos los elementos o detalles de la construcción, como si se tratara de un juego manual. Vacíos y llenos, lo introvertido y lo extrovertido, animan tanto las fachadas como los interiores junto a la reforzada asimetría, y se hacen posibles gracias a ingeniosas soluciones funcionales y estructurales. Las combinaciones de los materiales subrayan el dualismo recurrente: el hormigón se contrapone al cristal y al aluminio, se mezcla con el acero, creando una fascinante ambigüedad estructural. Hormigón visto, pintado de gris en los techos del salón, revestimiento de cromo reflectante en la caja de escalera al atravesar la terraza para conferirle una apariencia incorpórea. La planta intermedia de la casa se coloca entre dos losas rectangulares con una altura de 2,4 m, rodeada por paneles de vidrio y aluminio. En el lado que da al césped, un motor controla el movimiento los dos grandes paneles de vidrio que van desde el suelo hasta el techo, lo que permite una apertura completa. Este gran acristalamiento se corta por un armario bajo, de aluminio, que contiene las salidas de aire caliente y los altavoces, así como los acristalamientos fijos del estudio. Otras guías empotradas en la losa forman un sistema complejo, incluyendo interruptores ferroviarios, sistemas para mover las cortinas, tapicerías, cuadros, lámparas, puertas e incluso una jaula de palomas. En un elevado ajuste tecnológico; que muestra más preocupación en la integración de las técnicas e instalaciones que en la concepción formalmente unitaria de la casa. Y es esta la cuestión central de la propuesta de Koolhaas, como si afirmara que a mayor responsabilidad y peso de la técnica, se diluyeran las características formales del espacio.

 

 

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