La corrupción irresistible y la astucia de Ulises…

Ulises y Las sirenas. John William Waterhouse, 1891

Cuando un hombre asume una responsabilidad pública, debe considerarse a sí mismo como una propiedad pública.

Thomas Jefferson.

 

Yo no lo he experimentado ni lo experimentaré, porque seré un mindundis toda mi vida, pero reconozco que debe ser una tentación avasalladora, irresistible. Quedas a tomar un café o a comer con alguien muy recomendado por la razón que sea y éste te susurra que sin darte cuenta -aunque ya lo sospechabas…- has entrado a formar parte de un club para el que no sirven las reglas habituales, y que así es como funciona realmente el mundo. Nada nos gusta más, a los humanos, que sentirnos los elegidos de la fortuna, de modo que nadie se deja corromper por un ático, por lujoso que fuere, ni por un mero fajo de billetes, por abultado que resulte, sino más bien por esa sensación inigualable de haber llegado, de ser de los “happy few”, de que la muerte no va a alcanzarte de la misma forma que al resto de los mortales. Te insinúan, en ese restaurante o cafetería de moda donde te sirven atractivos camarer@s, que hay un filón, de la clase que sea, y que tú vas a beneficiarte de él, porque molas, porque te lo mereces y porque con ello te vas a convertir en breve en uno de los putos amos de la cosa. Serás de los “listos”, de los que no esperan cola en ningún sitio, dicho en el lenguaje del Uno de los nuestros de Scorsese. ¿Quién se resistiría? A un panal de rica miel, cien mil moscas acudieron….

 

 

Supongo que la única manera de estar mínimamente protegido contra eso es ser ya un privilegiado desde el principio, como Esperanza Aguirre. A los que han nacido con suerte ya no les impresionan tanto con el presunto descubrimiento de una cornucopia secreta de donde mana riqueza y distinción y que les ha tocado a ellos, mira por donde, disfrutarla casi en exclusiva. Esa casta, por decirlo con un término ya en desuso, la tienen de serie, de manera que se pueden permitir prescindir de ella tranquilamente cuando la situación pinta turbia o pinta mal. Saben, de hecho, distinguir por puro instinto entre negocios respetables propios de su clase social y aquellos que son golfos y sucios, que van a terminar seguramente en el escándalo o en la trena. Estos, tocados por la gracia desde el primer instante, que han mamado de las ubres de la superioridad toda su vida, me recuerdan el célebre episodio de Ulises y las sirenas en La Odisea. Ulises nació rey, lo cual le daba derecho a gozar del seductor canto de las sirenas sin tener que rendir cuentas a nadie, pero también poseía la astucia suficiente como para hacerlo y salvarse, o sea, para nadar y guardar la ropa. Puso tapones de cera en los oídos de su tripulación, porque esos pringaos seguro que caían en la trampa -esos pringaos somos nosotros a poco que nos provoquen,  indudablemente-, y él se hizo atar al mástil del barco, en una maniobra de una inteligencia supina. Escuchar sin dejarse arrastrar, saborear sin perderse….  Dicen que, ante ese fracaso, las sirenas no tuvieron otro remedio que cumplir con su obligación y pagar la factura: una de ellas debía morir. La escogida fue Parténope, que se lanzó al mar. Su cuerpo fue arrastrado hasta la costa, donde fue enterrada con grandes honores, construyéndose también un pequeño templo en su honor alrededor del cual se fundó un pueblo, Parténope, que tiempo después sería la actual Nápoles. O sea, que hasta la corruptora caída en desgracia sigue perteneciendo al club de los inmortales incluso después de muerta…

 

 

 

Undargarín no ha sido tan hábil, está claro. Olvidó que la cercanía a la realeza no te hace necesariamente rey, que sigues siendo un jodido miembro de la burda tripulación. Tampoco el ex flamante ministro de cultura supo defenderse del canto de las sirenas, en su momento, y de un modo algo distinto, pero igualmente inevitable. Otro principiante, otro parvenu. Pero él debía haberlo adivinado, ya que se supone que es un adalid de la cultura que seguramente haya pensado alguna vez, por puro ocio, en el sentido del episodio de La Odisea. A mí, que soy y seré un mindundis, como decía, no tengo tan claro si me atraerían las sirenas, porque una buena cualidad del pueblo llano es el miedo. Si no has nacido entre algodones, sabes que no existen los duros a cuatro pesetas, que nadie regala nada y que lo de Afinsa o las preferentes, por poner dos ejemplos, tiene más truco que un circo chino. Algunos pringaos no es que no lo deseen o deseemos, es que vinimos al mundo con los tapones de cera en los oídos también de serie. Los de arriba también saben lo del truco, como Ulises el astuto, son más bien esos que están entre unos y otros, o de camino de los unos hacia los otros, los que pican. Pero, afortunadamente, estas cuestiones no dependen de la dudosa moral de cada uno, sino de instituciones de justicia que funcionan como las ligaduras de Ulises, y el viejo Thomas Jefferson tenía también su parte de razón, de modo que si te trincan en alas de las melodiosas sirenas siendo un cargo público, o incluso siendo sólo un payaso público de cierto éxito que alguna vez cruzó la línea roja y vendió una tonta exclusiva en la playa, no hay excusa privada que valga: “ahora todos a sufrir”, como cantaban los Extremoduro…

 

 

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