Mad Cool: Pearl Jam

La actuación de Pearl Jam de ayer (en parte ayer y en parte hoy, en realidad, que aun estamos de resaca…) en Mad Cool fue impecable, muy profesional y apasionada a la vez, apenas dejaba nada que desear a los que los últimos años hemos estado criando hijos y sólo hemos podido verles en otros directos similares subidos por algún alma generosa a la plataforma Youtube. La vieja etiqueta del “grunge” ya les viene pequeña, eso que ellos hacen es ya y para siempre rock and roll puro y hondo a la altura de sensibilidad y experiencia del s. XXI, aunque todavía quedase mucho del espíritu del desencanto y de la rabia de ese estilo noventero en lo que vimos y oímos ayer, lo cual, dada la edad que empieza a tener ya la banda, es muy de agradecer e incluso de admirar. Tocaron temas fundamentales, hubo grandes y estridentes solos de guitarra, todo el grupo se movió por el escenario como si fuera su debut y tuvieran que demostrar todavía algo, y Eddie Vedder, luciendo melena corta, bebió vino, cantó de ese modo inconfundible y de gran registro que sólo él sabe ejecutar y se refirió más de una vez a la “locura”, locura que no era sólo la del rugido de la música misma y la actitud que implica en tiempos de psicodelia pop y experimentos “tranquis”, sino la que lleva injustificadamente en su nombre el propio festival, que, si bien podrá ser todo lo “cool” que sus organizadores quieran, difícilmente podría llegar nunca a ser “mad”.

 

 

Parece que se formaron colas interminables de las que yo y mi acompañante no supimos nada, porque llegamos con la suficiente antelación. Luego los precios de las bebidas eran exorbitados, o es que hace mucho ya que no me dejo ver en ningún concierto de esta envergadura, para beneficio de mi cartera. Y, por último, salir de allí era poco menos que imposible, con grandes concentraciones de gente de diversas edades a la caza de autobuses o taxis. Pero todo esto es circunstancial, lo peor fue el extraño comportamiento del público durante el recital. No lo digo sólo yo, se lo he oído también a Marta Vázquez esta mañana en Rock FM: grupitos de cotorras que a veces mostraban algo de entusiasmo y cantaban pero que la mayor parte del tiempo charlaban entre ellos con el mini en la mano, como si no supieran a qué habían venido, como si Pearl Jam tocaran de fondo en un garito de su barrio y se pudiera volver a poner el CD una y otra vez durante toda la noche. Algo de esto hay inevitablemente en estos macroconciertos actuales, aunque tengan en el escenario una banda sabia y veterana como Pearl Jam: uno sólo con mucha dificultad consigue verles a ellos, que están lejos dándose un baño de masas con los pocos afortunados de las primeras filas, mientras que los demás contemplamos bovinamente un videoclip perfectamente montado en tiempo real (plano trasero, delantero, cenital, en riguroso blanco y negro…) que ofrece la molesta sensación de que lo estás retransmitiendo por televisión, como los recuentos electorales o los partidos del Mundial que atraen gente ociosa a las plazas o a las calles. A mi acompañante le recordaba a esa descacharrante escena de los Monty Python en La vida de Brian, donde el personal es incapaz de escuchar bien al Redentor enunciando el Sermón de la Montaña, salvo que aquí se oía, pero no se veía. A mí me recuerda más, en cambio, a un viejo cuento de Manuel Vicent, en el que un mendigo no consigue que nadie se fije en él, ni le aflojen un solo duro, hasta que escoge una esquina que da a un escaparate lleno de monitores y de cámaras grabando el exterior. Cuando los transeúntes le ven en una pantalla, se les hace más real, y empieza a caerle dinero a espuertas. Ayer ocurrió algo semejante, porque los asistentes parecían preferir el espectáculo procesado de las grandes pantallas, pese a que, demasiado acostumbrados ya a él, eso les incitase a la charla, o a un ligero bailoteo no muy airoso…

 

 

Pearl Jam estuvo tremendo, sí, como si no hubiese pasado el tiempo; pero nosotros, su público, no me pareció que le sacásemos demasiado provecho. O eso me pareció a mí, palpando el ambiente. Para colmo, tras la despedida no hubo bises, porque enseguida entraba otro grupo y la disciplina Mad Cool, muy cool pero nada mad, ya digo, se impuso a rajatabla en esto.

 

 

Los que vayáis a las siguientes noches del festival, ya sabéis lo que os vais a encontrar: todo muy caro, muy fashion y muy adecuadamente domesticado para grandes rebaños de humanos consumidores. Y no tratéis de llevaros una botella escondida bajo el abrigo como hacíamos mis amigos y yo en la estúpida juventud, primero porque el abrigo es altamente sospechoso en mitad del caliginoso julio, y luego porque os cachean a la entrada…

 

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