“Mary Shelley”: el club de los poetas memos…

¿Quién que es no es romántico?

          Rubén Darío

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero de hecho vivimos en un sistema económico que las estimula estructuralmente, más todavía en España, tierra a la que secularmente se le ha imputado el pecado capital de la envidia (en realidad, también la soberbia, la pereza… somos, en fin, por lo visto, un dechado de faltas). Pero en esta ocasión las comparaciones juegan a nuestro favor, y la envidia tiene que cambiar las tornas, porque la película británica que acaba de estrenarse, Mary Shelley, sale muy mal parada para aquellos que aun recuerden ese milagro absoluto del cine español cuyo tema no es español, Remando al viento de Gonzalo Suárez, fabricada en los años ochenta y que venía a relatar prácticamente el mismo episodio histórico –y que nosotros glosamos en su bicentenario someramente aquí. Yo no sé si Haifaa Al-Mansour, la directora oriunda de Arabia Saudí de esta actual Mary Shelley, ha tenido la oportunidad o la generosidad de ver Remando al viento, donde todo era perfecto y equilibrado en su desmesura, pero en todo caso ha decidido ignorarla y hacer algo completamente distinto, más acorde con los tiempos que corren y con las expectativas de su público que con el mito romántico de la gestación del Frankenstein de Mary Shelley. Pues mientras que para Gonzalo Suárez la idea parecía ser respetar la distancia histórica, presentando unos personajes y unos hechos que necesariamente habrían de resultar algo marcianos al espectador contemporáneo, Al-Mansour ha hecho exactamente lo contrario: nos los ha acercado tanto, nos son tan familiares, que se diría que pretende alertar a los padres de clase media-alta del peligro de corren sus hijas de acercarse a los malotes con casaca de cuero que van de profundos por la vida. Así, Percy B. Shelley ya no es un idealista de bravo corazón e intenciones puras, sino un guaperas de plástico golfo, parricida y falso, y Lord Byron, lejos de representar el asco altivo y aristocrático hacia las costumbres mojigatas del proto-imperio británico es ahora un pervertido endiosado y egoísta que se cae de borracho y que da más vergüenza que pena (nunca habíamos echado tanto de menos a Hugh Grant, antes de que se autoencasillase en sus papeles habituales de chico encantador y balbuciente…).

 

 

Sólo Polidori, que recupera su edad real en este film, se salva de la quema, pero es que Polidori no es poeta, y toda la película parece destilar ese odio a la poesía propio de quien piensa que no es más que el pretexto culto para descarriar jovencitas prometedoras. De modo que creo que esta es la visión que nos ofrece la película, como punto de partida arbitrario: se trata de desacreditar el Romanticismo en lo que tuvo de impulso liberador e ilustrado de sus comienzos[1] y convertirlo en basura adolescente, o sea, en una diatriba contra el maltrato a la vez que un alegato a favor del female power, cosas con las que estamos todos de acuerdo, pero que realmente no era necesario incardinar en 1816 y estropearnos con ello un momento cultural de gran intensidad que Suárez había sabido mostrar en toda su inocencia y grandeza. Quizá es porque la directora -y también guionista- está muy sensibilizada por su procedencia hacia las cuestiones de género, o quizá simplemente porque ha querido vendernos una versión comprimida de la saga Crepúsculo pero sin colmillos (ahora, ya digo, los colmillos son poéticos, de la que la película ofrece penosos y escasos ejemplos), pero el resultado se aproxima más a la famosa Tres metros sobre el cielo, que los adolescentes -sobre todo las adolescentes enamoradas de Mario Casas- españolas adoran, que al clásico de Gonzalo Suárez, reducido así a pasto exclusivo de culturetas y amantes del cine.

 

 

A este respecto, hay una escena que resulta reveladora. La noche mágica en que se propone como reto la creación de cuentos de fantasmas, que en la interpretación de Suárez salía de boca de Lord Byron para demostrar que la realidad siempre será más espantosa que la más atroz de las fantasías, los participantes de la juerga y cómplices literarios están fumando algo en un narguile que por motivos históricos y porque lo sabemos de cierto sólo puede ser opio, pero en la película no se dice que es opio, no vaya a ser que las madres que vean la película se escandalicen o que la cosa se considere apología de las drogas. De esta manera, todo el guion demuestra un total escrúpulo a rozar siquiera la realidad tal como pudo ser, para darnos a cambio una lectura de papel couché de lo que hoy podríamos pensar de ello desde el punto de vista de la corrección política y moral. Una lectura, por cierto, cegadoramente explícita, porque en esta película cada personaje nos manifiesta a cada instante su opinión sobre sí mismo y sobre lo que está ocurriendo, por si hubiera alguna duda, por si el espectador despistado se estuviera perdiendo entre el excelente trabajo de la dirección artística y no comprendiera bien la lección obvia que la directora le está proclamando a voces de la historia correspondiente. Por eso, tal vez, la escena clave de la película, y la más obvia, está en el momento en que Elle Fanning le cierra la boca a ese tal Douglas Booth para decirle muy claramente que es un mierdecilla y un hipócrita, y que el responsable del monstruo es él, que no ha sabido cuidarla y quererla como una señorita de su calidad se merece[2].

 

 

Pero lo peor, lo peor con diferencia de esta lamentable producción que nada aporta (esta vez, por cierto, Boyero ha metido la pata) si tienes más de quince años cumplidos, es que lo mismo tiene razón, y las cosas fueron más así que como las cuenta Gonzalo Suárez, con lo cual haríamos bien en olvidarnos del estudio de la Historia, incluso de la Historia de la Literatura, para centrarnos en lo que nos preocupa hoy, que es La Manada, las muertes por violencia de género, el machismo recalcitrante, y toda esa porquería que entenebrece nuestras vidas y que parece proceder de ese pasado atávico que nadie querría evocar razonablemente, porque, efectivamente, la realidad siempre será más espantosa que la más atroz de las fantasías, pace el digno y todavía admirable Lord Byron de Hugh Grant y Gonzalo Suárez.

 

 

[1] http://hyperbole.es/2014/02/romanticismo-literario-i-espadas-del-cielo/

[2] No nos cuentan en la película, de todas formas, que en Inglaterra ya existía una tradición de escritoras del género gótico a la que Mary se sumó y que poco antes Jane Austen había parodiado y rechazado en La abadía de Northanger.

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