Entre “negros” y plagios

Foto República.com

Ignoro cómo andarán exactamente la cosas en el extranjero (hace años que venimos oyendo que en Alemania son tan rectos que más de un político ha dimitido por plagiar partes relevantes de su tesis doctoral), pero en España la picaresca de robar el esfuerzo de otros para ahorrarse escribir o por brillar con luz prestada cuenta ya con una cierta tradición infame. Decía el Doctor Samuel Johnson que escribir sin cobrar es de imbéciles; en nuestro país parece que incluso escribir con un beneficio determinado y tangible es considerado propio de tontos o de lacayos. Recuerdo varios casos notorios, no demasiado olvidados todavía ni demasiado remotos, en que todo un Secretario de Cultura tuvo que reconocer haber transcrito párrafos enteros sin citar ni entrecomillar de la célebre Historia de la piratería de Philip Gosse, o en que aquel director de la Biblioteca Nacional había colado en un trabajo suyo nada menos que doce páginas completas de un estudioso de la antigüedad clásica, o todavía más, el espinoso caso de un novelista muy best-seller y muy nuestro que habría perdido al menos un juicio por plagio que no ha llegado al conocimiento público.

 

 

Creo que fue el propio Picasso, muy español en esto él por adelantado, quien dijo aquello de que el genio consiste precisamente en robar con inteligencia, pero en esos fakes de nuestro inmediato pasado más que inteligencia se diría que hubo prisa, ya que, aunque las fuentes estaban ciertamente bien elegidas -el latrocinio al menos ha de ser de guante blanco-, también eran por ello mismo bastante fáciles de reconocer (¿quién puede leer de piratería sin referirse a Defoe o Gosse?), de manera que en el delicado asunto de ambos altos cargos parece que sencillamente entendieron que había que rellenar lo que fuere sin tasa y sin demora y que, total, nadie realmente enterado lo iba a leer. Por ahí, me temo, deben ir los tiros, el mísero y triste móvil del triste y mísero crimen: ¿para qué molestarme en investigar, inventar o cuanto poco parafrasear, si estoy rodeado de ignorantes, si aquí nadie tiene ni idea, si no hay controles, si esta España de pandereta y fútbol no es más que un erial cultural? Pudo tratarse de eso, en mi opinión, de jugarse de esa manera la carrera tan solo por puro desprecio hacia los demás, y no por poco respeto a la cultura; no, pues, por desinterés por el saber en general, sino tal vez por algo tan elemental como no obtener el suficiente aplauso, por sentirse aislado de los demás por una muralla ingrata de libros… Si España fuera la ilustrada Francia, y tuviera un programa como Apostrophes y su mismo número de devotos lectores, estos señores tal vez serían más populares y reputados y no necesitarían tanto amistarse de cuando en cuando de lo meritorio ajeno… 

 

Stendhal

El director a la sazón de la Biblioteca Nacional, en concreto, dio lugar a una anécdota que me pilló un poco a mí de cerca, y que explica como nada puede hacerlo el verdadero funcionamiento de estos trapicheos tan cultos como burdos en nuestro país. Resulta que por un hado funesto un profesor mío se apellidaba igual que el plagista en cuestión, de modo que muchos colegas de la universidad confundieron ambas identidades y tomaron a mi maestro por el hombre de moda, ese capaz de trasladar de lugar doce páginas mejor que David Coperfield un avión comercial. Lo curioso fue lo que vino después: mi profesor recibió al día siguiente de conocerse los hechos docenas de mensajes de colegas en lo que estos le mostraban su comprensión, en vez de su condena, y su condolencia, en vez de su repulsa. Venían a decir que el vulgo y la prensa no entienden que estas son prácticas corrientes, inevitables, más un homenaje que otra cosa, y que quién esté libre de pecado etc, etc. Mi amigo respondió con educación, pero con firmeza. No sólo él no había sido, sino que el plagio en general le parecía una aberración, algo anti-académico y personalmente poco honroso.

 

Juan Tamariz

Yo pienso algo parecido, y hablando de magos, recuerdo a propósito de esto cómo Juan Tamaríz decía a menudo en un antiguo programa suyo que sí, que en la televisión es fácil recurrir a hacer trucos de cámara en vez de trucos de habilidad, pero de ser así, argumentaba él, ya me diréis dónde está entonces la gracia… Que haya “gracia”, que el encanto de haber firmado algo con tu nombre aunque sea en copyleft resida justamente en que lo hayas ideado tú, en que eso constituye tu contribución a eso o lo otro, es lo que el plagista o el negrero por apresuramiento o por pereza no parece concebir, o es que se mueve en un medio, como es el habitual de los políticos, que tiene más de carnaval veneciano de máscaras que de aportación honesta al acervo de la humanidad.  

 

Alejandro Dumas

También Camilo José Cela, en sus últimos años, y ya con el Nobel en casa, fue acusado de plagio -en este caso de argumento, no de texto literal-, y existe la vieja sospecha de que la traducción del Palmeras salvajes de William Faulkner firmada por Jorge Luís Borges  fuese realizada por su madre, que fue la que le enseño a él inglés en la niñez. Stendhal fue un genial y reconocido plagista, y episodios como estos debe haber miles, pero mi chascarrillo favorito al respecto es uno que afecta a Alejandro Dumas padre, autor de la trilogía de Los tres mosqueros entre muchas otras grandes obras, y que se cuenta que lloraba como una magdalena ante la tumba de su más eficaz y prolífico “negro”. Según cuentan, en ese momento un desconocido se acercó hasta él y le dijo: “Señor Dumas, no se aflija tanto, que yo era el “negro” de su “negro”... (curiosamente, el propio Dumas tenía ascendencia negra). Si eso ha sido así en el mundillo de los hombres de letras, cómo no será en el de las personalidades públicas. Decía Eugenio D´Ors que lo que no es tradición, es plagio; lo malo es cuando esa tradición empieza a ser ya tradición de plagio…

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3 Comentarios

  • Sin embargo, no sería justo ni apropiado decir que Shakespeare plagiaba a Matteo Bandello o Chaucer los cuentos populares de su época. En la Edad Media y el Renacimiento no existía concepto de autoría, esos relatos configuraban el tesoro cultural de la gente, y no eran de nadie. Digamos que era como un linux oral, en la que todos eran nodos, pero sólo unos cuantos elaboraban la programación. Además, gracias precisamente a que conservamos a los Bandellos de cada tiempo sabemos tanto Shakespeare como Chaucer convirtieron aquel pan común en caviar (es un decir: a mi no me gusta el caviar…), cosa que no se pude decir de la fechoría de, por ejemplo, Camilo José Cela, o de la ex-ministra Montón perpetrando un copy-paste…

  • La vida, privada y pública, esta llena de paradojas y más cuando se manosea la moral y se pretende utilizarla para denostar a los enemigos y legitimar a los amigos; para intentar fundamentar políticas que deberían juzgarse en sí mismas, por sus efectos medibles sobre la realidad social desde unos determinados presupuestos explícitos, de la forma más racional y trasparente posible. Parece que la naturaleza de las cosas tiene un efecto boomerang y, a veces, cuanto más se dice pretender algo, cuantos más controles dicen ponerse, cuanto más presunta pureza se exija para algo, más puede conseguirse justo lo contrario, sobre todo, que la gente termine mintiendo más y compre trajes a medida para conseguir sus propios intereses o simplemente sobrevivir, de alguna forma, en la jungla social que le haya tocado vivir.

    Y es que lo que no puede ser no puede ser. Quizá haya superdotados que lo consigan pero con poco más de cuarenta años no es fácil tener un currículum universitario con muchos masters (todos hechos a conciencia), varios idiomas, y un doctorado “cum laude” de verdad. Sobre todo si te has dedicado a otras cosas porque llevas en política desde los 18 y te has tenido que pasar la vida conspirando, reuniéndote y viajando los fines de semana, además de las otras cuestiones que consumen la vida del que llega a ser el líder de un partido. Simplemente no hay tiempo ni sosiego.

    Los tipos que ahora están detrás del marketing político se inventan perfiles que vendan supuestamente en el electorado y hacen puzzles imposibles que no se creen ni ellos, porque a todo lo demás suelen añadir lo de padres abnegados que dedican tiempo a su familia, van al gimnasio y leen una pila de libros en las vacaciones. Una filfa. Porque además todo el mundo sabe que a un cargo político se llega generalmente por otras vías (incluida la de fingir y hacer trampas) aunque la formación debería ser importante y, sobre todo, el talento político no está claro que pueda enseñarse en ningún sitio. Igual que el talento literario de verdad no lo da la mejor universidad, aunque tampoco lo excluya el haber pasado por ellas.

    Así que todo esto es una lucha de poder política, probablemente estéril, que lo más triste es que repercutirá en más papeleo para los pobres estudiantes de estos tiempos, más trabajos banales, más exigencia de justificación de la asistencia a clases aburridas e irrelevantes y por tanto menos tiempo para vivir una vida universitaria intensa en experiencias y para leer, con pasión, los buenos libros en vez de los malos apuntes y de escuchar a los buenos maestros. Y en nuevas trampas, mayores o menores, para capear lo mejor posible ese temporal.

    Y mientras la casa política sin barrer. Nos estamos volviendo locos.

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