Egon Schiele, 100 años de la tragedia y la belleza de una vida

La mañana estaba gris y amenazaba lluvia cuando nos dirigíamos hacia el museo Leopold,  a ver las pinturas de Egon Schiele, pasando bajo la mirada imponente de Palas Atenea, que nos contemplaba desde las escalinatas del Parlamento mientras nos deslizábamos hacia la equilibrada delicadeza del parque Volksgarten donde también refulgía en blanco el templo de Teseo quizá como rastros del amor a la cultura clásica que inspiró a aquella burguesía judía de la Viena del XIX, que tan nostálgicamente describe Stefan Zweig en “El mundo de ayer”, cuando no faltaba tanto para que emergiera un monstruo de su vientre, como si bajo ese esplendor cultural latieran fuerzas oscuras que odiaran y ansiaran destruir los perfiles de esa belleza que se expresaba en la Ópera o en el Burgtheater.

 

 

Y es que quizá en esa ciudad, que tanto se miraba a sí misma existía también un sistema normativo muy rígido, un Padre feroz e insensible que no dejaba emerger fácilmente otras formas de vida o de expresión que terminaron resultando esenciales para algunos artistas como, los que se organizaron en el movimiento de la Secesión de Viena. Poner en tela de juicio las convenciones aprendidas en un sistema educativo muy rígido y una sociedad muy jerarquizada, cuestionar la vida convencional para expresarse de otra manera, atreverse a mirar el lado prohibido del jardín para descubrir colores y formas  de una nueva belleza hasta entonces escondida, descubrir relaciones personales más estimulantes  y libres quizá solo trágicas por la presión social que exigía otra cosa, como siempre ocurre en cualquier sociedad en mayor o menor medida.

 

 

Lo asombroso de Egon Schiele es la sabiduría que parecía tener desde muy joven, un saber que no tenía tiempo de haber aprendido en ninguna academia ni con ningún maestro. Como si solo hubiera tenido que atreverse a mirar en su interior para descubrir los perfiles de sus instintos y hubiera decidido no ignorarlos, dejarse arrastrar por esa fuerza, intentando descubrir también  en los otros los impulsos escondidos en gestos o perspectivas de sus cuerpos que ellos mismos ignoraban y que era capaz de dibujar con un trazo propio, seguro como si fueran dictados por ese poder que lo dominaba. Parecía que a través de su pintura o sus dibujos podía hacer emerger sentimientos que solo entonces era posible comprender o al menos vislumbrar con cierta serenidad. Una forma de búsqueda personal que se adivina en cada uno de sus autorretratos donde trata de identificar los muchos desconocidos que presumiblemente lo habitaban y lo atormentaban.

 

 

Nació hijo de un ferroviario que lo dejó huérfano en 1905 a los 15 años, un hecho quizá muy importante para el.  Intentaron que se dedicara a los ferrocarriles pero terminaron aceptando su talento artístico y se fue a Viena, con su tío Leopold Czihaczek, donde consiguió ingresar en 1906 en la Academia de Bellas Artes. Para entonces ya pintaba  trenes y autorretratos pero no se adaptó a los rígidos cánones que le exigían y en 1909 abandonó la academia y fundó la Neukunstgruppe (Grupo del nuevo arte) junto con algunos compañeros. En 1907 había conocido a Gustav Klimt en el que se inspiró al principio y que siempre lo ayudó sumándose al movimiento de la Secesión de Viena la gran corriente que trató de regenerar y modernizar el arte en aquellos años (“A cada época su arte y al arte su libertad” era su divisa.)

 

 

En 1908 ya había hecho su primera exposición en la Wiener Werkstätte reivindicando un “arte total”  que incluyera la visión interior del artista, la expresión de sus sentimientos aunque fueran irracionales,  al margen de que el resultado no tuviera una belleza convencional, lo que terminaría llamándose expresionismo y que pasado el tiempo resultó premonitorio del estado de ánimo social que se produjo en el periodo de entreguerras, de su trágico pesimismo y del radicalismo existencial que hizo brotar. El joven Egon a principio de siglo parecía responder a la imagen del neurótico que había descrito Freud en aquella ciudad en aquellos años. Parecía estar sometido a una lucha pulsional que le ocasionaba constantes y penosas tensiones internas que lo llevaban a la angustia y a la culpa. No lograba armonizar sus deseos (muchas veces reprimidos) con las normas dictadas por su conciencia y la realidad externa. Tenía problemas de relación consigo mismo y con los demás sintiéndose inseguro en todo menos en su expresión artística. Quizá solo el resultado de una sociedad asfixiante para muchos de los que la conformaban.

 

 

Pronto el ambiente de Viena se le hizo irrespirable y aunque como pintor le iba cada vez mejor (había expuesto en la II Exposición Internacional en las salas de la Kunstschau en 1909) se fue a vivir en 1911 a Krumau con Valerie (Wally) Neuzil de 17 años con la que inició una relación amorosa y que se convirtió en modelo de sus mejores obras. Esa forma de vida junto con la juventud de sus modelos y los temas de sus obras le comenzó a causar problemas en el pueblo por lo que se trasladó a Neulengbach, al oeste de Viena, donde le ocurrió lo mismo y terminó siendo acusado de corrupción de menores y su obra tachada de pornográfica por lo que estuvo tras semanas en la cárcel y quemaron uno de sus dibujos.

 

 

Así que volvió a Viena y con la ayuda de Klimt consiguió nuevos clientes y aumentó su prestigio como pintor sumándose a las exposiciones de la Secesión. Seguía con Wally pero en 1915 conoció a las hermanas Edith y a Adele Harms de clase burguesa y pensó en casarse con una de ellas probablemente por conseguir un matrimonio que le diera respetabilidad social y le fuera ventajoso. Se casó con Edith el 17 de junio de 1915 y aunque trató de mantener la relación abierta con Wally ésta no lo aceptó y desapareció de su vida. También tuvo relaciones con Adele que fue su modelo. En 1918 participó en otra exposición de la Secesión para la que diseñó el cartel pero aunque se había librado de ir a la guerra la pandemia de gripe que asoló a Europa en ese año acabó con su vida y con la de su mujer embarazada de seis meses. También con la de Klimt que, quizá con otro temperamento, sí consiguió llevar una vida mucho más feliz aunque fuera poco convencional.

 

 

En sus dibujos y pinturas está todo eso, la soledad, la incertidumbre sobre uno mismo, la tensión y la dificultad de sus deseos y sus afectos, el miedo a la muerte y el erotismo como un bálsamo siempre momentáneo y también oscuro peligroso. Todo en medio de una ciudad burguesa de edificios fastuosos y cafés acogedores que todavía permanecen, como si no hubiera pasado el tiempo, donde se juntaban las mejores cabezas del mundo y donde también se conspiraba muy activamente para destruir ese orden social que saltó por los aires, cuando todo parecía muy solido solo unos años antes, y se desplomó como un castillo de naipes.

Egon Schiele que murió el 31 de Octubre de 1918 y resume en su pintura y en su vida la tragedia y los anhelos de la primera mitad del siglo XX.

 

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3 Comentarios

  • En los años noventa -no puedo concretar más- se hizo una exposición en el Queen Sophie sobre la Viena de entreguerras. Era todo fantástico, no he estado en una retrospectiva mejor nunca. Fui dos veces. Schiele estaba allí, pero sigo pensando, como entonces, que hoy sería más un ilustrador estilo cómic que un pintor…

    Excelente recordatorio.

  • En solo 28 años parece que pintó unas trescientas pinturas y dos mil ochocientas acuarelas y dibujos. Una barbaridad para haber muerto a los 28 años. Como le ocurría a Klimt tiene muchos dibujos, algunos muy cerca de la ilustración. Cuando estuve en Viena fui al Leopold pero tuve la torpeza de no ir al Albertina a ver sus dibujos. Al natural sus cuadros me parecieron conmovedores y de una gran solvencia técnica, como si hubiera asimilado todos los cambios que ya se habían producido en la pintura y los utilizara para conseguir el objetivo que perseguía, creando además un estilo cromático propio, muy reconocible.

    Por suerte ahora podemos ver con mucha calidad algunas de sus obras en Google Arst & Cultura
    (https://artsandculture.google.com/entity/m0df65) pero merece la pena ir a verlo a Viena, una ciudad impresionante donde está toda esa época conservada y es como viajar al pasado, sobre todo si se leen fragmentos de algunos libros en esos cafés maravillosos por donde pasaban Freud o Trosky.

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