Lucho Gatica: la dulce voz de algunos sueños de otro tiempo

Aquellas mujeres que cosían, callaban y esperaban escuchando las radionovelas de Guillermo Sautier Casaseca en la cadena SER, que se ponían velo para ir a misa y llevaban la falda por debajo de la rodilla. Aquellos hombres con trajes de domingo y pañuelo blanco en el bolsillo que fumaban tabaco negro sin parar y bebían coñac Fundador para darse un valor que muchas veces les faltaba, aunque hicieran gestos para aparentar lo contrario. Los hombres y las mujeres que se encontraban en esos bailes donde era tan difícil acercar los cuerpos a pesar de la juventud y del deseo, distanciados por los codos y el miedo a condenarse de tantas maneras.

 

 

Esas mujeres que no podían quedarse para vestir santos pero no convenía que dieran demasiadas confianzas a esos posibles novios a los que, sin embargo, estaban dispuestas a querer tanto. Esos hombres que a menudo simulaban amor para conseguir otra cosa que, a veces, perseguían como un trofeo para luego poder contarlo a los amigos en la barra de algún bar. Los hombres presumiblemente duros que a veces eran tan blandos y se ilusionaban con amores imposibles en unos ojos que no los miraban, o en las otras que navegaban a su alrededor o parecían diosas en las pantallas de los cines. La extraña intensidad de los amores secretos que, a pesar de todo, florecían en aquel fango de represión.

 

 

Las mujeres y los hombres que, sin embargo, se abrazaban en aquellos bailes, anhelando que el reloj no marcara las horas;  imaginando ser seres que buscaban la noche para olvidarse del tiempo y de tanto reproche; que vivían de verdad la historia de un amor como no había otro igual y  daba, por fin, luz a sus vidas; convenciéndose de que la distancia no es el olvido; aprendiendo juntos que existían nuevas y mejores emociones; acostumbrandose a todas esas cosas que son maravillosas; besándose, quizá a hurtadillas, como si fuera esa noche la última vez, con el alma y con la vida.

 

 

Las fotos que ahora veo todavía en las paredes de muchas casas cuando ya todo ha terminado o está a punto de hacerlo.  La sonrisa ilusionada de esos jóvenes en blanco y negro que fueron los rostros devastados que en ese momento miro, ignorando lo que guardan en la memoria de todo aquello, lo que quedó al final de todas las palabras del amor que escucharon en las canciones de la radio, admirando su valentía, su capacidad de adaptación y de sacrificio en los tiempos que les tocaron vivir, siempre navegando entre la realidad y el deseo, quizá alguna vez alentados por la intensidad de la nostalgia de lo que siempre sospecharon que estaba perdido de antemano.

 

 

Las canciones de Lucho Gatica que vagaban por mi infancia en el patio empedrado de la abuela y que representaban un mundo del que luego me apetecería tanto alejarme. Canciones que luego han vuelto en muchas voces y que conviene escuchar a sorbos para disfrutarlas y no empalagarse demasiado, como puede empalagar ese amor romántico que propagan y  que, sin embargo, se trasmuta en cada generación, con no demasiadas variaciones, a pesar de los cambios de ritmo, los piercings en la lengua y el pelo de colores.

Lucho Gatica que se ha ganado en 90 años de vida que todos sus amores lo estén esperando en el cielo, entre nubes de algodón, para hacer un nido ya muy lejos de la vida tan corta y del dulce sufrimiento de todos los amores perdidos.

 

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1 Comentario

  • Es preciso desvelar el valor simbólico de lo subcultural, de aquello mitificado y entrevisto por Vazquez Montalban como Crónica sentimental de España. Aquellos esfuerzos de los 70 por visualizar la estética Camp que ahora vuelve a llamar a nuestras puertas.

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