Stan Lee, muerte de un Homero subcultural

No era ciego, como el bardo de Quíos, pero nunca le he visto sin sus icónicas gafas negras. Stan Lee ha muerto dejando atrás una industria poderosísima, la de los cómics y las películas (adquiridas por Disney, que lo devora todo) de Marvel, que si antes del cambio de milenio llevaba décadas dando dinero, ahora lo da y lo va a seguir dando a carretadas. Él mismo era Mr. Marvel en persona, aunque la editorial no llevase su nombre, el tipo que había aventajado ampliamente a los míticos creadores de Superman y Batman dándoles en las narices con Spiderman, Hulk, Los 4 Fantásticos o los primeros X-Men. En los años sesenta, los guiones de Stan Lee daban sopas con honda a sus rivales de la D.C., que se mantenían en el infantilismo y reiteración de los héroes rocosos, de una pieza, mientras que Lee diseñaba personajes atormentados y daba cabida en sus historias a temas sociales y políticos como no habían sido vistos jamás hasta entonces en el medio superheroico. Desde luego, había y sigue habiendo mucha tontería y puerilidad adolescentes en los cómics de superhéroes, pero no deja de ser de un curioso y un punto perverso mérito que EEUU, un país que tendría graves apuros para vendernos la imagen de sus figuras históricas reales (George Washington, por ejemplo, no admite la comparación con Napoleón Bonaparte; tal vez sólo Abraham Lincoln esté a la altura de la tradición europea), sin embargo haya sido capaz de imponernos un elenco de semidioses inexistentes, ataviados de manera estrafalaria y dotados de poderes exclusivamente físicos o de efectos físicos en último término –yo me temo que el verdadero superpoder que lleva a la victoria en el mundo real consiste en la falta de escrúpulos, pero esto no se puede decir en un tebeo, y si se dice el responsable debe rectificar o indefectiblemente perder la batalla…

Porque, en efecto, los superhéroes de Marvel, como en general los protagonistas de las películas hollywoodienses, jamás se enfrentan a problemas realmente grandes y penosos. Pese a todo su poder, en ocasiones capaz de remover montañas, nunca han tratado de acabar con el hambre en el mundo, ni han impedido el asesinato de Kennedy, ni sabrían por dónde empezar para frenar un ciberataque informático a escala global. Pero Stan Lee lo intentó, intentó conferir alguna hondura y personalidad a sus marionetas coloreadas, Stan Lee fue el Hacedor., como diría Borges, de esos arlequines superdotados que a veces lloran, un Homero subcultural que parió divinidades más risibles y planas que las del Homero arcaico, pero también más cercanas y terrenales. No pensando ya en el caso de Spiderman, sólo la invención de Silver Surfer (Estela plateada, en no tan mala traducción) fue un gran hallazgo por parte de Stan Lee: con la inestimable ayuda de Jack Kirby, consiguió que colase entre el público un ser de pura energía blanca que “surfea” -tiene traca…- por los espacios siderales entonando continuamente el lamento por su propio exilio y para colmo cargando con la condena de ser culpable de servir a un asesino de masas, el mayor genocida que ha concebido la imaginación humana, Galactus el devorador de mundos.

A Stan Lee, como buen norteamericano, le encantaba ofrecer imagen de ganador, siempre sonriente y dispuesto a dejarse querer por quien fuera. Era natural: al fin y al cabo debía enganchar con las nuevas generaciones, mientras que él era cada vez más viejo, en una emulación de eterna juventud. De sus cameos en las últimas películas de sus personajes, mi favorito es el de “The amazing Spiderman”, el reboot, cuando el trepamuros y el Lagarto están luchando en una biblioteca y Lee encarna a un señor con auriculares que escucha música clásica y no se entera de nada. Uno puede ser un poco como ese señor, seguir atendiendo únicamente a la gran cultura de nuestros antepasados y fingiendo que las luchas cuerpo a cuerpo de los superhéroes no van con él, porque son cosas de la moda juvenil, de los taquillazos y del imaginario idiota del capitalismo. Alguien así tendría sin duda razón, pero a lo mejor no estaría en condiciones de prever hasta qué punto eso, la subcultura tonta de los superhéroes y de los videojuegos, amenaza con anegar con ambición imperialista el futuro de la cultura visual entera del planeta (quizá los japoneses de los mangas y del animé sí lo hayan visto, pero me parece que por algún motivo aún no han tenido el genio de generar una pléyade de criaturas tan convincentes y seductoras cómo las de Stan Lee, o es que el terreno estaba ya demasiado ocupado…)

Los superhéroes de los cómics mueren a menudo, y enseguida resucitan. Para Stan Lee supongo que eso no va a poder ser, así que descanse en paz.

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1 Comentario

  • También fue de traca su invención de Daredevil, un justiciero ciego que sin embargo se orientaba y peleaba mejor que sus adversarios videntes. Aquí la intención de inspirar compasión hacia el personaje no podía ser más evidente, pero como luego se las arreglaba bien… Los ciegos, claro, no podían leerlo (ni siquiera la explosiva revisión de Frank Miller en los ochenta), quizá sí recibir una aureola de misterio e interes por parte de los lectores corrientes…

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