Una tarde decisiva

Fotografía Elliot Erwitt

Quien hubiera previsto aquella tarde

que el amor, ese célebre informal

se dedicara a ellos, tan formales.

Mario Benedetti

 

 

Salió del ascensor tras ella. Era una quinta planta de un edificio domótico situado en el centro de la Avenida Sur. Desde el ventanal del rellano, podía contemplarse un trasfondo azul de agua lejana en el que se incrustaban férreamente las siluetas de unas enormes grúas. La mujer también se acercó a la ventana.

— Desde aquí se puede ver el puerto, dijo lacónicamente mientras se dirigía a la puerta abriendo el bolso en busca de las llaves.

Él permaneció un instante ante el cristal. Al bajar la mirada pudo contemplar la desolada y ardiente calle que a esas horas se hallaba desierta. Sin saber porqué pensó en la vida y en la muerte.

— Es pura matemática. Nada nuevo. Todo consiste en esperar, dijo para sus adentros.

Sin duda recordaba la confidencia que ella le hizo cuando apuraban la última copa de un “Dominio de la Vega” en aquella terraza frente al mar.

–Mi marido murió al poco de ponerme los cuernos, le había dicho.

Entraron. Ella le abrió una cerveza y se disculpó para ir al baño. Él se arrellanó frente a la mesa baja de cristal y dejó el tabaco sobre la misma. Desde el lavabo llegaba una música de agua y palabras lejanas.

Cuando ella volvió y se acomodó a su lado llevaba el pelo suelto. Sacó del bolso un paquete de “Benson and Hedges” y prendió el cigarrillo con un golpe seco del pulgar sobre el pistón dorado de un “Cartier”.

— ¿Te gusta mi apartamento?, preguntó mientras se levantaba para servirse un whisky con agua y le miraba sonriendo sobre sus hermosos ojos verdes.

Cuando él iba a contestar, quedó un instante enredado en la mirada femenina y pudo comprobar cómo en ella seguía viviendo la luz mediterránea de aquella tarde de otoño cuando la vio por vez primera al entrar en la clase del curso de Preu.

Ella estaba sentada en la última fila pegada al amplio ventanal de la terraza. La melena rubia flotaba sobre sus hermosos diecisiete años.

 

Fotografía Bruce Davison

Entonces él volvió a acordarse de la muerte y preguntó.

— ¿Que fue lo que pasó con tu matrimonio?

— ¿Con cuál?. Han sido dos

— ¿Con el que te corneó?. ¿Qué pasó con él?

— ¡Ah! Bueno. Él, salvo que estuviese en perpetuo movimiento pensaba que nunca pasaba nada. Le gustaba el bullicio, las fiestas, la buena vida. Decía que yo no le dejaba animarse.

— ¿De verdad no le dejabas?

— Nunca se hizo cargo de mi carácter. Creo que se aburría. Tantos años juntos. Aunque en el fondo me quisiera. Sí, creo que a su manera me quería.

–¿Pero cómo fue?

— Yo sospechaba que se había liado con su secretaria. Por eso, el fin de semana que me fui para el Sur a ver a mi hija pequeña le puse un detective.

— ¡Que simpática!

–¿Te estás riendo de mí?

— Nada de eso. Me hace gracia lo malévola que fuiste

— El día de mi regreso me invitó a cenar fuera para celebrar mi vuelta. Afirmaba muy serio que no soportaba estar alejado de mí. Nada más sentarnos en la mesa me cogió la mano y me entregó una pequeña caja con un lazo. Era un “Cartier” de oro.

 

Fotografía Bruce Davison

— ¿Este?

— Si, el mismo. Entonces saqué del bolso un sobre y se lo tiré encima del plato. Solo me limité a preguntarle: ¿”lo eligió ella”?

— ¡Te pasaste un pelo!

— Con cara de asombro abrió el sobre y fue hojeando una a una las fotos que el detective le había hecho con su amante.

— ¿Que dijo él?

— Se quedó sorprendido, la mirada perdida, inexpresiva. No intentó justificarse.    Fue indignante. Simplemente preguntó: ¿”Quieres el divorcio”?

— ¿Qué otra cosa podía hacer?

— No me jodas, le repliqué. Que tranquilo eres. ¿Que si quiero el divorcio? Destrozas mi vida y luego me preguntas que si quiero el divorcio. Tengo cincuenta años. Te he dado mi vida. No quiero el divorcio, simplemente deseo no volver a verte jamás.

Cogí el regalo, me levanté y me fui sin decir nada más.

— Me hago cargo. Y te quedaste el “Cartier”. Estuvo muy bien. A eso se llama mentalidad práctica.

— Cuando llegué a casa saqué todas sus cosas y las dejé en la puerta de la calle.   No permití que volviese a entrar.

De pronto él se quedo muy fijo mirándole a los ojos y le dijo:

— Tienes que perdonarme, antes te mentí.

 

Fotografía Bruce Davison

 

— ¿A que te refieres?

— Cuando me preguntaste en la comida los motivos por los que no volvimos salir juntos después de aquella fiesta en el Colegio Mayor al comienzo del curso. Te dije una chorrada porque no sabía que contestar.

— Si, la verdad es que me sorprendió. Pensé que te habías avergonzado de nuestra borrachera final. ¡Y como nunca más durante el Curso volvimos a hablar sobre el tema!.

— Es fácil. Aquello fue la historia de una claudicación. En el fondo yo era un inseguro. En mi instituto no había chicas y en mi pueblo nunca había salido a solas con ninguna. Jamás había pisado una discoteca. Como dice Sabina: “en las bodas algún pasodoble, de suelto ni hablar”.

— La verdad es que a mí me hizo mucha ilusión que me invitases a la fiesta. Aquellas fiestas eran privadas y las chicas solo íbamos por invitación. Era una especie de privilegio.

— Lo hice porque me gustaste desde el mismo instante en que te vi. El primer sorprendido de que aceptaras fui yo. La imagen que tenía de mi mismo era la de un palurdo.

— Sigue contándome, pidió ella mientras sus manos de dirigían al paquete de cigarrillos.

— Pues verás, me acuerdo de casi todo lo que allí aconteció.

Como te he dicho, aquella tarde era la primera vez que salía a solas con una chica. Yo me había puesto un jersey de pico azul marino que le había quitado a mi hermano pequeño y que formaba parte del uniforme de los colegios menores.

 

Fotografía Bruce Davison

Yo entonces no lo sabía y pensé que sería un modelo exclusivo.

Sin embargo cuando bajé al comedor a participar en los preparativos de la fiesta, quedé bastante contrariado al comprobar que otro colegial llevaba uno idéntico al mío. Este, cuando se acercó a mí, esbozó una especie de guiño de complicidad cómo diciendo ¿“Tú también”?

— Que memoria tan detallista, por favor.

— Me sentó tan mal, que me fui a la habitación para cambiarme y me puse una camisa de cuello alto oscura y un jersey de lana fino de esos que se llevaban entonces: rabicortos, que cuando levantabas los brazos se te veía el ombligo.

— Si ya me acuerdo. ¡Menuda estética la de aquellos años!.

— Y así una vez dispuesto, me fui a recogerte a tu casa.

Cuando entré contigo en el Colegio muchas miradas se volvieron hacia ti. Era lógico, pues estabas preciosa. Yo también intuía o al menos quería creerlo, que algunas de esa miradas que me dirigían tenían un punto de envidia, y yo, pues como que me sentía muy bien presumiendo de acompañar a una bella mujer.

— Me acuerdo perfectamente. ¿Era un primer piso, ¿verdad?

— Si. El ambiente era agradable, todo parejas muy jóvenes. En el despacho del administrador pusieron el equipo de música del colegio que estaba recién comprado.

Alguien debió traer discos de la calle, ya que la fonoteca era muy reducida. Solo había dos Lps, que escuchábamos a diario los más melómanos: “Harvest” de Neil Young, y “Desafinado” de Getz y Joao Gilberto. Por cierto, esos discos marcaron mis gustos musicales para siempre. Aún hoy los escucho y me siguen emocionando.

— Yo recuerdo vagamente la estancia que estaba en penumbra.

 

Fotografía Elliot Erwitt

— Empezaron poniendo música rápida más bailable y comenzamos a beber. Te dije esta mañana cuando salíamos del restaurante, que las chicas bebían en esa época “San Francisco.”

— ¿Pero esa bebida no lleva alcohol ¿no?

— Depende de si el que la prepara la bautiza o no, es decir si le añade algo espirituoso para darle cuerpo. Yo entonces era aficionado al cubata de “Larios” aunque también estaba de moda un brebaje de vodka con naranja.

Entonces el disc jockey cambió de estilo y comenzó a poner música más melódica. No sé como ocurrió, pero en un momento algunas parejas entre las que estábamos tú y yo entraron en el despacho del Director que estaba algo más oscuro para poder bailar con más intimidad. Realmente lo que se pretendía era alejarse un poco del ambiente general para poder acariciar y besar a las chicas. Una especie de fiesta dentro de la fiesta.

— Ya ; ¡menudo morro os gastabais!.

— Es prodigioso como puedo revivir ahora mismo aquel instante. Para mí era algo mágico abrazar a una hermosa mujer en la semioscuridad de la estancia y te voy a decir más: me acuerdo exactamente cuál fue la primera canción que bailé pegado a ti.

— No lo puedo creer. Me estás dejando atónita.

— Fue el “Poema de amor” de Serrat. Recuerdo las ultimas estrofas del texto mientras te sentía tan cerca de mí: “.. Y la arena, donde te sentí.., donde te escribí mi poema…”

 

Fotografía Elliot Erwitt

Me hubiera gustado haber escrito un poema para ti. De hecho en esa época, yo ya había comenzado a escribir mis primeros versos. Pero como siempre no me atreví.  Mi maldita inseguridad.

— ¡No me digas!.

— Pero creo que voy a remediar aquel fallo. Se me está ocurriendo una idea fantástica.

— No sé a qué te refieres.

— ¿No me has dicho que tu cumpleaños está próximo?

— Si, dentro de dos semanas.

— ¿Alguien te ha regalado alguna vez un poema?

— No recuerdo.

— Pues ese voy a ser yo. Unos días antes de esa fecha recibirás unas cosas especiales y la guinda será un poema.

— No sé que contestar.

 

 

Fotografía Elliot Erwit

— Pues no digas nada. Solo me miras y sonríes. Tu sonrisa sigue siendo preciosa.

Pero sigo con la fiesta. El ambiente se fue endulzando cada vez más y las parejas aumentaron sus efusiones amorosas.

— Pero tú no llegaste a besarme en la boca.

— No. Y lo he lamentado muchas veces durante mi vida. Me limité a beber y debimos beber mucho, porque recordarás que salimos borrachos de la fiesta.

— Si, yo no podía tenerme en pie. Caminaba abrazada a ti para no caerme. Mis hermanos me estaban esperando en casa. ¡Menuda bronca me llevé!

— Lo recuerdo perfectamente. Parece que te estoy viendo sobre las antiguas vías del tren que cruzaban el Paseo al Mar.

— ¡No entendí porqué nunca más me invitaste a salir contigo!.

— Yo tampoco lo entiendo. Aún hoy no tengo una explicación lógica. Con el tiempo aprendí a jugarme la boca. Pero entonces no sabía, y el temor al fracaso me detuvo.

–¿Quiere decir eso que tuviste miedo de mí?

— En cierta medida, sí.

— ¡¡Que tonto!! -sonrió ella, bajando la mirada-. Yo entonces era virgen.

Entonces él cogió su mano y le preguntó con una mezcla de timidez y miedo:

— ¿Hablabas en serio cuando me dijiste esta mañana lo de la asignatura pendiente?

Ella sonrió de nuevo, y su sonrisa se extendió como un enigma sobre los brazos de la estancia en penumbra.

Fuera, las sombras iban engullendo los últimos rayos que intentaban sobrevivir a las dentelladas de un mar que brillaba en el espejo de plata del anochecer.

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