«Cautivos del mal»: esos rasgos que, sin embargo, necesitamos

El cementerio y la lluvia. Los hombres y las mujeres de negro bajo los paraguas, el responso como fondo, el hombre de la gabardina blanca ( Kirk Douglas) con los ojos húmedos y el gesto serio que escucha, a su lado, los murmullos de algunas diatribas sobre el muerto, un productor de cine. Todo detenido un momento. Lúgubre. Algo que cambia dramáticamente en la escena siguiente. El hombre de la gabardina blanca va dando quince dólares a cada uno de los presentes que pasan frente a él en fila. Su cara es otra y también la de los otros. Cuando le llega el turno al hombre que, a su lado,  despotricaba del muerto (Barry Sullivan ) le dice claramente que no le paga porque no ha cumplido su contrato. Todos eran figurantes porque al muerto no lo quería nadie, ni siquiera él mismo: su hijo. 

El hijo de un gran productor de cine arruinado que no le deja casi nada de herencia salvo la determinación de triunfar también como productor en el cine haciéndose rico, «para que los demás se traguen el nombre de su padre.» Eso que sabe que necesita tener dentro de sí mismo para conseguirlo ahora desde otro sitio al que no estaba acostumbrado («Me enseñaron a comenzar desde arriba ahora tengo que aprender a hacerlo desde abajo»), el vínculo secreto que quiso salvar pagando a los figurantes con sus últimos dólares. La capacidad de riesgo, la frialdad, el entusiasmo, la altura de los sueños. tambien los colmillos. La relación que nace con el  director de películas baratas que despotricaba y que fue por curiosidad a buscarlo. La primera alianza de los dos con ese productor (Walter Pidgeon),  que no quiere florituras, para avanzar en el oficio (“Te he dicho muchas veces que no quiero conseguir laureles, sólo hacer películas que ganen dinero y terminen con un beso”). Lo que parece una amistad íntima que no duda en traicionar cuando cree que lo necesita, porque el objetivo es triunfar a cualquier precio, utilizando a los mejores,  no ganar amigos. Y llega el primer Oscar. Y el resentimiento del director de cine que, sin embargo, ya ha subido bastante alto y subirá más. Lo que quizá nunca hubiera conseguido sin él.

Kirk Douglas y Lana Turner

Esa rubia alcohólica (Lana Turner) que lloriquea en la casa de su padre muerto, un actor de éxito. La que pudo triunfar y no lo hizo porque no se veía capaz de llegar donde él había llegado. El gimoteo autocompasivo con el que ella justifica el haberse rendido. El resentimiento y las lágrimas. Eso que parece perdido pero que solo precisa un empujón, un catalizador de emociones, alguien que preste una mirada que devuelva lo mejor de uno mismo, que ayude a recobrar el amor propio, la fuerza para ensayar de verdad todas las veces que sean necesarias e incluso algunas más. El impulso del amor al final que lo ilumina todo. Y con lo que él sabe que hay que romper. El corazón roto otra vez pero siendo ya una estrella que no dejará de serlo.

Vicente Minelli

El escritor (Dick Powell) en la ciudad pequeña que tiene demasiadas distracciones que lo hacen levantarse demasiadas veces de su mecedora y alejarse de su máquina de escribir. Tenerlo todo y que se escape lo que en realidad querría perseguirse, lo que se tiene capacidad de hacer. Los labios que lo besan pero que quizá anhelan besar a otros menos aburridos y llevar otra vida. El tiempo ocupado por cosas agradables e irrelevantes. Lo que hay él capta y sabe que hay que romper si quiere un buen guion en un mes. La necesidad de alejarlo de todo eso recurriendo a todo lo que allea le gusta para que se aleje. El azar que produce una tragedia cuando ya se ha sobrepasado la línea del éxito que lo llevará al Pulitzer

Kirk douglas y Dick Powell

Los tres que lo odian tanto pero que acuden a su llamada solo por darse el placer de rechazarlo. La sabiduría de los psicópatas más o menos adaptados que captan con tanta facilidad las emociones de los otros sin dejarse influir por ellas, lo que les aporta una ventaja de manipulación que quizá no siempre es negativa, o no del todo. Esa gente que no pierde la sangre fría aunque finjan pasión o compromiso o sepan emboscarse entre la gente corriente  aunque ellos no lo sean en absoluto y no teman el riesgo y estén siempre seguros de llegar a la otra orilla aunque en medio haya un abismo.  lo inquietante de aquella frase de Churchill que quizá intuimos cierta muchas veces: «Un mismo hombre rara vez es grande y bueno».

 La dureza que hay que tener para conseguir una gran obra y triunfar con ella. Para no engañarse con todos los motivos para renunciar y conformarse con tocarla solo con la punta de los dedos. Los rasgos de personalidad que hay que tener, también,  para persistir y tolerar la falta de aprobación o incluso la hostilidad de los otros. Esos rasgos que también son necesarios en algunas circunstancias sociales y quizá por eso los ha respetado la evolución, y siguen aquí operando en muchos grados de adaptación según los sujetos y los contextos. El catalizador que todos necesitamos, a veces, desde fuera o desde dentro de nosotros mismos. Algo que también pertenece a la capacidad real de resiliencia aunque sea dificil reconocerlo. 

Esas películas de los cincuenta que veía todo el mundo y que eran entretenidas pero profundas y, a veces, perturbadoras. El talento exquisito en medio de los tiburones que también tenían mucho y pretendían ganar dinero incluso con obras maestras. Lo que consiguieron bastante a menudo. La resaca de dos guerras y la necesidad de buscar un sentido casi definitivamente amenazado por el nihilismo que produjo todo lo que había ocurrido. La fábrica de sueños que lo fue de verdad atrayendo el mejor talento para crear historias e, incluso,  pagándolo muy bien. 

«Cautivos del mal» ( The Bad and the Beautiful») una película dirigida por Vicente Minnelli  que es, de verdad, una de las mejores de la historia del cine y, además,  lo consigue hablando del propio cine. Un oscar al mejor guión adaptado en 1952 que casi ha olvidado el nombre del guinista (Charles Schnee) que adapto la historia de George Bradshaw.


 
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