Regresar a la infancia

Aunque todos los caminos lleven a Roma, en la última y excelente película de Alfonso Cuarón es la memoria la que nos conduce al universo infantil del cineasta. El mismo nos ha contado que pasó largos meses tendido en un sofá con los ojos cerrados, sin más compañía que un bloc y un boli para tomar notas de los recuerdos que iban aflorando de forma natural y caótica. Unos recuerdos que recorren el espacio de la casa familiar y entran y salen de habitaciones, personajes y objetos sin obedecer ninguna ley. Pero Cuarón no solo buceó en su memoria para preparar la película: durante mucho tiempo también escuchó y compartió los recuerdos de Libo (Liboria Rodriguez), la empleada doméstica que le conoció desde su más tierna infancia y a quien considera “una persona fundamental en mi vida”. Fué así como gestó un relato dedicado a esa mujer que en la pantalla encarna el personaje de Cleo.  

Recordar es un ejercicio complejo, que tiñe de sentimientos lo que evocamos y lo distorsiona de forma inevitable.  Nadie puede revivir el pasado tal como fue, sino como nosotros lo imaginamos desde nuestra condición de adultos. Por ello es tan difícil volver a la infancia y recrear las memorias familiares que cimentaron nuestra vida sin preguntarnos:¿ Realmente fue asi? ¿Puede la mirada de la experiencia ver lo mismo que un día contempló la inocencia? Y a pesar de estas dudas, todos volvemos alguna vez a aquel universo  repleto de  maravillas pero también de  secretos y mentiras que solo de adultos nombramos en voz alta. Y volvemos para celebrar,  condenar,  redimir, idealizar o simplemente visitar el pasado, en el vértigo de una catársis que nos empuja hacia el él.

La memoria de Cuarón nos abre las puertas de su casa en Roma, una colonia de México D.F.donde residió con su familia, y  comparte con nosotros un año de vida a comienzos de los 70. Una vida hecha de retazos cotidianos y, sobre todo, domésticos: desayunos con prisas, la vuelta del cole, la ropa tendida, la limpieza del hogar…Un espacio marcadamente femenino donde la mirada infantil descubre el viejo drama del padre ausente, la ruptura conyugal a escondidas o el abandono silenciado. Y una fórmula del desamor recurrente, que en España nos ha dado películas tan excelentes como Cría Cuervos, El Sur o Secretos del Corazón.

Pero en el hogar de Cuarón (el real y el cinematográfico) hay dos, mujeres que comparten techo y traiciones: Sofía, la madre, y Cleo, la eficiente empleada doméstica, una indígena casi adolescente que es alma y refugio de la familia cuando todo parece derrumbarse. Y es este personaje el que concede a la película una dimensión tremendamente humana y un tono entrañable,  porque si hay un oficio que el cine ha encasillado y estereotipado hasta el límite es precisamente el de la servidumbre. Recuerdo que en Los restos del día, la novela de Ishiguro también llevada al cine, Stevens, el mayordomo, pronuncia una frase reveladora: “solo en Inglaterra sabemos ser criados”, ilustrando que un sirviente con oficio debe tener “status”, dignidad, capacidad de compartir el sentimiento de poder del patrón. Dicho de otro modo, sentido de la jerarquía y ausencia de sentimientos, ese binomio que es ya todo un emblema del cine británico en películas como Gosford Park o en series como Downton Abbey. Y no es más dulce la versión femenina en esas amas de llaves impolutas y severas, como la Sra. Danvers de  Rebeca, o aquella odiosa Srta. Rottenmeier que marcó las infancias de los que vimos Heidi. Sin embargo, es curioso observar que las cosas son diferentes cuando cambiamos de raza o de continente, como si este comportamiento severo fuera exclusivo de los europeos. Ejemplos como la bondadosa Mammy de Lo que el viento se llevó o la afectividad  de las niñeras de Criadas y Señoras hacen pensar que solo la gente de color pone sentimiento en el oficio de servir o cuidar a otros, reservando para los WASP (anglosajones blancos y protestantes) esa flema que les ha hecho célebres.

Pero es evidente que la diferencia no solo la establecen la raza  y la geografía sino sobre todo el contexto social en el que se inscribe el oficio. Porque, ¿cómo definir las chachas que encarnaba Gracita Morales, aquella actriz que hizo famoso el término de “señorito? El histrionismo de las que tienen que servir, (también representado por Rafaela Aparicio o Florinda Chico, entre otras)  marcó décadas de nuestro cine en un país donde miles de españolas encontraban en ello una salida laboral.Y llama la atención la tendencia a caricaturizar en la pantalla un trabajo que en la realidad fue bastante más crudo. Porque si queremos recordar los excesos de la desigualdad basta una mirada a ese retrato colectivo desgarrado que es Los santos Inocentes.

 Alfonso Cuarón rescata en su película al personaje de Libo/Cleo para hacer de ella una mujer, además de una empleada doméstica ejemplar. Una mujer con vida propia, que sufre las mismas traiciones del corazón que su señora, y que sueña, espera, fracasa y ama como cualquier otra. O más que cualquier otra, deberíamos decir, porque en estas mujeres suelen delegar afectos y responsabilidades muchos padres sin tiempo ni espacio para su familia. De ahí la importancia de este homenaje que Cuarón realiza sin nostalgia aparente, con la debida distancia emocional para que la película rezume cariño y gratitud, a la vez que reconocimiento. No olvidemos que hoy en día Cleo- miles de ellas- está más viva que nunca en los hogares españoles, llevando por nuestras calles a los ancianos de paso lento o a los niños revoltosos que vuelven del colegio. Las que tienen que servir en la España de hoy vienen de muy lejos, donde dejaron a los suyos, tienen la piel más aceitunada y la voz y el acento más dulce.  Y no olvidemos que se encargan de muchas tareas que los demás no asumimos por prisa, pudor o desagrado y que aman, cuidan y protegen a otros en nuestro nombre.

Cuarón teje Roma en torno a una figura aparentemente secundaria, encajándola con armonía en un conmovedor retrato familiar. Nunca sabremos- ni siquiera el propio Cuarón probablemente- cuánto hay de verdad en esa historia; pero a lo largo de la película nos va invadiendo el emocionado homenaje que le rinde a Cleo y a su mundo. Porque en Roma recordar es rescatar, restituir, dignificar un personaje y un oficio tan invisible como silenciado. Es regresar a la infancia para otorgar a la mujer que le ayudó a crecer el espacio y la voz a ella debidos.

Etiquetas de este artículo
, ,
More from Inés Praga Terente

Elogio del aula

  La última película de José Luis Guerín, La Academia de las...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.