Martínez Sarrión: Maestro y Moderno

Hay un matiz singular, y aún particularísimo, en el trabajo los Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, de Juan Cruz Ruiz (2010), cuando fija un periodo de cierre y clausura en el panorama de las letras españolas más recientes. Un periodo epilogal que transcurre entre 1989, fecha del 50 aniversario del nacimiento del poeta  Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939), y 1993, año de la muerte de Juan Benet, su amigo y predecesor en muchas vicisitudes y una suerte de hermano mayor que orientaría el criterio de Martínez Sarrión en ciertas otras cuestiones  literarias.

No así en otras materias civiles, en las que Antonio Martínez Sarrión mantendría la identidad de su criterio propio: desde el interés por el Surrealismo hasta la pasión por el cine, desde el rock-and-roll al verbo poético; cuestiones éstas que en Benet tuvieron menos relevancia y menos notoriedad.

Y ese 1993 aparece revestido además, de otras particulares circunstancias y relevancias, como fuera la aparición del primer tomo de las memorias sarrionianas Infancia y corrupciones. Unas memorias que, pese a las advertencias y admoniciones de Benet sobre la importancia del Estilo, para llenar de sentido la escritura de una vida falta de grandes acontecimientos, supusieron una particular inflexión en la escritura sarrioniana, al mostrar, a un público más extenso del habitual, la gran escritura del Maestro, así llamado por los barcarolos de Albacete. Y que a juicio de uno de ellos, Juan Carlos Gea, la escritura sarrioniana “de una prosa precia y robusta”  mostraba una musculatura propia de “un grupo terminal de resistentes en la tradición de lo que bien podría llamarse  Gran Estilo”, en la estela de lo proclamado por Benet en su  obra temprana La inspiración y el estilo. Incluso esa escritura que se desplazaba “entre la inocencia y la sabiduría”  contaba con un inequívoco tono moral, como supo destacar Ángel González, al advertirnos de que “Es muy curioso que un novísimo haya recuperado una literatura moral”. Más aún, que ello, la escritura sarrioniana, supuso de hecho “una dignificación de la estética del realismo”. A lo que volveremos luego, en ese retorno más moral que estilístico. 

Juan Carlos Gea, por otra parte, en su texto de 2013-2014 Memoria de unas memorias, marca cómo Infancia y corrupciones supuso un cierto retorno de Martínez Sarrión a ciertos inicios temáticos que habían nutrido su primer viaje poético, viaje poético columbrado por el mismo Gea en su Antología poética de 1994; como si hubiera una rara conexión entre los dos tiempos: los poéticos primerizos de modernidades y brillos, y los tiempos de madurez, sosiego y expresividad que transcurren entre Cantil (1995) y Cordura (1999) y esta escritura memorialística de Infancia y corrupciones. No, por tanto, la obviedad de contar lo sucedido en esos años primeros del gris metal plomizo del Albacete de la primera postguerra, sino la destilación de la memoria en un alambique inverso que fija el mencionado retorno. En la medida, dice Juan Carlos Gea, en que “Todo lo que el poeta había descarnado, fracturado y  hasta cierto punto embalsamado en el pie breve y anfractuoso de sus versos cogía de nuevo encarnadura”. O dicho en directo: ¿cómo habiendo sido, formalmente Martínez Sarrión un Novísimo, y repudiado las formas adustas del Realismo social precedente, su escritura posterior de conciencia y memoria se pliega, finalmente, hacia las formas denostadas, donde caben pocos alardes y jeribeques, y buscan una dicción tan ejemplar como moral e inteligible. Dicho de otra forma, Infancia y corrupciones hacía visible las  estrategias del sentido de Teatro de operaciones, primer poemario de Martínez Sarrión, publicado en 1967 y que marcaría las ramas de su posterior crecimiento. Por más que, en palabras de su otro antólogo Ángel Luís Prieto de Paula (Última fe. Antología poética 1965-1999, 2003), fije que en Sarrión: “los arrastres aluviales de la infancia se depositan en su primer libro de versos, y fertilizan también, con una presencia ya no predominante, en el resto de su lírica. La educación sentimental que había comenzado en la infancia se continúa después durante el periodo de su etapa universitaria…”.

Los nueve novisimos: Martines Sarrión, Molina Foix, Guillermo Camero, Vazquez Montalván, Castellet, Ana María Foix, Jose María Alvarez, Azúa, Gimferrer (falta Leopoldo Maria Panero).

Y así, y con relación a lo citado en ese periodo de 1989 a 1993, podemos leer con Juan Cruz, que: “Quizás ese final de etapa se percibió mejor  cuando cumplió cincuenta años Antonio Martínez Sarrión, a quien todos llamaban el Moderno. Fue en el pub Libertad 8, que entonces era de frecuencia obligada para todos los noctialcohólicos de Madrid….Levantó la cabeza Caballero Bonald y me dijo: ¿Tú no notas como que esta es una fiesta de despedida? Nunca más me lo dijo y nunca más lo escuché, pero luego ha ido siendo verdad” (página 297).

Circunstancias del cruce de tiempos o del final de época que reitera más delante, el repetido Juan Cruz. “Veníamos del entierro de Juan Benet. Era como si acabara una época; cuando cumplió cincuenta años Martínez Sarrión fue como si acabara una fiesta, y el entierro de Benet tenía el aire de que todo había terminado, la fiesta nocturna, las risas el tintineo de los cubitos de hielo contra los vasos de cristal de roca, todo había acabado, esa es la sensación de yo traía de aquella ceremonia gélida en lo alto del Madrid más pobre, el Madrid gris de los cementerios y de 1993” (página 303).

Las palabras de Juan Cruz de 2010, puede que hoy en 2019 hayan encogido, o puede que tal vez, hayan crecido hacia otros lugares desconocidos y puede que casi diez años más tarde tengan que revisarse y reorientarse, para saber el alcance exacto de su vaticinio y la fortuna de su videncia. Cómo las ramas del Martínez Sarrión de Teatro de operaciones, que tras el paso siguiente de Pautas para conjurados (1970), de Una tromba mortal para los balleneros (1975), de El centro inaccesible (1981), de Horizonte desde la rada (1983) y De acedía (1986), alumbran ese regreso contenido de 1993. Sobre todo cuando nos preparamos para celebrar el ochenta aniversario de El Moderno y de El Maestro, Antonio Martínez Sarrión, y cuando apenas hemos terminado de celebrar el 25 aniversario de la desaparición de Juan Benet.

Leopoldo Maria Panero

Y si ello fuera cierto, el aserto de Juan Cruz de atravesar una época que se agota y da lugar a otro tiempo, debería de justificarse adecuadamente, y quizás no se haga con la claridad debida o sea difícil hacerlo. Cambio de campo y cambio de tercio. Y no sólo en lo literario. Y es que los finales de los años ochenta, pueden dar por cerrado el proceso de modernización política y social, iniciado en la década anterior con la Transición política y después, con la normalización de 1982, con la alternancia política  de las elecciones de octubre de 1982, que cierran el proceso anterior y abren el proceso de integración en Europa. Y así hasta hoy mismo.

De igual forma que en el campo de la cultura se agotaron los veneros literarios del Realismo Social y nació la flor brillante y descomprometida de la Movida o de la Nueva Pintura. Del primero de los debates, fue pionero el trabajo de 1971, publicado en el número 19 de Los Suplementos de Cuadernos para el Diálogo, denominado Literatura y política. En torno al realismo español. Donde, y no casualmente, aparecía Juan Benet señalando la llamada por  él, como Literatura fiscal y que venía de sostener un debate con Isaac Montero, quien le definió como un Playboy de las letras. Debate y posición recuperado años más tarde por la revista La Modificación en su número 1, de noviembre de 1998, con el título Benet 1970. Batalla contra el realismo. Como si en ello hubiera alguna clave oculta.

Puede que la razón de la desaparición temprana de Benet haya marcado un antes y un después, en ciertos aspectos de la literatura española y del Realismo Social, como los señalados arriba; sin olvidar el camino iniciado algo antes por Luís Martín Santos y desbrozado definitivamente por el Boom de la literatura sudamericana. Por más que la propia trayectoria de Benet fuera escasamente acogida por el público y por alguna crítica visible. Algo parecido podríamos decir de la obra de Antonio Martínez Sarrión, que cuenta con sus incondicionales diversos, pero que no es, que no ha sido casi nunca, un escritor de éxito y de multitudes. Y esa es, justamente, la singularidad de ambos autores. ¿Cómo se puede ser influyente en los movimientos literarios, sin ser un escritor bestsellerizado? Probablemente por el compromiso sostenido con su propia obra antes que con otras valencias. Incluso, en el caso de Martínez Sarrión, y transcurrido el vendaval de los años ochenta, por su encarnadura moral, a lo Antonio Machado, como destacara en 1993 Ángel González.

El Moderno, como le bautizara Juan Benet el día que fueron presentados en el Drugstore de Fuencarral, por Eduardo Chamorro, como he tenido ocasión de escucharle a Antonio en rememoración oportuna y afortunada. Venía Antonio Martínez Sarrión de celebrar su aparición en la carreta poética que dirigiera en 1970 José María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles, cuando coincidieron y no sé si fue  Chamorro el que aludió por ello, a la condición de Sarrión como poeta Moderno, pese a figurar en el banquillo de los Sénior, de la citada antología castelletiana, junto a Manolo Vázquez Montalbán y José María Álvarez; o fue el propio Benet quien al recibir al joven Sarrión y reprocharle a él y a toda la camada de los modernos de Nueve novísimos, su ignorancia de Tito Livio y de Amiano Marcelino, le espetó “Sois unos modernos”. Y de ahí la leyenda de Antonio Martínez Sarrión como El Moderno. Ratificada tiempo  después, en cena barcelonesa, por Jaime Gil de Biedma, quien oído los pareceres poéticos y literarios de nuestro hombre, le interrogó “¿Cómo se puede ser tan decadente, siendo de Albacete?”. Que podríamos prolongar en otras interrogaciones ¿Cómo se puede ser tan Moderno, siendo de Albacete? Y ¿Cómo se puede ser un Maestro, siendo de Albacete? Y esos son los misterios que sólo la lectura de su obra puede despejar.

La otra cuestión que me gustaría retomar sobre Antonio Martínez Sarrión y su obra plural, proviene de unas notas utilizadas como encuadre de su obra última y utilizadas, lateralmente, en el digital Libros y nombres de Castilla-La Mancha (7 de diciembre de 2011) o no publicadas las otras. Notas las primeras elaboradas en 2011, en la reseña de su trabajo Escaramuzas. Y las segundas escritas con motivo del otorgamiento del Carné de honor de la Biblioteca de Toledo, previsto para el mes de febrero de 2014, y que no se produjo finalmente. Acto que habría supuesto un doble homenaje tanto Sarrión como a Julio Cortázar, de quien se celebraba entonces el aniversario de su muerte.

En la reseña de Escaramuzas, destacaba el número de poemarios y de títulos en ciernes, citados por el mismo AMS como un proyecto abierto de escritura no colmatada y sin concluir. Poemas sueltos y anotados en espera de adquirir peso propio y desarrollo adecuado, pero que finalmente no han visto la luz; y que darían cuenta de lo que Benet definía como “masa para hacer libros”, un caudal de notas, registros, sugerencias y melancolías. Así recontaba Antonio, títulos hermosos que habían sido objeto de algún barrunto o de alguna consideración poética; de alguna nota y de algún bosquejo escrutado. Títulos heridos y dolientes, como: Sin anestesia, Paradero desconocido, o Victoria del desollado. Títulos ocultos por los fríos de la meseta y de la edad, como En las heladas aguas del cálculo. Y títulos tan terrenales como fúnebres: Sacando tierra de tu sepultura y Menos me hospeda el cuerpo que me entierra. A los que yo agregué, una vez oída su experiencia otoñal en parajes familiares conquenses, Poemario de San Clemente, en referencia a la localidad de Cuenca en donde Sarrión tuvo ancestros y antecedentes, que visitó una tarde dorada y liviana, donde un sol amembrillado y ambarino se colaba por los ventanos de la memoria de la última vendimia. Como si quisiera contraponer cierta liviandad vespertina con el peso terrero desplegado por los títulos apuntados. Con todo ello se daba entender, a mi juicio, una obra en marcha y en formación, que no ha pasado del estado de conjetura y barrunto, y que señala a un proceso de escritura totalizante y a un escritor total.

Las segundas notas, escritas por mí pero no publicadas en medio alguno, fijan y titulan el criterio sobre la personalidad de Antonio Martínez Sarrión como Tres personas y un sólo dios verdadero de forma muy abreviada y sintética. A la manera de las paradojas teológicas y trinitarias, pero sobre todo respondiendo a los tres registros en los que puede ser entendida su obra. El primer AMS conocido (¿pero fue realmente el primero?) es el sólido poeta, ya antologizado prontamente en 1970, en la celebrada obra Nueve novísimos poetas españoles. Y que luego prolongarían otras Antologías propias, realizadas por Juan Carlos Gea en 1994 y por Ángel Luís Prieto de Paula en Última fe (2003).

Frente a este perfil lírico sostenido, ha ido apareciendo el escritor de memorias: Infancia y corrupciones (1993), Una juventud (1997) y Jazz y días de lluvia (2002). En ambos casos, poeta y memorialista, AMS compone la figura de un escritor privado  que escruta lo personal y que indaga en ese saber subjetivo que llamamos poema.

La tercera persona, que es la que ahora interesa, está formada por un escritor público que no limita su discurso a las vicisitudes privadas y personales de los registros anteriores. A caballo de ensayismo y del dietarismo se sitúan obras como La cera que arde (1990), Cargar la suerte (1995), Esquirlas. Dietario 1993-1999 (2000), Cercos y  asedios (2004), Sueños que no compra el dinero (balances y nombres del surrealismo). (2008), Preferencias (2009) y Escaramuzas (2011). Pero en todo caso las tres facetas de la escritura sarrioniana apunta a un solo hombre que es el centro del sentido de todos esos registros. De tal suerte que en esa línea  afirmaba Prieto de Paula, en el estudio preliminar de Última fe. Antología poética 1965-1999, que “la nervadura intelectual y moral del autor se imponen en todos los géneros por los que transita, al margen de las especificidades de cada uno y les confiere una solidaridad interna que permite percibirlos como facetas de una misma realidad”. Aunque otra veces haya quien piense, con Giorgio Manganelli que “una persona moralmente irreprochable no escribe libros”. Y esa es parte de la dificultad ¿cómo escribir libros y mantener el tono moral alto? Por lo que podríamos ampliar la denominación del trabajo y revisarlo como Martínez Sarrión: Maestro, Moderno y Moral.

Como alternativa a la lectura posible y aconsejable de la obra memorialística de Martínez Sarrión, propongo una inmersión en dos textos primerizos que, concebidos a modo de poéticas personales, acompañan las antologías de José María Castellet y de José Batlló y que son un reflejo del sentimiento y del valor de esos tiempos. Que además componen un contra-argumento de las escrituras desplegadas por la faceta memorialística que se inicia en 1993. Y que pueden dar, por otra parte, algunas pistas aproximadas del estado del poeta hacia los primeros años de la década de los setenta.

Poética. Antonio Martinez Sarrión (en Nueve novísimos poetas españoles. JM Castellet. 1970)

Cuando uno empezó a escribir poesía relativamente en serio y pensando que aquello podía durar toda la vida, estaba en su mejor momento lo que hemos ve­nido llamando poesía social. Uno escribía poesía social. Aquello estuvo muy bien. Fue necesario, mejor aún. Ha­brá que hacer algún día, cuando las aguas vuelvan a su cauce, un estudio en profundidad de aquella tenden­cia y constatar sus aportaciones más válidas, menos ero­sionadas por el tiempo.

Pienso que el método debiera ser -como en las me­jores corrientes vivas de la crítica- una confrontación dialéctica del artista y su medio, dentro de una pers­pectiva de totalidad concreta (es decir, que no escamotee ninguno de los dos términos reales) y en el seno de la cual el arte es el producto de mayor categoría espiri­tual de la historia del hombre. Entonces podrá apreciarse qué es lo que podían conseguir aquellos escrito­res, -cuáles fueron sus intenciones, cuáles sus resultados y cuáles los talentos de que estuvieron dotados.

Esto de la poesía, como todo, es en gran medida un aprendizaje, una continua incorporación. La lección que aquellos poetas debieran sacar es que habrían pecado –paradójicamente– de idealismo y su obra se resintió de falta de calidad en muchos casos, porque olvidaron la relativa autonomía de la creación artística y la resis­tencia de la palabra poética. Subvirtieron los términos, separaron lo que sólo de una manera falsa puede des­truirse, a saber: el mutuo condicionamiento e interacti­vidad de lenguaje y significación. Cayeron en la trampa del contenido que es la misma trampa del formalismo, es decir, la abstracción. En los más dotados o al menos en algunos de ellos, hubo además un problema de ago­tamiento, de autoplagio, de congelación.

Pepín Bello, Juan Benet y Domingo Dominguín

De cualquier modo la práctica de su oficio –creo que se puede hablar de oficio poético, todo lo poco coti­zable que queramos en el marco de un sistema total irra­cional– no cabe duda que nos aportó un enorme cau­dal de experiencia dentro del cual se cuentan los calle­jones sin salida que había que superar.

El pasadizo ciego más patente, a mi modo de ver, fue que la poesía no podía ser en nuestra circunstancia un instrumento de agitación política. Lo fue en Maia­kovsky, en los Alberti y Hernández de la guerra civil, en Neruda, en Nazim, pero ninguna situación histórica se reproduce mecánicamente, y hasta es posible que lo más perdurable de aquellos poetas sea la lucidez de com­prender esto y la nostalgia consiguiente de no participes en un momento en que poesía y revolución se identifi­caron. Había un buen componente de noventayochismo pasado en todo esto, además.

Más anacrónicos se me antojan los que, partiendo de un humanismo pequeño-burgués o evangélico, trata­ban de conmover el corazoncito de los instalados o a punto de instalarse. Aparte de que eran mucho peores. Todo lo anterior, tengo que insistir, hubo que apren­derlo prácticamente, no pudo ser evitado. Esta reflexión, que me parece compartida por algún miembro de mi promoción, se ha visto acompañada de un fenómeno fundamental: la apertura cultural de los últimos diez años. Voy a poner ejemplos para evitar confusiones.

Acceso más fácil a libros editados en el exterior, fun­damentalmente en Latinoamérica (las ediciones en nues­tro país eran absolutamente deleznables y no me refiero sólo a poesía) considerados hasta los últimos años cincuenta como clandestinos o poco menos; conocimien­to de lenguas extranjeras (radicalmente básico en la for­mación de un poeta), vivos contactos personales, viajes al exterior, interés por otras formas culturales, no literarias en sentido estricto muy evolucionadas y de sor­prendente madurez y exigencia (cine, música folk, blues, jazz, tendencias pictóricas como neo dada, pop, comics últimamente, etc.). Este dato de avidez y curiosidad apasionada por las vanguardias mundiales me parece decisivo en la formación de los poetas de mi generación.

Es ya tópico hablar a estas alturas del impacto de la última narrativa latinoamericana, que nos ha hecho recordar que utilizábamos un lenguaje y no un arenque fosilizado, si se atendía a lo que escribíamos los autores españoles en castellano. Gran parte de aquellos escrito­res se nuclearon en torno a la gran revolución cubana y de allí nos fueron llegando revistas y libros que da­ban fe de la libertad y potencia de la cultura viva del subcontinente. En el terrenoestrictamente poético fue conmocionante el descubrimiento de verdaderos poetas malditos en nuestro idioma como Oliverio Girondo, Luis Cernuda y Octavio Paz.

En mi caso particular tengo que hablar, creo que es visible en mis poemas, del eco del primer Eliot, tal vez de Pound y sin duda alguna de los surrealistas, movi­miento éste mal entendido por casi todos aquí o deformado para su repugnante uso por algunos filibusteros incalificables.

Ciertos alumbramientos de Breton, Benjamin Peret, Soupault, Char o Queneau, permanecen vigentes y utilizables dentro de un contexto cultural específicamente español que despoje a aquellos de abstracciones y vagorosidades insuflándoles humor y acidez. Al menos así lo creo y trato de ver si es cierto

José Rivero y Antonio Martinez Sarrión

Pienso que somos muy conscientes de las limitacio­nes que, respecto al alcance de nuestra obra, existen y existirán. Es con toda seguridad anacrónico y disparata­do el sistema de ediciones minoritarias, mal distribui­das, dispersas y leídas por la tribu iniciática. Tal vez en un clima revitalizado de la cultura española pudiera existir mayor audiencia. Tal vez ha ocurrido así con toda vanguardia. Tal vez la cultura literaria retroceda. Soy poco, muy poco optimista en esto.

Lo que me parece cierto, sin perder nunca de vista la función, en términos concretos, del intelectual en su sociedad y en la historia como proceso inacabado, es que en arte no existen pasos atrás y que seré consecuente si permanezco fiel a una vocación que se me aparece –en los peores momentos– como la más fantasmal e incierta en un sistema total abocado, por ahora, a la barbarie de la fragmentación.

He preferido en estas notas hacer un sucinto, torpe y muy personal balance histórico de la poesía española en castellano desde, digamos, la posguerra y una consta­tación de influencias y fuentes notadas en mi tarea y prescindir de la elaboración, insufrible para mí, de una POETIKA (perdón Cortázar) al uso, tras los delirantes excesos de J. R. J. (véase ‘Estética y Ética Estética) y de la mediocridad general de las poéticas insertadas en las antologías circulante últimas. Me parece ejemplar, y en tantas cosas más, la coherencia a este respecto de Jaime Gil de Biedma, cuyas respuestas a un reciente cuestionario podían contenerse en una línea.

Poética. Antonio Martinez Sarrión (en Poetas españoles poscontemporáneos de José Batlló. 1974).

A este galope, y si la –por lo visto– rentable manía de antologizar poetas sigue en aumento, a la vejez -esperemos que antes haya enviado al carajo todo este tinglado- habrá uno escrito del orden de doscientas meditadas poéticas.

En esta ocasión, y a requerimiento del amigo Batlló, antó­logo de la presente muestra de los pinitos (o baobabs) versifi­cados en castellano entre no sé qué fechas, me veo obligado, muy a mi pesar, a declarar, al procesal modo, que no tengo nada que añadir a lo expuesto en otros envites, que me ratifico más o menos en anteriores propósitos y que, a las alturas de edad y país que corren –la una a excesiva velocidad, el otro a paso de quelónido–, mi interés máximo e inmediato se centra en temas tales como:

La rapidez con que se funden las bombillas «Secaterm», 250 watios, rojas.

La química casera.

La averiguación del endemoniado objeto de escritura que emplean esos fronterizos que transcriben la «Di­vina Comedia» en un papel de fumar.

El actual paradero y ocupación del “sherpa” Tessin.

El arte “naíf”.

Que me sea comunicado el nombre comercial de algún específico realmente eficaz para desrizar las puntas del cabello.

Los poemas de la época de la supuesta locura de Hol­derlin.

Los relojes de arena.

Si es cierto que Marc Bolan de “T. Rex” pertenece al “gay power”.

Los invernaderos donde madura la esmeralda.

 El cine de Warhol y de Bertolucci.

Un buen remedio para el resfriado crónico.

 El teléfono o señas de una dama de tobillos gruesos lo más parecida posible a Ornella Muti.

Los “Mondo”.

Por fin, no quiero dejar pasar la ocasión (es la idónea) para anunciar que recompensaría con una efusivísima dedica­toria de mi próximo libro, al o la semoviente que me devol­viera un excelente mechero a gas, grabado con mi nombre, que me fue trincado en la terriblemente loca noche de fin de año en este Madrid de nuestros centralistas pecados, donde firmo y rubrico la presente a mediados de enero del seten­taytres.

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