Buscando la vida desesperadamente

Las relaciones en esos pisos de solteros, siempre un poco desordenados y llenos de cachivaches, cuando la gente ya ha pasado de los treinta y parece que ha llegado al final de un periodo y tienen que hacer algo; cuando viven juntas parejas que no son parejas del todo todavía o no lo serán nunca, que hablan mucho, que dicen quererse tanto y también intuyen que se detestan un poco; que se rozan, que están también con otros que quizá son amigos del amigo, que comparten canutos y músicas, que intentan contarse todo y se terminan engañando mucho; que sienten que tienen que apostar y no terminan de estar seguros, que esperan la iniciativa del otro y huyen para no tropezarse con ella, aunque se arrepientan al llegar a la esquina y piensen que han perdido al amor de su vida.

Hombres y mujeres mirándose y encontrando sus propias fantasias difusas en los ojos del otro. Esperando signos en las estrellas, inventando códigos que solo pueden ser juegos solitarios que los llevan a atravesar las noches enervados de deseo y empapados de soledad, que se pueden jugar la vida en la madrugada persiguiendo a la chica platónica que perdió una libreta en cuyos dibujos imaginaron un trópico utópico que ni siquiera los tomó en cuenta cuando lo encontraron o en el que podrían haberse malogrado para siempre.

Esas  chicas que quieren ser distintas y tratan de mostrarlo en su aspecto, en cada uno de sus gestos y sus negativas, pero que siguen buscando, sin saberlo, al principe azul con aspecto de artista alternativo y aros en las orejas, aunque al final tienen que conformarse con los otros hombres posibles, los del piso de arriba o los del bar de abajo, con los que se les va la fuerza por la boca y no se atreven a comprometerse, con los que solo les ofrecen un futuro de cierta tranquilidad donde quizá se terminen aburriendo tanto o quedándose tan solas de pareja en pareja.

Las fuerzas inconscientes que no controlamos y se unen al azar para impulsarnos en el vértice del árbol de decisiones, la “imagen de búsqueda” que tanto puede traicionarnos, el valor que nos atribuimos, en esa jungla, o nos atribuyen, Todos los factores que influyen en la atracción interpersonal que parecen transmutarse en cada tribu social, con cada ideología y en cada generación pero que siguen operando como mecanismos implacables que también nos conectan por encima de las diferencias, entre los que tenemos que saber conquistar alguna suerte de lucidez para saber elegir, no perderse en espejismos  y, sobre todo, cultivar algo parecido a un coraje esencial, imprescindible para aceptar las reglas del juego, para soportar ser rechazados o abandonados sin descomponernos y también para saber irse o decir que no, cuando sabemos que hay que hacerlo. Siempre con una venda en los ojos, en la ignorancia de lo que va a deparar el futuro, sin saber lo que va a ser de nosotros.

«Yo la busco», la ópera prima de Sara Gutierrez Salve capta de forma aparentemente sencilla destellos de las tensiones no resueltas en las relaciones amorosas entre personas, las que no es fácil que cambien aunque lo haga la indumentaria, las musicas preferidas, las ideologías o incluso las sexualidades. La intimidad tan dificil y tan esencial, tan individual y tan impregnada por la cultura. Los cuerpos deseantes en esa edad en que casi no son otra cosa y vagan ciegos, arrastrados por los vientos del destino, hacia algún sitio que no siempre es luminoso, porque luego la realidad cambia y también las cualidades que hay que tener para sacar adelante a esa prole que ya no deja dormir por las noches por otros motivos.

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