El “Daredevil” de Netflix (y Miller…)

Las series se han convertido en el nuevo biberón. Uno se pone un episodio por la noche y luego ya se puede ir a dormir. Hay quien lo combina con un canutito, en recuerdo en sus días de adolescencia. A mí no me da por eso, y tampoco mucho por las series, pero lo encuentro enteramente comprensible. La gente no sólo tiene su trabajo y su familia, sino que además deben estar pendientes de un montón de asuntos de actualidad pública que solicitan su opinión, aún más, que exigen de ellos una toma urgente de postura. Son, sin embargo, últimamente, asuntos peliagudos, en los que resulta fácil emporcarse, tanto porque es arduo contar con la información suficiente como para juzgar en conciencia como por lo contrario, porque un exceso de información desde muchas fuentes puede engendrar una obsesión insana. Tan natural resulta así terminar padeciendo lo que César Rendueles denomino “sociofobia” como su opuesto: acabar tan fanatizado con una causa determinada que ya no te cabe otra cosa en la cabeza. Por eso conviene terminar el día, en uno u otro caso, viendo una serie, ya que una serie no es televisión, no es red social, no es tarea alguna y por no ser ni siquiera tenemos claro que sea cultura. Como, encima, muchas series están tan bien hechas y tratan temas de interés histórico o sociológico, tampoco las podemos calificar de puro y simple entretenimiento.

Frank Miller

El entretenimiento, de hecho, es ya, hoy por hoy, basura para adultos, el equivalente a un señor ya hecho y derecho y responsable que se tirase por un tobogán emitiendo un gritito con los brazos en alto –sobre esa situación, por cierto, considerada como deseable, se ha hecho alguna película explícita. Así que, precisamente porque ya no existe excusa para no formarse continuamente, pero sin que ello nos lleve a pegarnos un sofoco diario descifrando textos complejos o investigando el revés podrido del mundo en la Deep Web, la gente opta por rematar sus días viendo una serie. Es algo que destensa, socializa y presta una cierta continuidad electiva -privada, pero libre- a las jornadas laborables, sin que ello, me parece, pueda ser equiparado a perder el tiempo viendo exhibiciones de euforia y dinamismo pueril en programas imbéciles del estilo de El hormiguero o patéticas degradaciones de la condición humana en bodrios inenarrables como First Dates… El Fin de la Historia, amigos, al menos en la parte rica del mundo, que es la que conocemos mejor, consiste en luchar por poder participar de los problemas que nos conciernen a todos, pero consiste también en el lujo que supone ser capaz también de desentenderse de ellos por un rato, evitando caer en la banalidad reinante. Yo creo que si Jean Paul Sartre viviera hoy también se habría tragado entera The Wire, e incluso otras menos “comprometidas” socialmente pero tan existenciales como uno quiera plantearlas tal como The walking dead, negociando duramente por la égida del mando a distancia con Simone de Beauvoir.

Pero como yo no le pego al porrito, tengo mis otras rémoras adolescentes. De entre las muchas series que se ofertan hoy, estoy viendo Daredevil, que es una de héroes en pijama. Tengo que decir que es muy buena, e incluso que supera las lecturas de Marvel que hacía cuando tenía diecisiete años. Aun a falta de ver la tercera temporada, con la que se clausuró la serie el noviembre pasado, el balance de la adaptación a la pequeña pantalla del cómic es excelente, infinitamente mejor que esa tontería que le hicieron encarnar a Ben Affleck para el cine. Si la apuesta era estirar durante muchas más horas la matriz oscura y callejera que Frank Miller introdujo en los tebeos de Daredevil en los ochenta, el reto está más que conseguido. La atmósfera es opresiva, los diálogos de gran altura, los personajes muy enriquecidos respecto de su dimensión original, y hasta la acción -o sea, las tortas- resulta contenida y cortante como una puñalada trapera. Miller era (digo “era” no porque haya muerto, sino porque no es ahora ni la pálida sombra de lo que fue, como tampoco Mark Knopfler o Quentin Tarantino en lo suyo) brillante, y consiguió transformar en género negro de gran nivel la metáfora original del recientemente fallecido Stan Lee, eso de privar del sentido de la vista a un vigilante nocturno puesto que la justicia es o debería ser ciega.

Aquí han logrado desarrollar a Miller pero sin traicionar a Miller, lo cual tiene bastante mérito. No se toma el pelo al espectador: los personajes dicen tacos, la violencia es cruda, la corrupción social es verosímil y hasta se potencia la faceta católica del protagonista sin convertirla en parodia. Está toda la atmósfera gansteril y sucia de Miller, pero llevada a un plano más realista. Uno se pasea por el antro de Josie, por el gimnasio Fogwell, por la casa con vidrieras de Matt, por las calles por las que pulula el delincuente común Turk, por los hospitales en donde se desangra la Cocina del Infierno, por almacenes vacíos donde tienen lugar los crímenes, por las oficinas donde se miente en la prensa o por donde se gestiona el poder, y todo se nos antoja real, humanamente admisible. Wilson Fisk (a.k.a. Kingpin) está tremendo, adquiere una hondura emocional en su villanía jamás vista antes. Elektra se nos ha vuelto más charlatana, menos misteriosa, pero a cambio da más juego, sale de su hieratismo oriental a beneficio de la trama ninja. Stick queda muy propio en su giro a la oscuridad, es Obi Wan Kenobi y Darth Maul a la vez. “Foggy” Nelson es, sin duda, el mayor hallazgo de la serie, habiendo pasado genialmente de payaso tonto a payaso listo, o de tipo bobo pero entrañable a individuo despabilado y activo. De Karen Page se puede decir lo mismo: saca sus largas y esculturales piernas del florero. The Punisher se muestra más vulnerable, pero mola, Melvin Potter está a un tris de armarla parda, y Ben Urich dura poco porque realmente habían hecho de él una síntesis plana y plasta de Woodward y Berstein. Realmente, el que está peor es el propio Daredevil, todavía aferrado a su ñoñería sesentera de que se puede detener el mal moliéndolo a palos, como si la pelea cuerpo a cuerpo tuviera algo que hacer en el mundo del ántrax, los táser y las armas de fuego… (sin esa ficción, claro, no habría historias de superhéroes, de ahí la pertinencia de The Punisher).

Hasta los problemas legales del bufete de abogados son abordados ampliamente y con cierto rigor, me parece. Por lo menos lo suficiente como para que ocupen gran parte del argumento y de los diálogos de los personajes. Es curioso que ya hasta las historias de corte juvenil de superhéroes den completamente por supuesto que los malos ya no son individualidades disfrazadas que pretenden dominar el mundo en abstracto y desde el vacío, sino jefes de empresa, hombres de negocios envilecidos, señores con trajes caros que usan móviles, hablan varios idiomas y amenazan de muerte educadamente y con labia. Cuando en la primera temporada (ojo spoiler) muere Wesley, el perfecto lacayo y ejecutivo ideal, se le echa de menos, deberían estudiar su personaje en los cursos de coaching, management y leches de esas. De manera que hasta el público más ingenuo, que disfruta de una patada voladora, tiene claro ya quiénes son los verdaderos enemigos. La idea de que un hombre solo, vestido de mamarracho y para colmo ciego pueda poner en aprietos a todo un entramado de intereses políticos y empresariales ya hacía reír al Frank Miller de Born again (uno de los mejores comics de todos los tiempos) y constituye todo un desafío para los guionistas de esta serie.

De ahí el acierto de poner tanto énfasis en el aspecto profesional de Matt Murdock, como si las leyes desempeñasen algún papel no instrumental en el universo de los intereses creados. Daredevil, la serie, trata de eso: de un protagonista que se mueve entre la violencia, el código penal y Dios para no perder la cordura mientras se ocupa de algo tan difuso y dudoso como “limpiar su ciudad”. Y trata de eso con un rodaje impecable, con escenas atrevidas (no solamente los ya famosos planos-secuencia de artes marciales del segundo capítulo de la primera temporada y el tercero de la segunda), intercalando varias tramas al mismo tiempo y llevando la narración mucho más allá de lo que Frank Miller supo hacer en su momento. Con una salvedad: Daredevil ya no pega saltos entre los edificios, como un aprendiz de Spiderman, lo cual resultaría muy caro y poco convincente, pero a cambio sigue siendo el “fucker” de los superhéroes, el que más liga y ha ligado del elenco de los chicos buenos enfundados en mallas –el uniforme, por cierto, es necesariamente ridículo, y el espectador lamenta la pérdida del pañuelo en la cara de la primera temporada, pero el productor de la serie es consciente de esta limitación y hace lo posible por sacarlo con poca luz, para que cante lo menos posible.

Netflix se lo ha currado. No creo que me anime a ver las otras series que se han hecho a partir de esta, rescatando más personajes menores del mundillo de barrio Marvel. Ya digo que no sé si estas producciones en las que tanta gente inteligente pone su talento al servicio de una mitología de calidad cuestionable, y que duran poco y enseguida se olvidan, son o no cultura en sentido estricto. Pero tampoco sé si sería cultura estricta interesarse en los Manuscritos del Mar Muerto, por ejemplo, que no establecen más debate que el cerradamente académico, que atraen a tres frikis eruditos y que, pese a su indiscutible valor, tampoco cambian en absoluto el mundo. Quizá es que la cultura, en la actualidad, consiste en no preguntarse nunca más qué es la cultura, a riesgo de la respuesta venga envuelta en una coloración nacionalista, folklorista o religiosa, que viene a ser más o menos todo lo mismo. La cultura es, ya, todo, y a la vez nada, en un mundo en el priman las apetencias sobre las obligaciones, y donde cualquier pretexto simbólico es válido para dejarse llevar… De modo que vean la serie que quieran, o no.

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