La mina tiene nombre de mujer

Mira, mira Maruxina, mira,

Mirá como vengo yo …

( En el pozu Maria Luisa, canción popular asturiana).


En estos días de clamor y marchas a favor de la igualdad, cabe un recuerdo y un homenaje para muchas trabajadoras de antaño cuyo coraje y resistencia allanaron el camino. Entre ellas, por razones exclusivamente sentimentales, yo quiero dedicar estas líneas a la mujer asturiana que trabajó en la mina, un mundo eminentemente masculino aunque lleve con frecuencia nombre de mujer. Porque la “feminización” de los pozos queda demostrada con nombres como María Luisa, Baltasara, Nicolasa, Modesta, Escribana, Dominica y un largo etcétera, además de gozar de la protección de Santa Bárbara. Pero como mejor muestra de ello yo ofrecería el ejemplo de esa canción que ya es el himno de la minería, esa Marusina que espera al minero de la camisa roja y la cabeza rota superviviente del pozu María Luisa. Siempre la mujer, pero siempre detrás o al lado del varón.

Sin embargo, la relación de la mujer con la mina no se limitó a
esperar en casa sino que muchas de ellas trabajaron como carboneras (la palabra minera tardaría en llegar) en el exterior de la mina y de forma excepcional en el interior. Sabemos que alrededor de 1900 ya había en la cuenca minera asturiana unas 1000 mujeres que atropaban el carbón “a mandilaos”, con la mano o con la pala por escombreras y descargaderos; y sabemos también que escarbaban en el río para llevar “cestaos” pingando sobre la cabeza durante largos trayectos. De todo esto dan fiel testimonio los pintores Evaristo Valle y Mariano Moré , pero sobre todo las espléndidas fotografías de Valentín Vega, donde los grupos de mujeres funden sus rostros y sus ropas en un tono sombrío y parduzco que incluso parece oler a carbón. Porque enrealidad el término carbonera se aplicaba a toda mujer que tuviera que ver con este mineral, bien por su trabajo en la mina o como simple “rebuscadora” para luego poder venderlo o para uso doméstico. En cualquiera de los casos, hacía sus tareas por una acuciante necesidad económica, aunque su significado ha variado a lo largo del tiempo. Cabe recordar que sucesivas leyes prohibieron el trabajo subterráneo para ellas y para los menores de 16 años, si bien ambas restricciones eran ignoradas a menudo. Y no olvidemos que empezaban de “mocines” ( a veces a los 12 años) y que dejaban el trabajo al casarse, aunque a veces se sumaban mujeres viudas en apuros económicos o casadas con el marido enfermo o desaparecido. En la expansión económica que coincidió con la primera guerra mundial las empresas contrataron muchas mujeres, simplemente porque ganaban exactamente la mitad que los hombres (e incluso menos que los “guajes”) y no solían presentar problemas de alcoholismo o violencia.

Las carboneras adoptaban también otros nombres, según la tarea que realizasen : aguadoras, vagoneras o pizarreras, esta última la más común, centrada en la clasificación del carbón, y sufrieron jornadas laborales interminables. Hoy cuesta trabajo imaginar sus deplorables condiciones de vida, el terrible hacinamiento en el que se vivía y la falta total de condiciones higiénicas, con enormes tasas de natalidad y mortalidad, incluída la infantil. Aquella carbonera vivió entre humedad y oscuridad, tuvo que realizar pesadas tareas físicas tanto en la mina como en casa  (para  lavar en el río con el agua menos contaminada lo hacían a las 5 de la mañana!!) y crió a sus numerosos hijos en condiciones que hoy calificaríamos de inhumanas. Pero ella resistió heroicamente, década tras década,  sobre todo durante la guerra civil, cuando  tuvieron que sustituir en la mina a los hombres que fueron al frente, desaparecieron o murieron; y resistió las presiones de la Iglesia, el Estado y la patronal para que se quedara en casa y ejerciera exclusivamente de esposa y madre. Porque desde el poder se promocionaba la figura del “ángel del hogar”, esa figura edulcorada con una familia feliz, algo que el cine y la publicidad se encargaron de reforzar. Pero la realidad era otra. Aquella carbonera hacía lo que hacía por necesidad económica, por “levantar la peseta”, y no gozó de ningún reconocimiento laboral ni social. Más bien sufrió menosprecio por sus tareas y fue objeto de denuncia y rechazo por parte de las organizaciones obreras, aunque siempre parece sonreir en la fotos de la época.

Mujeres de la mina de Puertollano

Habrá que esperar a la famosa huelga de 1962 para que esta mujer ocupe el primer plano y se convierta en la conciencia femenina de la cuenca minera. Esta huelga, que se inició por el despido de siete trabajadores del pozu Nicolasa, tuvo una enorme repercusión nacional e incluso internacional y en ella la mujer se enfrenta a los guardias y sufre cárcel, tortura y humillación, en defensa del trabajo ajeno, del sustento familiar: la mina era cosa de hombres pero su defensa siempre fue también cosa de mujeres, como describe Jorge M. Reverte en La Furia y el Silencio:

“Las mujeres que pretenden manifestarse y evitar que algún minero se incorpore al tajo son inmediatamente reprimidas. Salen a relucir las porras y las culatas de los fusiles .Once mujeres de la cuenca del Nalón han sido metidas en los furgones de la policía por la fuerza, han pasado por la comisaría de Sama, donde según todos los testimonios han sido maltratadas y vejadas y luego han sido conducidas a la prisión del Coto, en Gijón. Casi todas son casadas y figura en su documentación que su profesión es “sus labores”, como dice la nota policial; se ocupan de los hijos y de la casa aunque ahora se dedican sobre todo a defender a sus maridos aún a riesgo de que les abran la cabeza.”

Mujeres de la mina de Illanes

 No hay testimonios de que les abriesen la cabeza pero sí de que se la rapasen: entre estas mujeres se encontraba Constantina Pérez, que inspiró la impresionante serie de retratos de Eduardo Arroyo titulada “La mujer del minero Pérez Martínez, Constantina (llamada Tina) con la cabeza rapada por la policía”. También el cortometraje de la realizadora asturiana Amanda Castro, A Golpe de Tacón,  recoge el testimonio de otra luchadora, Anita Sirgo, y episodios de aquellos días que pasaron a la historia con el apoyo de numerosos intelectuales españoles y extranjeros.

La mujer asturiana nunca cejó en su defensa de la igualdad y el trabajo pero solo llegó a ser minera de pleno derecho en 1996, a punto de finalizar el siglo XX. Para ello fue necesaria una lucha continuada, incluso con las organizaciones sindicales, hasta que en 1993 una sentencia del Tribunal Constitucional, falló a favor de Concepción Rodríguez Valencia, una mujer a quien se había denegado un puesto de trabajo a pesar de haber superado todas las pruebas. Con ella, y desde entonces, entraron en los pozos muchas otras, compartiendo a pleno rendimiento uno de los oficios más duros que existen.

Pero las minas se han cerrado definitivamente para hombres y mujeres y solo abren sus puertas al viajero que quiera visitarlas y comprobar la negrura de otros tiempos y otras vidas. Y es ahora cuando la memoria puede y debe perpetuar una capitulo esencial en el mundo del trabajo y de la lucha obrera. Por eso hoy, cuando todavía sigue el clamor por la igualdad de la mujer, sirvan estas líneas de emocionado homenaje a esa carbonera que tantas lecciones nos dió con el “cestu” en la cabeza. Esa luchadora tenaz que nos recuerda de dónde venimos y el largo camino recorrido hasta hoy, cuando también el carbón ya forma parte del recuerdo y de la historia.

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