La “foto” del agujero negro o viviendo en el supercúmulo de Virgo

Incluso el menos aficionado a la historia de la pintura conoce ese famoso cuadro de René Magritte en el que sale un pipa de fumar encima de un letrero en francés que dice “esto no es una pipa”. Lo conocemos porque casi parece un chiste, más que una reflexión estética o filosófica. Foucault le dio muchas vueltas, pero lo cierto parece ser sencillamente que eso no es una pipa porque es una pintura de una pipa, sin más. Estos días hemos vivido una sinceridad parecida respecto al suceso de alcance mundial de la primera foto que tanto ha costado obtener de un agujero negro. No se nos ha dicho, en efecto, “esto es un agujero negro”, sino, como el pintor surrealista, “esto no es un agujero negro”, puesto que eso que vemos es una foto, no una realidad. No hay, siendo estrictos, punto de vista o posición en el universo desde la cual un ojo humano pudiese ver eso que se ve en la foto, y entonces decirse a sí mismo: “ah, estoy contemplando un agujero negro allá a lo lejos”. Por eso, y muy honestamente, se nos ha informado muy pormenorizadamente de las diferentes disposiciones técnicas que han sido precisas para conseguir una imagen de algo que por su propia naturaleza no se puede ver, y por tanto mucho menos fotografiar. De manera que no se nos ha ocultado el carácter de constructo de tal imagen, un prodigio científico muy elaborado pero que deja mucho que desear en cuanto a su resultado, al que muchos han comparado al ojo vertical de Saurón en la saga multimillonaria del Anillo. 

René Magritte

Me parece que esta noticia es la perfecta y modélica representación espectaculística de lo que es la tecnociencia hoy. Ya digo que aquí no se disimula ni se oculta nada: se nos detalla todo el proceso manipulativo que es necesario para obtener algo que no es más que el espectro de un dato empírico. Y, sin embargo, se afirma a continuación que de tanto peso instrumental a favor del sujeto, a expensas de tan pálida aportación del objeto, resulta una confirmación completa -otra…- de las teorías de Einstein de hace más de un siglo. Confirmación que se daba totalmente por hecha ya antes de arrancar el experimento, y que justifica al mismo. Porque, cabe preguntarse… ¿de verdad había alguna manera, alguna posibilidad real de que tanto esfuerzo científico hubiese derivado en una falsación? ¿alguien cree sinceramente que la cosa podría haber terminado con un “vaya, pues no existen los agujeros negros…”? Yo creo que no, que eso era del todo imposible, y por eso esa imagen es un acontecimiento tan significativo, pero no tanto sobre la misteriosa presencia de los agujeros negros, sino el estado de la ciencia actual como tarea colectiva que llega a un público global. La gente en general, por cierto, debe haber quedado bastante sorprendida, puesto que la mayoría pensaba que la existencia de los agujeros negros estaba ya sobradamente probada, además de usada como elemento argumental en películas y novelas (ahora mismo recuerdo “Pórtico”, de Frederik Pohl). Y ahora resulta que no, que un agujero negro era sólo un objeto teórico hasta ahora, si bien de una complejidad matemática y especulativa enorme, y que esa pobre imagen, ese ojo de Saurón en horas bajas de voltaje, tiene que pasar por una corroboración experimental de algo tan difícil de imaginar como una singularidad en el espacio-tiempo que retuerce y abisma de modo increíble todo lo que puede entrar en la cabeza incluso del más inteligente y fantasioso de los físicos. Pero, bueno, al menos hablamos del plano de lo macrofísico, del que todavía es posible creer con cierta ingenuidad que se podrían obtener representaciones fieles de megaobjetos substanciales, tridimensionales y masivos; ahora pónganse a imaginar lo que sería alguien que un día proclamase que iba a tratar de sacar una foto de un microfísico e incorpóreo antiquark…

Tal como yo lo veo, la gente vive muy engañada por los programas de divulgación científica y algunas películas de ciencia-ficción. A base de generar simulaciones por ordenador que traten de buena fe de representar lo irrepresentable, lo que se ha conseguido es que la gente de verdad se piense que el universo es una cosa bellísima, sublime, llena de colorido y con cuerpos estelares de diferentes tonos muy juntitos y contrastantes. En realidad, señores, este universo, y seguramente otros anteriores, posteriores o simultáneos, es un descomunal, descorazonador y tremendo vacío oscuro. Cuando dentro de billones de años la Vía Láctea se solape con la galaxia más cercana, Andrómeda, apenas habrá colisiones entre planetas o estrellas, tal es la gigantesca distancia que separa a las diminutas masas de unas y otras entre sí. Lo mismo ocurre, por cierto, con el submundo atómico: si nuestra mano no atraviesa el pomo de una puerta al ir a abrirla no es por la densidad atómica de ambos cuerpos, es porque fuerzas de repulsión lo impiden. Si hemos de creer a los físicos, nuestra mano es billones de veces más vacío que materia. Pero parece que la gente no debe saber eso, a la gente hay que pintarle un Cielo alternativo, a falta del Cielo cristiano, una infinita discoteca galáctica de luz y de color. No hay libro, reportaje o programa de divulgación científica que no empiece criticando las pasadas cosmovisiones ingenuas o religiosas de nuestros antepasados, para terminar concluyendo lo mucho que hemos avanzado con respecto a ellos. Sin embargo, no nos dicen verdades tales como que nuestra cosmovisión científica actual produce un vértigo pascaliano inconcebible, que en realidad nunca tendremos medios para salir ni del sistema solar, y que encima no nos serviría de nada ni siquiera colonizar Marte, que no es más que un desierto sin interés como el resto de los planetas de nuestro entorno, un entorno bien grande por cierto. 

No es de extrañar, entonces, que hoy vayan circulando por ahí majaderías como las del terraplanismo. El terraplanismo no sólo es un disparate fácil de refutar (mediante la comparación simultánea de la rotación de las estrellas en el Hemisferio Norte y Sur), es también una contradicción en los términos (puesto que acusa de conspiración al adversario, siendo ella misma una conspiración en toda regla), pero expresa algo real que yo denominaría una cierta nostalgia de hogar. Los terraplanistas son siervos de la Biblia, pero lo mismo podrían ser devotos de Aristóteles. Lo que les mueve, diría yo, es haber percibido correctamente que toda esa algarabía audiovisual y discursiva de los Stephen Hawking y compañía acerca de la majestad y profundidad del universo en realidad es un decorado hinchado que no puede confortar ni ilusionar a nadie. La Tierra es una joya preciosa que flota en un sistema estelar inmenso y estéril que a su vez se halla perdido en un brazo exterior de una galaxia cualquiera que a su vez forma parte de un cúmulo local de galaxias que pueden ser agrupadas en un supercúmulo bestial llamado Virgo y que no es más que uno más de los muchos supercúmulos que pueden ser detectados en el universo visible.

Sólo en el universo visible, ojo, y bajo el supuesto de un solo universo, como su propio nombre (uni-) pretende indicar. Los números son ciertamente mareantes, y aunque en las películas les encante hablarnos de agujeros de gusano, túneles intergalácticos (e incluso inter-universos, como algunos piensan de los propios agujeros negros) o pliegues del espacio-tiempo que nos permitirían desafiar la relatividad de Einstein y viajar más rápido que la luz, la verdad es que nada de eso lo van a ver los que se arrojan en los brazos del terraplanismo. A ellos les pirra, con razón, la Tierra, nuestro hogar, y lo demás se les antoja un extrarradio colosalmente innecesario. Los herederos de Copérnico les recordamos que es imposible que con semejantes distancias no exista una miríada de Tierras fértiles y rebosantes de vida, pero eso no es demasiado consuelo, primero porque nunca jamás las conoceremos, y después porque tampoco parece creíble que vayan a ser mucho mejores lugares que el nuestro. Como en casa en ninguna parte, piensa el terraplanista: un solo suelo, un solo cielo y el viejo Dios en bata y zapatillas velando por todo. La cosmología actual lo intenta, con proezas realmente meritorias como la imagen borrosa del agujero negro de la semana pasada, pero lo cierto, en mi opinión, es que es ya incapaz de aportar esperanza alguna al futuro de la humanidad. De acuerdo que esa jamás debió ser su tarea, pero habíamos aprendido a creer que sí, y estrellas -nunca mejor dicho- mediáticas de la astrofísica nos siguen insistiendo en que así es, en que todo el Cosmos es digno de veneración y pasmo pese a consistir en un capricho del azar, un sinsentido transitorio y como un sueño errático de la Nada.

Pues bien: frente a ello un lugar tan variado, bullicioso y trágico como la Tierra sí que es un verdadero milagro. La Tierra no es una mota de polvo en el océano cósmico, como se oye decir despreciativamente, la Tierra es enorme si la medimos desde escalas atómicas o subatómicas. Tampoco es cierto, como señalaba Carl Sagan, que precisamente la consideración de la enormidad cósmica nos debiera hacer recapacitar sobre lo insignificante y relativo de nuestras pasiones y disputas humanas. Precisamente porque estamos rodeados de tanta ausencia de vida, de tanta vastedad inorgánica, cada cosa que hacemos o sufrimos recaba para sí todo el sentido del mundo. Somos el culebrón del universo, somos el escenario donde de verdad ocurren las cosas. A Hawking le parecía fascinante la explosión de una supernova, yo prefiero al vecino bajando la basura en calzoncillos. Los miles de millones de Tierras que sin duda existen por ahí, en nuestra propia galaxia, albergaran vidas para las cuales también algo parecido a su equipo de futbol tiene más interés que la foto de un agujero negro. De hecho, si yo fuese un agujero negro (Dios no lo quiera, con lo que me ha costado hacerme una profesioncita), lo que más desearía es hacer fotos de la vida de los humanos, por matar todavía más el tiempo -congelado más allá del horizonte de sucesos, ya se sabe-, y por aquello que decía Nietzsche de que “si miras fijamente y por largo tiempo el abismo, el abismo te devuelve la mirada”… (más o menos Más allá del bien y del mal, 146).   


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3 Comentarios

  • Llevas razón en que las cosmovisiones que proyectan los astrofísicos son todo menos tranquilizantes y confortables desde una perspectiva existencial y desde luego no sustituyen, ni creo que pretendan sustituir, ese calor, siempre relativo y ambivalente), que antes aportaban (y todavía aportan a mucha gente) las religiones. Un universo tan grande y lleno de calor y frío que nos ignora, donde los millones de años luz se confunden con el horizonte de sucesos en el espacio tiempo, las galaxias y los agujeros negros no es muy distinta a esa visión del infierno que describía Dante o quizá de ese cielo donde viven los ángeles custodios siempre con las nubes por encima de los tobillos. Ese universo que, desde el primer segundo, ya dura tanto tiempo y, en cualquier caso, existía antes de poder pensarse de esta manera, está claro que no evita de ninguna forma (al contrario nos pone directamente frente a ello) lo que tanto nos inquieta y nos seguirá inquietando: el dolor y la muerte, la vejez, la pérdida siempre posible de todo lo que amamos. Y cómo vivir con esa consciencia sobre todo cuando se va apagando el impulso vital.

    Quizá a eso se referían Lyotard y Rorty cuando cuestionaban que la ciencia pudiera aportar conocimiento significativo a cuestiones esenciales del “yo cambiante”, a la sabiduría necesaria para deslizarse en el mar de la vida sin dejarse invadir por el miedo y la desesperanza. Salvo el rechazo de la superstición del otro mundo que siempre ha acogotado éste, no nos engañemos, lo que no es poco. Y también el rechazo de la superstición generada por su propio conocimiento insuficiente cuando se sacan conclusiones que no pueden sacarse, lo que ocurre tan a menudo. Pero siempre es la referencia de los hechos científicos los que pone algunas cosas en su sitio.

    Quizá por eso tiene un lugar de la filosofía (incluyo en ella la psicología) y el Arte, pero la verdad es que en los últimos tiempos no parece que se estén creando alternativas que apetezca mucho transitar, como no sea para deconstruirse y patinar bucles melancólicos. Y deberían servir para ayudar a conseguir esa fuerza para vivir vidas amables desde la finitud. El reto que siempre hemos tenido los humanos y que también tendrá el “Homo Deus”, aunque Quizá tenga otras prótesis. Menos mal que nos queda el gran Epicuro.

  • Epicuro era un hombre enfermizo que no tuvo hijos, que descreia de la cultura y de la política y que no esperaba del futuro más que gratos recuerdos de contactos amistosos descomprometidos… Muy acertadas todas tus observaciones, pero no puedo rendir culto a aquel hombre como resultado último de humanidad. El placer es algo demasiado chato y trivial como para justificar una vida, en el placer no se hay meta ni nobleza alguna (uy, lo que he dicho…)

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