(Auto)Apocalypse Now…

La noticia de que sobre un octavo de las especies vivas (animales y también vegetales) en la Tierra pende una espada de Damocles ecológica por obra de la sobre-explotación humana estaba entre las primeras páginas de los periódicos ayer, y hoy ya se ha hundido hasta las páginas irrelevantes de las alarmas perroflauticas a las que nadie atiende. Sin embargo, se trata de un hecho descomunal, proclamado por un informe de 1500 páginas avalado por la ONU que recoge una investigación de tres años en la que han participado 145 expertos de 50 países con la colaboración de 310 especialistas más y en la que se examinan las transformaciones de la biodiversidad del último medio siglo. Es decir, que no hablamos de un eslogan electoral del PACMA, ni de otra pequeña sombra sobre nuestra mala conciencia apadrinada por Greenpeace o por el hijo o la nieta de Félix Rodríguez de la Fuente. En un mundo menos ensimismado en su estrafalario espectáculo humano (el ensayista italiano Roberto Calasso lleva años señalando con toda razón que la religión predominante de la sociedad actual es la auto-adoración humana, y de hecho esta otra noticia tiene más prioridad hoy en ciertos medios, una conmoción como esta sería portada durante un año, se leería en aviones-anuncio sobrevolando las playas durante las vacaciones, daría que hablar a los parroquianos en los bares y en el dentista y movilizaría un millar de iniciativas cursis en Internet y en las escuelas. En vez de eso, da la sensación de que nos hemos convertido en una raza tan insensible y ciega que para que nos estremeciese lo más mínimo el destino animal y vegetal que nos rodea haría falta plantear más bien el negocio diametralmente opuesto: ofrecer la oportunidad a los ricos más cansados de todo, por ejemplo, de darse el gusto de eliminar cruelmente y con sus propias manos al último ejemplar de una especie a cambio de una fuerte suma (esto puede parecer una exageración misantrópica mía, pero estoy convencido de que en realidad bastaría con proponer dentro de unos años el intercambio bajo cuerda y lejos de las cámaras para conseguir un buen montón de clientes de renombre…) Porque, no puede caber ninguna duda al respecto, frente a un holocausto bestial y anunciado como este cualquier noticia acerca de la rebelión de Guaidó, los pactos del PSOE o el final de Juego de tronos es sencillamente ridícula e insignificante, como comparar la Peste Negra que asoló Europa como el resfriado primaveral de un caniche.

Se diría que al ser humano no le basta con extinguirse él mismo, como proponen los antinatalistas (no sin antes hacerse un selfi apocalíptico poniendo morritos y sacando mentón al abismo), antes tiene que llevarse por delante al resto de sus compadres de planeta. Los científicos de este informe han insistido mucho estos días -y llevan insistiendo décadas- en que la reducción de la biodiversidad y el deterioro natural irreversible implica una grave amenaza sobre el nivel de vida de que gozamos los hombres y las mujeres del Primer Mundo, pero a mi me parece que este es un argumento secundario, pueril. Por proponer una analogía, no se le puede decir a un niño que es malo contaminar un río porque así no podrá bañarse ni beber de él después. No: a un niño hay que enseñarle que es malo contaminar un río porque sí, porque el río es un dios, como en El viaje de Chihiro, aunque esta sea una visión mitológica, entre hindú y como de Mark Twain, de un río. La idea de que toda presencia natural en la Tierra, sea animada o inanimada, tenga que ser vista como un recurso económico posible o como una utilidad disponible para una empresa humana rentable o para recreo y diversión del hombre es ya el germen mismo de la destrucción masiva que hoy estamos afrontando.

Conozco a mucha gente, sin ir más lejos, que odia a las palomas de ciudad (una especie, por cierto, que jamás se extinguirá por sí sola si no la aniquilamos nosotros), a las que califica despreciativamente de “ratas con alas”, por su supuesta capacidad de transmitir enfermedades infecciosas o por producir heces corrosivas para la anatomía de los edificios. A mi me parece, sin embargo, que es una gloria ver bandadas de palomas dispersándose en cualquier plaza, y que no me imagino las plazas frente a las basílicas de San Marcos o de San Pedro, en las que estuve de niño, sin ellas. Desde luego que habría que controlar su loca fertilidad, pero no sustituirlas por drones con forma de paloma a las que los viejos alimenten con la batería de su móvil, pongamos por caso. Pero sólo espera que a una start-up se le ocurra implementar la aplicación correspondiente… Estamos locos, estamos peor que una bandada de palomas infecciosas y zombis, y lo malo es que lo sabemos, que nos lo advierten todos los días y nos hacemos los suecos –con perdón de los suecos, mucho más civilizados sin duda que muchos otros países del mundo. Vamos camino de preferir un mundo en el que nuestros hijos se regalen con una variedad infinita pero absolutamente indiscernible de videojuegos cuyo argumento es siempre derramar sangre a que sigan coexistiendo en el futuro con un millón de especies vivas que se van a perder irremisiblemente en el tiempo, como lágrimas en la lluvia… Ya no habrá zoólogos, ya no habrá botánicos, por no haber no habrá ni las gárgolas parlantes de la catedral de Notre Dame, sólo habrá escapistas adictos a la conexión virtual, como en el Ready Player One de Spielberg. Y fuera de la conexión, el Desierto de lo Real…

 Ayer, una de las mentes pensantes involucradas en el informe de la ONU, un tal Robert Watson, ex presidente nada menos que del Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES), declaraba algo tan revolucionario pero a la vez tan elemental como esto: “necesitamos un paradigma económico modificado para un futuro más sostenible”. Cuando hasta un señor que no está metido en política se mete en terrenos anticapitalistas o post-capitalistas seguramente sin pretenderlo expresamente es que la historia  humana está dando un giro crucial, o que debería darlo pronto. Sería estupendo, sería ejemplar, que lo hiciéramos, pero, ya puestos, no de cualquier manera. Que lo hiciéramos, sí, que acertáramos a ser tajantes y severos con quien hubiera que serlo y detener este autoapocalipsis absurdo, promovido por nosotros mismos en contra de todo, pero en nombre de la subsistencia misma, casi sagrada, del dios-rio, de todos los dioses-río de la Tierra, no por evitar o no evitar quedarnos ulteriormente sin agua potable o sin poder bañarnos en ellos. Llamadme carca, llamadme meapilas, llamadme conservacionista o llamadme beato supino de Gaia, pero incluso a la hora trivial de bañarse o beber, creo que a nuestros hijos y nietos nostálgicos de la Madre Tierra ni una piscina rellena de champán francés les parecerá en el futuro lo mismo…

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4 Comentarios

  • Naturalmente, la reacción racional a este texto es señalar que es supersticioso sacralizar la naturaleza, que los hombres no somos malos por convertirla en el campo de nuestro aprovechamiento y que en realidad basta con ser moderados y explotar la Tierra sin agotarla. Y, claro, yo también estoy de acuerdo. Es lo que se llama la vía del «desarrollo sostenible». Sin embargo, creo que esta noticia le da la puntilla, demuestra que aquello no era más que ideología, en el sentido de falsa conciencia. Por eso aquí me he puesto más radical, no porque acostumbre yo a entrar en comunión mística con los arbustos. Recuerdo el final de uno de los últimos libros de la Fundación de Asimov, cuando Golan Trevize tiene que elegir entre el individualismo y Gaia, porque de ello depende el destino de la galaxia. Recuerdo, pero no lo cuento…

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