¡Qué vida Manolo!

Destino por tradición familiar, destino por herencia económico-social, destino azaroso… son solo algunos de los factores que determinan la consecución humana y profesional de cada persona. Hablando de Manuel Martínez Hugue (Barcelona, 1872 – Caldas de Montbui, 1945), hijo de militar, el destino podría haber estado meridianamente claro. Pero no fue así. Su progenitor desertó de las maniobras paternas por campañas en Cuba, y es por eso la omisión del apellido paterno en todas las obras de este escultor (también poeta, pintor y orfebre), y de su vida en general, y es por eso que desapareció el factor económico-social en su ecuación formativa, y su vida quedó a merced del azar y de progresar en habilidades de supervivencia, y mas aún cuando perdió a su madre  en plena adolescencia. Tomando el manual actual, nos encontramos ante un muchacho en peligro de exclusión social.

Parte de las andanzas de Manolo en aquella Barcelona finisecular del XIX, y de sus posteriores etapas, las podemos disfrutar en la obra de José Pla, Vida de Manolo, atlas de vivencias, reflexiones, crónicas y anécdotas que nos ilustran obra y gracia del artista catalán. Leamos el siguiente autorretrato al natural, sin maquillaje ni photoshop:

«Fuí uno de esos chicos que hacen caer la cara de vergüenza. Cuando advertía en la calle la presencia de algún familiar, me escabullía por la primera esquina para no verle llorar. (…) Era un chiquillo y ya conocía todas las timbas, burdeles, casas de dormir, tabernuchos, rincones y rinconcillos de Barcelona. Trataba y conocía a majos y valientes. Era lo que se llamaba un “pinta”.

Fernande Olivier

Aquel chiquillo se estaba forjando en el arte de la supervivencia, superando curso tras curso, preparándose, sin saberlo, para el “Erasmus” que le depara el nuevo milenio. Y sea quizá este “arte” del que procede su peculiar don de gentes y agraciada verborrea, híbrido de gran orador y perspicaz chambarilero. Las amistades y contactos de Hugué darían lugar a un arcaico listín telefónico donde se verían personas y personajes de toda índole social. Y como se evidencia por lo esbozado, la otra gran aptitud adquirida nos conduce a situarlo bordeando la ley e incluso pisándola. Pues cuando los contactos fallaban y el hambre acuciaba las cosas se cambiaban de sitio para poder mitigarla. Esta necesidad llanamente básica, chocaba una y otra vez con las estrecheces en que vivió buena parte de su vida, convirtiéndose en una de las causas que podemos señalar como cercen en la extensión de su obra.

Els Quatre Cats. Picasso

Se podría pensar que ahora viene el milagro por el cual aquel muchacho se cae del caballo y ve la luz, pero no. Como relata el propio Manolo, llegó a la Escuela de Lonja porque estaba muy flojo en gramática y aritmética. En la Lonja recibió sus primeras clases de dibujo tuteladas por el pintor Benito Mercadé, del que tuvo buen recuerdo y apreció mucho, pero no fue suficiente para establecerle una rutina, pues entre otras peripecias, el dinero que su abuela le entregó para abonar las matriculas del curso siguiente se las gastó comiendo bacalao a la sartén en una taberna situada en los bajos de la Lonja. Esta anécdota creo que nos sirve para situar el fuste de su carrera, clarificándose por completo al leer la respuesta de porqué fue escultor.

«No lo sé exactamente (confiesa a Pla) quizá me resultó mas fácil hacer narices y manos que aprender la tabla de multiplicar. Y añade: ¡Que le vamos a hacer! En nuestro país la gente sigue, generalmente, el camino del menor esfuerzo y así andamos.»

Pablo Picasso

Es por tanto que de manera azarosa o por simple probabilidad de prueba-error se encamina por una profesión que profesaba una vez tenía cubiertas sus necesidades. Y como es evidente, este orden de factores le conduce al caos. Y para esta ilustración cave traer la descripción que nos ofrece Fernande Olivier en su libro, “Picasso y sus amigos”.

«Este pequeño español, con los ojos negros en una cara demasiado negra, bajo el cabello muy negro, irónico, alegre, sensible, perezoso, extremadamente nervioso, sumiso cuando era necesario, pero con una pirueta sabía como evadir al menor yugo, se convirtió en el escultor que conoces. Era escultor entonces, cuando las preocupaciones de la vida material le daban tiempo, es decir, muy raramente.»

Uno de los trabajos que parecía como caído del cielo le llego atrevés de una efímera relación sentimental. El padre de la novia tenía una lechería y mantequería, siendo su cometido en aquel negocio hacer esculturas de mantequilla que expuestas en el escaparate atraerían la atención de  futura clientela. En esa etapa no le falto comida ni trabajo, pero un día el futuro suegro descubrió problemas de salud intima en su hija a consecuencia de… Según las crónicas, armado, fue en su busca y al encontrarlo le presentó la carta de despido en plomos, que afortunadamente no le causaron daños que lamentar.

Manolo Huguet por Pablo Picasso

Barcelona propició a Manolo un ambiente artístico notable, tanto en artistas como en espacios culturales, huelga apuntar que fue asiduo de Els Quatre Gats, y talleres como la fundición Masriera donde estuvo trabajando un tiempo. El referido don de gentes acrecentó su cartera de amigos y conocidos ligado al mundo de las artes. Destacaremos de entre todas las amistades a Carlos Casagemas, Santiago Rusiñol y Antonio Bofill. Este último fue quien le hizo vibrar con la escultura descubriéndosela desde la Antigua Grecia. Rusiñol y su esposa procuraron que tuviese una vida asentada, abogando incluso por su boda con una joven de buena familia. No hubo manera. Del pintor Casagemas cabe señalar el aliento que le transmitió para hacerlo viajar París, brindándole pensión para su alojamiento y apoyo en todo lo posible. Momento que llegó en 1901, cuando otra de sus amistades, Alejandro Riera (comerciante de productos químicos y coleccionista de arte) se ofrece a pagarle el billete y a disfrutar de su compañía en el viaje que tenía previsto a la capital francesa. Viaje que emprendió con tan solo los diez duros que le dio Rusiñol.

Santiago Rusiñol

La capital gala cautivó inmediatamente al incipiente escultor barcelonés. Tras pasar unos días con Riera fue en busca de Casagemas, así que se dirigió al número 130, tercero, del Boulevard de Clichy. Lo recibió con los brazos abiertos y lo invitó a cenar junto con otros tres amigos y dos grisettes de Montmartre. Camino del restaurante echaron un montón de cartas que el pintor tenía preparadas. Lo acontecido seguidamente así queda relatado en el libro de Pla.

«La cena fué excelente y bebimos todos un poco de mas de lo corriente. Esto contribuyó desde luego a privarme de ver las cosas claras. Durante el transcurso de la cena Casagemas estuvo muy nervioso y no sabía lo que hacía. En un momento determinado se levantó de la mesa y pronunció un discurso. Fué en el curso de esta peroración (en francés, idioma del cual Manolo en ese momento no sabía ni j) cuando de pronto, sin ton ni son y con un gesto muy violento, se llevó la mano al bolsillo, sacó un revólver y disparó en dirección de una de las mujeres. La muchacha se dió cuenta del gesto y tuvo el tiempo justo de bajar la cabeza. (…) La bala le pasó rozando el cuello agachado. Yo me quedé viendo visiones, pero al cabo de un instante de duda di un salto y traté de abrazar a Casagemas para detener sus posibles gestos. Era mucho mas alto que yo y no pude fajarle los brazos. Un momento vi pasar un revólver delante de mi nariz. Con todo hice un gran esfuerzo, traté de cogerle por la espalda y presioné con mi cabeza sobre el hombro, con toda la fuerza de que fui capaz. Pero se oyó otro disparo y en mi frente repercutió el golpe seco que dio su caja torácica. Casagemas cayó en mis brazos y me di cuenta al instante que tenía en la boca la fatiga de la muerte. Perdí el conocimiento y cuando lo recobré me dijeron que lo habían trasladado a un hospital lejano…«

Torero

El joven pintor falleció poco después en el hospital y la noticia de su muerte ya estaba en camino de familiares y amigos pues las cartas enviadas previamente a la cena la contenían. El golpe emocional que recibió Manolo debió ser inconmensurable y su futuro en aquella ciudad quedaba truncado como reconoce el propio Hugué. Su muerte contribuyó a que cayera en un periodo de miseria indescriptible. A un tal Pablo Ruiz, amigo del difunto y colega del gremio, la noticia de su muerte también le afectó hasta el punto de cambiar su paleta de colores. Picasso comienza la etapa azul con una serie de obras dedicas a su amigo. Y en el plano social se podría decir que tiene un final grotesco. A saber, la víctima del disparo, Laure Gargallo mas conocida por Germaine, tiene rollo con Picasso levantando los celos a Hugué. Y para mayor humillación de Manolo, Pablo deja testimonio gráfico en una carta enviada a Utrillo. Pese a estos líos de faldas, Manolo tuvo siempre una estrecha relación con el demiurgo malagueño. La amistad entre ambos ya había comenzado en Barcelona y en la capital gala se fue acrecentando y convirtiéndose en el resuello que aliviaba los momentos de dificultad que asediaban al catalán. Pongamos como ejemplo la mediación de Hugué en la venta de dibujos realizados por su amigo andaluz para obtener comisión. Y por lo que respecta al área profesional la admiración siempre fue mutua. Sabemos por Antonio D. Olano (“Picasso íntimo”. Ed. Dagur. 1971) que las esculturas que tenía Picasso de su amigo Manolo las conservaba como en constante exposición en la parte baja de su casa, gozando cada vez que las mostraba, y cuando hablaba de su persona lo hacía en un tono de entusiasmo muy pocas veces empleado.

Aragonés

Hablar de bohemia y París parece que es algo instrínseco, con reminiscencias de un aura sublime, encontrándose incluso en esa lista de destinos para cuando salgan a la venta los viajes en el tiempo. La vida de Manolo en el Paris del nuevo siglo tiene un porcentaje muy pequeño de esa bohemia idealizada. Como se dice en el Buscón, no por cambiar de lugar se cambia de vida, y básicamente la “picaresca” profesada en Barcelona también se profesará en París. Sin entrar en juicios de valor, vayamos a la secuencia ideada por Fernando Colomo en su película “La banda Picasso”. Exposición en una galería de Paris donde llega Pablo Ruiz con su “banda” entre los que no falta Hugué, quien simula tropezarse con Leo Stein para birlarle la billetera, indicar el botín a la cuadrilla y salir todos de la exposición como alma que lleva el diablo. Colomo aclara que esta escena es fruto de su imaginación, pero que no sería una ficción inverosímil. Y es precisamente por su grado de realismo retratando la bohemia amable y la caracterización de Hugué por la que merece su apunte. Pero la parte no filmada, la mas agria, es aquella en que vemos a Manolo hablando mal de los progresos en comunicaciones, industria… arremetiendo contra el materialismo, para así no descubrir su vida carente y decadente. Creo que hoy en día esto se conoce con el termino postureo, término quizá mas amable que impostor.

Malabarista

La actividad que ocupó la mayor parte de su tiempo en París fue andar, hablar, ver y meditar, en ese orden, aclara. Como ya apuntamos en palabras de Fernand Olivier, el trabajo escultórico fue escaso, y en ocasiones abandonado, pues cuando las semanas sin pagar la pensión se acrecentaban la salida era sin mudanza. Por contra la ciudad del Sena propició conocimiento, fue asiduo de los museos donde se autoexaminaba para reconocer los estilos y épocas de las obras que a su vez tomaba como fuente para ir adquiriendo su lenguaje plástico, sin perder de vista las vertientes de su tiempo. Tenia que resultarle cuando menos curioso salir del museo Cluny para llegar al estudio de Picasso donde se hablaba de la cuarta dimensión y ver como se estaba cocinando el Cubismo. Y que decir sobre la invitación de Albéniz para cenar en su casa y luego ser agasajado con el piano del maestro e incluso recibir dinero pues el compositor bien conocía la dificultad de su compatriota.

Manola

Francisco Durrio fue otro de los amigos que le dio sustento y alecciono en cuanto a orfebrería se refiere. Y si, esta relación también estuvo salpicada por simpáticas anécdotas. Cuenta Manolo: «Durrio es un hombre muy corto de talla, un día tuve un mal momento y fuí a empeñar unos pantalones del escultor vasco. En la casa de empeños no los aceptaron alegando que por los pantalones de ciclista no daban nada. Cuando Durrio se enteró armó un escándalo inenarrable, no por el acto en si, sino por lo de ciclista. Tuve que echarme a correr porque me hubiera matado.«

Maternidad

Y otras mas escabrosas como la acaecida junto a un tercero, un panadero barcelonés que llegó a París tras desertar del ejercito por agredir a un sargento. Resulto que el muchacho tenia un cuerpo musculoso y aconsejado por su paisano fue a ofrecerse como modelo al estudio de Rodin teniendo la suerte de ser contratado y percibir por ello pingües beneficios. Pero «dado que cuanto mas dinero teníamos, mas gastábamos, nos ocurrió el desgraciado asunto de las telas de Gauguín«, oleos que Durrio adquirió del propio artista. Confiesa Manolo que se vio obligado a empeñar una de aquellas obras y el panadero, desconocedor por completo de su significado y valor tomó toda la colección con dirección a la casa de empeños y con los francos obtenidos sacó un billete para América. No sin mucho sufrimiento fueron recuperados por Manolo.

Chula

Nueve fueron los años que trabajaron de esta guisa la vida de Manolo en París. Hasta que su carácter indómito se fue sosegando y con ello su obra creciendo a la vez que reconociéndose en el mercado. «Frank Haviland, de la manufactura de porcelanas de Limoges, me había comprado algunas piezas. Haviland, oriundo de los Estados Unidos, tenía un hermano en Nueva York; este vendió mis piedras allí a diversas colecciones públicas y privadas.» Pero fundamental fue la conexión y aceptación del marchante alemán Daniel-Henry Kanhweiler y la partida de París (1910) hacia el sur, concretamente a un rincón del Pirineo llamado Ceret, destino que fue para muchos de sus amigos al llegar la Gran Guerra. 

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