Algunos clásicos de terror y la Alt-right mundial

«La felicidad es percibirse a sí mismo sin temor.«

Walter Benjamin

Lo malo de la mayoría de las historias o películas de terror es que son totalmente triviales. Por eso les gustan a los adolescentes, porque se ponen a sí mismos a prueba y descubren que siempre terminan riéndose. Interpretan que consisten en una serie de sustos, y el que no los anticipa pierde. Y es que, claro, los relatos de terror verdaderamente estremecedores provienen de la realidad, y al terminar de oírlos nunca te puedes reír. Recuerdo a ese hombre que no hace más de un año se olvidó de llevar a su bebé a la guardería y con las prisas por llegar al trabajo lo dejó dormido en la sillita de atrás del coche hasta que con el calor del día murió asfixiado. O esos soldados a los que no llegó la noticia de la paz al final de la Primera Guerra Mundial, y siguieron matándose mientras que el resto del mundo estaba ya de fiesta. O esa chica que, completamente nerviosa, confundió la orden de no saltar con la de saltar (“don´t” con “do it”) cuando su instructor de puenting aún no le había enganchado la cuerda. O, por último, cuando en el genocidio de Ruanda los paramilitares daban a elegir a las familias entre entregar sus propiedades y morir de un tiro, o callar frente a sus asesinos y morir a machetazos. Los ejemplos podrían multiplicarse, y para eso están los medios de comunicación, para exacerbar los que más les convienen y silenciar otros que quizá podrían relativizar aquellos.

Lo que es cierto es que ante esa capacidad inagotable del mundo o, si se quiere, del azar, para producir desgracias irreparables y boquetes de dolor a pequeña o gran escala, el cuento mil veces repetido de la muñeca diabólica, la casa encantada o la hipnosis del señor Valdemar es verdad que dan más risa que miedo. Se ha dicho alguna vez que los chistes son reaccionarios, por ese gusto que tienen o tenían ciertos humoristas de antaño de sacar a bailar delante de su público a negros, maricas, gangosos o catalanes. No sabría pronunciarme al respecto (el humor siempre contará con buena prensa, al menos después de muerto el ciego de El nombre de la rosa), pero creo que ocurre lo mismo con el género de terror. ¿Qué es lo que de verdad da miedo en una película pasada o presente de terror, sobre todo entre las que las que realmente vemos, que son, como en todo, las norteamericanas? Pues está claro que, en la mayoría de los casos, se trata de la irrupción salvaje, no diplomática ni preparada de antemano, del otro relativo, es decir, de aquel que es como nosotros (no sirve, por ejemplo, el otro absoluto a la manera de un huracán XXL o una plaga de arañas asesinas, a no ser que se les atribuya alguna clase de oscura intención humana), pero que pretende suprimirnos para ocupar nuestro lugar y vivir nuestra vida, solo que a su repulsivo estilo

Recuerdo que Orwell, en «El camino a Wigan Pier» hay un momento en que dice que el origen de todo racismo es mucho más instintivo de lo que creemos. Un europeo se baja de un avión en un país magrebí y ya desde el mismo instante en que pisa tierra encuentra que todo huele a moro. Igualmente, parece que los árabes, que se alimentan de forma distinta a la nuestra, encuentran que los blanquitos olemos a leche agria. Desde luego, el propio Orwell sabe que esto es una terrible simplificación de procesos históricos y migratorios más vastos, pero algo de eso hay. Es difícil realmente creerse un discurso xenófobo o racista si no sientes antes, o a la vez, una especie de asco fundamental referido al físico de aquel o aquellos a los que te están induciendo a odiar. En las novelas de Faulkner, los blancos y los negros están ya tan acostumbrados los unos a los otros, han hecho tanta vida, y roce, y establo juntos, que más bien lo que hay es propensión a cruces entre colores de piel. En cambio, en las novelas de Houllebecq, mucho más irreales y basadas en las pesadillas misantrópicas del autor, los musulmanes producen aversión en un sentido bastante corporal. Houllebecq, no en vano, es un lovecraftiano. Lovecraft (o Hatecraft, como se le ha rebautizado alguna vez en honor a este aspecto suyo) era un tipo que caminaba por la calle sintiendo verdadero asco ante la variedad de fenotipos humanos que le rodeaban, a los que luego convertía en criaturas monstruosas e infectas en sus famosos relatos[1]. Es propio, pues, de la actitud reaccionaria y xenófoba esa percepción del otro como alguien asqueroso de ver y tocar, como alguien que aspira a acostarse con tu mujer y robarte el trabajo pero no como lo haría uno de los tuyos, a los que puedes odiar o envidiar de un modo más intelectual, más abstracto, en tanto proyecciones alteradas de ti mismo, sino a la manera de un engendro, de un parásito, de algo inhumano e intolerable, de miembro de una plaga que asola la tierra y contamina el aire, y aquí es donde tocamos el nervio principal de muchas novelas y películas de terror célebres y hasta de alguna calidad.

Los clásicos, en este sentido, cantan, o al menos algunos de ellos. Cintas como Nosferatu o El gabinete del doctor Caligari son antes manifiestos artísticos que películas que busquen aterrorizar realmente a sus espectadores. Sin embargo, con La invasión de los ultracuerpos, de 1956 (los posteriores remakes no veo que aporten nada nuevo, excepto el escalofriante final de la de Donald Sutherland), entramos en un terreno nuevo. Aquí el terror estriba en que vamos siendo sustituidos por impostores que se nos parecen mucho, excepto que no tiene corazón. El corazón es la fuente de nuestros defectos y de nuestros sufrimientos -hasta el punto de que un personaje ya transformado de la película puede prometer que en la nueva vida “ya no habrá más lágrimas”…-, pero también del hecho mismo de estar vivos[2]. Es posible que en La invasión de los ultracuerpos el correlato de los avatares vegetales (los vegetales, claro, no tienen corazón, y actúan siempre igual) fueran los súbditos de la Unión Soviética tal como los presentaba la propaganda de la época.

Pero eso no importa, lo que importa es que el patrón se repite en La cosa, de John Carpenter, que ya es de los años ochenta. Allí cualquiera de tus antiguos colegas podía ser el enemigo viscoso, cundía la paranoia general. Y el entorno no era una ciudad de provincias, como en La invasión…, era un paraje helado, un no-lugar, o el lugar metafórico que representa el núcleo de la batalla por la humanidad –como en Planeta prohibido, también de 1956, donde toda una raza alienígena ha sucumbido a sus propios monstruos interiores, en este caso por no conocer a Freud. Ya había pasado el macartismo, hasta J.E. Hoover (muy bueno el biopic de Clint Eastwood, por cierto), que veía radicales y comunistas en todas partes, había muerto, y, sin embargo, la semilla había sido plantada y bien plantada. La semilla del diablo que Roman Polanski había regado años antes también, o que en Alien recordaba que fuera de casa habitan criaturas de pesadilla tan oscuras y abominables como el espacio exterior pero que se meten en la intimidad de tu barriga como el bebé de Polanski[3]. Gremlins, también de los ochenta, pasa por ser una película infantil, pero hay que leer la novela original -yo lo hice entonces, no sé por qué, y también la de Cocoon– para darse cuenta de la importancia que realmente tenía lo que sólo se mencionaba de pasada en el film: un gremlin es un duendecillo que estropea la maquinaria autóctona de la industria de un país, es decir, que los gremlins son para el norteamericano una especie de saboteadores extranjeros que hacen que mi coche o mi moto no funcionen bien y me tenga que comprar uno japonés o alemán, que en muchas ocasiones se dirían mejores a simple vista…

Realmente, la xenofobia y el discurso del rechazo al diferente que copa la actualidad mundial de la mano del movimiento conocido como Derecha Alternativa en EEUU se ha encontrado todo prácticamente hecho. Por debajo de él hay terror, y no sabemos si más abajo todavía o al mismo nivel, repulsión y asco al que viste distinto, habla deforme, come mal y huele peor. Toda una industria, la industria del turismo, hace negocio de limar estas diferencias, siempre que quede claro que la cultura del otro es folklore y que hay una frontera nítida entre ellos y nosotros, “ellos allí y nosotros aquí”. Los programas de viajes de televisión pocas veces dejan ver las zonas de pobreza de otros países, y en cualquier caso siempre están de acuerdo en decir que sus playas son el mismísimo Paraíso en la Tierra, aunque se trate de una nación subdesarrollada. La verdad es que era del todo previsible, si uno es un poco receloso, que el nuevo orden mundial tras la caída del imperio soviético diese lugar a la aparición de gente a la que ya no diese vergüenza ser egoísta. Es decir: si buscar la solución para un mundo menos desigual y más armónico se hace cada vez más difícil entre la amenaza de colapso ecológico y la seducción de la tecnología hedonista, una respuesta posible es afirmar que tal solución no existe. O sea: que no hay bienestar para todos, que no hay reparto que valga, que se pudran los perdedores de la historia (esos que Trump llama shitholes countries, países que son “agujeros de mierda”, para que se vea claro lo que decía yo antes que se trata tanto de asco físico como de valoración moral). Los que así dicen se quitan el complejo de cínicos diciéndose a sí mismos, y a su electorado afín, que tan sólo son valientes al encarar la verdad. Lo que hay que hacer, entonces, es proteger tu territorio como sea de las hordas zombis de los famélicos, derrotados, débiles, ultracuerpos en general… Para ello, hay que convencer a tu población de que te vote bajo el argumentario inconsciente -profundamente hincado en el inconsciente por décadas de pantalla grande y también pequeña: recuérdese la teleserie “V”- de las películas clásicas de terror: los otros relativos (ya digo que el otro absoluto, como un meteorito, une más que separa) no tienen corazón, estropean tu maquinaria, logran que cuides a su bebé y lo peor de todo, lo más espeluznante, es sin duda el hecho repugnante de que ocupan tu lugar sin que nadie aparentemente se dé cuenta, pero dejando tras de sí un hedor inconfundible. Así que una de dos, esto es lo que hay: una vez que les dejas pasar, o bien los alíen se te meten dentro y su progenie te revienta las entrañas o bien suavemente, como con buenos modales, se apoderan gentilmente de tu vida entera.

Y la verdad es que sí, que esta es una posibilidad horrible, pero efectiva, de la política actual. Steve Bannon y otros la van predicando por Europa y no dejan de encontrar personas receptivas. Vivimos en un mundo que por un lado nos dice que vamos a vivir en casas y ciudades inteligentes y que ya ha llegado el “internet de las cosas”, y por otro que va a acontecer la ruina ecológica y que no tendremos energía para todos. Normal que mucha gente elija la solución de la no-solución, es decir: me ha tocado en la parte buena del mundo y los demás que arreen. Pero si no lo quieres decir así, si algo de decencia y humanidad resta en ti, lo dirás mejor a la manera de las pelis de miedo surgidas a partir de la Guerra Fría. En Guerra mundial Z, de 2013, Brad Pitt descubre que el truco para que no te ataquen los zombis (que en esta película corren a toda velocidad, con lo que no da tiempo a eviscerarlos a tiros) es contraer una enfermedad. Si te detectan enfermo, no te comen. Así es, sacando un poco las cosas de quicio por mi parte, como la Alt-Right ve a la izquierda: los izquierdosos son esos que enferman aposta, a fin de sentir empatía y solidaridad con los pobres, emigrantes y agujerosos-de-mierda del planeta. Ellos, en cambio, derechita valiente, los tratan desde la salud recién adquirida del que se ha quitado la máscara biempensante y ya no se siente culpable de ser quién es, el triunfador de la globalización. Son el Occidente que madruga, para mejor entonar el “Cara al sol”, o lo que toque. Pues bien: a día de hoy, en medio del conflicto por Huawei, sabemos que a China esta visión tan proteccionista no le gusta, ahora que estaban preparando la Nueva Ruta de la Seda. Para madrugadores los primeros ellos, que para eso encarnan el ascenso del capitalismo de estado y además son una potencia nuclear. Como exporten su modelo de control social, desarrollo a toda costa y sacrificio en pro de las futuras generaciones nos vamos a llevar más sustos que en La monja (aunque a mí la que me gustó fue la española Rec, y el Proyecto de la bruja de Blair, que fascina todavía a los adolescentes, confieso que aún no me he atrevido a verla…)

De modo que próximamente, en sus pantallas, vuelve el miedo y el asco al peligro amarillo.


[1] El último representante exitoso del lovecraftismo, por así decirlo, es un tipo llamado Thomas Ligotti, un señor bastante feo y recluido, como su mentor, que dice haber sufrido muchos ataques de pánico, gastritis, depresión y ansiedad en su juventud, y de ahí su visión del universo y la existencia como un lugar espantoso y fútil. Un ataque de pánico es como un orgasmo invertido, y en este sentido algo que deja la huella psíquica opuesta al placer, pero la conclusión que Ligotti ha sacado de tan desagradables experiencias al menos no tiene que ver con un juicio a un grupo humano frente a otros, sino que estamos todos irremisiblemente perdidos en bloque, considerados desde la perspectiva de la lucidez hiperconsciente. (Si es cierto, en mi opinión, que la salud mental depende en gran parte en nuestra incapacidad o renuncia a pensar a largo plazo. A largo plazo, dijo Keynes, todos calvos, una reflexión que nutre impúdicamente al capitalismo actual. Somos felices en la medida en que no nos preguntamos “qué viene después” de nuestros siguientes actos conscientes previstos, y en la medida en que confiamos en la lotería del futuro, de manera que una situación nietzscheana -de copresencia del presente, pasado y futuro y Amor Fati- como la planteada en la película La Llegada a mi me parece que sería del todo invivible. La gente más sana, pues, es la que vive en una lotería permanente, sin importarle demasiado el resultado, no la que se esfuerza por tenerlo todo controlado, que cae en la patología psiquiátrica y entre la que se cuentan los filósofos).

[2]Si alguien, psicólogo, telepredicador, mesías o político te promete que jamás habrá más lágrimas en tu vida es que viene a embaucarte y luego estafarte y dominarte. El mensaje publicitario inicial de toda nueva ideología es siempre el mismo: Jesús te ama. O BBVA vela por tus ahorros, o Vitaldent se preocupa por tu salud dental y la de tu familia, o votando a este partido ganas tú, es todo lo mismo. Lo que uno tiene que preguntarse ante eso es… “¿Qué habré hecho yo para que tanta gente, incluso personajes sobrenaturales, se muestre tan dispuesta a salvarme? ¿Y a salvarme de qué?”

[3]Por no hablar de otras películas que no fueron concebidas como de género de terror pero están atravesadas por una fibra terrorífica, como Pasaje a la India, Apocalipse Now y El señor de las moscas. La primera, al igual que en la novela de E.M. Foster, viene a tematizar que el hombre blanco jamás podrá asimilar el secreto más profundo de Oriente cuando lo siente de cerca; la segunda señala lo mismo, pero con respecto a la selva Vietnamita (o al África negra en Conrad); y la tercera, cuyo título es el nombre del mismísimo Diablo, de nuevo lo que nos dice es que ni los niños están libres de la aberración de un espíritu salvaje en estado puro (es, por tanto, el anti-Rousseau, un neohobbesianismo protestante…). Ya se ve, por tanto, que no hay parte del planeta que quede libre del pavor, la aversión y el asco del hombre blanco.

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