50 años del paseo lunar del primer alien…

La luna es un cuerpo celeste pelado y obtuso, como un skin-head. No tiene rascacielos, no tiene árboles, no tiene atmosfera y tampoco tiene cables de alta tensión. Lleva los últimos 50 años desempeñando el papel de estado número cincuentayuno de los Estados Unidos de América, desde que un señor no muy simpático oriundo de aquel extenso país, y que llevaba el curioso nombre de un alíen al revés –Neil A.-, la pisó al tiempo que pronunciaba una frase digna de Kant las pocas veces que se ponía lírico. Otras naciones la han explorado también, y han posado sus sondas en la arrugada faz, pero ninguna ha transportado gente viva capaz de colocar su bandera junto a la del gigante norteamericano. Pero este periodo de supremacismo blanco de la Luna toca ya su fin, puesto que China va a reivindicar el lado pinkloydiano del satélite y hacerlo suyo bajo el control de un sistema operativo rival del de Google. Por lo visto, el aspirante a conquistador amarillo ha descubierto allí un arcaico mar de lava, que es como llegar muerto de frío a un refugio de montana y encontrarse la chimenea sepultada de cenizas muertas.                   

Antes que EEUU, y que China, habían estado allí, por orden cronológico, Luciano de Samosata, Cyrano de Bergerac (el de verdad, no el de Rostand), Johannes Kepler, Julio Verne y Stanley Kubrick. El de Samosata alcanzó la Luna por medios sumamente artesanales, al igual que Cyrano, pero con mucho más mérito imaginativo, ya que él era geocentrista, mientras que Cyrano era hijo del giro copernicano. La Luna de Luciano, pues, era de puro éter, mientras que la del poeta narigudo consistía ya en una gran pelota de barro. Creo que hemos perdido algo valioso e inmaterial en ese tránsito, aunque cualquier apologista de la ciencia actual nos diga que el firmamento es más bello ahora que sabemos que lo pueblan pelotas de barro en torno a braseros nucleares. Los amantes, antes, o los músicos célebres, se dirigían al astro de los lobos -que es como lo denomina insistentemente Verne- y pensaban que nuestra Luna era plateada y sus rayos mágicos y encantadores. Los cráteres, zonas oscuras o escariaciones que vemos en su cara visible desde la Tierra eran para los antiguos, medievales, amantes, lobos, Beethovenes y Debussyes no más que distorsiones perceptivas producidas por la enrarecida atmósfera de la Tierra. Detrás, como tras un velo de polución, flotaba, excelsa, una joya pulida y preciosa, que tiene la virtud de seguirte como un sereno cuando te desplazas por la noche. En vez de eso, ahora, lo que tenemos es lo que seguramente sea un viejo trozo desprendido de la Tierra sin luz propia que genera rítmicamente las mareas y que en realidad está mucho más lejos de lo que nuestros ancestros pensaban. “¡Por ti, atraparía la Luna!”… sueño megalomaniaco del enamorado -o de Gru, nuestro villano favorito– que afortunadamente es imposible, pero cuyo olvido entre la fraseología erótica (arrumbada, en rigor, toda ella como vestigio del funesto heteropatriarcado) denota los malos tiempos que corren y correrán siempre para la lírica…

Kepler, sin embargo, hizo en Somnium, de 1608, maravillas con su estancia en la Luna. Contempló en cielo estrellado desde una perspectiva inédita, la superficie lunar, cosa que ni el propio primer alíen -ya se ha dicho: Neil A. al revés- pudo hacer, puesto que en las fotografías y grabaciones de 1969 el fondo es totalmente oscuro. Allí es donde entra Stanley Kubrick, que según cuentan viajó también en el Apolo XI para rodarlo todo, o algo parecido, no recuerdo bien qué papel jugaba en esta historia. El caso es que el suelo era arena gris, los astronautas daban saltos a cámara lenta y la bandera ondeaba incluso en ausencia de aire. Jesús Hermida locutoreaba lo que iba viendo sin perder detalle en la televisión española, y remarcaba a nuestros padres la gran proeza que suponía todo ello. El hombre había pisado por primera vez la Luna, espoleado por la rivalidad entre bloques, a fin de comprobar que allí no había nada de interés, pero tampoco soviets selenitas desarrollando planes quinquenales bajo la inspección de una KGB espacial.

¿Nada de interés, he dicho? No, siempre está y estará el interés propiamente desinteresado de haberlo conseguido. Es como esos alpinistas que se juegan la vida por hacer cima en un monte que saben de sobra que no viste en su cumbre más que un manto de nieve. O como Paul Newman comiéndose 50 huevos cocidos, pelados y obtusos como cincuenta lunas y cincuenta años de colonización inútil, sólo por demostrar a sus compañeros de encierro que la cárcel no puede vencer su espíritu. Alunizar no sirve para nada, ni es escala para nada. Pero no hacerlo humillaría el orgullo del hombre, somos una especie puñeteramente obstinada. La Luna como el escudero fiel, el perrito Milú, el mini-yo de la Tierra. Luna lunera, cascabelera; el ser humano, como Miguel Hernández, perito en lunas… Yo creo, hablando ya en serio, que aquello ocurrió, que hollamos la Luna, que no se lo encargaron a Kubrick, entre otras cosas porque el perfeccionista de Kubrick nunca hubiese perpetrado semejante chapuza cinematográfica. Pero, si no -porque lo cierto es que nos han contado trolas aún mucho más gordas, como Eldorado, el efecto afrodisiaco del cuerno de rinoceronte y la mano invisible del mercado de Adam Smith-, siempre nos quedará el bonito, humilde y triste poemita de la añorada Gloria Fuertes, y que dice así…

En las noches claras,

resuelvo el problema de la

soledad del ser.

Invito a la luna y con mi sombra

somos tres.  

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1 Comentario

  • La idea más aberrante, pero sin embargo la más verosímil, tiene lugar en la película Hancock, de Will Smith: la luna como el cartelón más grande y más caro, pero de alcance mundial, para colocar un logo publicitario… Pensadlo bien y estremeceos….

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