La Amazonía en llamas

Fotografía Sebastiao Salgado

Sobre los incendios de aquel Agosto en la Amazonía

por Ramón González Correales

Primero los hechos que pueden conocerse por la prensa. Los encuentro, sobre todo, en dos artículos recopilatorios de The New York Times y The Guardián con hipervínculos que permiten rastrear las fuentes de lo que afirman.  Quizá todo comenzó a principios de Agosto con la polémica entre el  Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (INPE) y el gobierno por la publicación de los datos de deforestación y los incendios que se estaban produciendo en el país. El presidente Bolsonaro consideró que los datos presentados eran “sensacionalistas” y precipitó el cese del director Ricardo Galvão un científico de reconocido prestigio. 

Esos fuegos o queimadas se producen cada año y los causan los agricultores que queman rastrojos después de la cosecha o que talan árboles para aumentar sus tierras de cultivo. También, y esto es lo más preocupante, los que confiscan tierras ilegalmente y tratan de aumentar su valor despejando la selva y dejándola libre para la agricultura, la ganadería o la minería. 

Fotografía Sebastiao Salgado

A partir de ahí los datos salieron a la luz y el día 21 de agosto el hashtag  #PrayForAmazon era la principal tendencia en twitter, en general con contenidos que criticaban la deforestación y sus consecuencias para el cambio climático y hacían responsable al gobierno de Bolsonaro por haber cambiado algunas leyes conservacionistas y haber alentado a los colonos a utilizar la selva para su explotación. En algunos casos los tuits incluían imágenes falsas y en ellos se pusieron de manifiesto los presupuestos ideológicos habituales al tratar este tema, además de las posturas de los políticos profesionales de algunos países, por ejemplo Macron, cuyo país iba a acoger la reunión del G7 este fin de semana, que amenazó con paralizar el acuerdo con Mercosur si no se solucionaba este tema. 

La cifras de deforestación conviene analizarlas directamente en el web del INPE y valorarlas en conjunto. La cifra absolutas del periodo que llevamos de año dicen que el número de incendios ha ascendido a 79.513, desde 43.678 en el mismo periodo del año pasado y el aumento de porcentaje de deforestación en el mes de Julio de 2019 respecto al de Julio de 2018 es del 278%. La mitad de estos incendios están en la Amazonia, también en zonas que pertenecen a Bolivia y a Paraguay. Conviene decir que después de años de disminución estos incendios comenzaron a ascender ya en el gobierno de Dilma Russeff. La dimensión del escándalo y las presiones internacionales han hecho que Bolsonaro cambie su discurso y haya enviado al ejército a controlar los fuegos. La polémica ha disminuido mucho en hoy domingo donde la mayoría de los diarios digitales han quitado ya el tema de sus primeras páginas. 

Fotografía Sebastiao Salgado

Las perspectivas desde las que se ha analizado lo ocurrido (y en general el asunto del cambio climático) podrían resumirse de forma simple en tres planteamientos:

Hace dos día murió David Koch, el magnate americano que con su hermano fue un gran financiador de la derecha americana más extrema y de los movimientos negacionistas del cambio climático que constituyen lobbys importantes en muchos países, avalados, a veces, con argumentos religiosos. Sin embargo dentro de la comunidad científica casi nadie duda de la hipótesis del calentamiento global antropogénico. Un artículo publicado en Science en 2015 refería que de un total de 69.406 autores de artículos evaluados por pares de la literatura científica solo 4 rechazaban la hipótesis del calentamiento global antropogénico, y que «la literatura evaluada por pares no contiene evidencia alguna en contra [de esa hipótesis]”. Para los negacionistas evidentemente los incendios del Amazonas no son un especial problema.

Fotografía Sebastiao Salgado

Por otro lado están todos los movimientos ecologistas más o menos radicales que cuestionan el sistema económico (el capitalismo), la globalización y el progreso científico-tecnológico y, en general, abogan por un crecimiento sostenible o directamente un decrecimiento económico. Parten de la hipótesis de que la tierra (la naturaleza) ha sido esquilmada por el modelo de desarrollo elegido por el hombre y que solo una renuncia a él, volviendo a formas de vida menos contaminantes puede controlar el problema. En esa forma de pensar estaría desde James Lovelock con la hipótesis de «Gaia», el papa Francisco en su encíclica Laudato Si (“Nuestra casa común es como una hermana con la que compartimos nuestra vida… [que] ahora nos grita por el daño que hemos infligido sobre ella”“La Tierra, nuestro hogar, está comenzando a parecerse cada vez más a un inmenso montón de basura” “El progreso científico y tecnológico no puede equipararse al progreso de la humanidad y la historia . El camino hacia un futuro “mejor yace en otro lugar»; a saber, en una apreciación de «la misteriosa red de relaciones entre las cosas» y «el tesoro de la experiencia espiritual cristiana» o activistas como Naomi Klein que ven directamente en la posibilidad de cambio climático la oportunidad para abolir el sistema de libre mercado, reestructurar la economía mundial y reconfigurar el sistema político.

Fotografía Sebastiao Salgado

Habría también una perspectiva de ecologismo ilustrado, humanista o ecopragmatismo o ecomodernismo que asumiendo la realidad del cambio climático y los riesgos que conlleva defienden la industrialización, que ha reportado grandes ventajas al género humano, y proponen limitar el daño medioambiental utilizando sobre todo la tecnología, cosa que en muchos casos ya se está produciendo. También no ponerse en las hipótesis extremas de lo que podría producirse y ser conscientes que históricamente nunca hemos agotado del todo un recurso energético sino que hemos sido capaces de sustituirlo por otro en muchos casos menos contaminantes. Cuestionan también que desarrollo económico vaya unido necesariamente a más contaminación sino más bien al revés. Está es la postura por Steve Pinker en su libro «En defensa de la ilustración»

Entrando en Delhi por la carretera de Jaipur en el último día de un viaje por la India hace un mes. Anochece. Hemos tardado casi cinco horas en autobús para hacer 263 kilómetros y ahora estamos varados en un interminable atasco en medio de múltiples carriles atestados de coches. La contaminación irrita la garganta lo que aumenta la sensación que produce la India, donde convive el mundo antiguo y el moderno en un equilibrio que parece sumamente inestable, sobre todo por el tremendo crecimiento de la población que parece hacer muy difícil cambios productivos que pasen por contaminar menos. Es imposible no pensar en Gandhi y en la idea que tenía para su país, de vuelta a un mundo rural, donde cada individuo fuera capaz de producir lo que necesitara para alimentarse frugalmente, vestirse tejiendo su propio algodón con la rueca tradicional y eliminar sus propios residuos. Algo que Neru ni se planteó. Pensé allí con sensación un poco distópica en si el mundo podrá persistir o no con los retos colosales que tiene y con los cambios que se avecinan dada la situación demográfica y geoestratégica.

Fotografía Sebastiao Salgado

Llegué a la conclusión que racionalmente me encuentro cerca de la opción ecopragmatica pero lo que más me inquieta son los cambios políticos que se están produciendo, la llegada al poder de individuos irracionales que parecen dispuestos a romper equilibrios y pactos que costó mucho tiempo y mucha sangre conseguir. Y, sobre todo, el hecho de que esos individuos lleguen al poder, en democracias muy establecidas, porque los vota un gran número de ciudadanos, lo que hace pensar en un cambio cultural y recuerda inevitablemente los años treinta, ese escenario de pesadilla donde el género humano demostró su capacidad de autodestruirse en un mundo ya muy desarrollado.

Aunque, quizá por eso, solo haya que intentar concentrarse en procurar tener pensamientos útiles y en cultivar un distanciado optimismo aunque no sea lo que primero nos salga del cuerpo. Aquello que decía David S. Landes en «Riqueza y pobreza de las naciones» “En este mundo, los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón, sino porque son positivos. Incluso cuando están equivocados son positivos, y esa es la senda que conduce a la acción, a su enmienda, su mejoría y al éxito. El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo solo puede ofrecer el triste consuelo de tener razón.”

Fotografía Sebastiao Salgado

La Amazonía en llamas y la “disciplina del Diluvio”

por Oscar Sánchez Vadillo

Mi padre suelta alguna vez con rabia una frase zafia y de mal gusto, que dice “si los hijos de puta volasen, no veríamos el sol”. No está muy actualizado, mi padre: hoy hay que decir “hijos de putero”, si es que te vas a poner a insultar de modo éticamente correcto, y desde luego yo no creo que existan tantas malas personas como piensa mi padre -una especie de plaga de langostas del mal-, pero si, según parece, los suficientes como para acabar con todo. La Amazonía está en llamas y los focos de los incendios se cuentan por miles, lo que hace sospechar a la gente informada de que se trata de convertir la selva más tupida y grande del mundo en tierra de pastos para ganado y terreno de fácil acceso para la tala de árboles. Como además los brasileños -aunque el fuego ha llegado ya a Bolivia y otros países- han elegido como presidente a ese excremento castrense que es Jair Bolsonaro, entonces las cuentas cuadran y tenemos un cierto derecho a pensar lo peor. No es cierto que los ricos y poderosos de la Tierra sean precisamente los que niegan el cambio climático, mientras que la sociedad civil se lo cree y está dispuesta a aceptar los sacrificios que haya que realizar para minimizarlo. Me parece que precisamente los amos del mundo cuentan con informes mucho más detallados que nosotros de lo que está ocurriendo, y por eso andan ahora reorganizado sus intereses e inversiones para seguir arriba en el horrendo después. En cuanto a la sociedad civil, a la inmensa mayoría de la población mundial… Esos, entre los que me incluyo, no nos moveremos hasta que nos peguen un buen susto que nos pille bien cerca, como los fumadores para dejar de fumar. La Amazonía, me temo, está demasiado lejos de cualquier núcleo metropolitano relevante como para asustar seriamente a nadie, y la metáfora del pulmón de la Tierra, aunque potente, nos remite de nuevo al fumador que no se plantea dejar el hábito aunque le enseñen fotos de pulmones corroídos…

Fotografía Sebastiao Salgado

H. L. Mencken, famoso pesimista pero también famoso acuñador de citas, dijo esta verdad tan sorprendente a la vez que fácil: “el principal valor del dinero radica en que lo estimamos más de lo que vale”. En efecto, ¿quién puede hoy, si ya posee una fortuna, querer incrementarla a toda costa, incluso a expensas de una maravilla necesaria como el Amazonas? En el s. XVII, entre la forma de vida de Luís XIV, el Rey Sol, y un campesino francés había una diferencia espectacular: al primero le vestían sus criados, almorzaba manjares y ordenó construir Versalles, mientras que el campesino vivía en una choza mugrienta y trabajaba todos los días de sol a sol vistiendo harapos. Hoy las desigualdades económicas son inmensamente mayores que en el Barroco, pero en cambio la diferencia entre los estilos de vida no es tan marcada. Excepto en los lugares en que se pasa verdadera hambre, los niños son soldados, las mujeres víctimas de violación, campan las enfermedades mortales y los gobiernos son corruptos hasta la médula, en general todo el mundo puede ver la televisión, aunque en Yemen tengan una por aldea y el dueño de una cárnica norteamericana una pantalla de plasma tamaño cine con el aditamento de una azafata en bikini que le cambia de canal. El Casio de un chaval del Pozo del Tío Raimundo no da la hora peor que el Rolex de un tipo de la Moraleja, y, excepto en situaciones excepcionales, a ninguno de los dos les va a matar una gripe pero sí un cáncer de los buenos.

Fotografía Sebastiao Salgado

Aquí entra la frase de Mencken: ¿de verdad merece la pena cargarse la Amazonía y con ella parte del futuro del planeta por ver la misma mierda en una pantalla más cara o la hora en un peluco waterproof? ¿no será que el dueño de la empresa cárnica está otorgando a sus fabulosos beneficios un valor que realmente no tienen, puesto que no cambian tanto su vida respecto de sus competidores? ¿hay alguna diferencia real, al margen de la pura rivalidad y envidia entre acaudalados y mandamases, entre poseer, no sé, 10 millones de dólares en el caso de un futbolista o actor mediano, y los 71.3000 millones que dicen que engrosan el patrimonio de Amancio Ortega? Tanto el futbolista como el empresario pueden vivir como Luís XIV tranquilamente, y que sepamos Ortega no se ha hecho construir ningún Versalles. Supongo -no supongo: estoy seguro- que soy demasiado mindundi para comprenderlo, pero, como decía la canción plasta de John Lennon, fijo que I´m not the only one

Fotografía Sebastiao Salgado

Así que nos vamos a quedar sin mundo porque sí, por nada, por la avaricia de unos cuantos a los que tampoco les lleva a ninguna parte. Apuesto a que casi todos ellos darían todo su capital por ser Rafa Nadal, alguien a quien la gente quiere y admira por méritos reales. Pero como no pueden, juegan al juego que les enseñaron, aunque se agoste el tablero. “¡Después de mi, el Diluvio!” es una frase atribuida a otro rey francés posterior, el siguiente, el XV, mucho menos listo que el otro, y creo que constituye la cifra misma de la maldad. Un ser humano, por muy hijo de putero que sea, procura siempre dejar un legado tras su muerte, aunque sólo sea por motivos tan anticuados como que pervivan su memoria y su apellido. Hasta Pablo Escobar necesitaba blanquear sus asesinatos y cabronadas (que no son nada románticas: también mató niños) levantando hospitales y escuelas, y hubiera muerto antes de permitir que le ocurriera algo a su familia o a su hijo. Hay que haber nacido en ciertos círculos sociales, muchos más exclusivos que el albañal donde nació Escobar, para mamar lo que yo llamaría “la disciplina del Diluvio”.

Fotografía Sebastiao Salgado

Entre los dirigentes políticos actuales, Donald Trump es uno de esos, y Boris Johnson también; curiosamente Vladimir Putin y Jair Bolsonaro no. Hay diferentes caminos, unos más escabrosos que otros, para escalar a la infamia, recuerdo un cuento muy bueno de Jean Paul Sartre sobre los orígenes psicológicos y vitales de un hijo de putero, La infancia de un jefe. Sin embargo, nadie, que yo conozca (desde luego no, en mi opinión, Henry James o Francis Scott Fitzgerald, que han idealizado la riqueza) nos ha explicado de dónde salen los hombres insaciables, aunque el cine del Hollywood dorado lo haya intentado alguna vez –Gigante, por ejemplo, o más recientemente, Pozos de ambición. Quizá sean más acertados, dentro de su exageración melodramática, los culebrones del estilo de los viejos DallasFalcón Crest o Dinastía (los venezolanos no los he visto) que describen mundos endogámicos de amores y odios cambiantes y totalmente desconectados del mundo real. Incluso el que se arruinaba estrepitosamente en la serie de JR pronunciaba palabras de venganza vestido de Armani y luego hacía mutis bruscamente subiéndose a un lujoso descapotable, porque en el capítulo siguiente remontaba y se la devolvía a los Ewing. Así es como se debe aprender a concebir al resto de la humanidad normal como tu reserva particular de tontos útiles.

Robert Burns (no le traigo aquí por su oportuno apellido…) es un famoso poeta y vividor escocés de hace ya unos siglos muy querido allí que tiene un poema largo muy bueno y que viene muy al caso. Son un par de perros, al modo cervantino, que charlan acerca de la diferencia entre la vida de los amos y la de los servidores. Se trata de un texto magnífico, demasiado largo para transcribirlo aquí, en el que los animales desacreditan retóricamente las costumbres de los esclavistas, prefiriendo con mucho la vida de gozos sencillos de sus esclavizados. Tendríamos que hacer nosotros algo así en el siglo XXI. En vez de ensalzar la suerte de los depredadores, en series, películas y revistas del corazón, mostrarlos tal como realmente son, a gran escala y valiéndonos de los medios con que contamos ahora. Puede que algo así terminara con la instalación de la guillotina en Times Square, pero también que fuese el principio del fin del deseo devorador por hacer dinero a cualquier precio, valga la rebuznancia. Hace dos días nos enteramos de la noticia de la “promesa” que algunas grandes compañías hacían de dejar de funcionar sólo para el enriquecimiento de los accionistas. La entradilla en la prensa decía: “La Businnes Roundtable, que reúne a 200 de las mayores empresas, publica un texto que coloca a los propietarios al mismo nivel que los trabajadores, clientes, proveedores y comunidades”. Como soy un tonto no demasiado útil, ignoro si esto, aunque tuviera alguna verdad, pudiera ser un primer paso para disminuir “la disciplina del diluvio”, ese increíble pero cierto esfuerzo denodado que se está haciendo por destruir el futuro de la humanidad o por convertirlo en un erial inhabitable. Porque es ciertamente un proceso intencionado, calculado, malvado en el sentido más elemental del término: no sólo no se frena el cambio climático, sino que hace por agravarlo a sabiendas. Un diluvio es lo que necesitarían en estos momentos el Amazonas y Gran Canaria; si para eso se tiene que morir antes algún reyezuelo de algo, lo encuentro hasta barato…

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