Fotografía

The modern life

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París, 8.30 AM. Un hombre con una maleta en la mano y yo nos miramos sobre el andén. El tercer RER A se detiene bruscamente delante de nosotros y un aluvión de gente nerviosa lucha por encontrar su camino hacia el borde de la plataforma. Un hombre con chaleco fluorescente da un paso y nos empuja hacia atrás. Parece un guardia de seguridad y nos impide entrar a ese tren.

¿Qué hicimos con el tiempo?

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Un día recordaremos que en algún momento habitamos un paraíso y que ese paraíso era un ave de paso, grácil y elegante, donde la eternidad podía durar un segundo y los vientos contaban historias legendarias que nosotros nos creíamos porque éramos jóvenes y bellos y algo ingenuos, y pensábamos que la felicidad era un beso lento en una habitación con el suelo de madera, unas cortinas naranjas y tres botellas de vino medio llenas en una estantería antigua.

¡Qué gran batalla! (What a battle that was!)

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Whoosh! El sonido de la almohada golpeando directamente tu cara. La sensación no es tan placentera como uno imagina; si pensamos que es un impacto de suave algodón relleno de plumas, la realidad es que ¡¡duele!! Y bang!! Otro golpe en la espalda. Esto es lo que ocurre cuando te encuentras en el medio de una salvaje batalla de almohadas con decenas de personas, ¡¡y ni siquiera las conoces!!

Pompas de vida y tiempo

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Siempre pensé que la vida se asemeja a una pompa de jabón. Bella e hipnótica desde el comienzo, llena de energía y bravura mientras aumenta de tamaño. Siempre espontánea y confiada. Pero, llega un punto, cuando se despega de su agarre, en que empieza a sentir que la cálida brisa del mediodía ya no tuesta su piel como antes. Descubre que todo es efímero, frágil, supeditado a un par de decisiones y a un azar, siempre, un tanto juguetón.

Saliendo del campo de fuerza

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El día amanece congelado. Un pesado cansancio, denso como el terciopelo, se aloja aún en las almas.
Termina la hora de mi guardia. Es el momento de volver. Desciendo por la calle ancha. Veo a mis pies la hoz y me siento atraído por el sol que la ilumina. Parece explicar algo importante. Sus rayos me conducen cuesta abajo, hacia un aire limpio y helado, de otra época. La ciudad se muestra deshabitada en mi descenso. El astro me guía por los arrabales solitarios contándome que la ciudad no pertenece a nadie. De los que la forjaron sólo quedan leyendas. Los que pasamos por estas calles ahora somos intrusos, espectros que pisamos un recuerdo de piedra. Lo saben las brujas cansadas, los fantasmas alcohólicos y los místicos deslumbrados que de vez en cuando se dejan ver. Pero están mudos.

La vida sin revelar de una fotógrafa desconocida, Vivian Maier

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Recrear respuestas y situaciones es una de las pocas cosas que se pueden hacer para resolver dudas acerca de Vivian Maier, una fotógrafa norteamericana de la que sólo se conocen algunos datos sueltos que nos ofrecen una imagen a carboncillo de su vida. Esos trazos biográficos nos perfilan la historia de una niña francesa que llegó a Nueva York en 1926, con su familia judía, sin recursos y que dedicó toda su vida a cuidar niños. Desde ahí, el resto de su existencia es un misterio, sólo iluminado de forma fugaz cada vez que observamos una de sus fotografías, que la sitúan en un espacio y momento concretos. Justo cuando decidía que era necesario disparar su cámara para atrapar momentos de vida que pasaban ante sus ojos y que no podía dejar escapar.