Relatos

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Un alegato

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Hace ya años que descubrí el canibalismo. De pequeña rechazaba los alimentos que mi madre me ofrecía porque en ninguno de ellos hallaba ese sabor particular que, sin conocerlo aún, es el único de mi agrado. Una textura tierna, casi viscosa, con un regusto ácido que no todos aprecian pero por el cual yo enloquezco.

¿Qué hicimos con el tiempo?

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Un día recordaremos que en algún momento habitamos un paraíso y que ese paraíso era un ave de paso, grácil y elegante, donde la eternidad podía durar un segundo y los vientos contaban historias legendarias que nosotros nos creíamos porque éramos jóvenes y bellos y algo ingenuos, y pensábamos que la felicidad era un beso lento en una habitación con el suelo de madera, unas cortinas naranjas y tres botellas de vino medio llenas en una estantería antigua.

Alma

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Si hay alguien a quien siempre he envidiado es a los músicos. A los virtuosos instrumentistas capaces de hablar sin palabras. Una envidia insana, como es la verdadera envidia, pues no existe otra. Envidia de los que le ponen melodiosa voz al teclado de un piano o a las clavijas de un saxo de reflejos dorados. Celos del aire que entra y sale por los vericuetos de una flauta travesera como ulula el viento por los callejones de mi alma. Ansia por la caricia del arco haciendo vibrar las cuerdas de una viola y las arterias rojas de mi sangre. Y un espasmo, cuando veo abrazar por detrás el cuerpo del chelo, como se ciñen los brazos a la espalda desnuda de la persona que amas. Apenas una caricia leve y delicada, un susurro; de golpe, un arrebato de fuerza, un desgarro ¿Acaso no es el chelo un cuerpo, con su bella curva de lira abarcando tu espalda?

Gusamari: un psicocuento de primavera

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Llegó la primavera y Gusamari se subió a un manzano.
Era un áspero bichito de piel peluda y temperamento huraño, y el manzano le gritó: “Apartate de mis manzanas infecto gusano”; a lo cual él respondió: “No soy un gusano, soy ¡Dinamita!”, parafraseando al Nietzsche más violento. Y, sin dudarlo, se metió de lleno en la manzana sin ninguna intención que fuera buena.
Mientras taladraba la jugosa fruta y dejaba que le inundara la agridulce tentación, se topó con Newton, aquel que encontró en una manzana las leyes del cosmos, sin saber que algún día la cosmología se convertiría en cosmética.

Saliendo del campo de fuerza

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El día amanece congelado. Un pesado cansancio, denso como el terciopelo, se aloja aún en las almas.
Termina la hora de mi guardia. Es el momento de volver. Desciendo por la calle ancha. Veo a mis pies la hoz y me siento atraído por el sol que la ilumina. Parece explicar algo importante. Sus rayos me conducen cuesta abajo, hacia un aire limpio y helado, de otra época. La ciudad se muestra deshabitada en mi descenso. El astro me guía por los arrabales solitarios contándome que la ciudad no pertenece a nadie. De los que la forjaron sólo quedan leyendas. Los que pasamos por estas calles ahora somos intrusos, espectros que pisamos un recuerdo de piedra. Lo saben las brujas cansadas, los fantasmas alcohólicos y los místicos deslumbrados que de vez en cuando se dejan ver. Pero están mudos.

Indiscreciones europeas

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Hace ya casi dos años desde que visité Suiza por primera y última vez. Fui un fin de semana de abril, justo al día siguiente de que el volcán Eyjafjallajökull entrara en erupción, con tan buen tino que la nube de ceniza no me impidió partir el viernes y no me permitió volver hasta el miércoles. Así que sí, estuve cinco días en Winterthur, perteneciente a uno de los cantones germanófonos. ¿O debería decir germanógrafos? Aunque el lenguaje escrito es sin duda alemán, no se puede decir lo mismo del lenguaje hablado, una variedad rústica de erres hiperruladas y consonantes guturales por la que un estudiante de alemán se siente traicionado. ¿No hablaban alemán en Suiza? No.