El cine como arma de propaganda del capitalismo

He visto con mis alumnos una película que viene fuertemente recomendada para la asignatura de Valores éticos, En busca de la felicidad. Vaya por delante que a mí el cine norteamericano me gusta mucho, incluso lo que llamamos “americanadas”, o sea, esas vaciladas que nos pegan para hacernos creer que son los mejores y que merecen la hegemonía mundial, si están bien hechas. En busca de la felicidad no es una de esas, no es una película mala, al contrario, es demasiado buena, pero también nos quiere convencer de lo mismo, sólo que por vías más indirectas y subrepticias. Y vaya por delante también que me cae bien Will Smith (y familia…) pese a que no sea más que un obrero de la actuación, a que acepte cualquier papel ridículo de superproducción y a que se apoye demasiado en su atractivo personal. En esta lo borda más que en esas otras que le han encumbrado, de lo cual me alegro, aunque su papel sea el de pobrecito negro que apenas tiene estudios y que vive prácticamente en la miseria. Se pasa el metraje corriendo, y su imagen cargando continuamente con un armatoste blanco en un brazo y un hijo en el otro es uno de los aciertos del guión. Ahora, todo el resto de la película es pura propaganda, es un artefacto para conmover dirigido a la mente del espectador como un torpedo para persuadirle de las bondades del neoliberalismo reaganiano de los años ochenta, y los chavales de Valores éticos (asignatura, recuérdese, que la LOMCE se ha sacado de la manga como sustituta de la Religión), claro, pican ingenuamente como pardillos…

Para empezar, el protagonista lo que desea es trabajar como bróker en la Bolsa y comprarse un coche descapotable deportivo, pero no a la manera del cínico personaje de Michel Douglas en el Wall Street de Oliver Stone, sino al servicio del Bien y de la Prosperidad general. De hecho, todos los hombres enriquecidos que conoce y que ya trabajan en el medio son amables, respetuosos, enrollados y, desde luego, muy receptivos al talento y el esfuerzo ajeno, mientras que los pobres que aparecen en la película son agresivos, egoístas y hasta ladrones –sobre todo los hippies, escoria trasnochada de la sociedad. El bueno de Will tiene clarísimo que a los afortunados hay que hacerles la pelota (iba a escribir “lamerles el culo”…) hasta la saciedad, llamarles “señor” y hacerles pequeños favores; los amigos, la familia, el entorno inmediato, en cambio, no son de fiar, esos sólo te ponen chinitas en los zapatos y no está dispuestos a luchar por nada. De las cuatro mujeres que aparecen en la película, todas quedan rematadamente mal, y su propia esposa le abandona de modo inexplicable y no vuelve a interesarse por él ni por su hijo común. Por dos veces Will se refiere a la obligación de pagar impuestos como una manera en la que el estado te “mete la mano en el bolsillo”, y en general parece aceptar tranquilamente el tener que pelear por su dignidad sin ayuda social alguna, el mundo es como una olla a presión donde te encuentras totalmente desamparado a no ser que te decidas a formar parte de las burbujitas que ascienden aun al precio de tu vida. Pero no se crea que Will lo hace por egoísmo o por ambición, sino por su hijo de cinco años: otro acierto del guión. Incluso llega a entrar con él en un templo donde otros negros cantan góspel y ambos se funden en un abrazo emocionado –ya se sabe que EEUU es el país donde hasta los dólares creen en Dios, aunque sea el Dios de los negocios: In God We Trust

Para colmo, en la película insisten en que todo está basado en una historia real, de manera que tú también puedes hacerlo, conseguirlo está al alcance de la mano sólo con que demuestres no perder nunca la fe en Dios y en ti mismo, porque lo que es el apoyo de una estructura sociopolítica que contenga mecanismos que contrarresten la desigualdad no lo tendrás jamás. El estado de bienestar, el Informe Beveridge jamás han existido ni deberían existir… ¿Cabe mayor, más descarada, propaganda de todo un “estilo de vida” del capitalismo salvaje? Ni Vladimir Majakowski sabía hacerlo mejor en los tiempos del primer sovietismo, en la dirección ideológica opuesta. Como guinda del pastel, el hijo de Will -que es el hijo real de Will Smith, por cierto, es decir, que no ha tenido que partirse la cara precisamente para llegar a ser actor, contra el espíritu de la propia película- lleva siempre consigo un muñeco que le ayuda a dormir en la peor de las situaciones, y ese muñeco es (trate de adivinarlo el lector…) el Capitán América, el símbolo superheroico y blanco del sueño americano … Ya digo que es una película buena, lo que no sé es si es una buena película, o al revés. Todos sus elementos están puestos al servicio de comer el coco al espectador, que sin embargo se la traga como una historia de superación personal. En las escenas finales, Will Smith se mezcla llorando con la masa transeúnte de la gran ciudad: su pelea personal, su humillación necesaria, ha sido una más de entre las historias de un mundo duro, pero en absoluto injusto. La realidad neoliberal aprieta, pero no ahoga. Hollywood es una industria que en muchas ocasiones permite producciones con crítica social, desviaciones tibiamente socialistas que proponen conciencia, reformas, buenos sentimientos… En busca de la felicidad no es de esas, es exactamente lo contrario, pero se camufla como una de ellas. Parece mentira que se la metan por los ojos a los chicos de la E.S.O., así, sin explicación alguna, chicos a los que, por cierto, si no les previenes de antemano, suele gustarles bastante.

Pero, afortunadamente, hay libertad de expresión, la de los responsables de una película que es como un mitin dramatizado del partido republicano norteamericano y también la del profesor de instituto que se la pone -o no, porque se ha educado en una tradición europea…- a sus alumnos.

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1 Comentario

  • «Poetas en la noche» me ha traído hasta aquí y me alegro porque me gusta lo que he encontrado.
    Me encantaría invitarte a pasear por «El zoco del escriba» para tomar un té con hierbabuena y charlar de lo que más te guste.
    Mucho ánimo para seguir con tu blog.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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