El modelo computacional o el fin de la aventura

Parece inevitable que nuestros hijos vayan a vivir en un entorno computacional como no era ni siquiera concebible hace treinta años, y nuestros nietos no se considerarán destetados hasta que presionen el enter de un ordenador doméstico que les de paso a una existencia de microprocesadores e interfaces que les ocupará todo su tiempo y regulará todas sus relaciones con el mundo. El sustrato informacional de la organización tecnocientífica del marco social ha venido para quedarse, aunque tal vez haya venido demasiado rápido y sin la adecuada pedagogía que nos permitiera prepararnos para ello. Quienes comparan esta transición con la que se produjo en el s. XX con la aparición de los primeros ferrocarriles, p.e. (buscando  así ahuyentar el miedo de los posibles luditas actuales al ponerlo al lado del miedo ridículo de aquellos antepasados nuestros que pensaban que a más de 40 kms. por hora a un hombre se le paraba el corazón), se equivocan, a mi juicio, puesto que esta transformación es incomparablemente mayor, es la transformación de todas las transformaciones, pese a lo que dijera en su momento el crítico marxista Karl Polanyi.

Eniac
Porque ahora no se trata de que un mundo finito de objetos haya sido sustituido por un mundo finito de mercancías, sino de que ese mundo de mercancías está siendo suplantado por un universo infinito de imágenes. Todavía hoy, utilizamos nuestro terminal de ordenador para un sinfín de tonterías, pero incluso en la propia irrelevancia de nuestras navegaciones erráticas o caprichosas se revela el carácter de ese nuevo futuro en cuyo diseño participamos todos y que precisamente consiste en eso, en ser diseñado. Ser es, ya, ser diseñado, y la ubicuidad actual de los ordenadores lo que nos proporciona de más revolucionario es eso: un modelo para crear modelos, el modelo mismo de un mundo modelizado elevado a la enésima potencia, y frente a lo cual comunicarnos, jugar o vender en red, administrarse o llevar la contabilidad no son más que adaptaciones contemporáneas de cosas que ya hacíamos antes y que ahora seguimos haciendo ligeramente cambiadas (es, por cierto, encantadora la anécdota de la señora mayor arquetípica que busca en Google antecediendo su petición con un “por favor” y terminándola con un “gracias”; por supuesto, esta señora es ya una deliciosa reliquia de la que no quedará ni rastro en pocos años, razón por la que habría que condecorarla lo antes posible con una medalla a los buenos modales propios de la sociedad disciplinaria).

Steve Job y Steve Wozniak

El nihilismo se puede definir de muchas maneras, dependiendo del contexto al que nos estemos refiriendo, pero la más básica y radical consiste en remarcar un NO fundamental: el discurso NO es la realidad. En Occidente, las distintas artes siempre han sabido -o casi siempre, cuando no han pretendido emular al conocimiento- que el discurso humano no es la realidad en sí, sin embargo tanto la Filosofía como la Ciencia han bebido de la pretensión parmenídea de la identidad entre pensamiento y ser durante más de dos milenios. El régimen computacional de la vida en el s. XXI rompe definitivamente con esta presunción, no sólo en la teoría, sino también en la práctica. Lo que un ordenador actual nos ofrece es justamente la enorme potencia que pueden alcanzar las simulaciones de la realidad, donde ésta, la realidad correspondiente a una determinada área, nunca se manifiesta tal como es, sino del modo como una específica programación selecciona el mundo de acuerdo con el interés puesto por el programador en relación con su auditorio –“clientela”, en la mayor parte de los casos. Esa selección lo pone todo: el lenguaje utilizado, el campo abarcado y el fin a perseguir, de manera que la simulación resultante lo que nos da es un uso humano posible de la experiencia del mundo, jamás el mundo mismo. No obstante, los modelos, las simulaciones, no siendo la realidad, tampoco están fuera de ella, puesto que la configuran y nos permiten apropiarnos de ella. El nihilismo, pues, tiene una cara afirmativa: el discurso NO es la realidad, pero SÍ nos la agencia. Es verosímil que otras culturas distintas de Occidente hayan visto así siempre las cosas, bajo el modelo de las artes, pero aquí estábamos demasiado acostumbrados a esa convicción casi mágica de que lo que nos facilita conseguir nuestros objetivos es también la Verdad en sí misma, mira qué casualidad. Resultaba, de este modo, un relato de la legitimación excelente -los ideólogos occidentales han solido producirlos muy sofisticados, apenas se notaba su raíz mítica-, pero que la experiencia global de la matriz computacional de vida actual ha hundido irremisiblemente.

Una persona cualquiera decide hacer un viaje al Tíbet siguiendo la ruta de interés turístico que le han planeado en la agencia de viajes y escuchando por sus auriculares la historia de cada lugar que le va contando el GPS de su móvil, y muy ingenuo habría de ser para pensar que eso es el Tíbet, la Verdad del Tíbet, que está viviendo una auténtica aventura por el mundo real del exotismo asiático. A la vez, no se puede tampoco negar que el viajero hace, incluso en estas circunstancias, una cierta experiencia de lo diferente, si no es del todo ciego e insensible, por mucho que sea prefabricada y guiada por imágenes previas de informativos y películas. Es la aventura pura, la aventura dura y realmente arriesgada, la que ya no tiene cabida en nuestro mundo diseñado. La Prehistoria sí que fue la Gran Era de la Aventura, tanto para hombres como para animales, una larguísima aventura a cara de perro y a pecho descubierto que aun produjo algunos lances importantes mientras se colonizaba el planeta entero, pero de la que pronto no va a quedar más que la pobre señora que se dirige a su PC como si fuera el director de su sucursal bancaria. A partir de ahora, como mucho, la aventura se va a reducir a decidir quién diseña la simulación, quién impone su modelo, quien traduce su formato y quien controla el software correspondiente. Nuestros hijos y nietos entran en un mundo infinito, sí, habida cuenta de que será infinitamente moldeable, pero que no extrañe a nadie si entre ellos surge algún nostálgico de las aventuras del pasado, de aquella vida tan rara del pre/Antropoceno (para eso, supongo, están y estarán los idiotas “deportes de riesgo” y cosas así). Lo malo, o lo bueno, dependiendo del punto de vista, es que, para entonces, también el pasado será no más que una imagen seleccionada y embellecida del pasado, como los dinosaurios de la saga cinematográfica jurásica con los que juegan los niños de hoy mientras toman el desayuno…

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4 Comentarios

  • Dándole más vueltas, ni siquiera la conquista o los peligros del espacio exterior constituirían ya una aventura en el futuro. Tanto si un meteorito como el que el otro día impactó en el Mar de Bering cae en mitad de Barcelona -lo cual es perfectamente posible, como hemos comprobado- y acaba con el aluvión de noticias sobre el procés, como si consiguiéramos dentro de unos siglos colonizar Marte o ser invadidos por una especie alienígena inteligente, nada de eso sobrepasa el mero cáracter de problema técnico. Quiero decir que la aventura tal como la entiendo aquí consiste no sólo en afrontar nuevos riesgos, sino en que éstos nos proporcionen al ser evitados o vencidos cotas inéditas de comprensión de la realidad. No hay nada que aprender hoy de una catástrofe, un esfuerzo tecnológico u otra guerra, por ingentes que sean; lo que había que saber e incorporar de ellas ya se experimentó sobradamente en el pasado. Por decirlo en el lenguaje de Fichte, el no-Yo parece hasta tal punto ya totalmente devorado por el Yo que se diría que ya sólo nos queda jugar con los travestismos infinitos interiores al Yo triunfante occidental y profundamente hastiado de sí mismo…

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