Greta Thunberg: dos miradas sobre el nuevo icono del clima

Una, dos, tres… ¡mil Gretas Thunberg!

por Oscar Sánchez Vadillo

No protejas tu medio, protégelo entero…

Josele Santiago 

Fue el Che Guevara, a quien muchos consideran un asesino prestigioso, el que dijo aquello de que eran necesarios uno, dos, tres, ¡mil Vietnams! para despertar al mundo de su letargo político en plena época de la Guerra Fría. Entendía, el Che, que la proliferación de manaderos de sangre en zonas del Tercer Mundo impondría a los más desfavorecidos la conciencia de que debían hacer la revolución para sacudirse la opresión de los dos bloques, y sí, algo de asesino instrumental tendría Ernesto Guevara, puesto que deseó una Tercera Guerra Mundial tras la cual la historia podría volver a arrancar desde bases más limpias. Por eso estuvo en África, por eso luchó en Bolivia, donde le mataron, etc. Hoy somos mucho menos maximalistas, afortunadamente. Las circunstancias también aconsejan mayor prudencia, puesto que el proceso -ya en marcha de modo irreversible- del cambio climático es global, y por tanto debería concitar el esfuerzo de toda la humanidad en su conjunto, por primera vez desde que H.G. Wells escribió La guerra de los mundos.

Fotografía Sebastiao Salgado

Sin embargo, no es así. La amenaza del progresivo calentamiento de la Tierra es mayor en las zonas más castigadas del mundo, y menor para los países más desarrollados, en una forma de cumplimiento hiperbólico y terrorífico de aquel refrán que dice que a “perro flaco todo son pulgas”. De ahí que alguna gente haya criticado la irrupción mediática de Greta Thunberg, esa niña -parece más niña que adolescente- sueca con cara de no haberse reído en su vida. Una chica sueca, rubita y afortunada parece que no puede decir en voz alta las cosas que los indígenas de América Latina llevan diciendo décadas, precisamente porque cuenta con los atributos y la posición privilegiada para decirlo. O sea, que se le recrimina, a Greta, ser la persona adecuada en el momento adecuado, que es como recriminar a Fleming el haber descubierto la penicilina siendo blanco, con estudios y trabajando en una laboratorio bien provisto. A menudo pienso, no sin cierta pedantería, que hace falta que renazca un Voltaire para que nos saque las vergüenzas a golpe de tuit ingenioso y satírico, pero luego me doy cuenta de que pocos se acordaran ya de quién fue Voltaire, y quizá prefirieran las gracias zafias de Auronplay…

Fotografía Sebastiao Salgado

Otra pega que se le pone a Greta es que es una muñeca muy conveniente manejada por esa industria que aguarda la caída de los combustibles fósiles para hacerse con el inmenso negocio futuro de las energías renovables. No consigo entender esta objeción. Si ya existe el reemplazo técnico de las trasnacionales del gas y el petróleo no veo por qué acusarle de estar guiado por intereses económicos, siempre que esos intereses coincidan con los de la entera humanidad en trance de peligro supremo, como es el caso. Personalmente, les doy la bienvenida. Obtener beneficios es un derecho perfectamente racional y humano, lo que no lo es ha sido obtener beneficios engañando y explotando al personal. El cambio climático no es como la independencia de Cataluña o la vida privada de Meghan Markle, el cambio climático es un asunto muy serio y real. Tan serio, tan real, que toda la ayuda que pueda prestarse a su ralentización es de agradecer aunque venga del mismísimo Satanás. Quiero decir que aunque la propia Greta fuese un holograma muy avanzado dirigido desde un bunker secreto del Doctor No, habría que estar de su parte mientras siga diciendo las cosas que dice, que son las que es necesario decir porque las avala la comunidad científica. Con el Doctor No ya lidiaremos más adelante (en vez de a James Bond, le enviaremos a Villarejo…), pero antes hay que hacer lo que esa chica decidida, con síndrome de Asperger, nos está urgiendo a hacer. Y lo que tenemos que hacer es pelear donde se libran las peleas en el siglo XXI, es decir, en la dimensión comunicativa, en el ágora planetario, en ese scalextric virtual donde las imágenes circulan a gran velocidad y condicionan sin apenas discurso ulterior todas las decisiones.

Greta, se dice también, es un producto demasiado perfecto, una imagen como hecha aposta, una niña -no un niño, en tiempos de combates de género- con aspecto de no haber roto un plato en su vida que de manera desinteresada pega la bronca a los poderosos porque no quiere que su potencial hija futura sea como la del Mecanoscrito del segundo origen de Manuel de Pedrolo. Yo lo encuentro muy razonable. Hace falta ser muy cínico para pensar que todos los regalos tienen trampa, que a la larga te van a salir caros de un modo u otro, y desde luego hace falta ser muy tonto para rechazar a la pareja, casa o trabajo de tus sueños precisamente porque es demasiado semejante a tus sueños. Si Greta Thunberg parece hecha a propósito para ser una protesta viviente, un reproche viviente a tipos como Trump, Bolsonaro o el dueño de Campsa lo mejor que podemos hacer es felicitarnos por nuestra suerte. Los poderosos jamás serán nuestros amigos, esto sí que es un montaje formidable que debemos aprender a  deconstruir. 

Primary colors, Las sandalias del pescador Gandhi eran buenas películas, pero del género fantástico. Los poderosos, de la clase que sean, habitan un círculo de influencia en el que la gente corriente jamás ingresará, lo cual casi es mejor, porque una vez que ingresas el retorno es imposible. Hazte a la idea: Santiago Abascal no se iría de montería contigo, Pablo Iglesias no te va a invitar a su chalé. Ni aunque seas la mejor escopeta de tu región, o el mejor conocedor de Antonio Gramsci. Greta, en cambio, como tiene Asperger (y es irónico que se lo diagnostiquen a ella, y no al autista de Trump), por el momento no se entera de la tentaciones de su popularidad, y persigue su objetivo con testarudez admirable. ¿Y por qué, pregunta el incrédulo, el decepcionado, al que le han llovido ya cien palos? Coño, pues porque es un objetivo tan claro, tan poco ambiguo, tan rematadamente justo -ni comparación siquiera con los desvelos del Che-, que no nos topábamos con una causa tan objetiva desde que había que parar los pies a Adolf Hitler. Y, recuérdese la historia: el tratado de Múnich, donde muchos mandatarios europeos antes de la invasión de Polonia fueron partidarios de hacerle la rosca a Hitler, en vez de detenerlo… (sólo dos personas, por cierto, entre las célebres e influyentes entonces, vieron lo que había detrás del histriónico Führer: el conservador Winston Churchill y el cómico Charles Chaplin).

Pues bien, el problema al que nos enfrentamos ahora es mucho más grave que el nazismo. Es lo más grave que nos ha ocurrido desde el Diluvio Universal, sólo que el Diluvio Universal es un hecho bastante dudoso. Pero al menos el Diluvio Universal, Deucalión, no lo provocamos conscientemente nosotros. Fue Dios, el dios de según qué civilización, que se pasó tres pueblos ahogando al todo el reino vivo porque hacíamos mucho ruido o por un quítame allá esos felicianos en Sodoma y Gomorra… Lo bueno de que lo hiciera Dios es que Dios lo deshizo acto seguido y nos dejó el arcoíris de recuerdo. Ahora no. Ahora o aparecen una, dos, tres, mil Gretas Thunberg o estamos jodidos. O hay un portavoz mundial del lamento de las generaciones venideras o no nos va a salvar ni el arcoíris de Greenpeace…  

Aquella niña llamada Greta

por Ramón González Correales

Para hablar con una mínima propiedad del clima habría que diferenciar lo que la ciencia cree saber en estos momentos sobre este problema, las evidencias que tiene del calentamiento global y sus posibles soluciones, por ejemplo, que deberían regirse por la búsqueda continua de la verdad y los requerimientos del método científico, y lo que afirman las diferentes corrientes ideológicas del movimiento ecologista o de los negacionistas interpretando este asunto y cómo pretenden utilizarlo políticamente para transformar la sociedad en un determinado sentido. Sin embargo el actual debate público, incluso el científico, está cada vez más teñido de moralismo, polarizado, de tal forma que cualquier persona que exprese una opinión mínimamente reticente a un determinado argumento es de inmediato catalogada de buena o mala, incluso de directamente responsable de la próxima extinción del planeta o de ser complice del movimiento antisistema que trata de acabar con el mundo civilizado. En este artículo puede leerse sobre los peligros de una excesiva moralización y en éste del aceleramiento moral que está surgiendo últimamente y embarrando cualquier debate sobre cualquier cosa y sus posibles causas.

Fotografía Sebastiao Salgado

Estamos en la época en la que, teóricamente, cualquier individuo puede acceder a una determinada información que le interese con suma facilidad. Sin embargo, antes de seguir leyendo, pido al lector que piense, en lo que ha leído últimamente sobre el cambio climático y en las fuentes en que lo ha leído. Que piense si conoce alguna web de algún organismo donde estén recogidos datos fiables o los artículos científicos de contrastada calidad o si sería capaz de recordar solo tres científicos que hayan investigado seriamente sobre el tema de cuya opinión pueda fiarse. Por fin que reflexione sobre si leyendo directamente el artículo científico es capaz de entenderlo y sacar conclusiones sin intermediarios. Personalmente me lo he preguntado antes de escribir estas lineas y les confieso que no puede contestar afirmativamente a ninguna de las tres preguntas. Lo más profundo que he leído en los últimos meses es el capítulo sobre el medio ambiente del libro “En defensa de la ilustración” de Steve Pinker procurando leer la bibliografía que aportaba y artículos generales en los periódicos de distintas orientaciones que no suelen contener referencias bibliográficas. Éste, muy reciente en un periódico digital, trata de establecer cómo está a día de hoy la situación del consenso científico y de las opiniones de los que disienten. En este opinan de las nuevas formas de negacionismo.

Fotografía Sebastiao Salgado

Sin embargo la medida de las consecuencias del cambio climático y de la eficacia de sus posibles soluciones deberia ser argumentada sobre todo en base a argumentos científicos y racionales en todos los ámbitos a los que afecta y desde los que habría que intervenir (económico, político, etc) por puros motivos de eficacia que solo podría demostrarse si los resultados de las intervenciones se miden adecuadamente siendo, además, conscientes de los límites de todos los estudios que se realicen. Los argumentos deberían apelar a la razón mucho más que a las emociones y tendrían que controlarse especialmente bien todo tipo de sesgos. Por el contrario, desde hace mucho tiempo los argumentos científicos solo se usan según conviene para apalancar el punto de partida ideologico del que los utiliza. Este sesgo hace que la mayoría de los argumentos intenten ser maximalistas y simples, tratando de “concienciar”, de ganar acólitos para la gran causa que salvará el planeta de su destrucción o al gran dios que lo protegerá sin hacer nada. Generalmente se dan por descontadas las soluciones (que serían evidentes y aparentemente fáciles) y también los culpables. En este artículo sobre los incendios de la amazonia ya describí la principales posturas ideológicas respecto al cambio climático y las soluciones que ofrecen.

Fotografía Sebastiao Salgado

Es, en este ambiente ideológico, donde hay que inscribir el caso Greta Thumberg, la niña de 16 años que se ha convertido en un icono mundial de la lucha contra el cambio climático. Una niña a la que se le ha construido un relato heroico: una mujer joven y sensible a algo, clamorosamente evidente y horroroso (un planeta entero en peligro de forma inminente) que muchos no ven por una falsa conciencia que los hace no ver o porque son los culpables de lo que ocurre por su avaricia y su afán de dinero y poder. Una niña que decide hacer una huelga de hambre y no ir al colegio para protestar, que se convierte en una activista que no solo denuncia, en nombre de la “gente” y de las “futuras generaciones”, la terrible situación que percibe en las “cumbres” del clima sino que parece conocer las soluciones inmediatas que habría que tomar y no se toman para un desarrollo sostenible , por la avaricia de los poderosos que le han robado la infancia a ella y quieren robar el futuro a todos. Por lo pronto decide no viajar en avión por su poder contaminante y encuentra veleros y catamaranes que la transportan por los mares. Como si Gaia velara por ella para que no faltara a ninguna cumbre del clima donde su presencia sería determinante, como si fuera una mesías bendecida por la Madre Naturaleza para defenderla de los que quieren destruirla. Todavía un último argumento que parece legitimarla: si ella sola ha conseguido ese nivel de impacto ¿qué ocurriría si todos los niños del planeta se negaran a ir al colegio mientras no se tomen las medidas evidentes que habría que tomar?¿qué ocurriría si todos nos rebeláramos contra este sistema?

Fotografía Sebastiao Salgado

Algunos piensan que es una voz positiva y llena de buena voluntad en un mundo absurdo que puede impulsar una causa realmente noble en la que nos jugamos la vida. Otros que la están instrumentalizando en la lucha cultural en la que ahora se juegan los debates políticos y que es una víctima de sus padres que están haciendo un negocio con ella y pueden convertirla en un juguete roto. Por mi parte tengo la sensación de que en un mundo que en 2017 tenía 7350 millones de habitantes que viven en países con muy distintos niveles de desarrollo y estructuras políticas, donde hay tantos intereses enfrentados de todo tipo que no dudan de jugar muchas veces sucio, el problema del cambio climático es de una complejidad colosal y no creo que pueda depender demasiado de lo que chicas como Greta Tumberg hagan o digan o de lo que individualmente podamos hacer. Sí puede ser utilizada como un arma emocional en la lucha cultural y política que ahora mismo se libra en el mundo entero y que quizá puede tener importantes resultados en el equilibrio de los poderes pero estará por ver en que afectará a la calidad real del aire o a la habitabilidad del planeta.

Fotografía Sebastiao Salgado

Porque de eso es de lo que se trataría: de tomar medidas eficaces a corto, medio y largo plazo que mejoraran este problema y de que se pudiera discutir e investigar sobre ellas libre y racionalmente apelando a hechos y datos fiables. No solo de verbalizar buenas intenciones o construir discursos morales polarizados que lo más que llegan es a hacer que discutan los amigos o a tener la dulce sensación de que se está en el lado de los buenos o a legitimar a poderes que luego terminan haciendo otras cosas o creando pesadillas totalitarias. Y de eso ya hemos tenido terribles ejemplos en el siglo XX. Medidas concretas y eficaces con el precio que van a tener para los países y personas afectadas asumiendo que es un problema transversal, tremendamente complejo, que nos afecta a todos. Y de eso se habla más bien poco o al menos yo no lo oigo en la TV o no lo leo en los periódicos. Medidas concretas que yo desconozco, que no se escriben en los programas electorales, pero que tengo la sensación de que pasarán por el progreso tecnológico que, de hecho, ya ha conseguido que en algunos países desarrollados se hayan reducido las emisiones contaminantes (pueden verse aquí las de EE.UU). Aquí puede verse la web de la 25ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) en Madrid 2019.

Muchos dudarán de que la Tecnología pueda venir a salvarnos e incluso la incluyen como causa del problema, un efecto más de ese maligno progreso que se está cargando el planeta desde la revolución industrial. Pero es lo único que puede llevarnos a otras fuentes de energías menos contaminantes que puedan utilizar cuanto antes los países que más están creciendo en este momento y que además son los más poblados, como Rusia, China o la India. Eso y una educación no sectaria e interdisciplinar que posibilite que las nuevas generaciones puedan generar nuevos conocimientos y nuevos sistemas de creencias que realmente supongan un progreso y posibiliten otras formas de vivir y relacionarse. Por eso creo que Greta Thumberg y las chicas y chicos de su edad deberían estar en el colegio aprendiendo y analizando los errores y aciertos pasados. Estoy seguro que muchos lo están haciendo. Y ellos serán nuestra única esperanza.

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7 Comentarios

  • A propósito de la edad de Greta, que también ha sido fuente y ocasión de infundios (de los cuales el único interesante y triste es que podría esperarla una madurez macaulyculkiana…), hablaré un poco de los adolescentes que conozco por encima, ya que soy profesor. Esta misma mañana caminaba por un pasillo haciendo slalom de seres humanos bulliciosos cuando se me ha cruzado un chaval de tercero de la ESO que conozco de clase. El chico ha saludado a otro que no conozco con un “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!” (de toda la vida se sabe que el nombre del añorado dictador había que decirlo tres veces en las concentraciones de masas para magnificar su exigua estatura -la grandeza no se mide por el tamaño, como decía Napoleón-, o por si con la edad se hubiera hecho duro de odio digo de oído…). No me ha sorprendido mucho, porque ya la semana pasada en “Valores éticos” ese mismo chaval, majo y con el pelo muy corto, defendía aquello de que si un ladrón entra en tu casa a violar a tu mujer y matar a tus hijos, algo la mar de habitual en Perros de paja, Funny games o El cabo del miedo, conviene tener un pistolón bien cargado cerca –o eso, o si acaso un papel y boli para el autógrafo de Dustin Hoffman o de Bobby De Niro… Aún así me ha sorprendido lo vehemente del saludo y lo arcaico de la triple invocación. Ya es malo que un niño de catorce años se sepa de memoria una de las escasas cuatro patas del argumentario de Abascal, pero peor es que lo comparta con otros de su misma edad y posible batallón nocturno. Le he recordado que ese señor que nombra, aunque ciertamente muy eufónico, está muerto y muy muerto y no va a resucitar, pero no parece haberle mermado la hombría. Así que me he ido a la sala de profesores, y al buscar un video de ecologismos varios en Youtube me ha saltado un anuncio de no sé qué producto que producía algo así como el “Efecto WOW”. La pregunta, entonces, que se me ha planteado es difícilísima: ¿es el neofascismo ultraliberal que gusta a algunos adolescentes y a millones de votantes hispanos también otra forma de “Efecto WOW” -con lo cual se trata de una moda ridícula que no durará mucho y que será sustituida por otra igual-, o, justamente al contrario, es la manera que ha encontrado la gente, y sobre todo estos jovencillos nuestros, de huir definitivamente de la patética imbecilidad que es la cultura del “Efecto WOW” que hemos creado para ellos? Si yo tuviese catorce años, y tuviese que elegir entre WOW y ser español hasta la cejas, no respondo de mis actos…
    Naturalmente, también hay chicos informados y concienciados, como Rabbi, de Primero de Bachillerato, que antes me había explicado la diferencia entre ecofascismo y ecosocialismo/ecofeminismo -creo que estos segundos van juntos. Pero me da la impresión de que el resultado no va a ser muy distinto, porque el tal Rabbi, que es bangladesí, también va a vivir el “efecto WOW” de tener que enfrentarse el resto de su vida al problema del cambio climático y hacerlo combatiendo a los negacionistas xenófobos de Vox y otras basuras políticas. Es decir, que lo mismo los chicos y chicas que ahora tienen la edad de Greta irán en pocos años buscándose unos a otros por los bares para molerse a palos por la ideología climática de cada uno: eso sí que va a ser ¡¡WOW!! Y, viendo todo el pastel, se me ha ocurrido una cosa espantosa, lo reconozco, tan espantosa que en cuanto la escriba la retiro, pero que exploto si no la digo. Se trata de esto, agárrense a la silla: ¿y si, después de todo, les viene incluso bien? ¿y si la gran transformación histórica que nos aguarda como especie, sea por el desastre climático, o sea por la frenada económica, les enseña a los adolescentes una fuerza, una disciplina, un manera de hacer mucho mejor que la cultura de mierda de las monerías en Youtube, de los “Efectos WOW” del marketing (https://soy.marketing/que-es-el-efecto-wow/), y del deprimido-molas-mogollón – porque tengo también varias alumnas de cuarto de la ESO a las que la vida les parece una mierda; les replico, no muy cortésmente, aunque sacan buenas notas, que un migrante rebosante de ganas de usar su móvil y su microondas espera ansioso a ocupar su lugar, y que lo merece; lo llamo el futuro Vox/inverso, o, si se quiere, las nuevas invasiones bárbaras…) En fin, lo retiro, lo retiro… Porque, desde luego, poner a prueba a la gente para que se endurezca o mejore interiormente también tiene algo de fascista, si no lo han podido elegir deliberadamente, y que esa prueba sea nada menos que una catástrofe global irreversible es un pensamiento de lunático, o de alguien riguroso hasta el sadismo como Catón el Viejo. Pero lo que sí que es totalmente cierto es que a Greta y a mis alumnos les espera toda una vida de ser machacados por cuatro nuevos jinetes del apocalipsis ideológico: el cambio climático, la cuestión de género, los nacionalismos y el control del internet. Para colmo, les dejamos un mundo en el que es cada vez más difícil distinguir la ficción de la realidad, la imagen de la cosa, lo analógico de lo digital –pues algo quedará de realidad, de cosas, de mundo analógico….- y habrá que adiestrarse desde muy niño en ello. De modo que yo, más que ponerles pegas como se le pone incansablemente a Greta Thunberg, les deseo a todos la mejor de las suertes (puesto que, como se añade siempre en las películas americanas como las antes mencionadas, la van a necesitar…)
    Pero, oye, ¡¡WOW!!

  • Fernando Broncano en un post de Facebook:

    Es incorrecto pensar que las élites mundiales no son conscientes de los problemas medioambientales ligados al cambio climático y la escasez de recursos no renovables. Por el contrario, no entenderíamos el ascenso del neo-imperialismo en las últimas décadas sin una aguda conciencia de esos problemas. No es imposible y sí bastante probable que una de las salidas a la emergencia medioambiental sea una suerte de 1984, un ecofascismo mundial repartido entre dos o tres potencias que gestionen la pobreza de recursos y el dominio de las élites mediante un nuevo militarismo basado en las nuevas tecnologías de control. Debemos cuidarnos de los discursos, madejas ideológicas y llamamientos a la conciencia de la “geoestrategia” que busca rearmarnos en el plano nacional o europeo. ¿Hay que recordar que las izquierdas europeas de 1914 fueron entusiastas a la guerra imperialista que destruyó todas las promesas de la humanidad y abrió el más cruel de los siglos? Pensamos siempre en el fascismo sobre el modelo nazi y no recordamos que fue el imperialismo de finales del siglo XIX el que creó las bases del fascismo: arramplar con los recursos del mundo. Qué poco difícil es convencer a quienes ven su puesto de trabajo en peligro de que hay que armarse en un mundo de recursos escasos. Qué fácil es estigmatizar a los dos grandes movimientos transversales que están resistiendo el nuevo rearme: el ecologismo y el feminismo. Qué sencillo es pasar un subtexto autoritario bajo una superficial defensa de “nuestros” intereses, como si el “nosotros” no fuese una construcción siempre en peligro de cargarse de violencia. Es ahora cuando el lema “somos el 99%” debe ser defendido con pasión. Somos el 99% del planeta. Pero el uno por ciento tiene en sus manos la mayoría de los recursos. También los ideológicos. También es consciente de la transversalidad de los discursos y de cómo hay que convencer de que hay que vallar nuestras fronteras. No es Vox el problema: sólo es uno de los profetas del anticristo. El problema es, siempre lo fue, el imperialismo, por más que ahora se disfrace de críticas a la globalización (que él mismo creó mientras fue rentable).

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