Disertación en torno a una (no)interpretación de los sueños

Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

Francisco Umbral, “Mortal y rosa”.

La civilización occidental se había olvidado de la parte nocturna de nuestra existencia hasta que los románticos y Sigmund Freud, ese diligente teratólogo del alma, volvieron a sacar el tema y con ello retrocedimos un poco hacia las cavernas, que por cierto tan freudianas son ellas mismas en su naturaleza de orificio ciego, ctónico e íntimo. A Freud le gustaban los ritos ancestrales y los secretos primitivos prohibidos por lo menos tanto como a Arthur Machen en literatura o a James G. Frazer en antropología; Freud era ese tipo de autor gótico y esotérico al que fascina la anti- o pre-ilustración, so capa de cientificismo positivista. Por eso le encantaba oficiar de chaman -los amuletos y las pócimas bajo la bata de médico-, como aquellos a los que acudía el jefe de la tribu a que le explicase el sueño y que respondían al jefe justamente lo que quería oír (o como los augures de César, a los que César pagaba para que hallasen en las tripas de las aves los propios designios de César; como se ve, poco han cambiado las cosas desde el cavernícola hasta Pinker o el CIS). De hecho, Freud no sólo escribió Tótem y tabú, con gran gozo de su corazón fabulador de folletines tenebrosos, sino que su propio despacho estaba repleto de fetiches y objetos arqueológicos supuestamente procedentes de una quimérica Noche de los Tiempos –el Útero Preternatural de la Humanidad Toda, por decirlo así, de donde el acólito traidor Jung obtuvo después sus arquetipos para agradar a las marquesas, cuanto más históricamente originarios, claro, más convenientemente inverificables… Estaban muy de moda ese tipo de cosas en el periodo de entreguerras, que fue como un breve baile loco y desesperado (los felices veinte, Scott Fitzgerald, etc., hasta que todo de repente hizo crack) entre dos masacres brutales. Supongo que Freud con sus morbideces paleontológicas acerca de la cámara oscura de nuestra mente sólo trataba de sondear aquellos horrores atávicos, tanáticos más que eróticos, aunque fuera postulando horrores nuevos, realmente “siniestros” en sus propias palabras –el complejo de Edipo, por ejemplo, es sin duda el paradigma del horror doméstico: homicidio e incesto, pan cotidiano en una novela de Faulkner, sí, pero no en la Viena chic de Freud.

Yo, particularmente, no me trago nada de eso, como ya he indicado en algún otro lugar. Será porque he nacido en otra época mucho menos “reprimida”, por decirlo en términos de la propia secta, una época, tiempo o estilo cultural en la que el sexo está a la orden del día y los leggins que hubiesen trastornado a un vienés respetable de a pie hasta la sudoración y la desazón profunda los lleva mi hija de diez años y nadie se escandaliza. No me siento, pues, por lo que sea -porque el capital funciona ahora mejor espoleando mis pulsiones que sometiéndolas a disciplina, probablemente-, en la necesidad de sublimar ni una puñetera cosa, y si en este mismo instante quisiera ver un cuerpo humano desnudo en la peor de las humillaciones posturales ese es un capricho que tengo a tiro de tecla en el entorno virtual de mi reciente identidad tecnológica, mucho más alter ego ya de mí mismo que la Sombra de Jung o el Hyde de Stevenson o el Id de Freud: me refiero, naturalmente, a eso que llamamos ingenuamente móvil –porque es “móvil” en el sentido de que aunque te muevas la conexión es la misma, es decir, que es efectivamente “móvil” para que nunca realmente te alejes… Quizá por eso, diría Freud, ya no parecen quedar genios, ni siquiera genios patológicos después de la muerte de Michael Jackson, puesto que la descarga sexual actualmente es facilísima, amén de que ya nos da un poco igual que sea óptima o cutre, y de ahí que nadie sienta ya la necesidad de recanalizar su libido en forma de arte, religión o filosofía (los tres Absolutos del Espíritu de Hegel degradados por Herr Freud a “incel”, o sea, lo que denominan ahora “celibato involuntario”…) Pero esa teoría tampoco me la creo, pienso que no hay genios sencillamente porque los han devorado las pantallas o los auriculares, igual que doy poco crédito a La interpretación de los sueños, el voluminoso libro con el que arrancó el Psicoanálisis en 1900 (en realidad fue en 1899, pero Freud lo amañó para que coincidiese con el inicio del siglo, muy megalómano él ya desde el principio: el siglo XX recién estrenado tenía que ser su centuria, la centuria de Sigmund Freud y su Psicoanálisis…) Lo mismo es que soy un deficiente onírico, pero yo jamás he tenido esa clase de sueños que describe el maestro Freud en su tratado. Mis sueños son emocionalmente muy intensos, y me acuerdo bien de ellos al despertarme, pero su sentido no está en absoluto escondido, tampoco son demasiado raros que digamos, y la interpretación viene dada prácticamente sola. Es más, como decía el Talmud, mucho antes que Freud (y como recordaba creo que Carl Gustav Jung, aquel terapeuta suizo que fue filonazi y que solía falsificar los informes de sus pacientes para que le cuadrasen no las cuentas, sino los cuentos…) “los sueños son su propia interpretación”. Mis sueños no son criptográficos, mis sueños se revelan dócilmente. Por desgracia, no suelo tener sueños eróticos, porque incluso cuando empieza a insinuarse algo, lo transfiguro en amor o me lo cargo y me despierto. En un mundo que ha convertido el follar en religión (y cuyos creyentes ascéticos acuden al gym de fitness a rezar, o, si son más perversos, a los textos de los filósof@s franceses), soy casi un hereje, un heterodoxo, alguien cuyo deseo es más vulgar que una zapatilla vieja…

Freud, para empezar, hace lo mismo que todo metafísico desde Parménides: desdoblar en dos planos el objeto de su estudio. Hay, nos dice, un sueño manifiesto, y hay también un sueño latente; la ciencia, a diferencia de la superstición, consiste, por supuesto, en llegar al segundo a través del primero gracias al instrumental teórico que nos proporciona oportunamente el propio filósofo, que en este caso particular se hace llamar a sí mismo “psicoanalista” (pero tenemos perfecto derecho a hacer como él, y adivinar al metafísico agazapado a través del presunto psicólogo). De ahí que Freud se aleje en este libro pionero definitivamente de su orientación inicial neurológica o fisiológica, puesto que en aquellos terrenos no se podía jugar al viejo juego de la apariencia emborronando la esencia y del método salvífico que trae el mago para tornar la una en la otra. De modo que no, que los sueños deben ser ahora un fenómeno puramente psíquico, a fin de que tengamos por un lado realidades, por otro fantasmas (Freud lo llama “alucinaciones”), y para rematar una apasiónate narración de misterio por descubrir. La clave hermenéutica de esa narración, según Freud, es que el sueño que nos relatan ejecuta la realización de un deseo, porque eso es lo que son nuestras pobres almas en opinión del psicoanalista en ciernes, tristes válvulas de débiles ideas que apenas pueden contener o redistribuir los briosos impulsos del cuerpo. Y para contenerlos, en la medida en que les sea posible, recurren al engaño, a la tergiversación, a la “deformación onírica” que dice Freud. Es todo bastante divertido, si se mira bien. ¿Cómo puedo llamar “realización” de un deseo a algo que tiene lugar en un efímero y desagalichado sueño? ¿Qué porquería de “realización” es esa, tan tenue, tan espectral, y que en cuanto me despierto se disipa y me deja chasqueado y desilusionado de mi vida real recién recuperada? Debo entender que donde Freud dice “deseo”, con mucha prosopopeya (y para acabar con la inveterada costumbre de concebir la especificidad del animal humano como intelecto, con el muchísimo partido que se le ha sacado en el s. XX a esta injustificada modificación…), lo que quiere decir es algo tan simple como “darse el gusto”, porque deseos de más largo alcance o calado no caben en un sueño. Puedo soñar, y muy atropelladamente, que mato al jefe y ocupo su lugar, pero no puedo soñar mi experiencia ulterior de jefe. Es decir, en el sueño únicamente me “doy el gusto” de matar al jefe y ser aclamado por mis compañeros, si acaso, en un fogonazo, como un crio que sueña con meter un gol, luego rápidamente llega el letrero de The End o, lo que es más habitual en nuestra vida onírica, la acción continua e inevitablemente se malogra el clímax…

Freud “La interpretación de los sueños”

De hecho, Freud termina por concluir eso, que los sueños, en realidad -tras el velo de la apariencia, como la infraestructura de Marx se oculta bajo la superestructura, otra metafísica que ha solido ir unida al Psicoanálisis- activan deseos inconscientes provenientes de la infancia. La infancia de cada uno y la infancia de la humanidad, también, aquello preternatural cuya alusión simbólica adornaba mediante ídolos y máscaras el despacho de Freud. Y, según lo ve él, tiene que ser cierto: sólo un niño, o un troglodita, tiene como única preocupación “darse el gustazo”, los adultos o los seres humanos vestidos y con carné tenemos vidas mucho más complicadas. Tan complicadas, que ni siquiera lo antedicho nos está permitido, eso de darnos un gusto puramente sensorial o sensual y encima irreal y sin consecuencias, puesto que enseguida el sueño lo censura y la posible satisfacción se camufla de tal modo que hasta una pesadilla horrible podría darle extraño cumplimiento, como sostiene, muy seriamente, y muy paradójicamente también, el primer Freud. Reconoced conmigo que es la monda. Reconoced que nuestro amigo el sabio del gran puro lo que trató de decir de verdad (el mensaje latente bajo el mensaje manifiesto, una vez más) durante toda su vida y mediante tantas obras meticulosas y análisis clínicos detallados es, primero, que nuestra actividad psíquica nocturna consiste en perpetuar de por vida las culpabilidades banales pero intensísimas de la niñez, y, luego, que nuestra actividad psíquica diurna como especie no es más que la batalla infructuosa por expiar hasta la muerte las culpabilidades atávicas adquiridas en una incierta prehistoria (vuelvo aquí a Tótem y tabú, que ya no es un tratado antropológico, como se dice, ni mucho menos todavía psicológico, todo eso quedó muy atrás, sino netamente teológico: se trata nada menos que de la explanación y etiología del pecado original), a lo que se suma lo más original de todo, que es aquello de que tanto unas como otras son de carácter sexual. El pecado original es, por tanto, de naturaleza sexual, como ya se insinuaba en el Génesis, y no en vano, como todos sabemos, Freud es judío. Para Marx, también judío, y por seguir con la analogía anterior, el pecado original era la “acumulación originaria”, que es algo que entronca más con una larga tradición filosófica desde Platón hasta Rousseau, con que realmente en este punto el Psicoanálisis echó al mundo una idea inédita -esto es: el sexo no sólo en tanto actividad reproductiva y eventualmente recreativa, sino como energía primordial de la vida viviente en su conjunto, al modo del oscurantista de Arthur Schopenhauer, que jamás fue tan sofisticado como Freud- que como tal ha ido creciendo como la proverbial espuma durante estos últimos cien años gracias sobre todo a negociantes, asesores de imagen y publicistas, hasta el punto de que ya la mayor parte de la población del mundo desarrollado gusta de definirse sobre todo por su sexualidad.

Yo no sé, claro, qué infancia tuvo Freud, personalmente (y puedo preguntármelo ya que él mismo se presentó en su investigación como sujeto investigador y objeto investigado). Diversos biógrafos lo habrán contado ya, supongo. Porque, como no puede ser de otra manera, el redentor de una secta tiene que haber sido el primer redimido por su propia magia. Mal íbamos a poner nuestra fe en un sanador que no se haya sanado previamente a sí mismo, o que no supiera nada de lo que implica padecer nuestros peculiares sufrimientos, al igual que admiramos al gran empresario que empezó desde la nada o confiamos en el político que estuvo en la cárcel por sus convicciones. Pero debió ser tela, la tal infancia. Me imagino un padre severo, chistera, monóculo y una poblada barba como la del mismísimo Jehová, y una madre tierna y entregada como un personaje femenino de Dickens. Como no existían Bola de Dragón ni Fornite, afortunadamente, el niño Sigmund desarrollaría una poderosa imaginación que volcaba en sus estudios literarios pero sobre todo en sus sueños. Sin embargo, de adulto intentará convencer al mundo de que nuestra mente, el rato en que se encuentra libre de las ocupaciones diarias, no inventa, sino que meramente se autoconsuela. Yo creo que es cierto que hay una conexión evidente entre los sueños y la vigilia, y que los sueños muchas veces lo que vienen es a recalcar la relevancia de algo que ha pasado inadvertido en la vida despierta. Uno, en efecto, se levanta pensando “pues no sabía que me importara tanto eso que acabo de soñar”, y en este sentido el sueño sirve de advertencia, de acentuación, de subrayado, y no únicamente de autoconsuelo como señala Freud. Pero es que, además, también hay bastante ars inventiva en los sueños. ¿Por qué no, si la hay también en la vida activa, incluso cuando cien preocupaciones nos abarrotan la cabeza? ¿No es, de hecho, cualquier patología psíquica, o el arte, o el propio lenguaje, la prueba de que proyectamos mucho más de lo que necesitamos, de que nuestra mente sobreexcede continuamente la pura adaptación al medio? Decía Leibniz que el alma nunca descansa (y Leibniz, por cierto, descubrió el inconsciente mucho antes de Freud, lo que pasa es que no pensó que tuviera una estructura y muchos menos instintiva). En mi opinión -y creo que tengo derecho a opinar aunque no tenga experiencia clínica, primero porque soy lector/sufridor de Freud, y luego porque sueño cuando duermo como todos, de modo que soy una zona viva de verificación o falsación efectiva de su doctrina-, en los sueños hay mucha morralla psíquica, como dice Umbral, mucho desecho defecado por la mente y expulsado al olvido como en el Del revés de Pixar -es decir, que no creo que quede todo ahí almacenado para vengarse posteriormente como sospecha Freud-, pero también mucha creación absurda de la psique que no hace más que someter a nuestra mente a una especie de prueba de estrés, a la manera en que se hace en la actualidad con los bancos, incluso más honestamente todavía, si es que no es mucho decir, que a los bancos. El sueño como simulación: sueño con cosas que quizá jamás me ocurrirán, pero que preparan mi mente para cuando ocurran, como un simulador de vuelo. El sueño aplasta, estira, moldea, recombina las huellas psíquicas de la vigilia y con ello suaviza las aristas de la jornada y a la vez entrena el alma. Unas noches toca sueño bueno, del que cicatriza, y otras pesadilla, que curten. No encuentro nada en esto, francamente, ni en mis propios sueños, que guarde relación con la niñez ni con la sexualidad. Yo, lo más extraño que sueño ocasionalmente tiene que ver con amigos y parientes muertos o con colegas con los que rompí y no he vuelto a ver, sucesos que tienen como mucho veinte años de antigüedad y que en cierta manera son episodios de duelo y de reencuentro alegre/tristón.

Pero voy a hacer como el maestro y contar un sueño mío, el de ayer mismo, bastante insólito incluso en mi estúpida sesera. Yo soy profesor de Secundaria, y en mi sueño me agarraba a golpes, como diría un hermano latinoamericano, con mis propios alumnos. Lo hacía por defender a una compañera, de la que estaban abusando, a la que tomaban el pelo de forma cruel y despiadada. Estos chicos de mi sueño estaban tan animalizados, eran tales alimañas irrecuperables, que a cada puñetazo que les daba se volvían más fieros, en vez de asustarse y retroceder. Este es el momento de decir, para que no me retiren prematuramente de mi empleo, que yo me llevo fantásticamente con mis alumnos, al menos los últimos años. Me suelen caer bien, yo a ellos también, hacen por lo general caso a lo que les digo y hablamos con naturalidad y fluidez (tal vez demasiada en el sentido de que a menudo nos vacilamos mutuamente un poco). Les pido todo por favor, cuando me entregan ejercicios les doy las gracias, protejo a los débiles y si no fuese porque en el fondo creo más en el entendimiento en el aula que en las asignaturas que debo impartir casi podrían nombrarme profesor del mes o alguna parida semejante. Pues bien, insisto: anoche soñé que les daba la del pulpo, y, por una vez, los golpes funcionaban, hacían daño, cuando en mis pocos sueños violentos suelen quedar amortiguados y sin efecto, como propinados bajo el agua. Debo aclarar también, para mi historial penal posible, que no me he pegado con nadie desde los nueve años, y entonces tan solo para defender a mi hermano pequeño a base de enérgicas patadas. ¿A cuento de qué, entonces, este sueño de Van Damme, sin duda emocionalmente muy fuerte? El terapeuta podría decir que rememoro la infancia, cuando me pegaba por mi hermano, por la causa anímica que a él se le antoje, como que ahora está algo enfermo de un ojo. O podría decir que luchaba con mis rivales más jóvenes y más sementales, como Ulises el astuto, rey de Ítaca, por amor hacia una compañera de trabajo a la que ni siquiera pongo cara. O que temo en lo más hondo de mi ser que mis alumnos se conviertan en bestias pardas que me desafíen y me venzan, a no ser que les meta de hostias en el momento propicio. También, por último, puede aseverar que estoy cargado de odio, porque hace unos años me divorcié y no por las buenas. Se puede, realmente, decir lo que se quiera, y llamarlo tranquilamente “científico”. Pero el sueño fue mío, yo lo sentí (y hasta lo coreografíe, como Jackie Chan), y mientras lo sentía puedo asegurar que no había nada sexual en ello, nada relacionado con mi infancia -pienso poco en mi infancia-, ningún odio en particular, y tampoco en absoluto inclinación por la violencia como tal, pero sí más bien algo como probarme a mí mismo si estaría o no a la altura en caso de una situación en clase que se me escapase de las manos. Era, pues, algo inventado, una prueba de estrés, según mi fácil teoría. No hay, por tanto, me parece, doble plano, tal como yo lo veo, el sueño manifiesto es el sueño latente, y viceversa; el sueño es, pues, su propia invención y su propia interpretación, no precisa de intermediarios chamanes que cobran a tanto la sesión. Del mismo modo que en la vigilia puedo tratar de imaginar, queriéndolo o sin querer, cómo sería palpar a Eva Green, durmiendo puedo ensayar a meter un par de yoyas de autodefensa… Ambas cosas son igual de macho/machistas, vale, pero eso no significa que un servidor necesite terapia. 

Pongo otro ejemplo, el primero que se me ocurre, de por qué la metafísica finalmente se equivoca. Siempre me han sorprendido esas películas -estoy pensando en Arizona Baby, que recuerdo mal, pero con afecto- en las que sale por televisión un vendedor de muebles, o de coches, genuina e histrionicamente norteamericano llamado algo semejante a “El honesto Sam”, y que hace un spot en el que finge estar loco porque ha bajado los precios de modo espectacular. Va a perder dinero, pero no le importa, porque se ha vuelto loco (en el país del beneficio como único incentivo profesional y casi vital, no exprimir al cliente sólo puede ser calificado de trastorno mental grave). El hombre, pese a que es un serio empresario calvo y con corbata, actúa como un payaso durante el anuncio: gesticula, sopla un matasuegras, se toca con un gorro de papel, chilla, etc. Pues bien: el espectador del anuncio no es engañado en ningún momento, sabe perfectamente que todo es un teatrillo comercial. Todos saben, a no ser que hayan nacido ayer, que El honesto Sam es tan codicioso que hasta es capaz de perder la dignidad, y por eso precisamente cala en la mente del consumidor que termina por comprarle un sofá a ese tipo tan divertido. Repito: no hay doble plano, no hay mensaje oculto y velo que lo cubre, no hay necesidad alguna de encontrar el código, o la llave, que rasga la apariencia y denota la verdad. Si tu primo está viendo el anuncio contigo y dice “este tío es un falso, seguro que así vende el doble”, le mirarías con sorna puesto que acaba de descubrir el Mediterráneo. Es decir, ahí va mi idea: el juego de la apariencia connota irónicamente la realidad, no la tapa ni la envuelve, sino que, al contrario, la destaca como con un rotulador fosforito bien grande. Y, pese a ello, o por ello, funciona, El honesto Sam, ahora Crazy Sam, o como se quiera, vende más que el que hizo un anuncio muy formal garantizando con cara de palo la calidad de sus productos (el bueno de Sam, por tanto, ha generado una plusvalía con su montaje como no pudo ni imaginar ese otro metafísico, Marx, para quien sólo el trabajo era real tras la escena). La codicia de Sam es tan descarada que es graciosa, me la quedo, así es como funciona nuestra comprensión habitual del mundo y de los otros con los que compartimos ese mundo y también de la inteligibilidad de los sueños: generando un suerte de desvío en la presentación de la cosa que no hace más que revelar la verdad o naturaleza o realidad de la cosa con mayor fuerza. No conozco animal que sea capaz de eso…

Y, me pregunto… ¿será eso la cultura, entendiendo por cultura no un baile tradicional de mi terruño, sino aquello que realmente nos diferencia de los animales? Pues no lo sé, la verdad, yo no tengo la inteligencia prodigiosa de Freud, pero sí se me ocurre pensar que, si así fuere, la visión freudiana de un salvaje instinto interior constantemente bloqueado, acallado o reprimido por el Súper-yo, las normas o la cultura, es una descripción ridícula, pueril, del comportamiento humano. No somos un tebeo de Hulk, o una película de Polanski o Von Trier, somos los seres que manipulan los jodidos átomos. A mí no me disgusta profundamente la existencia de la cultura, a mi me encanta que existan Klee, o Internet, o el gintonic, o Neil Young. También a Freud le gustan sus estatuillas a lo Indiana Jones, pero no le veo recorriendo la jungla y durmiendo al raso. El señor o señora que compran el sofá al cabroncete de Sam no han sentido en momento alguno “malestar” por su autoengaño consciente, al contrario: entienden que han hecho la elección de consumo adecuada. Yo diría, poniéndome estupendo, que una post-metafísica es como el doblepensar de nuestro amado George Orwell extendido a todo el orbe psíquico humano, pero sin connotación peyorativa alguna. Todos doblepensamos, excepto los auténticos tontos. Tonto es aquel que ve gigantes sin ver al tiempo molinos, como Don Quijote, o que ve tan solo molinos sin aceptar que otros vean gigantes, como Sancho Panza. Voy a soltar una herejía: Freud es un gran hombre, y un cerebro excepcional, pero quizá sea peor psicólogo que El Honesto Sam. Tanto pensar, tanto analizar, tanto sentirse atraído por las pacientes, tanta farlopilla para trabajar más tiempo y tanto “la hostia soy tan grande como Galileo y Darwin” le nubla a uno quieras o no el entendimiento. Y luego encima te salen seguidores Judas como Jung, que te llaman judío y van por ahí diciendo que lo del sexo no es para tanto, que eras un salido del copón. Es verdad que el placer sexual no es un subtipo de placer. No está el placer de comer, el placer de caminar y el placer sexual, entre otros muchos placeres. La libido requiere un campo aparte, enteramente suyo y totalmente bizarro, tanto que da lugar tanto a poemas sublimes como a explotaciones repugnantes. Jean Paul Sartre, ese freudiano que copiaba a Heidegger, lo vio un poco mejor que su mentor: para que tú te excites sexualmente, es necesario que otra conciencia se excite contigo también. Es su excitación la que se excita, cosa que ocurre en muchísima menor medida con la comida o el senderismo. La sexualidad es una cosa muy rara porque es un placer, si es que no es más que un placer, que implica al otro u otros de modo inevitable (sean animales, muertos, de tu mismo sexo, trans, etc.), como cómplices o como víctimas. Pero ese no es mi asunto ahora ni lo entiendo bien.

Mi asunto en estas disparatadas líneas es más bien que no acepto que se pueda hacer ciencia positiva del sueño, en mi modesta pero algo meditada opinión. El sueño es como la cultura, algo mucho más metido en nosotros de lo que imagina el maldito Psicoanálisis, que habitualmente concibe las cosas en los términos dinámicos pero universales y homogéneos de fuerza/disfraz o núcleo/cáscara. En los sueños no hay nada natural, puramente pasional, impulsivo e incontaminado de cultura, ese supuesto Ello orgánico y sinuoso y rampante; paralelamente, en lo que llamamos cultura no hay nada tampoco que no sea a la vez “soñar sabiendo que se sueña”, como apuntaba Nietzsche, soñar aposta, diría yo. Soñar, de noche, o en la siesta, o en una conferencia interesantísima sobre cómo convertir en izquierdista a Lacan nos da una noción de lo que de verdad tiene sentido, precisamente porque a menudo nuestra cabeza forja sinsentidos. Además, aprendemos de nosotros mismos lo que singularmente nos ha impresionado durante la dura jornada de los ojos abiertos, sin necesidad de escribir un diario o hacer un ignaciano examen de conciencia. Por último, nos ameniza el alma, para bien o para mal, porque nadie quiere anularse completamente durante ocho horas al día, lo cual supondría un ominoso e indeseable anticipo de la muerte –el sueño, hermano gemelo de la muerte, ritmaba Homero; ojalá sea justamente al contrario… Freud añadía también que todo ello sirve para que el cuerpo descanse lo que debe sin que los estímulos exteriores lo perturben. Yo lo encuentro, en suma, lo suficientemente satisfactorio como experiencia vital. Tiene algo de evasión, que nuestro admirado maestro vienés negaba, pero tiene también mucho de hacerse cargo del peso de lo vivido y de cómo afrontar la incertidumbre del porvenir. Como cantaba el bardo inmortal, tan querido también por Sigmund Freud, ¡morir…dormir, tal vez soñar…!…   

¡Si, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevivir en ese sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida.

¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! Pues… ¿Quién soportaría los ultrajes y desdenes del mundo, los agravios del opresor, las afrentas del soberbio, los tormentos del amor desairado, la tardanza de la ley, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete?

¿Quién querría llevar tales cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, sino fuera por temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna,
temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Así la conciencia nos vuelve cobardes a todos y así el primitivo matiz de la resolución desmaya con el pálido tinte del pensamiento, y las empresas de gran aliento o importancia, por esa consideración, tuercen su curso y pierden el nombre de acción.


Pero… ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones… 

P.S.: El día que repaso y corrijo esto he soñado que era amigo íntimo de Tom Cruise, cuando yo no soy fan de Tom Cruise, hace mucho que no veo sus pelis, incluso me cae bastante gordo Tom Cruise. Pues ha sido un sueño estupendo, mira por donde, me lo he pasado muy bien. Analyze this…

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