Reading Bill: “¡Absalón, Absalón!”

El odio es un borracho al fondo de una taberna,

que constantemente renueva su sed con la bebida.

Charles Baudelaire.

“Odio” es la última palabra que escribió Faulkner en ¡Absalón, Absalón!, publicada en 1936, y se diría que no sin cierto don profético, puesto que ese año comenzó la guerra fratricida española, lo cual, según muchos historiadores, fue la antesala ineludible de la conflagración más enorme y homicida de la historia de la humanidad. No es que Bill le cante al odio, como si se pudiera amar el odio, que resulta un fácil oxímoron, pero tampoco lo esquiva ni lo refuta o anula mediante un final feliz. Piensa, Faulkner, al parecer, como en su momento Aristóteles, que el odio perdura siempre, y que lo más que se puede hacer es anestesiarlo provisionalmente. Esas sagas familiares de Bill -aquí comparecen los Sutpen y los Compson- que siempre terminan mal, que rememoran sus tragedias en retrospectiva, para las cuales el presente es casi una ilusión tenebrosa engendrada por ese abominable pasado y que no necesitan de la guerra (la Guerra de Secesión, esa “sanguinaria aberración”, escribe) para reforzar sus demonios internos, pues ya los tenían en casa, ya había guerra antes y después de la Guerra. Como Faulkner admiró tanto a Shakespeare, el lector -y Bill no quiere un lector casual, precisa un auténtico héroe de la lectura- nunca termina de saber si el Sur se mereció esa derrota (lo cual sería horrible) o no, si la esclavitud de los negros fue un pecado tan cósmico que nada podrá redimir esa ignonímia, y si los descendientes de aquel orgullo de caballeros sureños no son partícipes también, y no sólo legatarios, de los crímenes de sus padres y abuelos. Y el lector no llega nunca a saberlo porque Faulkner se muestra siempre de espaldas como narrador, al igual que Shakespeare, diseminando los puntos de vista y oscureciendo su opinión propia entre muchas voces.

Leo en Wikipedia que Absalón es la novela de la incertidumbre epistemológica (creo, por cierto, que sería mejor término “gnoseológica”), puesto que el autor, más que otras veces, permite lo mínimo al lector aferrarse a hechos claros, los hechos se escurren y en general no tienen lugar en la acción hasta que la escritura ha amontonado una tonelada de sutilezas interpretativas. Pero no me parece a mí que sea del todo de este modo, más bien al contrario: los personajes -cronistas e implicados a la vez, menos uno- se toman un grandísimo interés en saberlo todo, hasta el punto de que son las demasiadas excogitaciones que se dan cita unas al lado de otras, unas tapando a las otras, las que convierten el presunto hilo argumental en enigmático. O sea, que no es que Faulkner haya querido sentar acta de una carencia humana, a la manera de un filósofo anti-positivista que se divirtiera hurtando al lector el conocimiento absoluto, sino que antes bien es el sobreexceso de atención por parte de sus cronistas el que lo enturbia todo, como si el lector de Absalón tuviera que trabar conocimiento con varios previos lectores concienzudos y obsesivos de los mismos hechos, todos ellos cruzados, amalgamados y superpuestos, con la inevitable consecuencia de que la historia-matriz, caso de haberla de una forma efectiva, se difracta, se profundiza, se amplía radicalmente y prácticamente se vuelve loca.

Y es que, en efecto, hay algo de locura, incluso de hybris (de desmesura sacrílega) en la concepción de Absalón. Faulkner contaba que alumbró Sartoris, la primera novela del condado impronunciable, de un fogonazo, como un rayo que de repente ilumina todo un paisaje, y que de esa intuición brotaron todos sus subsiguientes derroteros narrativos. Al margen de que esta sea la afirmación propia de quien quiere pasar a la posteridad por genio -algo de lo que era de todos modos difícil dudar-, en la propia Sartoris germinal las cosas eran todavía más serenas, más dulces, mientras que en la coda final, Los rateros (casi una novela de formación que en castellano ha sido traducida también por La escapada), un Faulkner ya viejo deja de fulminar al lector y le permite recrearse. Pero, en medio, como una montaña picuda en la noche sobresaliendo de una cordillera y cubierta de nubes, Absalón, la locura en su máximo grado, Bill extralimitándose y ofreciendo a la Historia de la Literatura tal abyección que incluso los supuestamente pavorosos incestos del relato le parecen comparativamente tolerables al lector.

Tenía razón Richard Rorty (en Contingencia, ironía y solidaridad) cuando decía que en muchas ocasiones no hay que buscar más motivos para las transformaciones históricas y estéticas que el cansancio. Faulkner no podía proceder a contar las cosas igual que un novelista anterior, ya no serían creíbles, ya no parecerían auténticas, el público estaría cansado de la taumaturgia literaria conocida, y el escritor a su manera también. Reautentificar, si se puede decir así, revivificar la Literatura, por consiguiente, tanto norteamericana como extranjera, pasaba no sólo por recuperar el romanticismo oscuro de un Melville o de un Hawthorne, ofreciendo así al lector maldiciones y desgracias más extremadas todavía y más íntimas y devastadoras que las que rebuscaron aquellos dos bestias, también había que conseguir narrarlas ahogando lo que tuvieran de inefable -con el propósito precisamente de subrayar eso de inefable latente, y esto es quizá lo más importante- con un aluvión de frases, frases paratácticas, hipotácticas, entre paréntesis, en cursiva, interpoladas, ofreciendo todas las alternativas verbales, etc. –Faulkner, en su demencia literaria, llegó a pedir a su editor diferentes colores de tinta para El ruido y la furia, sesenta años antes de Michael Ende .

Todo ser humano, naturalmente, vive poseído y como atravesado por fuerzas superiores de carácter social que son a menudo inconscientes y que obran soterradamente en sus pensamientos y acciones, pero esta verdad, que no habían sabido ver un Descartes o un Locke (y en general la tradición científica y filosófica occidental, ni siquiera el Psicoanálisis, que las sitúa equivocadamente en un interior), Faulkner la toma y la multiplica exponencialmente, convirtiendo a sus criaturas en hojas virtualmente arrastradas por una tormenta psíquica y moral. Porque hasta la poderosa voluntad de poder encarnada de un Thomas Sutpen o de un Flem Snopes (o de otros hombres implacables menores que tanto disfruta describiendo Bill), saben y no saben a la vez muy bien lo que hacen y por qué lo hacen, y su Dios les condena y les comprende en un mismo acto. Resulta, así, sobre todo ¡Absalón, Absalón!, un cierto ejercicio de oscurantismo literario, basado, ya digo, en una evidencia empírica (o por lo menos así lo es para mí, y parece que también lo fue para Faulkner), pero peraltada al infinito. Esas fuerzas anónimas, pero finalmente históricas, son para Bill, o en Bill, tan potentes que rozan una cierta fantasmagoría del Destino, como si no estuviesen en manos únicamente de los seres humanos, como si se forjasen en el horno gélido y tórrido a la vez -todo en la escritura de Faulkner se antoja un intento de coincidentia oppositorum– del ser, como si, en fin, no ofreciesen más alternativa postrera a sus personajes que la desesperación.

Rowan Oak, casa de William Faulkner en Oxford, Misisipi

Curiosamente, esta sensación que deja la lectura de Absalón (si se puede llamar “sensación” a algo que requiere ansiolíticos), contrasta agudamente con las alocuciones públicas o ensayos de ceremonia que Faulkner escribiera o pronunciara en vida -y que, por cierto, los valientes de Capitán Swing han publicado hace algunos años-, donde todos son buenos deseos para el conjunto de la humanidad, henchidos de optimismo y regados de parabienes respecto del incierto futuro. Quizá es que la misión de la conciencia literaria, en opinión de Bill, sea necesariamente la de descender a las calderas del Infierno, o del Odio más acerbo, para desde allí volver a creer en algún atisbo de Cielo, o de Amor incondicional, y en eso consista para él la epopeya opulenta y misérrima -más coincidentia oppositorum- de Yoknapatawpha. O es que, más probablemente, esas historias de locos rematados del pasado heredadas y sufridas en otros locos consanguíneos suyos no sean más que la evocación de un tiempo y una manera de sentir y de luchar -sobre todo contra uno mismo- que ya pasó, que es propia de otro género de hombres (y mujeres, se entiende), blancos tanto como negros, que no volverán, y que por eso debemos imperativamente conocer, como Bill insinúa muy claramente, aún a riesgo de ofender al lector, en la página 111 de Absalón (en la excelente traducción de Miguel Martínez Lage, editorial Verticales):

Sí, para ellos: los de aquel día y los de aquel entonces, un tiempo acabado, concluido, extinto, personas también como nosotros, víctimas como nosotros también, sólo que víctimas de circunstancias distintas, más simples y por tanto integérrimas, de mayor amplitud, más heroicas, y sus figuras más heroicas también, no concernidas, ni empequeñecidas, ni complicadas, sino distintas, nítidas, sin pliegues, que poseían el don de amar de golpe y morir de golpe en vez de ser criaturas difusas y desmadejadas y aventadas, extraídas a ciegas y trozo a trozo de un bolso lleno de todo y de nada y ensambladas de cualquier manera, autores y víctimas también de un millar de homicidios de un millar de cópulas y divorcios.

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1 Comment

  • Me ha gustado mucho, Ramón, ese vídeo que has encontrado en que Bill finge ser un hombre sobrio y responsable. Pero entra en bucle, no sé por qué…

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