La nostalgia del “efecto Nadal”

“Lo importante era que los criterios románticos de heroísmo eran una forma de tiranía moral: no había que juzgar a los hombres por su disposición a arriesgar la vida, sino por si eran capaces de mantener la sensatez, moral y política, cuando los demás la perdían.”

Isaiah Berlin

A cierta edad uno es consciente de sus supersticiones y, a veces, las acepta de alguna manera o, por el contrario, decide combatirlas con denuedo por eso de que no conviene que crezcan demasiado y nos ahoguen. Una de ellas, bastante tonta, es tener la sensación de que si ve en directo un partido importante de Nadal es más fácil que pierda lo que añade una angustia suplementaria a la que ya produce un marcador ajustado en un partido de tenis, donde la bola va de un campo a otro con un sonido hipnótico y parece que, al final, el espectador está participando en el juego y se agota y termina sintiéndose responsable de la doble falta en el momento más inoportuno o de que la bola no toque por fuera la línea que parecía haber rozado. 

Tengo todavía en la memoria a ese primer Nadal todavía adolescente debutando en la copa Davis en 2004 y ganando contra todo pronóstico partidos cruciales en los que parecía crecerse, no rendirse nunca, mantener una dureza competitiva inédita que terminaba agotando a sus contrarios. Algo que era disonante con lo que se había vivido de niño y que quizá tenía que ver con lo que habían cambiado en el deporte las olimpiadas del 92, con los éxitos en el fútbol y en el baloncesto, quizá un reflejo del cambio de mentalidad del país. La superación del complejo de inferioridad y de la furia española por la calidad, la técnica y la sabiduría. 

A lo largo de los años Nadal ha triunfado muchas veces pero también ha perdido otras. Más de una vez he oído reproches de los que no admiten que sus ídolos no ganen siempre, una forma estúpida de mentalidad adolescente muy frecuente en el deporte. En quince años ha tenido rivales magníficos que le han ganado más de una vez, como Federer, quizá el tenista más completo de la historia. Pero cuando Nadal no ganaba era siempre un digno rival, sin malas palabras, con reconocimientos a la labor del adversario, admitiendo de veras que en el deporte, como en la vida, a veces se gana y a veces se pierde aunque se ponga todo el esfuerzo y se tengan todas las cualidades. 

La forma de jugar al tenis de Nadal tiene además un precio: las lesiones. Y quizá también un cansancio mental que probablemente ha tenido que trabajar mucho y bien, quiza en silencio para mantenerse en pie una y otra vez. Es asombroso lo que las expectativas de los otros, cuando se internalizan en uno mismo, producen en una persona en concreto. De pronto todo se convierte en blanco o negro, se es ganador o perdedor, valioso o fracasado, el clamor en mil voces que hacen eco por los medios de comunicación y las redes terminan agobiendo y paralizando, inundando el cuerpo de ansiedad. El precio de la fama a veces tan insoportable que rompe a los mejores. Dicen que este año ha sido especialmente difícil para él. El cuerpo ya muy castigado y también el covid y la incertidumbre que ha producido en todo el mundo y en su mundo. La fragilidad de la motivación para seguir entrenando cuando no se estaba seguro de nada, la tentación de dejarlo todo ya y descansar de una vez cuando además se tiene todo. Pero no lo ha hecho. Ha entrenado como ha podido, ha luchado con sus lesiones, ha decidido seguir persiguiendo el sentido que da a su vida el tenis, incluso como superación, como capacidad de análisis y de aprendizaje de los errores. Como reto.

Por fin Roland Garros, la tierra batida, su torneo otra vez, con mucha gente que podía derrotarlo y, al final, Djokovic un tipo que le ha ganado más de una vez, un contrincante formidable en un terreno que este año no le favorecía del todo. Decidí no ver esa final para confirmar una tonta superstición que me evitó verlo ganar con tanta rotundidad, como si no hubiera pasado el tiempo y perteneciera todavía a otro país, más optimista y seguro de sí mismo. Mas racional y más noble, más profesional y educado. Más verdaderamente europeo en el mejor sentido de la palabra. 

Ese fair play o elegancia que parece que no se ha perdido en el mundo del tenis. Ha sido realmente admirable la reacción de Djokovic después de perder la final de Roland de Garros asumiendo que ese día Nadal había jugado mejor y reconociendo su mérito. También la reacción de Federer su gran rival felicitandole por su logro y reconociendo lo que le ha ayudado a superarse el encontrarse durante tantos años con él en la pista. Esa actitud constructiva que crea circulos virtuosos y que tanto se echa de menos, desde hace años, en la vida pública española, donde proliferan los felones, los ignorantes, los bocazas, los que quieren romper el consenso social y utilizar incluso la crisis social de una epidemia para prosperar e imponer sus tentaciones totalitarias. Frente a ellos la esperanza de que en este pais haya mucha gente como Nadal. Gente con motivación, que hace su trabajo de forma competente, que es razonable y constructiva, que se esfuerza y aprende y es capaz de superarse. Quizá una gran mayoría abrumada por el ruido demasiados medios de comunicación sesgados que, a menudo, no buscan reflejar la realidad de forma independiente sino la manipulación descarada basada en la mentira o en las medias verdades.

La nostalgia de del “efecto Nadal” y la esperanza de que perviva y crezca y termine triunfando…

Etiquetado en
Para seguir disfrutando de Ramón González Correales

JFK: 50 años de aquel día

Hacía frío en la Puerta de Brandeburgo aunque la mañana era cada...
Leer más

2 Comentarios

Responder a Óscar S. Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.