Quino: la muerte de un genio

Quino, el evangelista argentino

por Oscar Sánchez Vadillo

Un experimento mental que no puede ni debe hacerse el día siguiente al de la muerte de Quino es tratar de imaginar cómo sería Mafalda de mayor. ¿Una activista, una señora casada, una profesora de Filosofía, la directora general de la ONU?… o, ¡no quiero ni pensarlo!… ¿una cínica…? El personaje de Mafalda tiene una clara filiación con el niño sabio de la tradición cristiana, ese niño-Dios que aparecía de repente y dejaba callados a graves adultos como San Agustín. La gran novedad, el toque genial de Quino que hoy somos incapaces de apreciar en lo debido, es que Mafalda es una niña. Son los años sesenta, y este dibujante argentino convierte en Pepito Grillo, en conciencia vigilante de Occidente, en acerba protesta contenida, no a un avatar de John Lennon, o al Mr. Natural de Robert Crumb, sino a una niña, una niña de medio metro y pollera. El destino de esa niña es socrático: formula las preguntas que destapan la estupidez, la ceguera, la incuria y la resignación de sus mayores. Si esa niña creciese, la única manera que le cabría de seguir siendo lo que era sería la de ser crucificada a los 33 años, en sentido literal o figurado (crucificada por los medios, o por su entorno social, se entiende). Greta Thunberg tiene algo de Mafalda, pero sin la labia y el chévere del Sur. Matilda, el personaje de Road Dahl, es claramente una Mafalda, pero sin el sufrimiento, la fatalidad de fondo de las tierras secularmente mangoneadas por el Norte rico y arrogante. Quino supo hacer a Mafalda vitriólica, pero también triste, con la tristeza de un tango, de un terminar por agachar la cabeza y del ciclo eterno del corralito inevitable a causa de unos gobiernos consecutivamente vendidos y corruptos…

Es cierto que muchos niños actuales conocen a Mafalda, mientras que no saben nada de Mortadelo y Filemón. Mis hijos, al menos, sí, y me cuentan tiras enteras de viva voz. En cuatro viñetas de línea clara, Quino te propinaba un puñetazo en pleno estómago. Mi favorito de los que me han contado es el siguiente. Felipe se acerca a Mafalda y le pregunta que cómo es la palabra esa que vos utilizás, y que no significa nada. Mafalda responde que “pichiruchi”. Felipe, tiernísimo, exclama, intentando por una vez tener razón en algo, que le duele en el alma que su querida amiga utilice una palabra absurda, ridícula, que nadie entiende. Entonces, Mafalda saca el estoque: “pues decíme, Felipe, qué significa para vos la palabra “alma””. Felipe se queda helado, y Mafalda se marcha. Felipe mira al suelo (agacha la cabeza, como todos los pobres) y se dice a sí mismo: “creo que he quedado como un vulgar pichiruchi…”. En cuatro viñetas, una parábola digna del Nuevo Testamento; las obras completas de Mafalda como el Evangelio labrado en papel de las desdichas del Segundo Mundo.

Hasta siempre, Quino, che, cuántas veces nos hiciste quedar a todos como vulgares pichiruchis…

Contra Mafalda

Por José Rivero Serrano

Que Mafalda, la niña mendocina repipi y sabihonda, haya acaparado en excluisiva las lágrimas producidas por la muerte del que fuera su padre espiritual Joaquín Salvador Lavado (Mendoza, 1932-Guaymallén, 2020), conocido popularmente como Quino, da que pensar en el carácter devorador de algunos hijos. Hijos que adquieren una fama superior a la de sus padres y creadores. Hijos que siguen viviendo incluso por encima de su propia muerte (Mafalda dejó de publicarse por decisión de Quino en 1973, aunque para algunos comentaristas sigue cumpliendo años y ya va por 56) y siguen haciendo olvidar a sus propios padres. Como una suerte de Saturno inverso: el hijo que devora al padre y lo deglute y anula.

Algo parecido ocurrió en otras familias creativas. Así pasó con Charles M. Schulz y su Charlie Brown con sus peanuts y Snoopy; con Sempé y el pequeño Nicolás soliviantado; con Goscinny y Uderzo y su Asterix el galo resistente; con Hergé y su reportero Tintín y Haddock beodo; o , en otras lides creativas, con Charles Chaplin y su Charlot irremediable. Los destrozaron literalmente. Para algunos, los hicieron desaparecer en un campo unidimensional.

Mafalda que nació para reivindicar el consumo y reivindicar también la naciente clase media argentina electrificada por obra y gracia de los electrodomésticos –heladeras y freezer Mansfield– de donde, según algunos se deriva el nombre de Mafalda, lo hizo en el contexto preciso del golpe de estado del teniente general Juan Carlos Onganía –bajo el lema sobado y sonado de Revolución Argentina– contra el presidente Arturo Ilia. Circunstancias que Enric González ve como el “epílogo de la Argentina próspera”, quizás como epilogo de otras realidades más. Epílogos que se colmatarían de sentido con la desaparición del grupo de ‘precoces mendocinos dibujados’ en 1973, en vísperas del golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile. Como si los inicios y los finales mafalderos o mafaldistas, estuvieran orlados por el ruido de sables y de espadones.

Si las coordenadas históricas nacionales de Mafalda son complicadas, miren las coordenadas internacionales para advertir que la niña mendocina nació de pie. Aunque cuando desfiló por el semanario Primera Plana, en 1964, debería de contar ya entre seis o siete años. Es decir que el natalicio de Mafalda y su grupo –Susanita, Manolito, Guille, Libertad o Felipe– se produjo en la salida del final de la década de los años cincuenta: enfilando el final de la Guerra Fría y viajando hacia la nueva prosperidad material, como quedaba claro con el patrocinio comercial de lo que acabaría siendo un tira humorística a partir de 1965 en El Mundo de Argentina. Y por ello, las preocupaciones de los ‘precoces mendocinos dibujados’: guerra, paz, colonialismo, liberación colonial, feminismo, machismo comercio y capital son algunos vectores que interpelan a las almitas de Mafalda sus amigos y que interpelan a sus atónitos padres. Que finalmente y sin que le temblase el pulso, fueron abandonados a la gloria de la memoria pasada, por su creador Quino, en 1973. Es decir, perdieron el derecho de presencia en plena adolescencia, cuando ya había sido adolescentes precoces.

Mi lamento por ello no es otro que su persistencia acaparadora –de Mafalda y los mafalderos y mafaldistas– del monopolio gráfico de Quino. Que han impedido –con sus tiras, tropelías y demasías– que muchos lectores de sus tiras de prensa hayan perdido de vista la enorme capacidad grafica de Quino y limitado, por ello, su recepción alternativa. Como se pudo captar en la ceremonia de otorgamiento del Premio Príncipe de Asturias de Humanidades y Comunicación en 2014. Una capacidad gráfica y satírica encomiable, presidida por grandes planchas dibujadas que contorneaban la soledad contemporánea –de forma parecida, aunque con otro registro gráfico, a la desarrollada por el francés Sempé– y remarcaba los recovecos de la complejidad de lo pequeño y la nimiedad arborescente de lo grande. Como aquí se pudo observar en el semanario Triunfo desde 1971.

Todo ello se puede seguir en sus libros autónomos, capaces de olvidar a Mafalda y sus secuaces, con títulos tan precisos como Ni arte ni parte (1981), Déjenme inventar (1983), Quinoterapia (1985), Gente en su sitio (1986), Sí, cariño (1987), Potentes, prepotentes e impotentes (1989), Humano se nace (1991), Yo no fui (1994).

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